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SÁBADO CON LA INMACULADA - 7 MARZO

“Ahí tienes a tu Madre
(Juan 19, 26-27)

Un encuentro de oración, de la mano de María, para realizar una potente alabanza a Dios Padre, una adoración profunda a Jesús Eucaristía, una invocación confiada al Espíritu Santo, sanador de todas nuestras heridas y enfermedades del cuerpo y del alma.
 

El próximo 7 de marzo será el segundo sábado de Cuaresma. En el camino de conversión, la alabanza es algo clave: la alabanza te saca de ti, en alabanza puedes intuir la gravedad de tu pecado, puedes vislumbrar hasta dónde ha llegado el amor de Dios por ti, vas dejando que este Amor te posea, y con este Amor aprendes a amarte a ti y a los demás de una manera nueva, generosa, alegre, hasta poder decir con verdad: no me quitan la vida, la doy.
 

El Señor quiere regalarnos los mismos signos que en los comienzos de la predicación apostólica, pero necesita que creamos en Él, que borremos toda duda, y Él actuará, mejor, Él está actuando, ¡atrévete a verlo!
 
¡Atrévete a dejarte inundar de su Santo Espíritu,
como María,
y como Ella verás las maravillas de su Amor
y proclamarás que su Misericordia es eterna!
 

Seas quien seas, te invitamos a que acudas a este encuento que tendrá lugar el próximo sábado 7 de Marzo en la Parroquia de Ntra. Sra. de El Rosario en Madrid las 11:30 (Metro Batán)

¡Ven, tu madre te espera !


 

San Maximiliano Kolbe nos acompaña en esta Cuaresma

Preciosa perla del P. Kolbe que nos enseña el camino a seguir en esta Cuaresma: nunca dejar de tener los ojos puestos en el Crucificado
 
 
 
"Todos los dias a menudo y en los momentos más difíciles,
 
fija tu mirada en el Crucifijo,
 
sumergido en la más extrema pobreza,
en los más grandes sufrimientos y depreciado por todos,
y aprende a imitar a Jesús
desnudo en medio de tantas tribulaciones
y burlas"
 
San Maximiliano Kolbe
(EK 966)
 
 
 
 

 

CUARESMA 2015

Hoy comienza la Cuaresma 2015
 
"Convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas."
Joel 2, 12-14
 
(imagen cedida por MJS y Artia comunicación)
 
La Iglesia, como Madre que es, nos regala estos cuarenta dias para que podamos preparar un corazón puro al Señor y poder vivir, acompañar y celebrar con el Señor su Pascua.
 
Dejémonos iluminar por nuestro Santo Padre Francisco con su mensaje para esta Cuaresma, para que podamos vivirla santamente.
Le pedimos a nuestra Madre Inmaculada, que Ella que siempre va con nosotros en nuestro caminar, nos coja fuerte de su mano para no desfallecer y acompañar el Viernes a su Hijo hasta la Cruz, hacer silencio de dolor el Sábado con Ella y estallar de gozo y alegría con Ella el Domingo en que la muerte es vencida por el que es la Vida: su Hijo.
 
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2015
"Fortalezcan sus corazones" (St. 5,3)
 
 
 

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.

El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.

1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia

La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.

2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades

Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).

Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).

 También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.

Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.

Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.

3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente

También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?

En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.

En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.

Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.

Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.

Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.

Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís

Franciscus

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 
 
 

 

 
 
 
 
 

 

 

 

 
 
 

Lourdes: Misterio de Amor

Hoy celebrabamos la Virgen de Lourdes
 

 
Lo que acontenció en esa pequeña gruta de un recóndito y sencillo pueblo de los pirineos franceses hace ya 157 años, el 11de febrero de 1858, entre una pequeña y humilde niña y la Madre de Dios siempre excederá nuestro asombro. Lourdes siempre será un misterio.Y un misterio de Amor de Dios con los hombres.
 
Un misterio que sólo puede ser contemplado con los ojos del Evangelio "... porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla” (Mt.11,25-30). En este caso a una humilde niña de 14 años de nombre Bernadette, nuestra querida Santa Bernadette.
 
 
El cielo y la tierra se tocaron 16 veces entre nuestra pequeña Bernadette y la "Señora", como ella la llamaba. Hasta que en el último encuentro y aparición, la décimosexta; la "Señora" le desveló su nombre. El nombre que sacó a la luz el misterio insondable que desde todas las generaciones los cristianos habían creido en él, pero que sólo hasta 4 años atrás de esa 1ª aparición, se definió como dogma por Pio IX el 8 de diciembre:
 
"...declaramos, proclamamos y definimos
que la doctrina que sostiene
que la beatísima Virgen María
fue reservada inmune de toda mancha de la culpa original
en el primer instante de su concepción
por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente,
en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano,
está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles..."
 
 
En ese último encuentro, el mismo dia en que celebramos la Anunciación del Señor, un 25 de marzo de 1858, la hermosa "Señora" le dijo dulcemente a Bernadette:
 
"Yo Soy La Inmaculada Concepción"
 

 
 
El misterio de Lourdes quedó desvelado y con él uno de los misterios de Amor de Dios con los hombres a través de su más hermosa y perfecta criatura: La bendita e Inmaculada Virgen María.
 
San Maximiliano Kolbe peregrinó al Santuario de Lourdes en 1930. Después de aquella visita diría: "Las palabras humanas no pueden describir a Aquella que llegó a ser verdadera Madre de Dios. A decir verdad Ella, por sí misma, es sólo una criatura, y sin embargo es un ser tan elevado por Dios que sería necesario comprender quién es Dios para comprender quién es la Madre de Dios. Ella es verdadera Madre de Dios. Es dogma de fe. Aunque la dignidad de la Maternidad divina constituya la razón principal de todos sus privilegios, la primera gracia que Ella recibió de Dios fue su Inmaculada Concepción, la exención de cualquier mancha, hasta el pecado original, desde el primer instante de su existencia. Este privilegio, además, debe serle muy grato, si Ella misma en Lourdes se llamó "Yo soy la Inmaculada Concepción" (EK 1292)
 

 
Hoy dia de la Virgen de Lourdes, y también dia del enfermo, - hermanos que sufren pegados a la Cruz de nuestro Señor -, dejémonos iluminar, para amar más a la Virgen de Lourdes, por las palabras de San Juan Pablo II, cuando ya viejo y muy enfermo visitó por última vez la gruta de Lourdes, meses antes de morir.
 
 
 
ALOCUCIÓN DEL PAPA SAN JUAN PABLO II AL INICIO DEL ROSARIO EN LA GRUTA DE LOURDES
Sábado 14 de agosto de 2004

"Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Al arrodillarme aquí, en la gruta de Massabielle, siento con emoción que he llegado a la meta de mi peregrinación. Esta gruta, donde se apareció la Virgen María, es el corazón de Lourdes. Hace pensar en la cueva del monte Horeb, donde Elías se encontró con el Señor, que le habló en el "susurro de una brisa suave" (1 R 19, 12).Aquí la Virgen invitó a Bernardita a rezar el rosario, desgranando ella misma las cuentas. Así, esta gruta se ha convertido en la cátedra de una sorprendente escuela de oración, en la que María enseña a todos a contemplar con ardiente amor el rostro de Cristo. Por eso, Lourdes es el lugar donde oran de rodillas los creyentes de Francia y de muchas otras naciones de Europa y del mundo entero.
2. Esta tarde, también nosotros, peregrinos en Lourdes, queremos recorrer de nuevo, orando juntamente con la Virgen, los "misterios" en los que Jesús se manifiesta "como luz del mundo". Recordemos su promesa: "El que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12). Queremos aprender de la humilde esclava del Señor la disponibilidad dócil a la escucha y el esfuerzo generoso por acoger en nuestra vida la enseñanza de Cristo.En particular, meditando en la participación de la Madre del Señor en la misión redentora de su Hijo, os invito a orar por las vocaciones al sacerdocio y a la virginidad por el reino de Dios, a fin de que los que han sido llamados respondan con disponibilidad y perseverancia.
3. Contemplando a la santísima Virgen María, digamos con Bernardita: "Mi buena Madre, ten misericordia de mí; me entrego totalmente a ti, para que me des a tu Hijo querido, al que quiero amar con todo mi corazón. Mi buena Madre, dame un corazón que arda completamente por Jesús".
 
ORACIÓN DE SAN JUAN PABLO II AL FINAL DEL SANTO ROSARIO
¡Dios te salve, María,
mujer pobre y humilde
bendecida por el Altísimo!
Virgen de la esperanza,
profecía de los tiempos nuevos,
nos asociamos a tu cántico de alabanza
para celebrar las misericordias del Señor,
para anunciar la venida del Reino
y la liberación total del hombre.

¡Dios te salve, María,
humilde esclava del Señor,
gloriosa Madre de Cristo!
Virgen fiel,
morada santa del Verbo,
enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
y a ser dóciles a la voz del Espíritu,
atentos a sus sugerencias
en la intimidad de nuestra conciencia
y a sus manifestaciones
en los acontecimientos de la historia.

¡Dios te salve, María,
mujer de dolor,
Madre de los vivientes!
Virgen esposa al pie de la cruz,
nueva Eva,
sé nuestra guía por las sendas del mundo;
enséñanos a vivir
y a difundir el amor de Cristo;
enséñanos a estar contigo
al pie de las innumerables cruces
en las que tu Hijo se encuentra aún crucificado.

¡Dios te salve, María,
mujer de fe,
la primera de los discípulos!
Virgen, Madre de la Iglesia,
ayúdanos a dar siempre razón
de nuestra esperanza,
confiando en la bondad del hombre
y en el amor del Padre.
Enséñanos a construir el mundo desde dentro:
en la profundidad del silencio y de la oración,
en la alegría del amor fraterno,
en la fecundidad insustituible de la cruz.

Santa María, Madre de los creyentes
Nuestra Señora de Lourdes,
ruega por nosotros.

Amén.
 
¡ Virgen Inmaculada y de Lourdes y Santa Bernadette, rogad por nosotros !
 

¡ La Inmaculada nos ama !

 
Para meditar, rezar, interiorizar y acrecentar nuestro amor a María, leamos este precioso escrito de nuestro fundador San Maximiliano María Kolbe:
 
" Queridísimos hijos, cómo desearía decirles, repetirles lo buena que es la Inmaculada, para poder alejar para siempre de sus pequeños corazones la tristeza, el desaliento interior, el abatimiento. La sola invocación “María”, acaso con el ánimo sumergido en las tinieblas, en las arideces, y hasta en la desgracia del pecado, ¡qué eco produce en su Corazón que tanto nos ama! Y cuanto más infeliz es el alma, hundida en sus pecados, tanto más este Refugio de los pobres pecadores como nosotros, la rodea de cariñosa y solícita protección. Pero no se aflijan nunca si no sienten tal amor. Si quieren amar, ésta es ya una señal segura de que están amando; se trata sólo de un amor que procede de la voluntad. También el sentimiento exterior es fruto de la gracia, pero no siempre sigue inmediatamente a la voluntad. Puede venirles, queridos míos, un pensamiento, casi una triste nostalgia, una súplica, un lamento. “¿Quién sabe si la Inmaculada me ama todavía?” ¡Hijos amadísimos! Se lo digo a todos juntos y a cada uno en particular en su nombre, anótenlo bien, en su nombre: Ella ama a cada uno de ustedes, los ama mucho y en todo momento sin excepción alguna. Esto, queridísimos hijos, se lo repito en su nombre.  Ámala, Ámala a la Inmaculada. Ella te hará feliz. Fíate de ella sin límites. "

 

Esta Cuaresma, ¡vamos a luchar!

 

¡Es posible, conveniente y necesario! Sí, el dominio y control de uno mismo es posible, conveniente y necesario, de otro modo vives dominado por tu estado de ánimo, por lo que los demás hacen o dejan de hacer, por las impresiones que llegan a tus sentidos, por las necesidades de tu cuerpo, por las limitaciones de tu condición humana, por las heridas del camino de tu vida, por la ansiedad de no conocer ni controlar el futuro, por el miedo a la muerte o por el deseo de acabar con todo, etc...

Por todo ello es necesaria la accesis, el combate espiritual, el ayuno, la oración, la lismosna. Cada uno tiene que luchar, poner manos a la obra, tomar iniciativas concretas y practicarlas, saber que fácilmente se puede equivocar, notar que se pasó de acelerador o de freno, pero lo que no cabe es quedarse parado, pensar que es imposible, darse por vencido. ¡No! Jesucristo luchó toda su vida contra potentísimas tentaciones, la Virgen María seguro que también, y los santos, como San Francisco de Asís o San Maximiliano Kolbe, también. ¿Habrá otro camino para nosotros? ¡No!

Por eso, en esta cuaresma vamos a luchar por el control y dominio de nosotros mismos, para morir a nuestra tendencia egoista y estrenar amor verdadero. Para ello sólo nos cabe morir con Cristo, para resucitar con Él. Nosotros solos ya sabemos que no podemos. Pero Él está vivo, puedo sentir su presencia en mi interior, puedo escuchar su Palabra, puedo recibir y celebrar su perdón, puedo colmugar con Él en la Santísima Eucaristía. ¡Da muerte a lo viejo, a lo caduco, a lo malo que hay en ti, lucha contra ello, pide ayuda a un sacerdote, ruega con fe a La Inmaculada Madre de Dios, no te des por vencido, lucha, siempre hay una nueva oprtunidad! Mientras estamos en este mundo tenemos ocasión de acoger el Cielo que nos ha abierto Jesucristo al precio de su preciosísima Sangre. No podemos servir a Dios y al diablo. No podemos pertenecer a dos señores. Y es un infierno vivir entre dos aguas.

¡Santa Madre de Dios, Virgen concebida sin pecado, ayúdanos a vivir ya como ciudadanos del Cielo, límpios de corazón, de alma y cuerpo! ¡Tú que cuidaste de Jesús, cuida de cada uno de nosotros, ayúdanos a abrazar las cruces de cada día, ayúdanos a perder nuestra vida por amor al prójimo! ¡Haz, Madre querida, que sintamos en lo profundo de nuestro ser el Amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo! ¡Ruega por nosotros, santa Madre de Dios y madre nuestra!

 

Intención Mensual MI 2015 - Febrero

Seguimos con la serie de intenciones mensuales que desde la casa madre de la Milicia de la Inmaculada Internacional nos ofrecen a lo largo de estos 12 meses del 2015

Para que la Cuaresma

sea la preparación a una alegría profunda

y de comunión con Dios

Alegría y penitencia son realidades que pueden convivir: de eso estaba convencido San Maximiliano Kolbe, según el cual la renuncia no debe ser motivo de tristeza, en la medida en que se reduce la fuerza del orgullo y del egoísmo que actúan en nosotros. En esta perspectiva el ayuno y las iniciativas típicas del tiempo de cuaresma se convierten en ocasiones de alegría, desde el momento en que hacen al creyente más libre de las propias ataduras y más disponible a dejarse plasmar por la obra del Espíritu Santo.

Significativas son las palabras que siguen, extraídas de una conferencia del santo polaco: «Ayer encontré, durante el viaje, a un japonés. Hablamos de la fe y me preguntó si la fe católica no es demasiado difícil. Le respondí que no. Es cierto que hay cosas un poco en contra y desagradables para nuestra naturaleza como la penitencia, el ayuno, la confesión… pero el amor a Dios hace que el alma goce cuando puede ofrecer a Dios las pruebas de su amor a Él, aún si les resultan difíciles» (CK 191).

 

También si cuesta, la penitencia es fuente de abundantes frutos de conversión además de representar una maravillosa forma de ofrecimiento al Señor. El «yo» del hombre tiende a hacerse valer, a hacer de patrón y eso es un obstáculo para el camino de santificación. San Maximiliano es del parecer que no solo las mortificaciones voluntarias son muy útiles para reforzar al hombre en la humildad y en la máxima dependencia de Dios, sino también las pruebas que «llueven» de modo imprevisto y providencial. Todo lleva a hacer del corazón del creyente manso y confiado en el amor divino, misericordioso y providente. Realmente emblemáticas son las palabras que siguen, extraídas de una carta escrita a los hermanos en 1937: «Es evidente que tenemos que estar en guardia, ya que más de una vez el amor propio, nuestro “yo” se rebelará. Las dificultades más diversas, las tentaciones, las contrariedades, a veces casi nos superarán. Pero si las raíces se hunden cada vez más en la tierra y la humildad arraiga cada vez más profundamente en nosotros de manera que nos fiemos cada vez menos de nosotros mismos, entonces la Inmaculada hará que todo sea para nosotros un aumento de méritos. Sin embargo, son indispensables las pruebas y sin duda vendrán, ya que el oro del amor debe purificarse en el fuego de las aflicciones. Es más, el sufrimiento es el alimento que refuerza el amor» (EK 755).

 

El Santo se encuentra aquí en una fase de gran madurez espiritual. Su camino se encuentra en el vértice de su expresión y por esto puede dar sugerencias de vida interior particularmente incisivas. Penitencia significa combatir la buena batalla espiritual contra las tentaciones externas a la propia persona, pero también contra la fragilidad que puede ser causa de alejamiento del proyecto de Dios.

Es fundamental el abandono en el Señor, confiarse a la protección materna y eficaz de la Inmaculada poniéndose en una escucha dócil de la Voluntad de Dios.

La humildad es particularmente importante para no absolutizar nuestros dones y para vivir completamente abandonados al amor inmenso del Altísimo. Los momentos de cruz y de prueba refuerzan este proceso de confianza en el Omnipotente.
Y entonces, ¿cómo será nuestra Cuaresma? ¿Será un tiempo de tristeza? ¡Ciertamente no! Este periodo será particularmente propicio para una serena y continua verificación de nuestro camino para que podamos individualizar manchas e imperfecciones a podar y las virtudes y compromisos para potenciar. Estos cuarenta días serán vividos bajo el signo de la alegría que nace de la conciencia de quien tiene la posibilidad de hacer un gran salto adelante en el progreso espiritual. Nos comprometeremos, lucharemos, sufriremos, seguros de que el fruto será grande en los términos de crecimiento de nuestra comunión con el Señor.

 

Kolbe nos ofrece una última e importante clave acerca de nuestro itinerario penitencial: «El recorrido de la propia vida está cubierto de pequeñas cruces. Aceptación de tales cruces con espíritu de penitencia: este es un vasto campo para el ejercicio de la penitencia» (EK 1303). Él nos recuerda, además, la importancia de la alegría que vence a la tristeza: «[…] A San Francisco no le gustaban los frailes tristes. Sin embargo, la tristeza le puede suceder a cualquiera. […] Se trata de la tristeza que es fruto del caos, de la confusión. En el libro La imitación de Cristo el amor propio es definido como la causa de la tristeza. El alma olvida que Dios gobierna todo y permite todo. Dios nunca permite un mal, si no tuviese como fin un bien mayor» (CK 111). Vivamos a pleno la acogida gozosa de cada situación en la cual será posible un renacimiento espiritual determinado por un crecimiento en la humildad y en el enraizarse  en Dios.

 

Para reflexionar

-    ¿Estamos listos para una Cuaresma en la cual puedan convivir las dimensiones de la penitencia y de la alegría, según la enseñanza de San Maximiliano?
-    ¿Cuáles son los aspectos «oscuros» de mi camino que desearía modificar y mejorar?
-    ¿Cuáles son las virtudes que ya practico y quisiera ver perfeccionadas?
-    ¿Estoy dispuesto a aceptar las pruebas, consciente que pueden contribuir a mi crecimiento?
-    ¿Mi vida de oración y las elecciones que realizo contribuyen a alimentar en mi el abandono en Dios?

 

Ven a los "Sábados con la Inmaculada"

 
Este próximo 31 de enero e, a las 11:30, tendrá lugar en Madrid, en la Parroquia de "Ntra. Sra, del Rosario" (Colonia Batán) un nuevo encuentro de los "Sábados con la Inmaculada" de este curso 2015, organizado por La Milicia de La Inmaculada en España.
 
Será encuentro de oración, de la mano de María, para realizar una potente alabanza a Dios Padre, una adoración profunda a Jesús Eucaristía, una invocación confiada al Espíritu Santo, sanador de todas nuestras heridas y enfermedades del cuerpo y del alma.
 
En el camino de conversión, la alabanza es algo clave: la alabanza te saca de ti, en alabanza puedes intuir la gravedad de tu pecado, puedes vislumbrar hasta dónde ha llegado el amor de Dios por ti, vas dejando que este Amor te posea, y con este Amor aprendes a amarte a ti y a los demás de una manera nueva, generosa, alegre, hasta poder decir con verdad: no me quitan la vida, la doy.
 
El Señor quiere regalarnos los mismos signos que en los comienzos de la predicación apostólica, pero necesita que creamos en Él, que borremos toda duda, y Él actuará, mejor, Él está actuando, ¡atrévete a verlo! ¡Atrévete a dejarte inundar de su Santo Espíritu, como María, y como Ella verás las maravillas de su Amor y proclamarás que su Misericordia es eterna! 
 
Todos los que amáis a nuestra Madre Inmaculada.
Todos los que buscáis a tientas en las sombras una respuesta que de sentido a vuestra vida.
Todos los que queréis aumentar vuestro amor al Señor Jesús, a través de su Madre.
 
Todos, seais quienes seais, estais invitados. ¡ Tu Madre te espera !. ¡ Ven !

 

 

 

Intención Mensual MI 2015 - Enero

Ha comenzado un nuevo año y con él vamos a ir acompañados de María en todo momento.
 
 
Desde la casa madre de la Milicia de la Inmaculada Internacional nos ofrecen a lo largo de estos 12 meses del 2015 una serie de intenciones, que en el fondo son virtudes que como cristianos tenemos que seguir cultivando toda nuestra vida, para que las vayamos reflexionando y llevando a nuestras vidas.
 
Al comienzo de cada mes iremos publicando esas intenciones en nuestra web.
 
Como mensaje e intención que debemos grabar en nuestro corazón para todo este año 2015, tenemos el de nuestro Asistente Internacional de la Milicia de la Inmaculada, el Padre Raffaelle Di Muro:

"Para que los que creen en Jesús
tengan la certeza
de que es posible alcanzar la unidad
a través de gestos cotidianos de comunión"
 
 
La comunión fraterna se realiza mediante los pequeños gestos de cada día. Lo enseña San Maximiliano Kolbe, cuya experiencia espiritual se caracterizó por una infinidad de actitudes simples que siembran comunión. Pensando en su experiencia en Roma, entre 1912 y 1917, el joven franciscano y futuro mártir de la caridad favorece la comunión entre sus jóvenes hermanos que en él ven un modelo de caridad y paciencia. Lo admiran por las calles de Roma, durante el paseo comunitario de los frailes en formación, en el reprender delicadamente a cuantos blasfeman y se dejan llevar por estas expresiones. Lo que sorprende es su sensibilidad y el deseo profundo de que todos conozcan el amor del Señor y de la Inmaculada.
 
 
Lo vemo como un joven fraile comprometido en la actividad de la prensa en Niepokalanów, en el sostener con gestos delicados y sinceros a sus hermanos comprometidos en el trabajo apostólico y en las fatigas de la vida en el convento. Los frailes que vivieron con él en la Ciudad de la Inmaculada polaca atestiguan que cada uno de los numerosos religiosos que compartieron su misión tenían por él un gran afecto y estima: a todos amaba y buscada valorizar a partir de los talentos de cada uno. Un día, mientras tenía el servicio de guardián se dio cuenta que los hermanos panaderos se arriesgan a enfermarse debido a su agotadora actividad física y compra para ellos una máquina amasadora que todavía hoy se utiliza para confeccionar el pan. Aquella maquinaria rudimentaria es un himno a la bondad y al cuidado del santo que se manifiesta en las pequeñas vivencias de cada día.
 
En Auschwitz ayuda a todos los que tienen dificultades físicas y espirituales acompañando de diversos modos a aquellos que eran mayormente probados. Los que han conocido a Maximiliano en el campo de concentración atestiguan que la luz de la caridad se irradiaba aún antes del acto supremo del martirio. El amor del Padre Kolbe es capaz de irradiar sentimientos de unidad y hacer reinar la armonía también entre personas de credos y procedencias diferentes. Eso ocurre en Japón cuando está comprometido con el trabajo de la prensa y en la difusión de El Caballero de la Inmaculada. Sus primeros colaboradores son de procedencias y pensamientos muy diferentes de las suyas, sin embargo logra instaurar armonía y equilibrio a través de las pequeñas y significativas acciones de profunda caridad. San Juan Pablo II afirmó justamente: «Desde los años de la juventud lo invadía un gran amor a Jesús y un gran deseo de martirio. Este amor y este deseo lo acompañaron a lo largo del camino de su vocación franciscana y sacerdotal, a la cual se preparaba tanto en Polonia como en Roma. Este amor y este deseo lo siguieron a través de todos los lugares del servicio sacerdotal y franciscano en Polonia, y también en el servicio misionero en Japón» (Homilía en ocasión de la canonización de San Maximiliano Kolbe, n. 4).
 
 
El testimonio del Padre Kolbe va en esta dirección: día a día estamos comprometidos a construir con paciencia una «telaraña» de pequeñas actitudes de bondad que contribuyen a difundir sentimientos de unidad. La comunión fraterna se favorece también hacia aquellos que pueden ser considerados «enemigos». Son muy fuertes estas expresiones de San Maximiliano, escritas en El Caballero de la Inmaculada (en su edición polaca) en diciembre de 1922, donde extiende su benevolencia no solo a quienes sostienen la revista sino también a aquellos que se oponen: «Damos muchas gracias y un cordial “Dios se lo pague” a través de la Inmaculada a todos aquellos que de alguna manera, con el consejo, la pluma, o cualquier actividad han ayudado al Caballero en su lucha por los más altos ideales espirituales. Sin embargo, nosotros no deseamos lo mejor solo para estas personas. Con la misma caridad nos dirigimos a quienes han sido enemigos del Caballero e incluso a quienes han hecho lo posible para que no saliera. A todos ellos los perdonamos de corazón (…)» (EK 1021).
 
 
La enseñanza del mártir polaco es particularmente luminosa para las personas de hoy, a menudo «contaminadas» por la manía del egoísmo y la autoafirmación. El santo nos enseña que para construir puentes de unidad es fundamental realizar gestos cotidianos inspirados en la caridad y el máximo respeto al prójimo. En la sociedad multicultural en la que vivimos, la propuesta de Kolbe nos parece particularmente actual. Los creyentes en Cristo pueden redescubrir la belleza de la comunión entre ellos desde los más simples gestos cotidianos, que consolidan los vínculos de caridad al interno de la comunidad de los creyentes y de la sociedad en general.

Para la reflexionar
-    ¿Cuáles son los pequeños gestos mediante los cuales busco difundir sentimientos de unidad y de caridad?
-    ¿Creo en la unidad de todos los creyentes y en la armonía nueva que puede liberar a la humanidad del egoísmo y del deseo de dominio de los hermanos?
-    ¿Qué me dice el ejemplo de San Maximiliano? ¿Qué aspecto de su vida me habla de unidad?
-    ¿Mi pertenencia a la MI me estimula a ser hermano sincero y constructor de bien hacia las personas que encuentro?
-    ¿De qué manera busco superar las «barreras» que se interponen entre mí y los hermanos?