Homilía pronunciada por fr. Valentín Redondo, Ministro provincial OFMConv, en la Eucaristía celebrada en Granollers, y retransmitida a toda España por TV2, el 7 de noviembre de 2004, con motivo de este centenario.

 

 

Paz y Bien a todos vosotros, aquí presentes, y a quienes siguen esta transmisión a través de TVE tanto en Cataluña como en el resto de España

 

La palabra de Dios que acabamos de proclamar, nos invita a la acogida y la reflexión de un artículo de nuestra fe que recitamos cada domingo en el Credo: “creo en la resurrección de la carne”.

 

Hablar de la resurrección no es fácil. Pablo lo intentó en el Areópago de Atenas y sus oyentes le dijeron: “De esto te oiremos hablar en otra ocasión” (Hch 17,32). Hoy, la primera lectura, tomada del segundo libro de los Macabeos (7,1-2,9-14), y el Evangelio de Lucas (20,27-38) nos hablan de la resurrección. Pablo nos dice que si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe y “somos los más desgraciados de los hombres. Pero de hecho el Mesías ha resucitado de la muerte” (1Cor 15,14.20). En su resurrección se basa la esperanza de nuestra resurrección. Esta esperanza del cristiano relativiza todos los absolutos de su existencia. Le corrige sus ideas e ideales más altos. Le cuestiona la propia vida. Así lo vemos en la primera lectura que nos presenta el martirio de los siete hermanos Macabeos. Renuncian a la vida con la afirmación esperanzada de que Dios, su creador, entregará al mártir una vida nueva. En boca del cuarto hermano se ponen estas palabras: “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará”.

 

En el Credo proclamamos: “Esperamos la resurrección de la carne y la vida eterna”. San Antonio de Padua dice en sus Sermones: “Recordemos que la carne del hombre floreció en el Paraíso antes del pecado, después del pecado perdió su flor, pero ha vuelto a florecer en la resurrección de Cristo, y reflorecerá plenamente en la resurrección general” (La Resurrección del Señor, 11). Ambos textos subrayan nuestra resurrección, pero no es fácil mantener viva la fe en la “vida otra” en un mundo tan autosuficiente como el nuestro, ni para los que intentan sobrevivir a duras penas, porque carecen de lo necsario, ni para los satisfechos. En estos nuestros días en que vemos tanta destrucción y tanta violencia que conduce a la muerte, en que hablamos tanto de muerte y hasta de la cultura de la muerte, opino que es oportuno detenernos y reflexionar sobre la resurrección que es vida, y Vida con mayúscula.

 

Jesús nos aclara el sentido de resurrección y vida eterna al responder a los saduceos que le colocan una trampa al presentarle el caso de la mujer que ha tenido siete maridos y, al final, también muere ella. “¿De cuál de ellos va a ser mujer?” (Lc 20,33) Para los saduceos la resurrección era como una prolongación de esta vida. Su propuesta era semejante a la pregunta que un niño hizo al teólogo Karl Rahner: “¿Se puede jugar al futbol en el cielo?”. Y Rahner le contestó: “Si tú quieres, naturalmente”. Jesús nos presenta la resurrección como un nuevo modo de vida. Después de la muerte no sólo cambia el estado físico, sino también las relaciones sociales de dominio y las leyes que lo acompañan. En el cielo, responde Jesús, “no se casarán”, “son como ángeles”. No es continuidad de lo mismo, es una nueva manera de vivir. No se puede comparar, en modo alguno, con la vida antes de la muerte. Jesús, a la propuesta de los saduceos, subraya que la vida después de la muerte es una nueva creación.

 

Añade Jesús, que los muertos “son hijos de Dios” (Lc 20,37). Viven. Y recurriendo al libro del Éxodo, reconocido por los saduceos, les dice: Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos”. Porque si Abraham, Isaac y Jacob estuviesen muertos definitivamente, no tendría sentido la fórmula usada por Moisés: “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob” (Ex 3,6). Para Jesús no tiene sentido una religión de muertos, porque “para Dios todos están vivos” (Lc 20,38). Él es el Dios de la vida.

 

Creer en la resurrección conlleva por parte de nosotros, los creyentes, el sembrar ya desde ahora, en nuestra vida, semillas de vida, de respeto, de justicia, de igualdad. Felices y dichosos quienes, desde ahora, echan los cimientos de la realidad definitiva en su realidad humana, quienes hacen presente el Reino de Dios, lugar donde la justicia y la paz se besan, lugar donde la justicia que brota del hombre reconciliado hace posible la paz. Ésta fue la tarea que llevaron a cabo aquí, en esta fraternidad de Granollers, nuestros Beatos Mártires, Alfonso López y Compañeros, cuya memoria litúrgica celebramos ayer. Francisco de Asís, varón creyente, describe así su fe en la resurrección desde la fraternidad con la hermana muerte:

 

“Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,

de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en su santísima voluntad,

Pues la muerte segunda no les hará mal”.

 

Paz y bien.