¡OYE!
¡MIRA!
¡VEN!
¡TOCA!
¡SIENTE!
¡TOMA!

Ya he confesado mi gran devoción a Jesucristo-eucaristía, cuando me incluí en el grupo de hermanos que partieron hacia Francia en la primera expedición. El «ver», el ver con los ojos la elevación de la Hostia era ya un gran privilegio. La comunión entonces era muy espaciada. El recibirla en las grandes solemnidades, como dirá Clara en sus escritos, se la consideraba frecuente. Esta devoción creció con los documentos del IV concilio de Letrán y con la bula Sacri cum oli, de Honorio II. En mis cartas expongo estas ideas acerca de la devoción a la Eucaristía. Es un signo de la desapropiación de Jesús que se realiza ante nuestros ojos: baja Jesús por la fuerza de las palabras del sacerdote y la presencia del Espíritu Santo sobre el altar, como bajó al seno de María, la Virgen. Dios se hace pobre en Jesús para enriquecernos a todos.
Junto a la Eucaristía, la devoción a la palabra de la Escritura. Es el centro de la vida cristiana, el centro de la forma de vida con la que me he comprometido con Jesús. La Palabra debe recogerse, cuidarse y ponerse en lugar seguro. La Eucaristía debe colocarse en vasos sagrados de gran valor. El darte al pobre que te hace rico es señal de que te das a los hermanos pobres. En caso de necesidad de los «pobres» recogerás el evangelio o el vaso sagrado, o las campanillas del mantel del altar de la Porciúncula o de cualquier otra parte, y se lo darás al hermano pobre y necesitado (así lo hizo fray Junípero y quisiera que lo hiciéramos los demás).
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La misa debe ser una sola para la fraternidad, escribo en mi carta a toda la Orden, porque la misa no debe ser motivo de ganancia, no se debe únicamente celebrar porque es bien pagada; ni los sacerdotes son más que los hermanos no sacerdotes, sino que es la celebración comunitaria de la acción de gracias de una fraternidad, permaneciendo iguales ante el que preside, que es Cristo, el sumo Sacerdote.
La Eucaristía debe ser el centro de nuestra devoción y el punto de partida en nuestra escuela misional de Hermanos Menores. Sólo viviendo y bebiendo en la fuente eucarística, podremos pedir a los demás que la vivan.
La Eucaristía es fuente de perdón y de misericordia para nosotros, los mismos sentimientos que nosotros debemos tener para con los demás, tal como aparece descrita esta idea en la Regla de 1223 y en la carta que escribí a un ministro. Desde la Eucaristía, contemplando el desapego de Cristo, nos comprometernos cada vez más con nuestra minoridad: sometemos nuestra voluntad (obediencia); a favor del Reino hacemos lo mismo con muestra humanidad (castidad), y renunciamos a todo (desapropiación-pobreza)...