TRAS LAS HUELLAS DE FRANCISCO DE ASÍS

CRÓNICA y TESTIMONIOS

DE LA PEREGRINACIÓN A ASÍS Y OTROS LUGARES FRANCISCANOS (4 - 11 julio 2005)

El año pasado, cuando regresábamos de la Peregrinación Franciscana, con motivo del Centenario de la Restauración de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales en España, nos despedíamos pensando que, si Dios quería, nos reuniríamos de nuevo en Asís este año, y al sorprendernos al final del trayecto una intensa lluvia, decíamos que el Cielo se quería unir a nuestro sentimiento por tener que separarnos, ¿lo recordáis? Pues el Señor ha querido que nos reunamos 300 peregrinos de diversos lugares: Barcelona, Granollers, Madrid, Palencia, Sevilla, Tarancón, Valencia, Pamplona, Valladolid y Zaragoza.

Voy a intentar transmitiros lo que he sentido y vivido durante estos maravillosos días de PAZ y BIEN, desde el 4 al 11 de julio. Nos dirigimos, en primer lugar, haciendo escala en Milán, a Venecia. Es una maravillosa y romántica ciudad, con sus canales, su Plaza de San Marcos y su Catedral. Algunos tuvieron ocasión de visitar la Iglesia Franciscana dei Frari donde se encuentra la famosa “Asuntta” de Tiziano. Por la noche nos reunimos todos los peregrinos en el “vaporetto” para ir a descansar a un bonito lugar, Treviso.

Al día siguiente fuimos a Padua. Visitamos la Basílica de San Antonio. Allí, en el Sepulcro del Santo, todos hicimos nuestras peticiones; yo pedí por mis seres queridos -familiares y amigos- y pensé ¿qué más puedo pedir para mí que tener la dicha de encontrarme en este lugar? También tuvimos ocasión de contemplar las reliquias. Me emocioné mucho pues es un Santo por quien siento gran devoción.

Participamos todos los peregrinos en la celebración de la Eucaristía. Concelebraron todos los frailes que nos han acompañado. Los cantos, el darnos las manos cuando orábamos con el Padrenuestro, la homilía de Fr. Juan Antonio en la que pedía: “Señor, que volvamos llenos para poder dar a los demás”, consiguieron que derramase algunas lágrimas y sentirme en el Tabor. Al salir nos sorprendió una abundante lluvia.

Por la tarde, continuamos nuestra peregrinación a Florencia. A la mañana siguiente visitamos esta bonita y artística ciudad acompañados de nuestros guías. Celebramos la Eucaristía en la Basílica Franciscana de la Santa Cruz. En otros templos la cruz es latina o griega, aquí tiene forma de “tau”. Hay muchas cruces y están enterrados varios personajes ilustres, entre ellos Miguel Ángel.

San Francisco tenía gran amor por la Cruz, nos dijeron que pensásemos que el Señor nos preguntaba a cada uno de nosotros ¿quién soy yo para ti?, y que nos pedía: “comparte conmigo la Cruz, que yo te ayudaré a llevarla”, profundo pensamiento que me llevó a meditar si yo era capaz de llevar mis cruces con amor y generosidad.

El día 7 estuvimos en Monte Alvernia, donde San Francisco recibió los estigmas. Como su nombre indica, caminamos cuesta arriba pero contentos de estar allí.

Celebramos la Eucaristía, tan emotiva como siempre, acompañados por los cantos franciscanos de nuestro querido coro. Vimos las grutas donde escribió San Buenaventura la impresionante escena de la “impresión de las llagas” y donde San Francisco descansaba. También contemplamos diversas pinturas representando escenas de la vida del Santo.

Por la tarde, a las tres, asistimos a la Procesión de los Estigmas. Este lugar nos evoca el Calvario, nos hace sentir gran amor por nuestro Cristo Crucificado; es, sin duda, un lugar para la paz y la meditación.

El día 8 estuvimos en Asís, centro de nuestra peregrinación, donde nació y vivió San Francisco, su apasionante historia de conversión. Juan Pablo II la definió como “Profecía de Paz”. El 27 de abril de 1987 celebró una jornada para orar por la paz en el mundo con otros líderes religiosos. En toda la ciudad se respira el Espíritu de Asís.

Por la mañana visitamos la Basílica de Santa Clara, antigua Iglesia de San Jorge, donde estuvo enterrado durante 4 años San Francisco, y donde están actualmente los restos de Santa Clara. En una de sus capillas está el auténtico crucifijo de San Damián. Aquí aprendió San Francisco a leer y escribir.

En la Iglesia de San Rufino están las pilas bautismales donde fueron bautizados San Francisco y Santa Clara. Algunos peregrinos visitaron San Damián donde el Señor pidió a San Francisco que reparase su Iglesia. Después, Santa María de los Ángeles, la Porciúncula -“Porcioncilla”-, ningún otro lugar franciscano estuvo tan ligado a la vida de Francisco: “Cuna de la Orden”, “ Santuario de la misión y el perdón”, donde San Francisco nos enseñó a vivir el tránsito de esta vida como una celebración y a mirarla como hermana. Aquí Santa Clara, “plantita de San Francisco”, fue consagrada a Dios y nació la segunda Orden, las Clarisas. En el claustro vimos el “rosal sin espinas” y en el exterior la monumental Custodia.

Rivotorto -“Río Tortuoso”-, la antigua leprosería se encontraba muy cerca, está custodiado por los Hermanos Menores Conventuales, llevan el hábito gris, recordando los orígenes; en la actualidad muchos proyectos de los fieles reciben el nombre de Rivotorto. Allí, en Pentecostés, se celebraba el Capítulo llamado de “las esteras”, porque era donde descansaban los que asistían a este capítulo. Fue impresionante ver, al menos yo así lo sentí, donde vivían San Francisco y sus hermanos, y comparar cómo vivimos nosotros.

Almorzamos en Collestrada, donde estuvo preso San Francisco y pasó tantas penurias: alguien pensó que nosotros, peregrinos, estábamos comiendo muy bien. La tarde fue la cumbre de nuestra peregrinación en las dos iglesias de la Basílica de San Francisco: la inferior, oscura y baja, pero entrañable, sería el símbolo de la vida de penitencia; la superior, luminosa y espaciosa, el símbolo de la gloria, en ella están situados los 28 frescos de Giotto que constituyen una biografía de San Francisco, y en la cripta su tumba.

Es difícil describir mi emoción aquí al proclamar la Palabra de Dios. Sentí que era muy poca cosa para ese honor, pero lo hice con mucho amor pensando que el Señor así lo quería. Los cantos fueron maravillosos y sentidos, y acogimos con mucho cariño y agradecimiento el regalo que nos hicieron nuestros frailes a todos los peregrinos, una Tau. Verdaderamente fue un día para la contemplación de los ojos y del corazón.

Como “a quien madruga, Dios ayuda” , a la mañana siguiente, a las 6, los que no habíamos visitado la tumba de San Francisco nos reunimos con el Padre Provincial y Luis Esteban, que tuvieron la gentileza de acompañarnos para visitarla, así lo hicimos y experimentamos el gozo de orar ante la tumba de nuestro gran Santo.

Greccio, adonde nos dirigimos a continuación, es indescriptible. Según subíamos empezamos a oír el canto de los villancicos; qué hermoso celebrar la Misa del Gallo en el mes de julio. En Greccio, eremitorio convertido en santuario, se respira ternura y caridad, aflora el niño que todos llevamos dentro, y así como Alvernia nos transporta al Calvario, Greccio nos remite a Belén. Seguía ese sentimiento al visitar la Gruta de Belén y la exposición de belenes en ese lugar especial, mágico.

Al volver, en el autocar, dado que era sábado y recordando el gran amor de Francisco a la Virgen, rezamos el Ángelus. Después de comer, Fontecolombo -“Fuente de las Palomas”-, “Santuario de la Regla” y también “Sinaí Franciscano”, porque Francisco en este lugar recibió la Regla, es decir, la norma de vida para sus frailes: observar y vivir el Evangelio, en obediencia, sin nada propio y en castidad.

Aquí sufrió San Francisco la dolorosa operación de sus ojos, que fueron cauterizados, y, casi ciego, compuso “El Cántico de las Criaturas”, que nosotros recitamos en el autobús camino de Roma. En la Capilla de la Magdalena, dedicada a la Virgen, celebraba Francisco la Eucaristía con sus hermanos. Si el corazón no ora, en vano la lengua podrá hablar; pero nuestros corazones oraron y se despidieron con pena y emoción de este lugar, remanso de paz.

Imitando a nuestro Santo caminamos hacia Roma. Al llegar, de lejos, ya pudimos contemplar el Vaticano. A la mañana siguiente un guía, Sandro, nos acompañó en la visita panorámica a la Ciudad Eterna; me encantó, pero creo, que hay que usar la imaginación para trasladarnos a la Roma milenaria y, al contemplar sus ruinas -anfiteatros, palacios, coliseos, arcos-, verlas en su grandiosidad original.

Nos dirigimos a la Plaza de San Pedro y esperamos con gran impaciencia el momento del rezo del Ángelus. Al ver aparecer en el balcón al Santo Padre Benedicto XVI, aplaudimos con vehemencia, que se desbordó al dirigirse a los peregrinos españoles, y vi lágrimas en muchos ojos, en los míos también. Visitamos la Basílica y las tumbas de muchos papas, oramos ante la de nuestro querido y añorado Juan Pablo II. No se puede expresar con palabras la grandiosidad de este lugar; para seguir la tradición, tocamos el pie de la imagen de San Pedro.

Celebramos la última Eucaristía de nuestra peregrinación en la Basílica de los Santos Apóstoles, sede de la Curia General de los Franciscanos Conventuales. Es muy bonita, en ella están enterrados Santiago el Menor y Felipe. Como anécdota, se habían dejado el Misal y, al estar en italiano, proclamó las lecturas Fr. Tomás. El coro, como siempre, maravilloso y un solo cantado por un fraile, creo que se llama Juan Carlos, nos transportó, por lo menos a mí, al Cielo.

Fr. Juan Antonio nos despidió pidiéndonos que fuésemos buenas gentes, capaces de transmitir a los demás lo que habíamos vivido durante estos días. Quiero reseñar que, cada mañana, Fr. Luis Esteban dirigía la oración de la mañana situándonos en el contexto que íbamos a vivir durante ese día. También hemos pasado ratos de mucha alegría y buen humor, y, como es natural, hay anécdotas dignas de recordar.

En Roma, en un restaurante, al entrar cantaron el pasodoble “Que Viva España” y aplaudían, y nosotros, más contentos que unas pascuas, valga la expresión, aplaudíamos y cantábamos con mucha emoción. Yo había gastado la broma de que esa noche nos iban a dar nuestra añorada tortilla de patatas, y, casualidad, no fue de patatas sino de verduras, pero muy bien recibida.

A nuestra querida María Jesús le hicieron una entrevista en la Plaza de San Pedro para Antena 3. Un peregrino soñó que llevaba varias fuentes de “spaghettis”, se rompían y se derramaban por el suelo. A una peregrina se le quedó enganchado el tacón del zapato, y al verla, Luis Esteban dijo: “dejadla, que esa es de las mías”. A mí me sonaron las prótesis de las rodillas en el Aeropuerto de Barajas, y yo no caí en la cuenta hasta que me lo dijeron mis amigas. Como es habitual en nuestras peregrinaciones, Roma nos despidió llorando.

Quiero dar las gracias al Señor, que es el Bien, Todo Bien, Sumo Bien, por haberme concedido asistir a la peregrinación; a nuestros queridos frailes -sin nombres porque son muy humildes- que han organizado y dirigido con tanto acierto, dedicación y cariño la peregrinación tras las huellas de Francisco de Asís y que, en todo momento, han estado pendientes de nosotros; y a todos vosotros, mis queridos peregrinos y hermanos, por el clima de fraternidad que ha existido. A todos os deseo mucha Paz y todo Bien.

Maruja de la Fuente,

Parroquia Ntra. Sra. del Rosario (Madrid, Julio 2005)

 

Otros testimonios:

Me parece un sueño, tengo que pellizcarme para comprobar que he ido en peregrinación a Italia. Decir, en pocas palabras, sentimientos, ilusiones, alegrías, sentirse fascinado por el arte es casi imposible, pero sí, ¡ha sucedido!, he estado en la romántica Venecia, en Padua, donde me he emocionado mucho, quizá por motivos personales; en Florencia ¡mamma mía!
Arte hasta en el aire; en el Monte Alverna; en Asís, cuna de nuestros franciscanos, esa Asís medieval que nos transporta al siglo XIII donde Francisco caminaba, oraba, dormía, cantaba, vivía su inmensa fe de la que seguimos alimentándonos, junto con Clara su gran amiga y hermana; en los eremitorios situados en lugares increíbles donde el santo de Dios gustaba de su soledad. El trasladar la imaginación a esa época resulta alucinante.

Y, por último, Roma, la grande, la majestuosa, la que cambia poco a través de los años; sus edificios, museos, palacios, llenándolo todo, y el Vaticano dando su abrazo a la cristiandad. Da igual el Papa que haya, la gente vive su entusiasmo, da vivas, chilla, llora, canta, vitorea. Todo esto y más está en mi mente y en mi corazón, ¿qué os puedo decir?, sólo gracias por haber organizado esta peregrinación, gracias por ser como sois.

Mª Carmen Peláez,
Parroquia Ntra. Sra. del Rosario (Madrid)

Voy a enumerar ligeramente los lugares de nuestra peregrinación. Salimos del aeropuerto de Madrid hacia Venecia (ciudad única por su belleza arquitectónica y sus canales, francamente maravillosa), seguimos con rumbo a Padua, Florencia, lugares de Asís y, al final, Roma.

Según íbamos avanzando por estas tierras italianas yo pensaba que cada paso que daba ponía el pie, más o menos, en el mismo sitio que Francisco.
La emoción iba creciendo cada vez que, con mi torpeza, llegaba al umbral de algún santuario o basílica; mi ser entero se iba impregnando del espíritu franciscano. Tengo miedo, mucho miedo, que esto sea fruto de un espejismo o fantasía y que un buen día se desvanezca. Pido al Señor que este sentimiento de gozo y alegría me dure toda la vida.

Concluimos nuestro viaje en Roma, en la maravillosa plaza de San Pedro rezamos el Ángelus con el Papa Benedicto XVI; también fue un momento de mucha emoción, aunque al Santo Padre se le veía en la lejanía. Visitamos la basílica de los Apóstoles Santiago el Menor y Felipe, grandioso monumento donde celebramos una maravillosa Eucaristía, que, como todas, nos dio fuerzas para terminar nuestra peregrinación. Como anécdota, os diré que Fr. Luis Esteban estuvo durante toda la peregrinación gastando bromas a una peregrina; lo pasamos muy bien y nos reímos mucho. Que Dios nos proteja.

Al final de mi testimonio quiero enviar a todos los peregrinos la Bendición de San Francisco: “El Señor te bendiga y te guarde, te muestre su rostro y tenga misericordia de ti, vuelva su rostro hacia ti y te de la paz; el Señor te bendiga”.

Josefina de León Jiménez,
Parroquia Nuestra Señora del Rosario (Madrid)

 

Florecillas de la Peregrinación. Por Mª Jesús Aguado (Madrid)

Érase un caluroso día de verano. Los hermanos, amigos y simpatizantes de Francisco habían salido de madrugada de Madrid y otras ciudades de España en peregrinación a visitar los lugares franciscanos de Italia. Llegan a Milán-Venecia... Hoy se dirigen a Padua. Quieren encontrarse con el hermano Antonio, visitar su tumba, orar. Nos reunimos gozosos para celebrar la Eucaristía en la Basílica del Santo.

Durante el camino, en el autocar empezaba la convivencia, ofreciendo al Señor el nuevo día que nos concedía, alabándole y dando gracias con himnos y salmos. “Tú eres Dios desde siempre... acepta nuestro pobre corazón de barro... estamos ante tu corazón de Padre”. Después de la oración -fue amenizado el viaje y animado por el P. Luis Esteban- hubo concurso, canciones, sobre la vida de San Antonio, el “responsorio”... Casi se descubren secretos bien guardados de alguna hermana... este Fray Luis... ¡qué pícaro nos ha salido...! ¡Cuánto sabe!

Con estos sentimientos, nos dirigimos a celebrar la Eucaristía; fue un gozo tantos hermanos reunidos (300), éramos tantos que se llenó la iglesia. El hermano Antonio nos miró con gozo, quería comunicarnos tantas cosas, y de veras que lo hizo. Nos habló de amor, de sencillez, de cómo vivir hoy el Evangelio, siendo testimonio del amor en nuestros ambientes, familia, trabajo, sentido de fraternidad...

Y el hermano Francisco nos miraba complacido, su rostro resplandecía de alegría; tanto es así que me pareció oír: “Escribe, hermano León, ¿no te pareció bello esto? ¡Qué hermoso es estar reunidos los hermanos!”. Al llegar el momento de la paz, esto sí fue un encuentro, los hermanos se emocionaban. Salíamos tan alegres después de alimentarnos con la palabra y el Cuerpo del Señor... Pero al salir a la calle, ¡sorpresa!, la lluvia que habíamos pedido en el camino hacía su aparición, y ¡cómo caía!

Loado seas, mi Señor, por la hermana agua; nos es tan necesaria... Y aunque algunos hermanos se enfadaron un poquillo, aún cuando tuvimos que esperar en los soportales para resguardarnos, a pesar de los paraguas que compramos, y aún así, nos calamos. Aún cuando los hermanos que tan elegantes lucían sus pañuelos y elegantes atuendos, el agua nos caló hasta los huesos y la mismísima “chicha”...

Aún cuando se perdieron algunas maletas y vimos sufrir a las hermanas (las cosas del peregrino) y cuando llegamos al restaurante... “escribe, hermano León...”. Hoy nos hemos librado de la pasta, la comida fue un lujo, ¡vamos! Y hasta con birra la hemos acompañado. Ya restaurados nuestros cuerpecitos alegres y contentos... A seguir peregrinando gozando y contemplando el paisaje, bordeando los Apeninos (aquí recordamos a Marcos: “En un pueblo italiano...”. Si en el fondo todos somos un poco niños, ¿verdad?

Señor, qué maravillosas son tus obras. Abre nuestros ojos para ver, danos una mirada limpia. Si supiéramos comprender... Con la contemplación de estos bellos paisajes, nuestro corazón y espíritu nos llevaban a Dios, aún cuando el camino se nos hizo un poco largo, y nos encontramos en carretera con un atasco... y tardamos cinco horas hasta llegar a Florencia... Aún con todo esto, loado seas, Señor. ¿Y cuándo llegamos a Florencia? Vimos la fachada de la catedral, el baptisterio, ¡Cuántas obras de arte! ¡Cómo hemos disfrutado por que todo nos habla de ti! Tú eres, Señor, el que dirige la mano del artista, del escultor, ¿Quién creó la piedra, el mármol? ¿Quién la materia prima?

Después de un breve recorrido por Florencia, porque enseguida anocheció, cenamos en el restaurante “Dante y Beatriz”, otro lujo. Ya terminado este día que nos has regalado, de regreso al hotel y en el autocar, en un momento de recogimiento elevamos a Ti nuestro espíritu y agradecidos por tanto amor, sintiéndonos pequeños ante Ti y tanta grandeza, te decimos con el salmista: “Tú nos haces fuertes, sólo en tu amor... en tu vida... sólo en tu vida nos haces fuertes, en mi debilidad te haces fuerte en mí”. ¡Cuánto amor Señor!, ¡qué descanso...!

Ya relajados, sintiéndonos en paz, nos retiramos a descansar. ¡Gracias por este día que nos has regalado! “Escribe, hermano León...”. Este ha sido un día de gozo. Te olvidas de algo, agradecer al conductor y al guía su servicio; son como vuestros ángeles custodios, y al P. Luis Esteban, que está pendiente de todos, prepara la oración y de MariaJe, con sus canciones y su preciosa voz... ¡Vamos! ¡Presto, presto! Decidles... GRACIAS. “Tengo preparadas más sorpresas para días sucesivos”, dijo Francisco, “por hoy basta, descansad. Paz y Bien. Load conmigo al Señor”.

Saludo de Francisco.

Yo Francisco, vuestro hermano y servidor. Os amo. Me siento feliz al veros, habéis venido aquí como peregrinos, agradezco vuestro esfuerzo, conozco y comprendo vuestra ilusión. Recordad, yo también fui peregrino, por eso sé los inconvenientes a los que os enfrentáis, fui peregrino y quiero seguir siéndolo a través de vosotros para recordar: ¿qué es nuestra vida más que un peregrinar a la casa del Padre?

Os he mostrado mi vida a grandes rasgos y los lugares donde viví experiencias maravillosas; sintiéndome amado por el Padre; le busqué con todo mi corazón y Él me mostró a su Hijo querido. Fueron varios años de búsqueda, como sabéis, llegué a conocerle y vivirle, pobre y crucificado, y me dejé amar por Él, y en ese dejarme encontré mi gozo y mi felicidad; recordad, “yo quiero ser Evangelio viviente”.

He visto cómo os emocionabais con estas cosas. Ese corazoncito... Cuidadlo... Dios, nuestro Padre, ve en lo hondo del corazón. Sed mensajeros de paz, vivid de verdad la fraternidad, desde la gratuidad de Dios, y vuestra vida será un gozo. Que es difícil… Lo sé, lo sé, ¡ah! si supiéramos ver en los hermanos lo que tienen de bueno... seríamos capaces de amar más y mejor, de juzgar con misericordia y apreciar más el don de los hermanos que Él nos da; ellos son los que nos enseñan y ayudan.

Sed engendradores de Dios, en la palabra y la Eucaristía; dad a Dios con vuestra vida, rescatad la ternura perdida. Sois llamados y enviados a salvar este mundo lleno de ansiedades y preocupaciones, de violencia y vacío de Dios. Llenadlo de amor y de paz, de alegría y santidad; seréis felices, os lo garantizo. Os felicito y deseo todo bien. Vuestro hermano menor, Francisco.

Días 7 y 8 de Julio.

“Alegre la mañana que nos habla de Ti...”. Cantamos alegres e ilusionados al comenzar el nuevo día, y en ruta ya, le pedimos su fuerza y ayuda al Señor. Y en la oración de la mañana, sintiéndonos frágiles como paja que lleva el viento (palabra de Dios) y desde nuestro corazón de barro (Salmo), le pedimos fuerza para caminar y como peregrinos que caminamos hacía Él, le decimos: “Sacia, Señor, nuestro corazón de tu amor, sé el alfarero que nos moldee y llene nuestra vida de esperanza...”. Hoy nos dirigimos hacia Asís, lugar central de la peregrinación, y el Padre Francisco, anticipándose, nos sale al encuentro: “Paz hermanos”, y acompañado también del hermano León, yo pienso que debió ser un buen secretario.

“Paz hermanos”, dijo Francisco, “tengo grandes cosas que comunicaros, pero las tendréis que descubrir vosotros, abrid la mente, los ojos y el corazón, gozaréis, veréis la grandeza de Dios, yo os seguiré guiando para conduciros a Cristo Resurrección. Visitaréis Asís, mi pueblo querido, sus calles, sus plazas, sus iglesias, ¡cuántos recuerdos!”.

“La Porciúncula, ¡ah! la Porciúncula...”, dijo con gran emoción haciendo un silencio... y poco a poco como quien recuerda dijo: “Rivotorto, Rieti, Fonte Colombo, San Damián, Alverna, Greccio...”. De nuevo la emoción y un gran gozo iluminaban su rostro... “¡Basta!”, dijo reponiéndose. “Hermanos, sed bienvenidos, gozad y disfrutad. Load conmigo al Señor y ¡sed felices!”.

Qué razón tenía Francisco: ¿cómo no se iba a emocionar? Asís, una ciudad preciosa, sus casas al estilo de la Edad Media , aún bien conservadas, sus balcones llenos de flores, sus calles, la iglesia de San Jorge, dónde asistió a clase, la casa donde nació... San Damián... Allí había vivido experiencias maravillosas... En esta ciudad se respira paz, tranquilidad, descanso, lugar de encuentro con Dios.

Un reto y un compromiso para los que hemos tenido la suerte de venir y no por casualidad, sino porque el Señor nos ha traído y por consiguiente tenemos un reto. ¿Cuál será mi respuesta? ¿Qué voy a ofrecer cuando vuelva a mi casa? ¿Qué tienen mis ojos, mis manos, para transmitir a los demás? Que el Espíritu de Francisco, que tanto nos ha impresionado, arraigue y viva con fuerza en nosotros y, como Francisco, saber contemplar a Cristo pobre y crucificado, dejándonos modelar, dejándonos querer por el Padre, confiar...

Hemos sido llamados a vivir y ser testigos de una manera particular hoy, por todos los cambios que estamos viviendo en nuestra sociedad. Es importante que Cristo vuelva a transitar las calles donde vivimos. Para esto hemos de vivir con más fuerza y santidad (esto parece que hoy no se lleva) y Francisco nos sigue interpelando, nos dice: “Sed engendradores de Dios en la palabra y la Eucaristía, dando a Dios con nuestra vida, rescatar la ternura perdida, ser capaces de transformar el mundo. Vivir y alimentarnos de la oración, revivir momentos fuertes”.

Hemos contemplado a Francisco, hombre hecho oración, en sus manos, en su cuerpo, todo él, toda su vida es una catequesis, explosión de vida y alabanza al Creador, de entrega a los hermanos viviendo la fraternidad universal. Hemos de ser hombres y mujeres de buena voluntad, mensajeros de Paz y Bien.

Viviendo agradecidos a Dios por este regalo que nos ha hecho a toda la Iglesia, y sobre todo por el don de los hermanos. Francisco, ayúdanos a cumplir tantos propósitos que hemos hecho ante tu tumba, ¡cómo nos ha impresionado al recortar tu vida!, sé tú el puente que nos lleve a Cristo, enséñanos a interpretar nuestra vida en clave evangélica, como oró Juan Pablo II ante tu tumba. Queremos seguir tus huellas, sabemos que no es fácil. Que todo esto no sea una ilusión, sino una realidad vivida en esperanza. Gracias

 

 

Reflexiones sobre una peregrinación

Tanto insistió mi esposa en nuestro viaje a Italia, que, al final, y un poco a regañadientes, acepté, más por complacerla que por mi propio interés o curiosidad. Tal vez, pensé, sería el primero en el culto universo mundo al no desear ver realizada el más soñado sueño de un mortal, una visita a Venecia, Roma, Florencia. Sería considerado por todos como el gran despropósito, propio de un patán inculto. Así que acepté. Y fue así como empezó nuestro camino de “peregrinaje”, que no de turismo, como gustaba insistir nuestro querido Luis Esteban. Pero me sentía un tanto extraño: ¿“Peregrinación”?, me decía. Íbamos a Venecia!, a Florencia!, a Roma!, pasando, sí, por Asís. Pero, aparte de Francisco y Giotto, ¿qué se puede ver en Asís? Una ciudad medieval, un monasterio, y, en lo alto, allá en la cumbre, un castillo abandonado. ¿Todo eso, comparado con la Eterna Italia , Venecia, Roma, Florencia? ¿Con Miguel Ángel, David, Moisés, la Piedad, la Capilla Sixtina , el Santo Padre, el Vaticano, la Basílica…? ¡Bueno, ya veremos! Realicemos el sueño de años, al menos para conocer Roma. Pero a la hora de la verdad, qué gran sorpresa me llevaría! Sí. Una verdadera sorpresa.

Porque a partir de hoy, después de los días, de una forma suave pero insistente, fue naciendo en mi una obsesión que, día a día y de hora en hora, me ha ido apasionando y absorbiendo, casi sin notarlo, pero que al poco, brotó rompiendo amarras: “Cristo y Francisco. Francisco y Cristo, Fe, Evangelio, Pobreza y Amor”.

Y todo comenzó con el recuerdo de la conversión de Francisco, aquel joven y ambicioso caballero…que no se contentaba con lo mucho que ya tenía, sino que ansiaba más y más, aunque por camino erróneo. Y fue de pronto que un día, aquella llamita de Fe que le implantó una madre cristiana, brotó en él, se incendió y se convirtió en fuego de ansia y luz que alumbró su camino hacia la verdadera fama, el triunfo que buscaba, y que se abriría plenamente a su generosidad. Y aunque le costó un esfuerzo casi sobrehumano, entre lágrimas y dolor, el aceptar la llamada insinuante e insistente (¿qué vio Cristo en él?) que le acosó, suave al principio, pero que poco a poco se convirtió en exigencia dolorosa, en un como torrente avasallador que le inflamó y le llenó de amor. Una Fe y un Amor que al fin le hizo decir Sí a Jesús, un “Sí” sin condiciones, un “Sí” como el de María en Nazaret. Un Sí rotundo, aun a sabiendas de su gran debilidad. Y de nuevo me pregunto: ¿Qué vio Jesús en él, para no permitirse el lujo de perderlo? Y ¿qué vio en nosotros para regalarnos con un don tan precioso: Francisco? Porque nos regaló al más santo de los hombres y el más hombre de todos los santos, el hombre de pura, limpia y simple pobreza y de sencillez suprema.

Y comencé a sentir la tensión de Francisco, con el recuerdo de nuestra última visita, al final de la jornada, cuando descubrí, ya en el monte de Fontecolombo, al mismo Francisco, como el gran alpinista, aquel que gustaba de la soledad de las cumbres, donde siempre supo, que allí, en aquellas altas soledades, encontraría de seguro al Cristo que tanto le reclamó, hasta que por fin alcanzara la más alta de todas las alturas, “la hermana muerte”, para encontrarse en los brazos del Hermano Jesús, cara a cara, lejos de la muleta de la Fe, y así descansar en Él, en Aquel que tanto le amó y al que él amó tanto.

Y pasé de asombro en asombro, en mis recuerdos, recorriendo los caminos de Francisco, aunque sintiendo que no asimilaba bien todo lo que estaba viendo. Iba como tomando notas mentalmente, pero de un modo inconsciente. Se diría que “iba guardando todas las cosas en mi corazón”.

Y sucedió así. Fue al poco de llegar de Italia y visitar nuestra capilla, en uno de mis momentos de adoración y vigilia ante el Sagrario, que, sin pensar, perdido en una distracción, fijé la mirada en la imagen de Francisco a un lado del altar, junto a San Antonio. Y algo de pronto explotó dentro de mí, que iluminó la visión auténtica de las imágenes que llevaba grabadas en mi interior de aquel viaje. Vi allí, en la oscuridad de aquel rincón, dos imágenes que a una despertaron en mí un sentimiento hasta entonces desconocido: San Francisco y San Antonio.

Vi en de las imágenes, hermanado al seráfico Francisco, a un santo amable, que tan sólo había sido para mí, durante años, el santo patrono de mi hermano, que hoy ya está en el cielo en su compañía y con Dios. San Antonio de Padua.

Y le recordé en nuestra primera visita peregrina a su ciudad de adopción. Tantas veces había oído hablar de él, tantas veces le había visto con el Niño en brazos.... Nunca me había dado cuenta de que él, San Antonio, fue y lo es, el más fiel reflejo del candor y la Fe más auténtica del espíritu de Francisco, que tanto amó a Cristo. Se identificó tanto con Él, que el Jesús Niño se le vino alegre a recostar su candor en sus brazos, como el Cristo Doliente se le fue a refugiar en el corazón de Francisco. Y pensé que Dios había empujado a aquel joven religioso a través de su aventura por los mares en busca del martirio, para hacerle encontradizo con su más querido hermano, Francisco, de quien aprendió el más fácil y bello camino para encontrarse con Jesús. Ahora sé por qué al rodear su tumba y plantar mis manos en aquella piedra cálida que nos separaba, junto con otros peregrinos, sentí aquel escalofrío de fervor, aquel tan profundo y auténtico sentimiento de paz, alegría y ternura. Jamás de mi memoria se borrará aquel día.

Dejamos Padua y partimos hacia el monte Alvernia, huyendo de la lluvia que nosotros desearíamos hoy para nuestra sedienta y querida España. Me pareció corto el camino, pues aparte de las bellezas turísticas y el verdor de aquellos montes por entre tortuosas carreteras que subían y subían, nos alentaba la esperanza de lo que se nos prometía en aquellas cumbres, y nos llenaba de gratas expectativas. Íbamos a visitar el hogar de paz donde Francisco, con gran presteza, a pie y ya ciego, corrió en busca de Cristo, y donde Cristo, al más puro modo de Dios, le abrazó con inmensa ternura y le señaló con el sello de sus llagas. Alturas, montes inmensos y senderos tortuosos, peñas casi inaccesibles y el cercano cielo, fueron los grandes y no mudos testigos, de aquel sencillo, pero no menos grandioso acontecimiento que fue para Francisco como la culminación de lo que siempre esperó y con ansia: El anticipo de su cercanía al Amado. Los brazos llagados, el pecho roto, el preludio de un cercano encuentro, “cara a cara”, al lado de María, para oír aquel: “Ven a mí, bendito de mi Padre”. Es para rompérsele a uno el alma de tanta promesa.

Visitamos aquel santuario suyo, no el grande, el suyo, pobre y chiquito, bajando hasta el fondo por toscos escalones, hecho de pura y dura piedra por el arquitecto naturaleza: Al igual que todos sus monasterios: Grandioso nombre este para tan poco cobijo, un lecho de tierra, de roca la almohada y por techo y abrigo, su anhelo y ansia de Cristo.

Y fue allí, en aquel rincón del mundo donde vi a Cristo abrazado a Francisco, Cristo abrazando de nuevo la Pobreza, los dos sangrantes, llagados de amor, impregnados de dolor y de amor, transmitiéndole Jesús las señales del mayor Amor de Amigo, del que murió por él prendido en una cruz. ¿Os podéis imaginar aquel abrazo sin llorar? Francisco abrazando a Cristo en un perdido rincón del mundo, pleno de amor y dolor, ambos traspasados por las mismas llagas, agradecido Jesús por encontrar al menos un alma que sí veló y oró con Él en aquel Monte de soledad. Y fue en aquel momento que soñé, “bendita ilusión”, que los dos volvían su rostro hacia mi y me miraban. Compartí el dolor y sentí una pena tremenda: El no tener la fe, el amor y el “valor” de Francisco, para perderme como él en Jesús, en un Sí total. ¡Oh, Dios!

Y ya todos, un poco asustados por la emoción de lo que vimos, o quisimos ver en aquel santo lugar, bajamos de aquellos montes sagrados, la mente y el corazón predispuestos para lo que se nos prometía, al acercarnos a la cuna de Francisco, su pueblo, su pequeño y querido Asís, allí donde empezó su gran aventura hacia Dios.

Si. Y al fin, Asís, nuestro principal punto de encuentro y destino. Llegamos al atardecer, todos a las ventanillas buscando la montaña prometida, el monte sagrado, el que un día fue vertedero de maleantes y malhechores ajusticiados, hoy Santuario de Fe y reposo de un Santo. Y allí estaba en lo alto, imponente, quieto, lleno de luz, faro de peregrinos que por millones, y durante siglos, habían acudido a aquel lugar santo en busca de Esperanza y la Paz de Dios.

Algunos subieron aquella noche, acuciados por la impaciencia, al Santuario. Yo no subí. Me quedé abajo paseando, acompañando a San Antonio y al Niño, en la plaza, rezando a la Madre, con mi rosario en la mano y la oración en el corazón y la mirada en la cumbre. Así varias horas hasta que llegaron los impacientes, contando maravillas de su visita a los santuarios, como queriendo darnos envidia. Y algo sí que hubo en mí.

Y fue a la mañana siguiente que subimos todos a la ciudad, y ya allí, unos cuanto de nosotros, los valientes, decía Luis Esteban, bajamos andando al convento de Santa Clara, antes capilla de San Damián, donde visitamos aquel chico y recoleto monasterio, acogedor y cálido. Allí contemplamos la cruz de San Damián, el bello y sagrado Icono, desde donde Cristo le habló a Francisco, y en voz alta, y que fue el último aldabonazo del cielo que le decidió a dedicarse en plenitud a las cosas del Padre. Visitamos la tumba de aquella joven que sería un día conocida como Santa Clara, y que fue contagiada de la fe y amor de Francisco, y que se dedicó por entero, imitándole, en las cosas de Dios.

El día fue muy denso en celebraciones, visitas y oraciones. Y desde aquí una pequeña digresión:

Desde siempre, año tras año, quienes nos cuentan las cosas de Asís, nos deslumbran y nos venden un nombre convertido en sagrado: Giotto. Da la impresión de que el personaje importante del santuario de Asís es Giotto, las pinturas de Giotto. ¡Jo!. ¡Nada menos que Giotto!, nos dicen. Pero nos engañan y se engañan olvidando, todos, de que el interés de Giotto, por encima de su fama, ya suya, tuvo a gloria su más caro y principal propósito: El darnos una lección gráfica y viva de vida franciscana y por ende, de vida cristiana. Eso es, una clara y sencilla lección de catecismo, fue lo que nos quiso dar, no perpetuar su nombre a costa de Francisco. Nos embobamos con la belleza de sus pinturas, y de su nombre, pero le estafamos al olvidar que sólo nos quiso hablar de Francisco y de Cristo.

Y al hacerlo señalaba las tres grandes lecciones de vida franciscana: la pobreza, sencilla, fácil. Su gran tesoro: el Evangelio. Y la suma sabiduría, el sápere latino: El amor a Cristo en la Cruz. Todas tres fundadas en una Fe gigante con la que movió montañas y mundos, transformándolos en faros de santidad, piedad, paz y amor.

Y esas tres lecciones las sentimos y vivimos allí de una manera asombrosa, en la cumbre y en el llano. Yo, al menos. Dos visitas hicimos a la Porciúncula, un chiquito recinto de santidad, protegido por aquel inmenso cascarón, lo siento, así me pareció, que lo hacía aun más pequeño, pero más grandioso, el santuario de Nuestra Señora de los Ángeles de la Porciúncula. El nombre que los franciscanos dieron entonces a la actual ciudad americana de Los Ángeles, la ciudad que tiene el nombre el más largo en la historia de Europa y América. Nombre tan grande como la basílica misma, pero que encerraba en si un tesoro, tan pequeño y tan valioso, que su fama y ejemplaridad recorrió el mundo entero, y lo contagió de santidad. Un nuevo Belén, yo diría, donde nació Francisco para el cielo, pero después de pasar como su amigo, Jesús, por la tierra, haciendo el bien.

De la Porciúncula y de la pequeñita cueva desde la que Francisco partió hacia Dios, nada se puede decir, sino contemplar, orar, admirar y llorar. Y todo en el silencio y en la paz, porque allí, ni las voces caben. Sólo un corazón puro tiene la capacidad para comprender y asimilar lo que en aquellos pocos años sucedió en aquel nuevo y chiquito Belén. Pobre y pequeño, tanto, que no tenía vaquita ni asno. Es que lo llenaba todo Dios.

El día de la partida, de madrugada, algunos que no pudimos ver su tumba, por error, subimos de nuevo al Santuario a decirle “hasta pronto” a Francisco, en su tumba, en la cumbre, entre sus más caros hermanos y los malhechores, entre los quiso ser enterrado (como Cristo, Crucificado), y en donde descansa su cuerpo sagrado, bendecido por las llagas de Jesús, tras el abrazo mutuo de hermanos en su Tabor. Hay momentos en que uno no quisiera que el tiempo existiera, ni que hubiera horarios a respetar. ¿Porqué al quedarse en la contemplación de las cosas de Dios y sus amigos, no desaparece el tiempo, se paraliza todo, y se queda uno a gozar y penar en silencio, en sí mismo, sin que alguien te advierta: Ya es tiempo de partir? Es que tan sólo a los grandes amantes se les da el privilegio de escapar al tiempo, para saborear a Dios en un éxtasis de eternidad. Y aunque a la postre, el santo, por hombre, habría de volver a la realidad de los vivos, su estar en Dios, perduraría. Y me atreví a sentir ese deseo, yo, pobre de mí, ante la tumba del Seráfico Francisco, del que sentí se desprendía un aura de sabor de Jesús que inundaba el ambiente y nos bañaba de un sueño de serena eternidad, de un “estar” que no se acabe. Pero sí, sí que se acabó, porque hubimos de volver a la carretera. Pero con el corazón prendido en Cristo, con Francisco, que ya nunca más nos abandonaría. Hablo por mí.

De allí hicimos una breve visita al primer monasterio de San Francisco, cuando comenzaron a llegar los hermanos en mogollón: Rivotorto. Aunque eso de monasterio, yo diría que era una broma. Chabolas de barro y piedra, donde apenas cabían cinco o seis frailes, y de pie. Parece que Francisco tenía metida en su cabeza la cueva de Belén: Todo chico, todo “Pobreza”, pero pobreza de verdad, sin calcetines, pero en concordia y amor. Porque en tan estrecho espacio, el hombre no puede vivir sin roce por mucho interés que ponga por la armonía en convivencia. Tan pobre y tan austero era, que allí no había espacio ni para calentar una triste sopa en los duros días del invierno.

Y de Rivotorto a Greccio. Allí, en otra cumbre, y que no será la última, revivimos con Francisco el Nacimiento de Jesús en la Santa Misa de Navidad, entre alegrías de cánticos, villancicos, oraciones y parabienes, intentando rememorar la noche aquella bendita, que sería para nosotros, los españoles, como un regalo, fuente de bellas y ricas tradiciones navideñas. ¿Sería así como la vivió Francisco ? Pienso que sí, pero al modo de santo. Ya después de la misa, recorrimos el mini-monasterio. Visitamos su capillita, el coro, chiquito, donde Francisco, San Buenaventura y otros poquitos frailes, no cabían más, cantaban las glorias de Dios. Y vimos sus celdas, pequeñitas, como todo, como Francisco, donde sólo cabía un fraile... y Dios. El Dios Niño, claro. Bastaron unos segundos para echar un fugaz vistazo y hacer una foto de la celda de Francisco. Los de atrás empujaban para ver. Pero aquellos segundos me bastaron para imaginar a Francisco contento, alegre como un par de castañuelas, caminar hacia a su celda, satisfecho, contento de aquella famosa fiesta de Navidad que se inventó para la gente del pueblo y sus frailes, y para la posteridad, para hacer que naciera de nuevo ante todos, el Niño Jesús, entre unas pajas, con borrico y todo, y con vaca. Y que vieran a María de nuevo acunando a su Hijo en sus brazos, ante la mirada embobada y complaciente de José, el no poco orgulloso padrazo.

Y con ese ánimo, me atrevo a imaginar, llegó Francisco a su celda para reposar de tanta alegría. Pero, ¿cómo podría dormir después de tanta algazara y tan dulces recuerdos? Sonriendo, se acostó, le veo, en el “blando suelo”, recostando su cabeza en la mullida y blanca almohada de piedra (para él todo era estupendo teniendo a Dios a su lado), y feliz, trocó el sueño que esperaba, por la contemplación viva y real del nacimiento de su Niño Jesús, Tiernecito, acunado en el calor del pecho de la Mamá, mirándose los dos, El a Ella (qué no diría el Amor al Amor en aquella mirada) y Ella a Él, asombrada, arrobada, volcada al amor de aquel tierno que era, dijo el ángel, su Mesías, su Dios, sí, pero su Hijo también. ¡Su Hijito! Su Hijo real, vivo, acurrucado a sus pechos cariciosos, llenos de candor y dulce vida. ¡Oh Madre, oh ternura¡ ¡Dios! ¡Qué escena hubo de vivir Francisco en aquellos momentos de arrobo indescriptible! ¡Cómo podría dormir, teniendo el cielo delante, recostado él en la dulce y cálida cama de piedra, abierta a golpes en la cueva y caldeada por el Amor, con la Madre y el Niño a su lado! ¡Dios mío¡ Con tanta fe y amor cualquier lugar es un paraíso.

Después de todo esto, se me ocurre que el único y posible análisis teológico que se pudo permitir Francisco, él, tan cándido y sencillo, fue la ciencia de un caminar por la vida, por una senda de Fe, con un amigo caminante, hermano y maestro, Cristo, que fue nacido pobre y de mujer, todo revestido de todo el Amor que cabe en Dios, y teniendo como cátedra la Cruz. Aquel Dios que nos envuelve nos mira y nos quiere, sin importarle el pobre contenido y el poco valor nuestro. ¡Misterio de Dios!

Y aterrizamos por fin en Fontecolombo, la última cumbre donde se asentaba un pequeño y sencillo Monasterio, muy pobre, con pocos acomodos, con pasillos al modo del Santo pequeñito, con recovecos, subidas y bajadas peligrosas, sin arte alguno. Para qué: Estaba Dios y bastaba. Ya vendríamos nosotros con decoraciones al modo del mundo, grandes y suntuosas y en ocasiones inútiles y que nos distraerían de la visión de Dios.

En una reunión de todos los peregrinos en el templo, el rector del Santuario nos relató algunos de los hechos habrían de ser decisivos en la vida de Francisco. La Constitución de la Fraternidad que le solicitaba en Papa para su aprobación, y la operación de sus ojos.

La Constitución: Las normas necesarias para vivir en comunidad fraterna sus frailes. Fácil para él. Leyó los Evangelio, copió sus enseñanzas, y ya está. Para qué inventar las maravillas de la convivencia, si ya estaban escritas siglos antes por Jesús. ¡Dios mío, pero qué cándida paloma!, habría dicho el Papa. Eso no vale, hombre de Dios! Y tuvo que hacer una nueva redacción, más acorde con el normal comportamiento humano, pero aun asombrado de que el Evangelio solo no bastara. Y él pues, obediente y humilde, hubo de pedir ayuda a otros de sus hermanos que pisaban con pie firme en la tierra para redactar la nueva regla, al modo humano y evangélico, claro. No conocía otro libro.

El segundo hecho fue la operación de sus ojos dañados por el sol y la arena en su largo viaje a Tierra Santa, para predicar a Cristo y su salvación. Lo que allí pasó, fue para él muy triste, aunque como siempre, consolador. Su cándida bondad lo hermoseaba todo. Dio a conocer allí, en aquellas inmensas y desiertas llanuras llenas de corazones vivos y almas sedientas de Dios, al mundo entero de ayer y de hoy, su ansia de paz y bien, y el amor común a todos los hombres, hermanados en Cristo. Lo que consiguió allí Francisco, Dios no nos lo ha revelado, aun.

Su operación. Yo, cuando pienso en ella, casi lo estoy viendo, me siento horrorizado. Pues lo que, para el doctor, tan solo era una operación más de las que en aquellos tiempos se hacían, inevitables, aunque terriblemente crueles, no sería para Francisco más que una dulce y amable caricia del “hermano fuego”, prendido en aquel hierro al rojo vivo. Por eso aquel santo y cándido mentiroso, les dijo a los hermanos que habían huido espantados por lo que iba a suceder: “¡Si no he sentido dolor alguno!”. Seráfico mentiroso. Pero, cómo iba a percibir lo horrible de su dolor, viendo él a Cristo en su dolor, desnudo del todo, en el suelo, su espalda rasgada y llagada, sangrante, recostado sobre el duro y lacerante madero, y viendo aquel grueso y tosco clavo penetrar a golpes de martillo a través de la piel, rasgando y partiendo en pedazos sus pies, arrastrando tras si, carne, nervios, músculos y huesos hasta el hoyo en la madera. (Yo aun siento escalofrío al recordarlo, y estoy lejos de la sensibilidad de Francisco) ¿Qué dolor como aquel dolor podría ser el suyo? “No huyáis, les dice a sus hermanos. Cristo está a mi lado, aquí conmigo, suavizando mi pena y mi dolor”. En eso sí que no mintió Francisco.

Pero no es mi intención señalar con este relato, que Francisco fuera santo por el dolor soportado.

Los grandes santos, no lo fueron por lo mucho que han sufrido, sino por lo mucho que amaron. El sufrimiento fue para ellos como el natural ambiente en el que vivían, como todo hombre, elevado por Cristo a la categoría de vía en santidad, asemejándose así a Él. Francisco vivió su dolor como algo natural, en calidad de hombre y cristiano. Porque, ¿quién no tiene su propio dolor, el más intenso y cruel, el suyo? Para cualquiera de nosotros, nuestro dolor, es dolor único, irrepetible, inigualable, el dolor incomprensible, aquel que tan sólo nos martiriza a como a nadie nunca antes ha martirizado. Pero ese, ese es el dolor desesperado, el dolor sin sentido, porque es dolor sin Fe. Porque no tiene a quién clamar, a quién acudir en auxilio, en alivio y comprensión, ¿A quién dirigir nuestro grito? No existe eco. El espacio del silencio es inmenso, infinito. Ese dolor en soledad, es la desesperación. Por eso tan solo el dolor en cristiano, el dolor cristiano tiene consuelo, porque tiene sentido en el dolor de Cristo, en el dolor de María, la Madre, traspasada por el martirio del hijo. Y a través de esa fe con amor, fue como Francisco, que jamás se sintió privilegiado en penas, dolor y alegrías, soportó su propio dolor, durante años y años, y más al final de su corta vida, al natural, sin alharacas, si alardear de que su pena fuera una pena como ninguna, sino como una caricia más del “hermano dolor” que Cristo le enviaba como amigo y compañero en su caminar hacia Él. ¡Dios mío, de nuevo me pierdo!

Tan solo me queda ya como colofón de aquellos inolvidables días de gloria por las sendas de la Italia franciscana, que contemplar en nuestra pequeña capilla, la imagen de Francisco, vestido de pobreza y descalzo, ceñido por el cíngulo de la castidad, el rosario a un lado, María, dulce Madre María, el Evangelio en una mano y en la otra el Crucifijo, bien apretujado contra el pecho, y en una mirada de éxtasis hacia el cielo como diciendo: “Ya, Señor. Envía a la hermana muerte a recogerme y me lleve hasta Ti, hacia el postrer y definitivo abrazo tuyo”.

Yo sé, Jesús Hermano, y Usted, Padre, Dios, que aquel sencillo, humilde y poverello hombrecillo de Asís, el menor de todos los hombres, hizo lo que hizo, tan sólo por vosotros, con la ayuda de la Madre, porque os quería. Porque os quería con todas las fuerzas de su inmensa pequeñez y su gigantesca Fe. Y yo, desde aquí, os ruego le deis mis más sentidas gracias, porque nadie, nadie como él hasta hoy en mi larga vida, me hizo sentir tan cerca de vosotros como él lo hizo. Gracias.

Y no puedo menos que hacer un abreve recordatorio para concluir este largo relato, del guía que nos hacía caminar por los verdes caminos de la Italia del norte y su historia, de los maitines de Luis Esteban, guiándonos por el cielo de Francisco, como preparación de lo que habíamos de vivir, ambientando nuestra esperanza, y de las deliciosas y enjundiosas pláticas de Juan Antonio en las misas mañaneras y vespertinas, que nos caldeaban el alma ya ardiendo de Cristo con Francisco, sin olvidar su gracia y encanto en la traducción casi simultánea y adivinadora de un delicioso italiano con el que nos regalaban los guardianes de la historia franciscana con sus relatos, y que nos hacía sonreír, recordándonos a un cierto encantador humorista catalán de antaño.

Pero, algo me quedó en el tintero como recordatorio de aquello días. Y me pregunté: Pues, y de Venecia, qué? ¿Qué de Florencia, la ciudad pletórica de arte y artistas, de palacios, museos, y joyerías, qué de su maravillosa catedral y del palacio ducal y otras mil maravillas? Y, qué de la Roma monumental, la eterna, la inmortal, la conquistadora, la madre de mil naciones, la que fuera y aun hoy es centro del mundo, madre de mil culturas durante siglos y hasta hoy, la cuna de la Iglesia imperecedera, la Sede del Pontífice representante de Cristo, aquella a la que Francisco encomendó al cuidado de sus hermanos y a su obediencia. La que,...qué podría yo decir de Roma que no estuviera tallado en piedra de siglos y teñida en sangra de mártires. Y de la tumba del santo Juan Palo II? ¿Y qué del Santo Padre, entrañable, bendiciéndonos desde un balcón perdido en la lejanía de un inmenso edificio vaticano? Lo siento, pero Francisco me superó, me absorbió, me enamoró y sólo de él pude hablar. De turismo, otro día. Vale.

Madrid, 15 de octubre de 2005

M. M. L.

 

 

 

Peregrinación del 2004