¡OYE!
¡MIRA!
¡VEN!
¡TOCA!
¡SIENTE!
¡TOMA!
Si los franciscanos recibimos el nombre de "conventuales" fue por nuestro afán de responder, utilizando una terminología de hoy, a los signos de los tiempos. Con este afán los conventuales fundan sus conventos -con la iglesia conventual aneja- en los núcleos de población, para abrirse a las necesidades del pueblo llano y entrar en contacto con la situación eclesial, social y cultural del momento.
Como todo, esa actitud también suponía riesgos y desafíos pues constantemente el carisma y la institución entraban no en conflicto pero sí en permanente diálogo, para que lo institucional no se comiera a lo carismático. A lo largo de esta historia, los franciscanos conventuales hemos sido testigos de este encuentro entre el "espíritu" y la "letra", tratando de no caer en la tentación del poder y buscando ser fieles a la forma evangélica de vida que nos mostró para siempre el Pobre de Asís.
