¡OYE!
¡MIRA!
¡VEN!
¡TOCA!
¡SIENTE!
¡TOMA!
Hubo algunos amigos (entre ellos se encontraba el cardenal Hugolino), que pidieron breves (favores por escrito) a la Santa Sede, para enviárselos a los obispos de Francia y otras naciones, presentándoles a los Hermanos Menores como buenas personas, cristianos e hijos muy amados de la Iglesia y del Papa.
Nunca se me había ocurrido pedir estas recomendaciones, es más, era opuesto a ellas, pero como Dios escribe derecho con líneas torcidas, hoy se lo agradezco. Nos abrieron camino. Después del capítulo de Pentecostés de 1219, volvimos a dividirnos en grupos para llegar a tierras de las que nos habían echado y volver a otras en las que habíamos sembrado las primeras semillas.
A España fue enviado el hermano Juan Parenti, con el que comienza de una manera cierta la presencia de los Hermanos Menores en España, y uno de cuyos primeros lugares residenciales fue a las afueras de Zaragoza. Pronto aparecen dos grandes figuras, Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato, mártires en Valencia, hoy beatos y copatronos de Valencia, la ciudad del Turia. También pasaron por los conventos españoles los primeros mártires franciscanos, San Bernardo y sus compañeros, camino de Marruecos. Sentí una inmensa alegría cuando me llegó la noticia de su martirio: había en la fraternidad, desde ahora, cinco auténticos hermanos menores.
También tuvieron un camino libre de obstáculos y una buena acogida en los pueblos, obispados y abadías los hermanos que marcharon a Francia. Pronto se establecieron en París y hasta maestros de la Sorbona llamaron a las puertas del convento de los Hermanos Menores para vestir nuestro hábito y profesar nuestra vida evangélica. Lo mismo podemos decir de los hermanos que fueron con Cesáreo de Espira a Alemania. En esta ocasión era un alemán eI que dirigía al grupo. En esta expedición iba también mi primer biógrafo, el hermano Tomás de Celan). Si en la primera expedición subieron muchos sinsabores porque los confundían con los herejes, ahora iban a ser llamados por diversas ciudades para que en todas abrieran un pequeño convento. El primero sería el de la ciudad de Wurzburgo.

Unos años más tarde ocurría lo mismo en Inglaterra. Guiaba la expedición el hermano Agnello de Pisa. Muy pronto sería una provincia floreciente. El hermano Juan de Parma, siendo ministro general, diría de ella que se encontraba apoyada en dos sólidos pilares: la pobreza y la sabiduría.
Se estaba cumpliendo la visión que narré a los hermanos cuando todavía éramos un puñado. No sé si me creyeron entonces, pero se hacía realidad ahora y así la describe Tomás de Celano en su primera Leyenda: «He visto caminos atestados de gente de toda nación que confluía en estas regiones. Vienen los franceses; aceleran el paso los españoles; corren los alemanes y los ingleses, y vuela veloz una gran multitud de otras diversas lenguas”. (1C,27).
Dios, el bien, sumo bien, todo bien, me llamó, me dio la gracia de la conversión y Él es el que me da y nos da, nos regala con los hermanos.