¡OYE!
¡MIRA!
¡VEN!
¡TOCA!
¡SIENTE!
¡TOMA!
Es mi última voluntad. En ella manifiesto la gran riqueza del «don». El «don» es un regalo de Dios y nada nos llega si no es por medio de él. Dios es una mina, una fuente inagotable, un pozo lleno de agua a rebosar, mejor que el de Jacob, al que se tenía que acudir con caldero, cántaro o botijo; Dios es regalo cotidiano, nos sorprende cada día y de diversas maneras a cada uno.

En el Testamento, que redacté pocos días antes de morir, recuerdo en su primera parte el gran «don» que Dios me hace a mí, el hermano Francisco, y también a toda la fraternidad. A mí me da el «don» de hacer penitencia y me conduce por un camino que será recorrido por todos los llamados a la conversión, porque el reino de Dios ya está en medio de nosotros; es el nuevo nacimiento del que nos habla Juan cuando relata el encuentro de Jesús con Nicodemo; es el éxodo de cada persona, el encuentro con el leproso, el irrecuperable para la sociedad de entonces; el salir del mundo es la nueva forma de estar en el mundo.
Me da el «don» de las iglesias: creer en la Iglesia -la Iglesia de mi tiempo, tan difícil como para vosotros la de vuestro tiempo, con tantos lamparones-, y en las iglesias, presencia del Dios vivo en medio de nosotros; creer en el Cristo pobre y crucificado, resucitado y vivo; en los sacerdotes, en los pobres sacerdotes; en los teólogos, que nos explican la Palabra; en la eucaristía y en las santísimas palabras del Señor.
El «don» de los hermanos, que vienen a nosotros por divina inspiración. Con ellos vivo el evangelio en la Iglesia. Evangelio e Iglesia son el número capicúa de nuestra forma de vida, la Regla aprobada por el papa Honorio III. Recuerdo también como «don» y «compromiso» nuestra forma de vida: dar todo a los pobres., vestir sencillamente, el rezo del oficio divino, estar sometidos a toda humana criatura, el trabajo manual, la limosna, el anuncio de paz en la misión.
Esta primera etapa es como una evocación de lo que fuimos y deseamos ser, pues el compromiso era y es grande.
Pero hay una segunda parte, que me recuerda un poco la realidad de la fraternidad, los problemas que se fueron sucediendo y los que eran permanentes. No es un resentimiento esta segunda parte, sino la falta de compromiso con el «don» que recibimos. Lo puedo resumir en tres puntos y que aparecen en el testamento de Siena y en la última voluntad a la hermana Clara:
La fraternidad, punto de apoyo de toda nuestra vida, donde se debe amar con un cariño superior al maternal, el lugar en el que se puede sólo vivir la pobreza, la obediencia y la castidad que prometemos. Nuestra fraternidad intenta ser fraternidad evangélica. Fuera de ella se podrán vivir esas mismas virtudes que señalo, pero de otra manera. La pobreza, signo de nuestra minoridad en su totalidad. No es el dinero el que está en juego, sino nuestro propio ser hermanos, nuestra disponibilidad y servicio a los hermanos y a la misión, nuestro amor y cariño a la «señora pobreza»: el hacerse pobre de Jesús para hacernos ricos a nosotros.
La Iglesia. El amor a la madre Iglesia. El estar en y con la Iglesia, en la que está Jesús, su cabeza, y que nos transmite el Evangelio de Jesucristo. Por último, un cuarto punto: la Regla. Es como el meollo, la médula de toda nuestra vida. Es como el resumen de la vida y el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que queremos vivir. A través de la Regla, el Espíritu del Señor nos llama y nos otorga toda su libertad para que nosotros, según Dios y su santo obrar, vivamos el santo Evangelio de Jesús en la Iglesia.