¡OYE!
¡MIRA!
¡VEN!
¡TOCA!
¡SIENTE!
¡TOMA!
Yo, Francisco de Pedro de Bernardone, en 1219, me embarqué hacia Tierra Santa. Este había sido mi sueño desde los primeros años de mi conversión. También me acompañaba un ardiente deseo de encontrarme con los hermanos musulmanes. Este encuentro es el que me movió a ir a Marruecos pasando por España; pero la Providencia me lo impidió por medio de una enfermedad. Tuve que volver sobre mis pasos y aparcar mi proyecto. Más tarde, una tempestad, cuando ya me encontraba en una nave que zarpaba para el Oriente, me devolvió a tierra firme en las costas dálmatas. Desde aquí volví a Santa María de la Porciúncula. Ahora el Señor me ha regalado este favor. Todos estos viajes iban cargados de un gran anhelo de martirio, pero quedaron en puro deseo.

Al llegar a Egipto, un doloroso contratiempo me invadió: las tropas cristianas se encontraban divididas y, en particular, sentí una profunda tristeza por los muchos españoles que murieron en las escaramuzas y batallas. Eran soldados muy valerosos. Propuse al Legado pontificio mi deseo de encontrarme con el sultán de Egipto. Se opuso a cargar con esta responsabilidad, lo mismo que los responsables del ejército cristiano. Pensándolo bien, lo que intentaba hacer era de un atrevimiento inaudito. Descargaron toda responsabilidad sobre mí y mi compañero. Temían lo peor ante nuestra resolución de pasar al campo enemigo, aunque íbamos en son de paz.
Los dos nos encaminamos al campamento de los musulmanes atravesando la franja de tierra de nadie. Los vigías enemigos nos hicieron prisioneros y nos condujeron a la tienda el sultán. Nuestras pretensiones eran, como digo, de paz y de testimonio del evangelio por medio de nuestra vida; y luego, si era posible, y si que lo fue, anunciar nuestra fe. Al principio hubo recelos y temores, luego peticiones para que nos convirtiéramos a su religión y, finalmente, cediendo ante nuestra a tenacidad, nuestra fuerza interior manifestada en la integridad de vida, nuestro espíritu y nuestro sentido de fraternidad …, nos acogieron sincera y cordialmente. Nos hicimos buenos amigos, nos consideró el sultán como uno de su familia y nos otorgó un salvoconducto, hoy diríamos un pasaporte, para visitar los santos lugares.
Me reuní con el hermano Elías y visitarnos "Tierra Santa. Vi con mis propios ojos el florecer de esa misión, que había echado raíces profundas desde 1217. Pero me llegaron malas noticias de Italia. Había algunos hermanos que no comprendían la «libertad cristiana» de que nos habla san Pablo e intentaban esclavizar a los hermanos con imposiciones tales como ayunos, abstinencias, preceptos, consejos: intentaban hacernos monjes. ¡Yo que luché tanto contra el deseo y el criterio del cardenal Juan de San Pablo por presentarnos con un nuevo rostro, el de los nuevos tiempos, y ahora en poco tiempo, por mala comprensión, errados criterios, comparaciones desajustadas y desafortunadas, se intentaba desandar lo andado! Volví a toda prisa con el hermano Esteban, que fue quien me avisó. Pasé por Perusa, donde se encontraba la curia pontificia, y hablé con el papa Honorio 119. Le expuse cl problema, hablamos de la necesidad de un año de prueba y poco después se publicó la bula Cum Secundum Conciliium.