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El mismo año de la aprobación de la Regla se me brindó también otra gran oportunidad: la de celebrar, de una manera especial, la «natividad del Señor», su nacimiento.

Para nosotros era la gran fiesta del año; así nos lo daba a entender la liturgia de entonces. El eje era y lo es hoy en día la «pascua del Señor»; pero dentro del calendario litúrgico otorgué gran importancia a la Navidad. Era el reflejo de la «minoridad de Dios», el hacerse pobre, sencillo, despegado de todo lo sublime que nosotros le otorgamos como atributo divino: nacido de mujer, envuelto en pañales, perseguido, ayudado a crecer en sabiduría, en conocimientos humanos, a relacionarse con Dios y con los hombres... Siendo Dios, Jesús no tiene en menos el hacerse hombre y nace de María, la Virgen.

Como reverso de la medalla, es también la fiesta del engrandecimiento del hombre, pues nos otorga su dimensión divina, nos da la capacidad de llegar a ser y ser hijos de Dios.

Para mí, que me perdonen los grandes liturgistas y teólogos, pero, para mí, aunque equivocado, la consideraba la gran fiesta del año, y como tal la viví, y de manera especial aquella noche de Navidad del año 1223.

Todo lo había preparado el bueno de Juan, un hombre rico y piadoso que vivía en Greccio. Había pedido los correspondientes permisos, y a medianoche celebramos la Misa del Gallo con toda solemnidad. Realmente sentimos a Jesús recién nacido allí, en medio de nosotros, no sólo presidiendo la Eucaristía, sino también palpándolo con cada uno de nuestros sentidos: tiritando de frío, llorando, sonriendo por los mimos de María y de José... Era una delicia, una gozada. Por eso dije que toda la creación, hasta las cosas insensibles, deberían gozar y participar de esta alegría. Aquella noche no fue como las demás.

Con este buen grupo de seglares comprometidos y de hermanos menores se extendió por todas las regiones la escenificación del «belén», del «pesebre», los nacimientos. Las representaciones navideñas son también una manera de evangelizar, de sensibilizar evangélicamente, pues los sentidos son las ventanas del hombre por las que entra el Espíritu que nos empuja a la conversión, a cambiar de vida.

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