LOS FRANCISCANOS
CONVENTUALES DE LA
BASÍLICA DE SAN FRANCISCO DE
ASÍS Y LA PAZ
PRESENTACIÓN
Su Santidad Juan
Pablo II ha invitado ya dos veces a Asís a todos los líderes responsables
de las distintas creencias o religiones para rezar por la paz, expresar un
fuerte y claro compromiso a favor de ella y oponerse a la violencia, al terrorismo
y a la guerra. Los dos grandes acontecimientos son conocidos por todos y,
por tanto, no insistiré en el hecho sino más bien en el significado de una
elección: ¿Por qué Asís? ¿Por qué Francisco?
La respuesta a
esta doble pregunta se basa también en lo que el mismo Juan Pablo II me dio
a entender en el encuentro que tuve con él pocos días antes del 24 de enero
de 2002. ¡Para este tipo de encuentros -diálogo interreligioso, pero también
ecuménico- difícilmente puede la cristiandad ofrecer algo más rico y amable,
es decir Asís y Francisco!
Se trata de un binomio inseparable.
No se encuentra, efectivamente, en la historia un santo que tenga unos lazos
tan profundos con su ciudad, ni una ciudad con un hijo suyo. A propósito de
esto, Heinrich Böll ha escrito que, seguramente, en ninguna parte del mundo
como en Asís “se han unido tan estrechamente
un hombre y un lugar, hasta acabar por fundirse”.
“La
ciudad de Francisco y Clara transmite esperanza, serenidad, silencio, gozo
y ganas de vivir... humaniza”. Nosotros, franciscanos, ofrecemos un mensaje
que es una invitación a crecer, a ser hombres auténticos. Se trata de un mensaje
y de una invitación que pronuncian hasta las piedras de las casas, de los
edificios y de las iglesias, y susurra el hermano viento, ahora impetuoso,
ahora fresco y ligero como una brisa o caricia de Dios.
Todo esto se debe a Francisco, como
afirma José Antonio Merino, “una persona
simple, un hombre del pueblo, profundamente humano, que se ha tomado en serio
a Dios, a los hombres y a la naturaleza, y que ha encarnado con sencillez,
sin pretensiones de protagonismo, la utopía de Jesucristo”
[1]
.
A Francisco hoy se le reconoce universalmente
como el hombre de la paz, por ser hombre respetuoso con el otro, hombre de
la acogida, del diálogo, del perdón y de la reconciliación; como hermano universal
que señala a Dios como fuente gozosa de la vida, porque es el Bien, todo el
Bien; Belleza, Esperanza, Descanso, Dulzura y Camino nuestro (cf. Alabanzas
de Dios Altísimo).
Estas son las razones por las que Francisco
es un punto de referencia para un camino más unitario entre todas las religiones,
al menos las monoteístas. También es un punto de referencia concreto para
que el hombre comprenda su propio misterio (grandeza y miseria) con la indiscutible
certeza de ser amado por su Creador, y mire a la naturaleza como realidad
que hay que respetar, amar y conservar para las generaciones venideras.
Hablando aún de Francisco, su estilo
de vida, su manera de mirar y de relacionarse con cada realidad es humilde,
atenta, respetuosa y propositiva. Francisco no provoca desconfianza, sino
confianza y simpatía.
No asusta, porque es un “hombre desapropiado” y, como tal, es diácono (servidor) de la comunión entre los hombres hermanos. Es diácono del compartir
y de la solidaridad presente; es hombre de esperanza no sólo porque cree en
el amor indefectible de Dios, sino también porque ha sabido traducir la virtud
teologal de la esperanza en actitudes existenciales de confianza en el hermano
y en la historia, la cual, desde el punto de vista franciscano, está marcada
profunda y misteriosamente por la suprema presencia de Dios, vivido como Presencia
de Amor. El concepto de presencia engendra las citadas actitudes.
Todo esto que apenas hemos dicho es
la base de nuestra opción para anunciar al hombre hermano los tres grandes
valores: Dios, el hombre y la creación, por un camino más unitario de la única
familia humana.
Permítanme unas breves consideraciones
sobre estos tres valores para comprender cómo han sido vividos y propuestos
por Francisco antes, y ahora por sus hijos (sigo en lo esencial la exposición
que de ello hace José Antonio Merino, porque me parece la más lúcida).
* DIOS. No es un reflejo del hombre, ni el
inventario de las posibilidades humanas, ni el símbolo poético del valor más
alto, no es el totalmente otro,
como han pensado incluso algunos teólogos, ni un señor
feudal ante el cual el hombre se siente y vive como vasallo. Es el Altísimo y buen Señor, la Presencia de Amor, Fuerza, Don, Liberación, Misterio, Gozo. Según
un gran pensador franciscano, Duns Scoto, “el ateísmo, pensado filosóficamente, no es el haber sondeado en profundidad
las raíces de la vida y del pensamiento, sino todo lo contrario: el haberse
quedado en la superficie, sin llegar a las raíces del pensamiento y de la
vida”. En las Alabanzas al Dios Altísimo tenemos el fundamento más hermoso
de la experiencia de Dios por parte de Francisco. Ahí encontramos la raíz
del gozo y del pensar festivo del Poverello de Asís. Eso explica cómo ha celebrado
la vida y cómo ha pensado al hombre: una existencia gratuita llamada a la plenitud. El hombre nuevo del
que tanta necesidad tenemos es pensable y comprensible solamente desde esta
perspectiva.
* EL HOMBRE. La historia nos
dice que el hombre ha sido anulado y denigrado. Y lo es todavía. Francisco
tiene una afirmación muy fuerte y liberadora a la vez: “...lo que vale el hombre ante Dios, tanto vale y no más” (Admoniciones,
XIX). Criatura, porque no es fuente de su propia existencia; pecadora si queremos,
pero amada perennemente por su grande y admirable Señor (Alabanzas del Dios Altísimo 7). Partiendo
del hecho de que el hombre es relación,
comunicación, a la pregunta de Manuel Kant la antropología franciscana
responde:
-
por el aspecto
óntico-entitatito, materia y espíritu, imagen y semejanza de Dios:
-
por el aspecto
de alteridad operativa, en relación abierta y vinculante con el ser finito-infinito;
-
por el aspecto
mundano e histórico, proyectado en el tiempo y en el espacio;
-
por el aspecto
vocacional-significativo, integrado e incluido en una comunidad de personas
concretas.
En este contexto, mediante
una expresión extremadamente sintética, afirma José Antonio Merino: “El hombre franciscano es una tensión indefinida
e infinita hacia una tensión deseada, pero aún no alcanzada”. El gran
San Agustín habla de una inquietud existencial.
En este mismo contexto podemos
afirmar que el otro, el hombre hermano, no es un apéndice de nosotros, que
puede ser y no ser, sino que forma parte de nuestro ser. Mi modo de relacionarme con él es el criterio de mi
madurez. La posible instrumentalización del hermano, su indebida exaltación
o denigración, me impide encontrarlo en su concretez, en su realidad más profunda.
¡En este caso tengo sólo un ídolo y
todo ídolo impide la comunicación!
* LA CREACIÓN. En nuestro
mundo occidental tal vez nadie como Francisco ha tenido una relación tan abierta
y noble con la naturaleza. Es como el horizonte para una fiesta. Su relación
con toda la realidad es vital y afectiva.
“Las cosas son algo más que cosas. De
Él llevan significación”, recordando y afirmando, de este modo, la fraternidad
cósmica universal entre los seres creados. Escribe San Buenaventura, a
propósito de Francisco: “Considerando que todas las cosas tienen un
origen común, se sentía rebosante de piedad aún mayor, y llamaba a las criaturas,
incluso a las más pequeñas, con el nombre de hermano o hermana; sabía bien
que todas procedían, como él, de un único principio” (LM VIII, 6). El
Cántico del Hermano Sol es claro respecto a algunas líneas de interpretación:
Francisco canta la bondad de Dios “por” y mediante todos los seres, ¡pero también lo hace con
ellos y a partir de ellos!
El hombre como relación tiene pues un trato filial
con Dios, fraterno con los hombres y cofilial con las cosas. Estamos ante
la superación de la idea del “dominio” del hombre sobre la naturaleza
y de Dios sobre el hombre.
LOS FRANCISCANOS Y EL ECUMENISMO
Antes
de tratar la aportación de la espiritualidad franciscana en la causa del ecumenismo, señalo, a modo de introducción,
tres temas fundamentales que hay que tener presentes en esta breve reflexión:
la oración de Jesús y los dos caminos que cada creyente en particular
y la comunidad de fe tienen que seguir en la vida de cada día: la necesidad
de renovación de la vida eclesial y la adquisición de una espiritualidad ecuménica.
a)
La oración de Jesús. Ha tenido y tiene la finalidad de
que todos los que creen en él sean una única realidad, ¡una unidad que es
reflejo del misterio de Dios uno y trino! Es indispensable, porque la unidad
suscita la fe en su misión y la consecución de la vida eterna (1Juan 1,1-3; 2,24).
b)
La renovación de la vida eclesial. La antropología nos dice que los valores engendran actitudes; y estos últimos, comportamientos
y acciones. El ecumenismo es, ante todo, una actitud interior, exige lealtad y fidelidad a Cristo y a la Iglesia.
Esta es la premisa para reconocer las culpas cometidas en el pasado. El documento
UR (7), citando 1 Juan 1, 10, nos invita a no ser mentirosos, a pedir perdón
y a perdonar. Tal actitud penitente dará como resultado la salida de nosotros
mismos para ir a Cristo de la manera más autentica posible, y nos permitirá
aceptar que nos pongan en diálogo. No se trata de dejar caer las hojas muertas,
sino de ser capaces de aceptar totalmente la acción del Espíritu. Cada nuevo
nacimiento lleva consigo sufrimiento o, si queremos, dolores de parto (cf.
Romanos 8).
c)
Adquisición de una espiritualidad ecuménica. Podemos definirla
como “el conjunto de valores y actitudes
exaltados y concretados por el hecho de que nos abre o nos entrega a la causa
de la unidad de los cristianos”. Su presupuesto lo constituye el proyecto
de Cristo y una correcta información acerca de las causas de la división.
Hoy, la expresión más alta de la espiritualidad ecuménica nos la da la oración.
A través de ella, el Espíritu nos habilita para compartir la oración de
Jesús, para estar plenamente compenetrados (cf. S. Spinanti, Ecumenismo spirituale, in Nuovo dizionario di spiritualità, Roma,
1979, 465).
d)
La aportación de la espiritualidad franciscana. La exhortación
postsinodal Vita Consecrata (100) dice que hay una profunda relación de la
vida consagrada con la causa del ecumenismo y explica por qué: el alma del
ecumenismo es la oración y la conversión. La espiritualidad franciscana es
especialmente apta para cultivar tal compromiso por la actitud interior de
amor humilde que la caracteriza como elemento
específico (la fuente es el mismo Altísimo: ¡Tú eres humildad!, cf. Alabanzas
del Dios Altísimo).
En Vita Consecrata (101) se
habla también de varias formas de diálogo. La Iglesia confía de modo particular
en el ecumenismo espiritual de la oración, de la conversión del corazón y
de la caridad. El ecumenismo “no es
una doctrina, ni una simple práxis, sino una experiencia que implica a toda
la persona... dándole a beber de las raíces profundas de su espiritualidad,
como la palabra y los instrumentos de gracia”. También esto nos dice que
el ecumenismo puede encontrar en la espiritualidad franciscana un terreno
fértil y un fuerte impulso. Pero, ¿por
qué?
-
En la experiencia
de Francisco y Clara la conversión y la reconciliación (con Dios, con los
hermanos y con todo el mundo creado) son fundamentales y camino hacia la unidad.
-
Igual de
determinante es el redescubrimiento de la centralidad de Cristo (como Camino)
y su vivencia real entre los hombres.
-
Tal vivencia
tiene o debería tener en la fraternidad su más alta ejemplificación, como
modelo de la nueva Iglesia.
-
La exigencia
de una nueva espiritualidad encuentra en la espiritualidad franciscana pistas
concretas de actualización y posteriores posibilidades, por ser una espiritualidad
que tiene su corazón teológico y su principio pedagógico en el Espíritu Santo
(cf. Regla Bulada, X).
¿Cuáles son las actitudes más adecuadas?
1)
Asiduidad
con la Palabra de Dios y disponibilidad a dejarse convertir, porque es Espíritu
y Vida.
2)
Acogida
gozosa de la salvación como don gratuito, en la expropiación más grande de
nuestro corazón, porque cualquier apego a uno mismo es contrario a la comunión.
3)
Diálogo,
apertura, superación del miedo a la
diversidad mediante el conocimiento más auténtico y el espíritu de tolerancia,
en el sentido de llevar el peso de los demás con los mismos sentimientos de
Cristo (cf. Filipenses 2,5).
4)
Actitud
propositiva (no impositiva) y confiada, porque son muchos, y no secundarios,
los elementos que unen a las distintas Iglesias: la Palabra de Dios, la vida
de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad, y otros dones interiores del
Espíritu Santo (cf. UR, 3).
5)
Consideramos
instrumento indispensable una seria formación inicial y una inteligente y
convencida formación permanente. Así aportaremos nuestra pequeña contribución
para que crezca en la Iglesia y en el mundo “el espíritu de Asís”, que se concreta en aquellos valores, ideales,
actitudes y comportamientos de los que hemos hablado con brevedad.
Gracias por su paciente atención.
P. Vincenzo Coli, ofm conv.
Custodio del Sacro Convento en Asís.
[1] J. A. Merino, La visione francescana della vita quotidiana, Cittadella Editrice, Assisi 1993; título original de la obra: La vision. franciscana de la vida, Ediciones Paulinas, Madrid, 1991).