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Un solo Ave María

 
Un día el Señor le pidió a San Francisco que le diera algo.
 
El santo respondió: "Señor,  no encuentro qué darte que no te haya dado: Todo mi amor"
 
Jesús sonrió y dijo: "Francisco, dámelo de nuevo, y de nuevo me dará la misma alegría."
 
 
Del mismo modo, nuestra querida Madre da la bienvenida a cada Ave María que le proporcionamos con la misma alegría con la que oyó el saludo de la boca del ángel Gabriel en el día de la Anunciación, cuando se convirtió en la Madre del Hijo de Dios.
 
En sus Revelaciones, Santa Gertrudis  dijo que cuando damos gracias a Dios por las gracias que otorga a un santo,  participamos de esa misma gracia.
 
¿Y qué gracias obtenemos cuando rezamos el Ave María, para agradecer a Dios por todas las gracias extraordinarias que Él ha dado a Su Santa Madre?
 
"Un Ave María dicho sin fervor sensible, pero con un deseo genuino en un momento de aridez, tiene mucho más valor que un rosario entero recitado en medio de la consolación", le confió Nuestra Señora a la hermana Benigna Consolata Ferrero (1885- 1916).
 
 
Fuente: aleteia.org

¿Cautivos? ¡Sólo de su Inmaculado Corazón!

 

Mons. Reig Pla: “Maximiliano María Kolbe al presentarse voluntariamente, celebra su última eucaristía asociándose al sacrificio redentor del que muere y resucita para nuestra salvación”

 

merced

 

Hoy, festividad de Nuestra Señora de La Merced, nos acercamos al Corazón de Nuestra Madre con todo nuestro cariño para felicitarla y unirnos en acción de gracias. Según fuentes marianas, el título “Merced” quiere decir, ante todo, “misericordia”. Sus raíces se encuentran en Barcelona, cuando en el siglo XIII, la fe católica de tantos españoles se vio amenazada ante la desesperación ser cautivos de los sarracenos. Apiadándose de los españoles, la Madre de Dios se apareció a San Pedro Nolasco y le pidió que fundara una orden que estaría llamada a liberar a los cristianos. Así surgieron los “mercedarios”, con el apoyo del Rey Jaime I de Aragón, quienes deseaban fervorosamente ser caballeros de la Virgen María y estar al servicio de su obra redentora.

El amor por la Madre de la Merced y su caridad hacia las almas, llevó a muchos de los mercedarios a intercambiar sus vidas por la de los presos y esclavos. Probablemente, el testimonio de estos caballeros de la Virgen nos esté recordando a otro caballero de la Inmaculada que, siglos después, también entregaría su vida por la de otro preso, ofreciéndola hasta el holocausto. Precisamente esta semana, nos lo recuerda el Obispo de Alcalá de Henares, Mons. Juan Antonio Reig Pla, al comienzo de la carta pastoral que ha publicado: “BUSCAD AL SEÑOR Y REVIVIRÁ VUESTRO CORAZÓN (Salmo 68) http://www.obispadoalcala.org/noticiasDEF.php?subaction=showfull&id=1474452573&archive=

Recordando la visita del Santo Padre en la Jornada Mundial de la Juventud al campo de concentración de Auschwiz, Mons. Reig Pla comenta que es una “muestra patente de a dónde puede conducir una sociedad que prescinde de Dios.” “El silencio del Papa Francisco en la celda donde estuvo San Maximiliano María Kolbe es elocuente –señala. - Parece que no tenemos palabras para expresar tanto sufrimiento de inocentes, tanta locura de quienes ordenaban y permitían tantos crímenes. Sin embargo, ante el respeto del silencio emergen las figuras de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, judía conversa al cristianismo y San Maximiliano María Kolbe, el apóstol de la Inmaculada.”

El Obispo de Alcalá explica que “Maximiliano María Kolbe, convencido de la resurrección, se intercambia voluntariamente por un padre de familia sentenciado a muerte.” Así, destaca de este “apóstol de la Inmaculada el gesto del amor victorioso.” Remarca que “sólo el amor es más poderoso que la muerte. El amor que nace de la gracia de la redención. El amor que es capaz de ofrecerse en sacrificio asociado a la muerte y resurrección de Cristo.” “Maximiliano María Kolbe al presentarse voluntariamente, celebra su última eucaristía asociándose al sacrificio redentor del que muere y resucita para nuestra salvación. Como María, Inmaculada en su concepción, él no teme ponerse al pie de la cruz. Acepta la inmolación con la esperanza puesta en el cielo, la verdadera justicia de Dios. Sin resurrección de la carne, sin el cielo no habría verdadera justicia. Por eso ante la ignominia del campo de exterminio, escuchando el grito de los inocentes llevados a la muerte, sólo se puede escuchar una palabra: resurrección y cielo; vida eterna en plenitud de gozo junto a Dios. Todas las demás palabras resultan incapaces de responder ante la magnitud del exterminio. De donde se desprende que sólo la misericordia de Dios puede salvar al mundo”- asegura Reig Pla.

Pidámosle a Nuestra Señora de la Merced que siga liberándonos de tantas prisiones que nos ofrece el mundo y de los campos de exterminio en el que mueren tantos inocentes. Que en estos tiempos en que multitudes de cristianos son perseguidos, Ella siga siendo su consuelo, su refugio y su fortaleza. Y renovemos nuestra consagración a la Inmaculada, para que Ella nos libere de todo mal en nosotros y nos haga cautivos sólo de su Inmaculado Corazón.

 

¿Qué puedo desearte, Madre Celeste...?

Maria cumpleanos

 

A sólo dos días de haber celebrado la dulcísima Natividad de la Virgen María, todavía se alegran nuestros corazones con un gozo especial en la octava de esta fiesta tan importante. Día de luz, día de esperanza, día en que el Cielo nos trajo el mayor don que nuestra razón jamás podrá comprender... Y es que la Tierra entera aquel día, glorificaría a Dios con la venida al mundo de aquella tiernísima Niñita, tesoro de sus santos padres, que tanto la habían anhelado, y de toda la humanidad: MARÍA. Y con María... todo. Como Aurora que precede la Luz, en su seno virginal concebiría a Nuestro Salvador. Así lo quiso Dios: su Hijo Jesús, que vendría a redimirnos, vendría por María, la criatura más bella y más santa, Jardín adornado con las virtudes más excelsas. Inmaculada Concebida, Paraíso de Dios, Sagrario Escogido, Esposa del Espíritu Santo, Delicia de la Trinidad Santísima, Llena de Gracia... Todo nombre nos parece poco para dirigirnos a Quien estaba destinada desde la Eternidad a ser: Madre de Dios. Y en su infinita bondad... el mismo Dios ha querido que sea Madre Nuestra también. Por eso... aún merecedora de todos los honores, Ella es feliz cuando, sencillamente acudimos a Ella como Madre. Como decía Santa Teresita del Niño Jesús: Ella es la Reina del Cielo y la Tierra, pero es más Madre que Reina.

El Santo Cura de Ars afirmaba que el Corazón de María es tan tierno para nosotros, que los de todas las madres reunidas, no son más que un pedazo de hielo al lado suyo... El corazón de la Santísima Virgen es la fuente de la que Jesús tomó la sangre con que nos rescató. Por eso, como la más tierna de las Madres, la Santísima Virgen nos sigue esperando para albergarnos en su Inmaculado Corazón, hacernos cada día más suyos y llevarnos “por su camino”, que sin duda es el mejor, hasta su Hijo Jesús. No apartemos nuestra mirada de la Suya, no desoigamos lo que nos susurra en nuestro corazón. Y, puesto que habiéndole entregado todo, Ella se ocupa del modo más perfecto de todos nuestros asuntos, ocupémonos nosotros de Ella: de orar por sus intenciones, de ayudarla en la salvación de las almas, de consolarla, de amarla...

Ofrezcamos a la Inmaculada los mejores deseos de nuestro corazón para regalarle en estos días de octava de su cumpleaños, lo que más feliz le pueda hacer como Madre. San Maximiliano María Kolbe solía celebrar de un modo especial esta festividad, tomemos como ejemplo aquella carta que dedicó “A la Mamá celeste en el día de su onomástica”, en 1932 (EK 1165):

¿Qué debo desear para  ti, qué puedo desearte?

Quisiera recoger los más dulces deseos, en lo posible, para que te pongas contenta; pero no sé qué ni cómo, y... me quedo mudo...

Oh María Inmaculada, deseo para ti, y tú sabes que te lo deseo de corazón, de todo corazón, todo lo que tú misma deseas; Te deseo todo lo que te desea hoy Jesús, tu divino Hijo, tu Hijo verdadero que te ama infinitamente; Te deseo lo que te desea tu divino y virginal Esposo, el Espíritu Santo; te deseo lo que el Padre celeste y toda la Sma. Trinidad te desea.

¿Qué más debo desearte, oh Madre mía, toda mi esperanza? Te deseo todo lo que mi pobre corazón, con tu ayuda, consigue, puede conseguir o podría conseguir desearte...

¿Qué más desearte, oh Señora, Señora del cielo y de la tierra, oh Madre del mismo Dios?

Lo que te digo es muy poco, muy limitado, pero a ti te agrada: Te deseo que tomes posesión de mí lo más pronto posible y de la manera más perfecta, y que lo mismo pueda yo hacer contigo. Que yo sea verdaderamente tuyo lo antes posible, sin límites, sin condiciones, irrevocablemente, para siempre, y tú mía.

Y además te deseo que tomes posesión, del mismo modo, de cada corazón que late en la tierra, en todo el universo, y eso cuanto antes, lo antes posible; igualmente te deseo que tomes posesión de los corazones de todos y cada uno de aquellos que vivirán en el futuro, y eso desde el inicio de su existencia y para siempre.” ¿Qué más?... No sé...

M.K.

“¿Qué más?”... Quizá ese “más” hemos de completarlo cada uno de nosotros. Tal vez hoy, nosotros, seamos mílites de la Inmaculada por esta súplica que en su día hizo el P. Kolbe, en su deseo a María de que “tomes posesión de los corazones de todos y cada uno de aquellos que vivirán en el futuro, y eso desde el inicio de su existencia y para siempre.” Como un sacerdote dijo en cierta ocasión: “somos fruto de una oración”. Pidamos esta gracia a Nuestra Madre Santísima, que como San Maximiliano podamos ofrecerle nuestra vida sin límites y que, a través de estos pobres instrumentos suyos que somos, Ella pueda tomar posesión y reinar en todos los corazones de la tierra.

Madre Santísima, ¿aún sufre tu Inmaculado Corazón? ¡Queremos reparar y consolarte!

“Trabajar al máximo de mis posibilidades para salvar a estas pobres almas y para reparar esas ofensas tan graves que se profieren cada día contra la Inmaculada, contra Dios” (San Maximiliano María Kolbe)

 

inmaculadoCorazon

 

San Maximiliano María Kolbe solía celebrar de modo particular las fiestas dedicadas a la Madre de Dios, como los sábados. Desde la antigüedad, la Santa Iglesia ha considerado este día como ocasión especial para profundizar en la devoción a la Santísima Virgen María y reparar por las blasfemias y ultrajes cometidos. El 12 de julio de 1905, el Papa San Pío X emitió un decreto en el que alababa esta práctica, al tiempo que ofrecía indulgencias por ella.

Nuestra Madre Inmaculada, siempre atenta a las necesidades de sus hijos, confirmó esta intención cuando se apareció a Sor Lucía de Fátima, siendo ella  postulante en el Convento de las Doroteas en Pontevedra (España). Según relata, Nuestra Señora se le apareció sobre una nube de luz, con el Niño Jesús a su lado. La Santísima Virgen puso su mano sobre el hombro de Lucía, mientras en la otra sostenía su corazón rodeado de espinas. El Niño Jesús le dijo:"Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie que haga un acto de reparación para sacárselas.” A continuación, la Virgen María le dio la siguiente recomendación, fuente de salvación de tantas almas, además de consuelo de su Inmaculado Corazón:"Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos meclavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que, durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante quince minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme, les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación"

Lucía le habló (a Jesús) de la confesiónpara los primeros sábados y preguntó si valía hacerla en los ocho días. Jesús contestó: "Sí; todavía con más tiempo, con tal que me reciban en estado de gracia y tengan intención de desagraviar al Inmaculado Corazón de María".

Quizá muchos se pregunten, ¿por qué cinco sábados? Después de haber estado Lucía en oración, Nuestro Señor le reveló el motivo:  "Hija mía, la razón es sencilla: se trata de cinco clases de ofensas y blasfemias proferidas contra el Inmaculado Corazón de María:

1-  Blasfemias contra su Inmaculada Concepción.

2-  Contra su virginidad.

3-  Contra su Maternidad Divina, rehusando al mismo tiempo recibirla como Madre de los hombres.

4-  Contra los que procuran públicamente infundir en los corazones de los niños, la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia la Madre Inmaculada.

5-  Contra los que la ultrajan directamente en sus sagradas imágenes.”

Hoy en día, basta leer un periódico, escuchar la radio, ver la televisión, charlar por la calle o, simplemente, estar atentos a nuestro alrededor... para conmovernos ante el dolor que debe de sentir la Virgen en su Corazón Inmaculado. Desgraciadamente, no son pocas las blasfemias y ofensas que a diario recibe nuestra Madre querida. Por eso su Corazón, como se manifestó a Sor Lucía, está cercado de espinas. Sin embargo, sabemos que Dios es Todopoderoso, que la victoria es Suya y que, en su infinita bondad, Él ha querido que sea a través de su Madre Santísima.

Aprovechemos el tesoro que nos brinda Nuestra Señora, uniéndonos a su Inmaculado Corazón, especialmente en los primeros sábados de mes. Pidamos a San Maximiliano María Kolbe que interceda por nosotros, para que como él, nuestras almas jamás se queden indiferentes ante cualquier espina que pueda traspasar y hacer sufrir el Corazón de Nuestra Madre. “He oído una horrible blasfemia contra la Sma. Virgen María. Ahora ya estoy curado; no necesito nada, sólo trabajar al máximo de mis posibilidades para salvar a estas pobres almas y para reparar esas ofensas tan graves que se profieren cada día contra la Inmaculada, contra Dios. ¡Basta de cosas semejantes!” (EK 988, A). Hoy, hacemos eco de estas palabras del P. Kolbe, impregnadas de celo y amor a la Santísima Virgen, para que como mílites de la Inmaculada queramos siempre defender a Nuestra Reina. Hoy, renovamos nuestra consagración, para que Ella nos siga haciendo cada día más suyos. Hoy, nos volvemos a adherir a su Maternal Corazón para vendar las heridas de sus espinas con nuestro pobre amor, con la esperaza de que, como Ella misma prometió en Fátima: “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

 

 

María, “mártir en el alma”

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San Bernardo: “guiado por Ella llegarás seguramente al Puerto Celestial”

Con gran alegría celebramos hoy la festividad de uno de los santos más devotos de la Santísima Virgen María: San Bernardo de Claraval. Tantas veces citado por San Maximiliano María Kolbe, dado su gran amor a la Inmaculada, San Bernardo nos ofrece en sus escritos y en su testimonio de vida un magnífico ejemplo de santidad, bajo el amparo de Nuestra Dulce Madre. A sólo unos días de la conmemoración del 75º aniversario del martirio del P. Kolbe, aprovechemos la fiesta de hoy para profundizar también en el “martirio del alma” de María, a la luz de uno de los sermones del santo cisterciense.


La Madre estaba junto a la cruz

El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste –dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús– está puesto como una bandera discutida; y a ti –añade, dirigiéndose a María–una espada te traspasará el alma.

En verdad, Madre santa, una espada traspasó tu alma. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús –que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo– hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.

¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?

No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.

Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?» Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?» Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Este murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante. (De los sermones de san Bernardo, abad, Sermón, domingo infraoctava de la Asunción)

Pidamos a la Inmaculada que nos haga participar de su infinito amor y de su profundísima piedad; para que, siendo cada día más Suyos, podamos ofrecer nuestro pequeño holocausto en el martirio de cada día, según los designios de su santa Voluntad, como también hizo San Maximiliano durante su vida entregada. Y como sin su gracia nada podemos, renovemos siempre que podamos nuestra consagración a la Inmaculada, con la mirada siempre puesta en María, como nos indica San Bernardo:

“Si se levantan las tempestades de tus pasiones, mira a la Estrella, invoca a María. Si la sensualidad de tus sentidos quiere hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira a la Estrella, invoca a María. Si el recuerdo de tus muchos pecados quiere lanzarte al abismo de la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios. Siguiéndola, no te perderás en el camino. Invocándola no te desesperarás. Y guiado por Ella llegarás seguramente al Puerto Celestial.”

“Padecer con María es padecer con Jesús”

maria jesus1

 

En el corazón del mes de septiembre hemos celebrado las fiestas de la Exaltación de la Santa Cruz y la Virgen de Dolores. Hoy sábado, nos adentramos una vez más en el Inmaculado Corazón de María, para acompañarla en su martirio de dolor a los pies de la Cruz de su Hijo.

Como narra el P. Faber en su libro “Al pie de la Cruz” (1877), (...) María ha padecido más que nadie después de Jesus. La inmensidad de sus dolores no tiene por qué sorprendernos, ni chocarnos; ántes bien, nos parecerá un resultado propio de todo cuanto sabemos acerca del gran misterio de la Encarnación. Medida de los padecimientos de la Madre no será otra sino la grandeza del amor que su Hijo la tiene; así como la profundidad misma de los dolores de la Madre será la mejor medida del amor que Ella profesa al Hijo (pág 16-17).

Faber recuerda en esta obra la opinión de algunos santos sobre los padecimientos de Nuestra Madre, como San Anselmo, que afirmaba que “por grandes que hayan sido las crueldades cometidas con los mártires, poco y aún casi nada valen, comparadas á la crudeza de la pasión de María”. De igual forma, San Bernardino de Siena aseguraba que “si el dolor de la Santísima Virgen se dividiera y se repartiese entre todas las criaturas capaces de padecer, todas ellas perecerían en el acto”.

Como en alguna ocasión hemos señalado, Nuestra Madre Santísima es, “mártir en el alma”, mártir de un modo incomparable a ningún otro. Como relata el P. Faber en este sentido, María ha padecido más que todos los mártires. Su sér todo entero ha sido abrevado de amargura; las espadas que atravesaron su alma, hirieron también todos los nervios y todas las fibras de su cuerpo; y aún pudiéramos decir que aquel cuerpo, exento de culpa y tan admirablemente perfecto, no fue tan delicadamente formado sino para que así padeciese más que todos, excepto el de su Hijo (pág. 22). Así pues, a menudo escuchamos hablar de Nuestra Señora como corredentora: María fue asociada a la Pasion con el fin de que sus dolores se añadiesen á los padecimientos del Salvador, y esto, no indeliberadamente, sino, como sucede en todas las cosas de Dios, con designio real y misterioso. (...) Siendo, como lo es, cierto que de ningún modo podemos considerar separada del Hijo la Madre durante los treinta y tres años de la vida del Salvador, ¿cómo separarlos en el Calvario, donde Dios los juntó por tan singular y maravillosa manera?” (pág.  37).

La corona martirial también estaba reservada para la más Pura, para la más Santa, para la Madre de Dios. Las gracias abundantes son cordilleras de montañas formadas por las ebulliciones subterráneas del dolor –sostiene Faber. - Los mártires tienen coronas que les pertenecen de derecho. ¿Cómo, pues, estas coronas habían de ser negadas a María? ¿No era preciso que el exceso de amor de Jesús fuese para ella exceso también de padecer?...” (pág. 40).

Como tantas veces nos recuerda San Maximiliano María Kolbe, renovemos nuestra consagración a María también hoy. Aprovechemos estos días para contemplar el Calvario, junto a Nuestra Madre. Si nos entregamos a Ella, sin duda hará que nos se pierda ni una de las gracias que emanan de la bendita cruz de su Hijo para cada uno de nosotros. Y como aconseja el P. Faber al final de su libro: Huyamos del mundo y de sus vanidades para refugiarnos á los pies de María, y reclinados hasta el fin de la vida en su regazo maternal, meditemos en sus dolores. Hijos pródigos como somos, ¿qué camino más breve y seguro para restituirnos á la morada del Padre celestial? Padecer con María es padecer con Jesús; no hay estímulo más eficaz para que sirvamos á Dios con mayor abnegación de nosotros mismos y tiernamente le confesemos Eterno Padre; Eterno, porque Padre nuestro es, ¡bendita sea su bondad! por los siglos de los siglos; Eterno, porque hijos suyos y herederos de su gloria ¡bendita sea su Pasión! hemos de ser en bienaventuranza inacabable. Y María es quien debajo de su manto ha de llevarnos á la cumbre infinita.

 

Natividad de la Virgen: ¡ Feliz cumpleaños Madre Inmaculada !

 
Hoy, 8 de septiembre celebramos la natividad de la Virgen María.
 
Ella que fue concebida sin pecado hace nueve meses, nace a la vida para en pocos años ser el Vaso que acoja en su seno a la verdadera Vida.
 
Para preparar nuestro corazón, como niños ansiosos por tu fiesta de cumpleaños, rezamos contigo el precioso himno de Laudes de tu fiesta.
 
Himno Laudes
 
Hoy nace una clara estrella,
tan divina y celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.
 
De Ana y de Joaquín, oriente de aquella estrella divina,
sale su luz clara y digna de ser pura eternamente:
el alba más clara y bellano le puede ser igual,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.
 
No le iguala lumbre alguna de cuantas bordan el cielo,
porque es el humilde suelo de sus pies la blanca luna:
nace en el suelo tan bella y con luz tan celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.
 
Amén.
 

Con Nuestra Madre Inmaculada vencemos todas las dificultades, nuestra “misión” es obra de Ella

Vidriera Inmaculada

 

Con alegría acogemos este nuevo sábado, dedicándolo a nuestra querida Madre Inmaculada. Como decía San Maximiliano María Kolbe, “Ella fue y será siempre para todos nosotros la Madre más cariñosa: durante la vida, en el momento de la muerte y por toda la eternidad” (EK 744). El P. Kolbe nos anima a recordar estas palabras, sobre todo “en las dificultades exteriores y también en las interiores, que son las más duras”. Del mismo modo que San Maximiliano prevenía a sus hijos espirituales sobre las pruebas que pueden presentarse en su misión, invitamos a actualizar sus consejos para la “misión” de cada uno de nosotros en nuestro día a día, con el fin de profundizar, tal como deseaba el P. Kolbe, en el carácter misionero de la MI. “En la misión no encontrarán sólo dificultades procedentes del ambiente, sino que Dios permitirá –a su mayor gloria y para manifestar aún más la bondad y la potencia de la Inmaculada- que ustedes pasen también a través del desaliento, la duda, la nostalgia, etc.” En este sentido, San Maximiliano anima a no depositar nuestra confianza en nosotros mismos, sino "única y totalmente en la Inmaculada, Mediadora de todas las gracias y Madrecita nuestra”. Si realmente ponemos en práctica su enseñanza, es muy probable que, como él indicaba, tengamos asegurada la victoria, “aunque todo el infierno, su cuerpo y Satanás mismo se conjurasen contra ustedes”. “En tal caso –afirma-, no sólo no se desalentarían, sino que tendrían siempre fuerzas hasta para consolar también a los demás y reanimarlos en el espíritu, enseñándoles adónde deben dirigirse para recibir luz y fuerza”.

María. En Ella lo tenemos todo. Ella es nuestra esperanza, nuestro consuelo, nuestro remedio, nuestra alegría, aún cuando la situación pueda parecer desesperada. “Cuando surjan dificultades –señala el P. Kolbe-, ofrézcanlas a Ella, para que haga lo que le plazca: las elimine, las disminuya, las aumente o las deje como están”. “Basta dirigirse una sola vez a la Inmaculada, con la palabra o con la mirada, o incluso sólo con el pensamiento, para que Ella arregle todo lo que hemos destruido en nosotros y en quienes nos rodean, de modo que Ella pueda guiarnos en el momento presente y mantenga bajo su protección nuestro pasado y los éxitos de nuestro trabajo en el futuro”.

Fiesta de la Virgen de la Asunción

Hoy los católicos de todo el mundo celebramos con gran alegría que un 1 de noviembre de hace 54 años, el Papa Pio XII declaró solemnemente el Dogma de la Asunción de la Virgen María al cielo.

"Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria Celeste." Bula "Munificentissimus Deus", 37

Este Dogma tal como nos habla S.S. Pio XII, está unido estrechamente al de la Inmaculada y no se explica sin él:
" Ella, por privilegio del todo singular, venció al pecado con su concepción inmaculada; por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta el fin del mundo." Bula "Munificentissimus Deus" , 4

Nuestra Madre nos espera en el cielo tal y como fue en la tierra y es Ella la primera en mostarrnos como seremos al final de los tiempos cuando Cristo resucite nuestra carne.


Pedimos a la Virgen de la Asunción que nos ayude a amarla más en este año de la Misericordia; que nos convierta en testigos valientes y que acreciente en nosotros el ardor apostólico por proclamar al mundo entero y a todos los hombres el Amor de Dios.