¡OYE!
¡MIRA!
¡VEN!
¡TOCA!
¡SIENTE!
¡TOMA!
El mismo año en que el papa Gregorio IX, mi amigo, entonces cardenal Hugolino, puso la primera piedra de la futura basílica, el hermano Elías, el que siempre para mí fue una «madre», comenzó su construcción, sin tardanza. Se encontraba la construcción tan adelantada en mayo de 1230, que durante el Capítulo general de ese año se hizo el traslado de mi cuerpo desde la iglesia de San Jorge, donde reposaba, a la nueva área Sepulcral.
En lo que había sido construido como cripta de peregrinación había preparado un sepulcro paleocristiano del siglo V, donde colocaron mis restos.La cripta actual, debajo de la basílica Inferior, se construyó muchos siglos después, en 1818, con motivo del hallazgo de mi cuerpo. Es una capilla sencilla, desnuda, pobre, en estilo neorrománico, con piedra de mi propia ciudad.
En torno a mí están mis incondicionales: fray León, fray Masco, fray Rubno y fray Angel. Frente a mí, en el centro, donde se unen las dos escaleras que comunican la capilla tumbal con la Basílica Inferior, se hallan los restos de la hermana Jacoba de Sietesoles, fray Jacoba.

El hermano Elías construyó como cripta la actual Basílica Inferior, en forma de cruz latina y sin capillas laterales. En sus muros se narraba mi vida, paralela a la de Jesús, que servía de catequesis a los muchos peregrinos que venían hasta aquí. Hoy se ven rotas las escenas por las capillas laterales, de estilo gótico, que se abrieron a finales del siglo XIII; no son simplemente obras maestras del arte universal, sino sobre todo catequesis mural para mucha gente de entonces que no sabía leer: contemplando las escenas pintadas, entendían que para vivir el evangelio se tenía que andar el camino que anduve yo, Francisco; o san Martín de Tours, en cuya capilla dejó obras maestras el artista sienés Simone Martini; o como lo hizo santa María Magdalena, cuya vida, sacada de los evangelios canónicos, de los apócrifos y de las tradiciones medievales, nos la ha plasmado en su capilla Giotto y su escuela. Los murales también dan un repaso a las grandes verdades de la fe: encarnación e infancia de Jesús, obra giottesca, y pasión, muerte y resurrección, en la capilla de Pedro Lorenzetti; la glorificación del camino de la penitencia y de la desapropiación, obra de la escuela giottesca, encima de mi sepulcro; o el retrato que de mí ha dejado Cimabue en el lado derecho del crucero de la Basílica Inferior.
La Basílica Superior, que era la iglesia conventual, terminada en su estructura esbelta y luminosa en estilo gótico cisterciense el año 1236, abre sus muros a representaciones bíblicas y biográficas sobre mi persona, realizadas por Giotto y sus ayudantes, y las escenas bíblicas por diversos pintores y escuelas de finales del siglo XIII.
Los muros del ábside de la Basílica Superior contienen la vida de María, centro de mi espiritualidad y de mi familia franciscana, y en su alrededor textos pictóricos que relatan los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles: el nacimiento de la Iglesia y la vida y muerte de las dos grandes columnas eclesiales, Pedro y Pablo, además de dos grandes crucifixiones -la espiritualidad del abajamiento del Verbo de Dios, propia de la Orden-, pintadas por Cimabue.
Ambas Basílicas son punto de encuentro y de peregrinación de miles y miles de personas de diversas creencias, razas e ideologías, que ven en mí al hombre que ha sido capaz de amar al hombre (lo hice siguiendo el camino de Jesús, que asumió nuestra naturaleza y se entregó totalmente por el hombre) y a la naturaleza, donde se manifiesta la mano amorosa del Creador; que ha sido capaz de vivir la alegría, la esperanza, la ilusión, el trabajo... Yo fui un cristiano comprometido en la Iglesia y con la Iglesia, en la sociedad y con la sociedad, comprometido con el hombre, regalándole la desapropiación de mi persona.