Luis Resines, La Catequesis en España. Historia y textos, Madrid 1997, pp. 163-16:

 

 

 

            PEDRO DE VERAGÜE, Tratado de la doctrina (c. 1380)

 

            El párrafo amplio que dedica A. D. Deyermond a la obra puede servir de perfecta introducción al comentario catequético. Deyermond dice[1] que «la Doctrina de la discriçion (o Tratado de la doctrina) de Pedro de Veragüe constituye una obra de instrucción religiosa fundamental similar a la ante­rior; difiere en cambio de los Proverbios de Salamón en dos aspectos: no se halla escrito, en primer lugar, en la cuaderna vía, sino en tercetos monorri­mos octosilábícos con un verso tetrasilábico suelto al final de cada terceto; su primera parte cae, además, dentro de los límites de una forma típica de la literatura medieval -el catecismo-, encaminado a proporcionar ins­trucción religiosa al laicado (compárese, por ejemplo, con el catecismo en prosa romance de Gutierre de Toledo, obispo de Oviedo, 1377-1389). Veragüe pasa luego a formular advertencias morales de tipo general, de las que la prudencia mundana constituye el punto clave. En este aspecto, así como en la naturaleza aforística de muchas de sus advertencias morales, la Doctrina se acerca a las obras en prosa de la literatura gnómica y a ciertos pasajes de los Proverbios de Salamón, aunque tiene poco de la dicción popular que caracteriza a este último poema. Gran parte de la Doctrina se inspira en una obra catalana, el Llibre de bons amonestaments (1398) de fra Anselm Turmeda y, por lo tanto, resulta claro que Veragüe es un poeta no del siglo xiv, como se cree generalmente, sino del xv (y probablemente del segundo tercio)".

           

            La obra consta en el ms. de El Escorial IV-6-12; ha sido publicada por Florencio Janer, en B.A.E., 57, 373-378[2]. Antiguamente, sin profundo conocimiento de la obra, se atribuía a Rabí Sem Tob, pese a que la última estrofa no deje lugar a dudas sobre la autoría de Pedro de Veragüe, cuyo nombre consta expreso. Este autor nació en la comarca de Toledo, y su apellido hace referencia a La Aldehuela de Veragüe, hoy despoblada, cer­cana al actual pueblo de Escalonilla.

 

            No me ha sido posible el cotejo de esta obra con el Llibre de bons amonestaments, de Anselmo de Turmeda, por lo cual no estoy en condicio­nes de poder hacer ninguna afirmación sobre si la obra de Pedro de Vera­güe es o no deudora de la del autor catalán[3]. Si esto fuera así, habría que datar como posible fecha de la Doctrina de Veragüe al menos a partir de 1398 y, más acertadamente, ya a comienzos del siglo xv. Sin embargo, la afirmación que también he encontrado es que pudo haber sido escrita por Veragüe hacia 1380. Esta parece que es la tesis más tradicionalmente ad­mitida por una serie de autores que van repitiendo idénticos datos[4]. La obra, en la transcripción de Florencio Janer, lleva por título Tratado de la Doctrina. El otro título con el que también se la suele citar (Doctrina de la Díscriçion) alude a una frase que aparece en el prólogo: el autor se reconoce pecador por el hecho de haber menospreciado «la doctrina de la dis­criçion", siguiendo sus apetencias y sensualidades. El propósito de la obra resulta patente: dar a conocer sus propios yerros para que otros los eviten. Es, pues, una intención pedagógica, además del deseo de acogerse a la misericordia de Dios.

 

            La Doctrina consta de 154 estrofas, no siempre regulares en cuanto a la métrica, algunas de las cuales tienen un titulillo aclaratorio del contenido de la propia estrofa o de un grupo de ellas. 'A mi entender, desde un punto de vista catequético, la obra puede dividirse en dos partes netamente dife­rentes. La primera parte es la más directamente catequética. En ella apa­rece en primer lugar una introducción (est. 1-6) en que el autor se pone en manos de la misericordia de Dios; afirma que para componerla no ha con­sultado a personas entendidas (est. 2), y señala como posibles destinatarios a los niños (est. 3b) y mozos (est. 4a). Sigue el Credo (est. 7-19), donde aparece una notable afirmación en el sentido de que los artículos de la fe no pueden ser entendidos (est. 4c), sino creídos (est. 4d). Además del título que señala su inicio («Comiença el Credo"), a cada estrofa preceden otros titulillos atribuyendo a cada apóstol una determinada frase del mismo, que Pedro de Veragüe versifica. Sigue el tratado de los mandamientos (est. 20­35). Las estrofas 20-21 tienen un carácter introductorio, y dedica un núme­ro desigual de estrofas a cada mandamiento en particular. Existe la sospe­cha de que las estrofas 21 y 22 (ésta situada de lleno en el desarrollo del primer mandamiento) pudieran estar trastocadas, ya que la 22 tiene más bien carácter introductorio y genérico[5]. La estrofa 25, rechazando de pla­no el mal hablar y la blasfemia, tiene un tono moralizante, al proponer el ejemplo de la muerte repentina a uno que cometía tal pecado.

 

            Sigue con tres estrofas (36-38) para el tratado de las virtudes, que in­cluye las teologales y las cardinales. Es evidente que la estrofa 39, situada a continuación del título del apartado siguiente («Las quatorce obras de misericordia, que pertenesçen a la caridad"), está fuera de lugar. Las obras de misericordia (est. 39-53) están tratadas de forma desigual, pues a con­tinuación de dos estrofas iniciales (40-41) dedica una estrofa a cada una de las obras de misericordia espirituales, en tanto que las corporales son tra­tadas con mayor rapidez, en el conjunto de cinco estrofas, en lugar de las siete que deberían de haberles correspondido. El tratado de los pecados mortales (=capitales) ocupa las estrofas 54-72. Parece que Pedro de Vera­güe carga más las tintas al desechar la envidia, ya que, a diferencia de los demás pecados, de ésta no se saca provecho alguno. De nuevo vuelve a aparecer una alteración en el orden lógico de las estrofas. A los cinco sentidos consagra las estrofas 73-74; mientras la primera es introductoria, la segunda enumera los sentidos, pero con la intención que ya había ma­nifestado en el prólogo; por ello resulta evidente que no se trata de una simple enumeración, sino de la oportunidad de recordar que precisamente con los sentidos se puede faltar a la voluntad de Dios. Termina esta primera parte con el tratado dedicado a los sacramentos (est. 75-78), limitándose en este caso a poco más que la simple enumeración de los mismos.

 

            La que aparece denominada como “Trabajos mundanos", constituye una especie de segunda parte (est. 79-153) con la misma extensión que la primera; allí figuran una serie de enseñanzas en extraña mezcolanza, aun­que todas ellas tengan una relación con el tema religioso. Entre ellas apa­'s

recen cuatro «series" que agrupan a varias estrofas: una sobre las postrime­rías (est. 85-88); otra sobre la mujer buena (est. 113-114); otra sobre la escasa ayuda de los parientes (est. 123-128 y 130), y finalmente, otra sobre la mesura en los gastos (est. 108-109). El resto de esta segunda parte forma un revuelo de ideas que se entrecruzan.

 

            Todas estas estrofas hay que situarlas en la línea de la literatura sapien­cial con un matiz expresamente religioso. A diferencia de la primera parte, no existe un orden preestablecido que se pueda seguir con lógica; algunas de las estrofas tienen, por su contenido, una conexión fácil con afirmacio­nes aparecidas en la primera parte; otras, en cambio, optan por formas prácticas de conducta que invitan a una vida austera y sin excesos. Se retoma así la intención del autor de pedir perdón por la vida anterior[6].

 

            Al modo teatral, el autor pide disculpas en las est. 147 y 151 por los yerros y desaciertos que tiene la obra confiando en la comprensión de los lectores. Por último, la estrofa 154, precedida del titulíllo «Ffyn», suminis­tra el nombre del autor, Pedro de Veragüe (o Beragüe). El Tratado de la Doctrina ha sido calificado por Menéndez Pelayo como que «no tiene otro interés que ser el más antiguo de los catecismos españoles que hemos visto ni en prosa ni en verso"[7], afirmación que pudo sostenerse en su momento, pero hoy superada.

 

Se puede ver también

[1] A. D. DEYERMOND, Historia de la literatura española, vol. 1, La Edad Media (Barcelona, Ariel, 1980), 188-189.

[2] Ver también F. C. SAINZ DE ROBLES, Historia y antología de la poesía española, v. I (Madrid, Aguilar, 19675), 401-410, donde se afirma que «tuvo tanta popularidad, que durante el siglo XVI aún se imprimía. Foulché-Delbosc editó el manuscrito escurialense en el tomo XIV de la "Revue Hispanique", 1906».

 

[3] Así lo afirma A. D. DEYERMOND, l. c., 189.

 

[4] A. LINAGE-J. L. MARTÍN, Religión y Sociedad medieval. El catecismo de Pedro de Cuéllar (1325) (Salamanca, junta de Castilla y León, 1987), 94, retoman el problema de la fecha de la obra: «El problema más grave que nos plantea es el de su fecha. La letr r del manuscrito escurialense es gótica del xv, pero todos los estudiosos de su contenido la retrotraen al XIV. Así las cosas, no nos es posible pronunciarnos por su prioridad o posterioridad cronológica respecto de la obra del obispo homó­nimo Pedro [de Cuéllar]».

[5] No es éste el único lugar en que las estrofas siguen un orden alterado, como hace constar la propia edición de F. JANER 375.

 

[6] La estrofa 131, confirmando los escasos datos sobre Pedro de Veragüe, hace referencia a un localismo propio de Toledo, ya que si los parientes se apegan al dinero, «esto no es maravilla, / pues es en toda Castilla, / mas doblada es la manzilla / en Toledo». Puede estar aludiendo a una experiencia vivida por el autor a lo largo de un tiempo prolongado, que le lleva a reforzar la impresión de la mayor incidencia del defecto en tierras toledanas. Tanto si el conjunto de la obra responde a una ficción literaria, en orden a conseguir la finalidad didáctica ya apuntada, como si se tratase de un escrito con visos autobiográficos, parece que este localismo ayuda a situar al autor con una seguridad notable de quien ha nacido o vivido en Toledo (o ambas cosas) y puede dar fe de que el defecto estaba arraigado especialmente entre los lugareños de esta región.

 

[7] M. MENÉNDEZ PELAYO, Antología de poetas líricos castellanos (Santander 1944), v.I, 336-337. Dicha afirmación ha sido repetida por F. C. SAINZ DE ROBLES, o.c., 39; y por Vicaría Episcopal de Enseñanza y Catequesis, Fuentes vivas. 2.000 años de catequesis (Toledo 1993), 16.