¡OYE!
¡MIRA!
¡VEN!
¡TOCA!
¡SIENTE!
¡TOMA!
¿Qué sucedió en el monte Alvernia a mediados de septiembre de 1224? Es difícil de explicar, creo que imposible. Me encontraba en este monte del conde Orlando de Chiusi, que me lo ofreció al principio del nacimiento de la Orden; como hacía otros años por estas mismas fechas, me estaba preparando para la fiesta de san Miguel Arcángel; era una especie de ejercicios espirituales; me encontraba solo; en otros lugares del bosque estaban fray León y otros hermanos.
Tanto el hermano Tomás de Celano como luego san Buenaventura lo describen muy bien, lo mejor que pueden:
«Dos años antes de partir para el cielo tuvo Francisco una visión de Dios: vio a un hombre que estaba sobre él; tenía seis alas, las manos extendidas y los pies juntos, y aparecía clavado en una cruz... Ante esta contemplación, el bienaventurado siervo del Altísimo permanecía absorto en admiración, pero sin llegar a descifrar el significado de la visión... Mas, no sacando nada en claro y cuando su corazón se sentía más preocupado por la novedad de la visión, comenzaron a aparecer en sus manos y en sus pies las señales de los clavos, al modo como antes los había visto en el hombre crucificado que estaba sobre sí... Y en el costado derecho, que parecía atravesado por una lanza, tenía una cicatriz que muchas veces manaba... sangre...» (1 C. 94-95; se puede leer LM 13,3).

Lo que narran estos dos biógrafos míos es muy escueto, pues es indescriptible en sí mismo, indescriptible el abrazo en el que uno queda transformado en el amado. Aquí me sucedió lo que relata el profeta Daniel de sí mismo (10,1 -21) al contemplar una visión de difíciles imágenes: se encontraba rodeado de gente antes de comenzar la visión, cuando entró en éxtasis sus acompañantes huyen aterrados. El misterio lo envuelve todo. Lo mismo le ocurre a Pablo camino de Damasco. El diálogo mantenido entre Cristo y Pablo queda misteriosamente en secreto e inexplicable para sus compañeros: oyen voces, pero no ven a nadie; recogen a Saulo ciego, caído en tierra, y lo trasladan a la ciudad. Sin embargo para los protagonistas lo ocurrido es trascendental.
Algo semejante ocurre aquí. Es imposible describirlo. No sé hacerlo. Me había comprometido a seguir las huellas y la vida de Jesús de Nazaret, ir asimilando su Evangelio, hacer crecer mi persona hasta la plenitud de Cristo. Hasta que al subir con él al monte llegó el abrazo; no la identificación, sino la plena personalización, en la que el deseo llega a ser una realidad; se alcanzan los desposorios místicos... Me desperté como de un sueño con los pies y las manos llagadas y el costado abierto. Tuve miedo. El deseo se había hecho realidad no a mi modo, sino según el querer de Dios, y lo que parecía debía ser quietud se convirtió en una aspiración constante de perfección. Fue entonces cuando oí la teología del pueblo, la de la base, la que se cree y se vive con sencillez, con entrega, con amor, y me decía: «Francisco, ya ves lo que piensa la gente de ti, no la defraudes».
Intenté guardar para mí este tesoro. Hubo algunos que astutamente palparon la llaga del costado: los hermanos Rufino, Elías... El hermano León lavaba las vendas. Hay que guardar el misterio en silencio, porque más vale un signo que mil palabras. En la pequeñez del hombre se manifestaba la grandeza de Dios. Se hacía realidad el cántico de María: «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí».