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San Buenaventura de Bagnoregio

Ministro general de la Orden de los Frailes Menores
Obispo de Albano (Lazio, Italia) y Cardenal

Juan Fidanza, que así se llamaba antes de su profesión religiosa, nace en Bagnoregio, villa perteneciente a la ciudad papal de Viterbo. Era hijo de Juan Fidanza, posiblemente médico de profesión, y de María Ritelli. No se conoce con exactitud la fecha de su nacimiento. Según algunas fuentes antiguas nació en 1221; sin embargo, algunos autores prefieren fechar su nacimiento hacia 1217. Su infancia estará marcada por una intervención milagrosa de San Francisco, como él mismo declarará en el prólogo a la Leyenda Mayor: “Mi madre, cuando yo era todavía niño, hizo voto por mí a san Francisco, porque estando yo gravemente enfermo, fui arrebatado a las fauces mismas de la muerte y restituido sano y salvo al vigor de la vida”.

Después de cursar los primeros estudios en su ciudad natal, dadas sus grandes cualidades intelectuales, será enviado a París donde conseguirá el título de Maestro en Artes. Será en la misma ciudad de París, a la edad de 25 años, donde entrará en la Orden de los Frailes Menores, fascinado por el testimonio de radicalidad evangélica de los hijos de san Francisco, que desde 1219 se habían asentado en la ciudad francesa. Algunos años después Buenaventura explicará las razones que le movieron a abrazar esta vida: en san Francisco y en el movimiento que él puso en marcha reconocerá la acción del mismo Cristo. Con estas palabras lo explicará él mismo a otro fraile: “Confieso ante Dios que la razón que me ha llevado a amar la vida del beato Francisco es su gran parecido con los inicios y el crecimiento de la Iglesia. La Iglesia comenzó con un grupo de sencillos pescadores y poco a poco se enriqueció con la presencia de doctores ilustres y sabios; la Orden del beato Francisco no ha sido establecida por la prudencia de los hombres sino por el mismo Cristo”.

Realizará sus estudios de teología en el Estudio general parisiense de la Orden franciscana, de la mano de grandes maestros como Alejandro de Hales, Juan de la Rochelle, Guillermo de Melitón, etc. Después de obtener diversos grados académicos, en 1254 será nombrado maestro regente del Estudio general, cargo que ocupará hasta el 2 de febrero de 1257, fecha en la que será elegido Ministro general de la Orden en el Capítulo de Roma, sucediendo en el gobierno de la Orden a Juan Buralli de Parma, figura de gran carisma y profunda espiritualidad.

Buenaventura es autor de muchas obras de teología, espiritualidad y de alta ascética y mística. Es también el redactor de las Constituciones narbonenses, las primeras de la Orden, así como de las Leyendas maior y minor de san Francisco, llamadas a convertirse en las “Biografías” oficiales del poverello de Asís.

En 1273, ocho años después de haber declinado el nombramiento como arzobispo de York, es consagrado obispo de Albano por Gregorio X y creado cardenal de la Iglesia, confiándole la organización del II Concilio de Lyon. En el transcurso del mismo morirá Buenaventura el día 15 de julio de 1274. Tenía 53 años. Sepultado en la iglesia de San Francisco de Lyon, su cuerpo será quemado por los hugonotes en mayo de 1562.

De Buenaventura podemos decir que es teólogo y santo, pensador y místico a la vez. Su saber intelectual está unido a su densa experiencia de fe, y su vida de fe la expresa en un discurso teológico profundo. Por lo tanto, no le interesó la teología como estéril discurso intelectual o mero conocimiento de verdades reveladas, sino que está ordenada a ayudar a la fe y a la santificación. Toda su obra y, sobre todo, el ejemplo de su vida nos recuerdan la centralidad de Cristo y del Evangelio en la vida del cristiano.

Una de sus obras más conocidas es el Itinerario de la mente hacia Dios. Buenaventura escribirá este tratado en 1257, estando en el eremitorio del monte Alverna, lugar en el que Francisco había llegado a la cima de la contemplación y configuración con Cristo (sobre este monte toscano, a mediados de septiembre del año 1224, Francisco había recibido en su cuerpo las señales de la pasión como signo de su configuración total con Cristo pobre y crucificado).

Para entender mejor este itinerario o camino hacia Dios, es necesario hacer una pequeña alusión a su “visión del hombre”. Para san Buenaventura, la naturaleza humana, creada por Dios, está orientada a la contemplación de Dios como su fin último, capaz de procurarle la felicidad plena. Pero tras la “caída original”, todas las facultades del hombre han quedado deformadas; su inteligencia se ve sometida a la ignorancia; su elemento carnal a la concupiscencia. Todo el hombre necesita, pues, para poder reorientarse hacia su destino, ser restaurado por la gracia, “recuperando” así su dignidad de imagen. Ahora ya sí que puede el hombre emprender la peregrinación hacia Dios, verdadero fin de su vida. Este itinerario lo concibe Buenaventura en clave de ascenso, marcado por los siguientes pasos: Descubrimiento de las señales de Dios en el mundo sensible; Búsqueda y descubrimiento de Dios en la propia alma (interioridad). Transcendimiento de la cosas creadas, en la contemplación de Dios y el disfrute de las alegrías místicas.

San Buenaventura propone tres etapas indispensables para que el hombre pueda recorrer este camino. Son las tradicionales vías místicas: progresiva purificación, iluminación y unión. Cada una de estas etapas comporta la práctica de una serie de ejercicios: la meditación, la oración y la contemplación. Estos deben ser acompañados por la práctica de determinadas virtudes, como la humildad, y de otros ejercicios muy concretos, como el “examen de conciencia” o revisión de la propia vida, la mortificación, la reforma de vida, la contrición de los pecados, en la vía purgativa; la imitación de Cristo, la práctica de los consejos evangélicos y la devoción a María, en la vía iluminativa; y el ejercicio del amor, la vida eucarística y la contemplación, en la vía unitiva. Este recorrido pone de relieve la necesidad de la disposición por parte del hombre y la voluntad de dar efectivamente los pasos que comporta este camino si se quiere “realizar” la experiencia de Dios.

El final del itinerario, el estado místico, es descrito por Buenaventura como una experiencia única, sublime, pero que no saca al hombre del camino de fe en que se mueve mientras vive1. Para acceder a él el camino y la puerta es Cristo, especialmente contemplado en su pasión. En este “estado” Dios no es objeto de la facultad humana que ésta sea capaz de comprender, sino la realidad que comprende y abarca al hombre y sus facultades. De ahí que pueda describirse como un encuentro, no intelectual, sino afectivo, no de la gracia de Dios, sino de Dios mismo, en la que el hombre se percibe y se vive en Dios y desde Dios; se percibe con los ojos mismos de Dios a los que su mente se ha hecho transparente, pero siempre en la tiniebla o en la oscuridad, por contacto de fe y amor con Dios.

Oración de san Buenaventura

Te suplico, Señor, ¡haz que te conozca y te ame, a fin de que encuentre en ti toda mi alegría! Que en esta vida cada instante me acerque más al conocimiento de ti mismo y en la vida futura ese conocimiento sea perfecto; que aquí mi amor aumente, que allí alcance su plenitud; que aquí mi alegría sea cada vez mayor, que allí sea completa realidad. Que esto sea lo que ame mi corazón; que mi alma tenga hambre de esa felicidad, hasta que entre en el gozo de mi Señor, que es Dios trino y uno, bendito por los siglos.