¡OYE!
¡MIRA!
¡VEN!
¡TOCA!
¡SIENTE!
¡TOMA!

En el año 1221 teníamos ya preparada una «Regla», una «forma de vida», con abundantes textos evangélicos. No la presentamos al Papa, pero sí que la tuvimos presente en la redacción última, que fue aprobada por Honorio III el 29 de noviembre de 1223 con la bula Solet annuere.
Era la aprobación de la forma de vida de unos misioneros apostólicos, como éramos los Hermanos Menores, que en este tiempo carecíamos de conventos, lugares e iglesias. Los eremitorios, siempre fuera de la ciudad, eran lugares de referencia, pues de ellos salíamos a evangelizar, a encontrarnos con el pueblo para trabajar codo a codo con él y predicar con el ejemplo y la palabra.
La regla se resume así:
Esta Regla la presentamos, como dije antes, al papa Honorio III. En la curia pontificia, los amanuenses y juristas pontificios escribieron la Regla casi como la recibieron de nuestras manos. Lo único que hicieron fue añadir los capítulos. De este documento queda el original bien conservado en el Sacro Convento de Asís.

Por respeto a la verdad, sí que debo confesar que más tarde escribieron algunos que el hermano Elías había perdido intencionadamente la Regla. Nada de eso. Es cierto que había dos y más tendencias o partidos dentro de la fraternidad de los Menores. Recordad que yo vine de Tierra Santa a toda prisa porque ya se había manifestado cierto brote de malentendidos el año 1220. Es lógico; toda novedad y compromiso de vida comporta exigencias y renuncias, y aunque este proyecto de vida se va haciendo poco a poco, duele y hace sufrir. Además, sufrí y sufrimos mucho, porque toda renuncia lleva consigo un gran sacrificio, y obliga a estar siempre en camino de formación, renovándose uno continuamente, y parece que no se alcanza nunca la meta. Y es que la vida se va realizando paso a paso, sin lograrse plenamente de una vez. Por esto surgieron y surgen las tensiones. Algunos hermanos se quedan a mitad del camino que deben andar, y, además, creen haber alcanzado su objetivo. Pues bien, esta situación difícil por la que atravesó la Orden hizo y hace que muchos hermanos carguen sobre el hermano Elías un gran sambenito. ¡Pobre hermano Elías, qué fardo te han echado a las espaldas quienes quieren vivir la letra de la Regla, su letra, no la del Evangelio, que es la palabra perfumada del Señor, que es Espíritu y vida!
Esta misma lucha continuará siempre que queramos vivir la Regla, porque no es más que el Evangelio y siempre surgirá en nosotros la lucha entre la carne y el espíritu, los preceptos de la ley y la libertad de los hijos de Dios, entre el vivir en el mundo y no ser del mundo. ¡Pobre hermano Elías, quién será capaz de iluminar tu vida!
No hubo pérdida de la Regla. En el Capítulo hubo diálogo, reflexión y estudio, que permitió trazar y aprobar en la Regla la identidad de la Fraternidad minorítica. Costó lo suyo, pero fue un paso importante en el crecimiento de la fraternidad evangélica. Pero también es cierto que cuando uno se queda en la penumbra, sin querer gozar de la luz, se busca, injustamente, un chivo expiatorio, y este recayó en el hermano Elías.