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Rivo Torto

Dejamos Roma. Habíamos visitado lo más importante para nosotros, sus cuatro basílicas: San Juan de Letrán, Santa María la Mayor, San Pedro y San Pablo. Hecho esto, una vez que tuvimos la aprobación oral de Inocencio III, nos volvimos para nuestra tierra.

trabajo

Como "Hermanos Menores", subiendo por el valle de Rieti y el valle de Espoleto, trabajamos con nuestras manos para ganarnos el pan de cada día, y anunciamos el evangelio de obra y de palabra -éramos predicadores ambulantes con la aprobación del Papa-, y dedicábamos un buen tiempo a la oración y al silencio. Éramos capaces de combinar ambas cosas: oración y acción o apostolado.

La gente al vernos se quedaba extrañada: no éramos monjes; no éramos tampoco seglares; no teníamos dónde caernos muertos; creábamos un buen ambiente: alegría, distensión, entrega sincera al evangelio, es decir, al hombre...; teníamos ambiente de familia, de fraternidad; a nadie pedíamos nada, sino que, por el contrario, trabajábamos y cogíamos lo que nos daban, como sucedía con los trabajadores, y cuando se cometía la injusticia de no darnos ni para comer por nuestro trabajo, solicitábamos justicia pidiendo limosna... Viviendo de esta manera, que en sus rasgos generales se ha transmitido a la Orden Franciscana en las dos Reglas, la de 1221 o no bulada y la del 1223 o bulada, que han llegado hasta vosotros, regresamos a los alrededores de Asís.

Como los más pobres, los leprosos, quisimos también nosotros vivir junto a ellos, fuera de la ciudad. La mayoría de los conventos en la primera generación o primeras generaciones de la familia de los Hermanos Menores se fundaron fuera del recinto de la ciudad. Era un compartir una situación de inferioridad, de minoridad, de indefensión, de debilidad... con los más marginados de la sociedad, asistiéndoles y teniendo también la posibilidad de sosiego y paz. para la oración y meditación.

rivo_torto

Con este fin nos quedamos en Rivo Torto, en una pequeña cabaña campestre, tan estrecha que no nos permitía dormir estirados, sino recostados contra la pared, y tuve que señalar con una cruz el puesto que cada uno debíamos ocupar en su interior.

Aquí pasamos un poco de tiempo, pues pronto, haciendo frío, llegó un labrador para resguardarse junto con su asno, y con palabras un tanto groseras dijo dirigiéndose al asno: "Adelante, así mejoraremos este lugar". Sin decírnoslo, le entendimos que nosotros sobrábamos y comprendimos que algunos vecinos de Asís no aceptaban nuestra forma de vida. Como carecíamos del sentido de poseer y habíamos renunciado a todo —nos habíamos vaciado del "tener" para dar sentido al "ser", al hombre— , inmediatamente nos marchamos de allí y nos fuimos a Santa María de los Ángeles, el lugar que llaman la Porciúncula.

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