Al lado de Adán estaba Eva, al lado de Abrahán encontramos a Sara, al lado de Jesús siempre vemos a María, al lado de Benito a Escolástica; a mi lado no podía faltar la suave fragancia de la feminidad, fragancia y gracia que se manifiesta en Clara. Es la complementariedad de mi pobreza por lo femenino. Es la forma de vida evangélica que en mí y en los Hermanos Menores se va a manifestar en el apostolado hecho oración, y Clara que lo va a manifestar en la oración hecha apostolado, ambas fuerzas unidas como la acción al corazón: empuja la sangre para que alcance a todos los rincones del cuerpo y la recoge para oxigenarla y renovarla y así da vida y fuerza al cuerpo del hombre. Yo, Francisco, y Clara queremos ser corazón vivificador de la Iglesia y de la sociedad.

Clara, la hija de Hortulana y Favarone, uno de los nobles que tuvo que huir de Asís durante las revueltas que comenzaron con el desmantelamiento de la "Rocca". Por este tiempo Clara tenía seis años. Es hermana de Inés y Beatriz, quienes con la madre se hicieron "Hermanas Menores" o "Damianitas". En Perusa pasó gran parte de su niñez: yo, en la cárcel; ella, jugando con sus compañeras y extraña a las rivalidades entre mayores y menores de su pueblo, pero sufriendo las consecuencias del dominio enemigo. Con la paz de Asís volvió a nuestra ciudad.
Más tarde, oyó hablar de mí. Con mi consejo y el del obispo Guido, director espiritual de ambos, abandonó todo, y ¡mira que tenía!, y se consagró al Señor.
Era el domingo de ramos por la noche cuando Clara, acompañada de Pacífica, su compañera inseparable, abandonó la casa paterna y se acercó a la Porciúncula. Aquí todo era alegría. Clara, a sus diecisiete años, había decidido abrazar el evangelio de Cristo siguiendo mi ejemplo; un ejemplo nada recomendable, decía la "gente de bien", pero siempre hay locos y alguna loca que no escuchan la voz de la "prudencia" y me siguen, como lo hizo Clara. Alegría por parte de la fraternidad de los Hermanos Menores, que ven cómo Clara abre las puertas a la mujer ofreciéndola una vida "fraterna", "pobre" y "escondida".
Cortada su rubia cabellera como consagración al Señor, recorrerá varios monasterios: San Pablo de las Abadesas, situado en las proximidades de Bastia; Santo Angelo de Panzo, cercano a Spello, y, por fin, San Damián. Cuánta influencia ajena, cuánto querer imponer criterios, cuánto dominio hasta en nombre de Jesús: unas veces deberá observar la Regla benedictina, otras la inocenciana, hasta que, finalmente, unos días antes de morir, puede abrazar su Regla, aprobada por Inocencio IV, la Regla de las "Hermanas Menores", inspirada en el evangelio, en algunos de mis consejos que recordaba y guardaba en su corazón, y las propias notas para la convivencia fraterna en San Damián.
Clara vivirá siempre en el pequeño monasterio de San Damián, que yo restauré y que incitaba a la gente para que me ayudase, pues iba a ser habitado por señoras muy- dignas y venerables. Después fundaron en Spello, ciudad vecina a Asís, en Florencia..., y su espíritu llegó hasta Inés de Praga. Ermentrudis de Brujas... o monasterios como el de Pamplona... sin salir de San Damián.
Clara salvó dos veces a su ciudad, mi pueblo, Asís, de las huestes de los sarracenos; por eso merece el título de Protectora de la Ciudad.
Desde aquí, desde el monasterio de San Damián, participó, es difícil explicar la manera, en la misa del gallo de la basílica de San Francisco, y por este motivo la han nombrado patrona de la televisión.
En San Damián la acompañaron hasta 53 hermanas, dos de sangre, Inés —santa Inés de Asís, enterrada en una pequeña capilla de la basílica de Santa Clara, la santa desconocida de Asís, siempre humilde y sencilla-— y Beatriz. También la acompañó su madre, Hortulana. y En este querido monasterio de San Damián, el pequeño y gran mundo de Clara de Asís, murió la madre de las "Damianitas" o "Damas Pobres". Su cuerpo fue trasladado a San Jorge, donde estuve también yo enterrado. Poco después se trasladaron las hermanas al nuevo monasterio, dentro del recinto amurallado de la ciudad, donde se levanta la basílica de Santa Clara, meta de encuentro con la fraternidad femenina, que quiere vivir el evangelio "sin nada propio", "en obediencia" y "castidad".