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La hermana muerte

Con la estigmatización o impresión de las llagas volví a ponerme en camino, continué siendo un misionero ambulante, un predicador popular. De vez en cuando, a causa del dolor de los clavos de los pies, tuve que utilizar el asno para trasladarme a predicar de un lugar a otro.

Los dos últimos años de mi vida los pasé muy mal: dolores de estómago, vómitos..., pero sobre todo la vista. Me quedaba ciego. En Asís me hospedé en el palacio episcopal, en una cabaña construida en una de las habitaciones -aquí compuse parte del Cántico de las criaturas-. El hermano Elías buscaba un cirujano que pudiese curarme. Me llevaron a Rieti, donde residía por entonces la curia papal y a la que acompañaban buenos médicos. Aquí me sometí a la dolorosa operación de los ojos. Lo llamaban el cauterio. Con instrumentos al rojo vivo intentaban cerrar las pequeñas hemorragias de los ojos. Pero no tuve mejoría.

muerte

Esperando encontrar una ayuda, los hermanos me condujeron a Siena. Aquí estuve a punto de morir. Era tal mi situación que redacté lo que se llama el Testamento de Siena. Le llevaron noticia al hermano Elías de mi grave enfermedad y situación, y se vino a toda prisa para estar a mi lado. Con su llegada mejoré un poquito, lo suficiente para acercarme a Cortona, al eremitorio de Las Celdas. Ya había estado aquí en otras ocasiones. La enfermedad se iba adueñando de mí. Esperando lo peor, nos dirigimos a Asís, dando un gran rodeo, evitando pasar por Perusa.

En Asís me hospedé de nuevo en el «obispado». El obispo que me acogió y me cubrió con su capa en el juicio público en la plaza del obispado, ahora me hospeda en su palacio. El obispo Guido continuó siendo mi apoyo y consejero durante toda mi vida.

Pasan los días y me siento morir. Al ver cercana a la hermana muerte corporal, añadí al Cántico del Hermano sol la estrofa sobre la muerte y pedí que me condujesen a Santa María de la Porciúncula. Cuando llegué al leprosario de San Salvador, desde donde se contempla roda la ciudad de Asís, pedí que me volviesen hacia ella y la bendije. Luego proseguirnos a Santa María.

Me encontraba sin fuerzas. Pedí que me leyesen un texto del evangelio de Juan. Lo compartí rodo con los hermanos y con la hermana Jacoba de Sietesoles, que vino a visitarme antes de mi partida al Padre. Ordené que le escribieran una carta avisándola de mi situación y pidiéndole algunos de sus ricos condimentos. No hubo necesidad. Estaba a la puerta llamando y traía todo lo necesario para mi muerte.

Desnudo sobre la tierra, desapropiado de todo, quise encontrarme con quien se me había regalado en plenitud. Las manos del Creador, Dador y Padre me acogieron el sábado 3 de octubre, al atardecer; era el año 1226.

Me acompañó mucha gente en los funerales. Me condujeron a San Damián para tener un encuentro silencioso con las «Hermanas Menores»: Clara y sus compañeras. Las lágrimas inundaron los ojos de las inquilinas de San Damián y sus ayes retumbaban en el valle asisiense. Desde el monasterio de San Damián me condujeron a la iglesia de San Jorge, donde había aprendido las primeras letras, y aquí fui enterrado.

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