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Dar la vida como Cristo y San Maximiliano Kolbe: a propósito de una pretendida “eutanasia” evangélica (II)

(Continuación de la primera entrega de este artículo).

2. La tentación de la eutanasia

Kolbe confesando

La vida, cualquier vida humana, es un don de Dios. Por ello, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas. Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella”[1]. La vigencia de la norma moral, además, anclada en la ley natural, no depende de la voluntad o discrecionalidad del sujeto sino que debe guiar la libre conducta humana, sin perjuicio de que pueda haber circunstancias o condiciones que atenúen –o agraven- la correspondiente responsabilidad de tal sujeto por sus actos. En este sentido, “cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable”[2]. Se concluye, por tanto, que “una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador”[3]. Es obvio, por otro lado, que la reprobación de la eutanasia no legitima el “encarnizamiento terapéutico” y que los cuidados paliativos deben ser alentados.

A comienzos del pasado mes de septiembre, el Papa Francisco, dirigiéndose a los miembros de la Asociación Italiana de Oncología Médica levantaba su voz por estos nuevos descartados, potenciales víctimas de la mentalidad eutanasista que por desgracia se va extendiendo en nuestros tiempos y abogaba por la verdadera civilización del amor y de la vida: “la tecnología no está al servicio del hombre cuando lo reduce a cosa, cuando distingue entre el que todavía es acreedor de cuidados y el que no, porque se le considera solamente una carga ―y a veces un descarte―. La práctica de la eutanasia, que ya es legal en varios estados, solo aparentemente busca alentar la libertad personal; en realidad se basa en una visión utilitaria de la persona, que se vuelve inútil o puede equipararse a un costo, si desde el punto de vista médico no tiene esperanza de mejorar o ya no puede evitar el dolor. Por el contrario, el compromiso de acompañar al paciente y a sus seres queridos en todas las etapas de la enfermedad tratando de aliviar su sufrimiento mediante paliación u ofreciendo un ambiente familiar en los hospicios, que son cada vez más numerosos, contribuye a crear cultura y prácticas más atentas al valor de cada persona”[4]. Y advertía el Santo Padre: “si se elige la muerte, los problemas se resuelven en cierto sentido; ¡pero cuánta amargura hay detrás de este razonamiento y qué rechazo de la esperanza implica la opción de renunciar a todo y romper todos los lazos! A veces estamos en una suerte de vaso de Pandora: todo se sabe, todo se explica, todo se resuelve, pero ha quedado escondido solamente algo: la esperanza. Y también tenemos que buscarla. Cómo traducir la esperanza, es más, cómo darla en los casos límites”.

Sobre esta misma cuestión, un par de semanas después, en un discurso dirigido a la Federación italiana de los Colegios de Médicos[5], el Pontífice actual insistía en que la medicina, por definición, es un servicio a la vida humana y, como tal, implica una referencia esencial e indispensable a la persona en su integridad espiritual y material, en su dimensión individual y social: la medicina debe estar al servicio de todo el hombre, de cada hombre. En este contexto, según el Santo Padre, el paciente ha de ser acompañado con conciencia, inteligencia y corazón, especialmente en las situaciones más graves. Aseveraba el Papa a los médicos italianos que, con esta actitud, “se puede y se debe rechazar la tentación -inducida también por cambios legislativos- de utilizar la medicina para apoyar una posible voluntad de morir del paciente, proporcionando ayuda al suicidio o causando directamente su muerte por eutanasia”. Estas tentaciones, el recurso a la eutanasia o al suicidio asistido, para el Papa reinante, “son formas apresuradas de tratar opciones que no son, como podría parecer, una expresión de la libertad de la persona, cuando incluyen el descarte del enfermo como una posibilidad, o la falsa compasión frente a la petición de que se le ayude a anticipar la muerte”. En efecto, como nos recordaba la Evangelium Vitae, la verdadera “compasión” nos hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. Más que piedad compasiva, en este caso sería una perversión de la misma.

Por su parte, el autor del artículo que replicamos y que ciertamente no soporta la sana doctrina (cf. 2 Tm 4, 3) reconoce que su desafío al Magisterio provocará “repelús”. ¡Y cómo no lo va a provocar si raya lo blasfemo, al pervertir la fe y querer confundir al Pueblo de Dios! Se burla, además, del valor del sufrimiento hecho oración, ofrecido por amor, así como de la condición reparadora de la resignación cristiana, porque no le cabe en la cabeza un Dios, Padre bueno, que haga sufrir a sus hijos. Es en el fondo la recurrente pregunta mal planteada y, por tanto, mal respondida por el autor sobre el sentido del sufrimiento, así como la tendencia, tan humana, de huir de la Cruz que abrazó Nuestro Señor por todos nosotros. Obviamente la psicología nos enseñará que el sufrimiento debe tener sentido, el sufrir sin más no nos da ese sentido. Efectivamente, San Pablo se refería a completar en su carne lo que les falta a los padecimientos de Cristo (cf. Col 1, 24). Naturalmente, no se trata de una visión estoica o fatalista ante el misterio del sufrimiento humano. Según el ejemplo del Buen Samaritano, el cristiano está llamado a ofrecer una respuesta caritativa y comprometida ante los distintos sufrimientos y dolencias de los hombres. Como recuerda la carta apostólica Salvifici Doloris de San Juan Pablo II, la historia de la Iglesia ha visto nacer numerosísimas iniciativas y organizaciones, cuyo objeto o carisma es asistir a los enfermos y necesitados. Frente a la eutanasia, por ejemplo, nos queda mucho por explorar del campo de los citados cuidados paliativos. Sin embargo, el autor viene a cuestionar y exigir la alteración de toda la Tradición inmutable de nuestra Santa Madre Iglesia, para convertirla, en suma, en una religión mundanizada y antropocéntrica de la inmanencia, al servicio de un mero bienestar físico y anímico, sin esperanza sobrenatural y negando la dimensión salvífica del sufrimiento ofrecido (recordemos que la Iglesia, entre otras acepciones, siempre ha celebrado la Eucaristía como el santo sacrificio del altar).

Nuestro autor, en su afán por deconstruir los fundamentos doctrinales de nuestra fe, ¡aduce el Evangelio contra el mismo Evangelio! En ello sigue a aquellos compatriotas de Jesús que le entregaron a Pilatos. “¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando dice la mentira, habla de lo suyo porque es mentiroso y padre de la mentira” (cf. Jn 8, 43-44). La mentira, aquí y siempre, debe ser denunciada. Nosotros no creemos que la libertad de expresión pueda amparar esta apología de una forma tan sutil de homicidio, especialmente de los más débiles -crimen y pecado gravísimo- y le pedimos a la Inmaculada que toque el corazón y la inteligencia del autor, para que reconsidere sus planteamientos equivocados y rectifique sus conclusiones, teniendo en cuenta que el escándalo a los más pequeños clama al Cielo (cf. Lc 17, 2).

Ello no obstante, nuestra repulsa no nos movería a escribir estas líneas, que seguramente podrían redactarse con mayor solvencia por personas mejor preparadas, sino fuera porque el autor del texto irreverente que impugnamos, en su atrevimiento, todavía alude con argucias al caso de San Maximiliano María Kolbe[6], como otro seguidor de la “eutanasia activa” que Cristo se habría aplicado en la Cruz. Así, tan extraviado autor identifica el ofrecimiento de la propia persona del santo franciscano polaco para salvar a otro compañero del campo de concentración de Auschwitz como una forma de eutanasia voluntaria, ya que equivalía, en su asombrosa percepción, a disponer libremente de su misma vida.

Dr. Miquel Bordas Prószynski

Vicepresidente del Centro Internacional de la Milicia de la Inmaculada

Presidente del Centro Nacional en España de la Milicia de la Inmaculada

(Continuará).

Kolbe enfermería

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2280.

[2] Ibíd., nº 2277.

[3] Ibíd.

[4] http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/september/documents/papa-francesco_20190902_aiom.html.

[5] http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/september/documents/papa-francesco_20190920_medici.html.

[6] Transcribimos íntegro el fragmento en cuestión: “¿Defraudó al Evangelio el franciscano Maximiliano Kolbe, al ofrecerse voluntariamente a sustituir al padre de familia con hijos, condenado en Auschwitz a morir de hambre? ¡Juan Pablo II lo canonizó! Esta incongruencia romana de canonizar en Kolbe ‒que ni siquiera estaba en situación terminal‒ lo condenado en la eutanasia voluntaria, sólo es muestra de las tantas producidas a lo largo de la historia.”

Dar la vida como Cristo y San Maximiliano Kolbe: a propósito de una pretendida “eutanasia” evangélica (I)

1. “Nadie tiene amor más grande que el da la vida por sus amigos”.

Con esta cita evangélica (Jn 15, 13) empezó San Juan Pablo II su homilía en la misa de canonización de San Maximiliano María Kolbe el 10 de octubre de 1982[1]. Citó también la primera carta de San Juan: “en esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16).

JPII canonizacion Kolbe

En un reciente artículo publicado en un conocido portal de información religiosa, su autor –dedicado a promover desde hace tiempo en sus textos la subversión de la Tradición de la Iglesia Católica, en línea con lo que desde hace dos mil años demanda el espíritu de este Mundo- postula en esta ocasión la aceptación de la eutanasia voluntaria (y, por extensión, del suicidio asistido) por parte del Magisterio, so pretexto de supuestas exigencias evangélicas[2]. Para hacerlo, movido por la sospecha y el disentimiento, ese autor pretende relativizar o diluir el contenido doctrinal de la enseñanza “oficial” de la Iglesia, como habría sucedido para el autor con el caso de la cremación o incineración de los cadáveres (práctica que habría estado prohibida severamente y sin excepciones hasta tiempo recientes en el Derecho canónico, habiéndose permitido en tiempos recientes bajo ciertas condiciones[3]). Para ello, en lugar de buscar una comprensión de las cuestiones a partir de lo que se ha llamado la evolución homogénea del dogma en consonancia con el sentir de la Iglesia[4], el autor recurre a un argumento sociológico, motivado por una sedicente “opinión pública” cristiana, para forzar la reinterpretación de cualquier verdad incómoda que integre el depósito de la fe revelada, hasta su derogación, según y cuando convenga al spiritus mundi. Todo ello para concluir falazmente que, en particular, la eutanasia no se opone al cristianismo y que, según espera ese autor, llegará el día en que la fuerza del progreso de la conciencia social obligará al Magisterio de la Iglesia a aceptar la licitud de la eutanasia activa.

Para reforzar su desenfocada y errante tesis, sin ningún apoyo en la ciencia médica, en lo que sólo puede tildarse de inculta pedantería, el autor llega a invocar la misma conducta de Jesús, el cual, en un alarde de autodeterminación, habría dispuesto voluntariamente de su vida, abreviándola manifiestamente, en la Cruz. Olvida que Cristo subió al Madero cargando nuestros pecados y, con ellos, el sufrimiento de toda la Humanidad. Por otra parte, para redargüir las confusiones del autor aquí nos asiste la Veritatis Splendor de San Juan Pablo II, hoy más actual que nunca para defender la universalidad y la inmutabilidad de la Ley moral: “el origen y el fundamento del deber de respetar absolutamente la vida humana están en la dignidad propia de la persona y no simplemente en el instinto natural de conservar la propia vida física. De este modo, la vida humana, por ser un bien fundamental del hombre, adquiere un significado moral en relación con el bien de la persona que siempre debe ser afirmada por sí misma: mientras siempre es moralmente ilícito matar un ser humano inocente, puede ser lícito, loable e incluso obligatorio dar la propia vida (cf. Jn 15, 13) por amor al prójimo o para dar testimonio de la verdad”[5].

Por ello, nos preguntamos asombrados ante las afirmaciones tan temerarias del autor: ¿qué tiene que ver esta entrega excelsa de la vida por el prójimo, como la de Nuestro Señor, con un acto (del ámbito de la medicina) respecto de un paciente en una situación más o menos irreversible, como la eutanasia? Conviene recordar aquí la definición de eutanasia de la Organización Mundial de la Salud (OMS) como aquella “acción del médico que provoca deliberadamente la muerte del paciente”, enmarcada en principio en un cuadro de padecimiento del paciente. De forma similar, la Asociación Médica Mundial (AMM) definió en 2013 la eutanasia como “el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente”. En cuanto tal, según la AMM, aunque sea por voluntad propia o a petición de sus familiares es contraria a la ética. Ello no impide al médico respetar el deseo del paciente de dejar que el proceso natural de la muerte siga su curso en la fase terminal de su enfermedad[6]. En nuestro país, el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos, en una declaración adoptada el 21 de mayo de 2018, entre otras cosas señaló: “(…) 3.- El médico nunca provocará intencionadamente la muerte de ningún paciente, ni siquiera en caso de petición expresa por parte de éste. 4.- El médico está obligado a atender las peticiones del paciente reflejadas en el documento de voluntades anticipadas, a no ser que vayan contra la buena práctica médica”.

Es claro, por consiguiente, que el rechazo a la eutanasia no es una arbitrariedad del Magisterio de la Iglesia[7], sino que se trata de una práctica que la comunidad médica, desde el juramento hipocrático[8], siempre ha reprobado como contraria a los principios más elementales de la deontología profesional. En la recientísima Declaración conjunta de las religiones monoteístas abrahámicas sobre las cuestiones finales de la vida sus firmantes manifestaban que se oponían a cualquier forma de eutanasia, así como al suicidio asistido “porque contradicen fundamentalmente el valor inalienable de la vida humana y, por lo tanto, son actos equivocados desde el punto de vista moral y religioso, y deberían prohibirse sin excepciones”.

Por tanto, en la eutanasia estamos hablando de un acto “médico”, que exige la acción de un tercero (el facultativo) para conseguir su finalidad y, en principio, en una situación concreta, de enfermedad terminal o sufrimiento extremo e incoercible.

En cambio, para el autor del artículo que censuramos, el enfermo o incapaz y, en realidad cualquier persona, podrían estar legitimados o incluso moralmente obligados a poner fin a su vida o reclamar de otros la ejecución del fin de la misma –su propia muerte- “una vez llegado a situación irreversible de imposibilidad de hacer a otros bien alguno” o, simplemente, para evitar ser una carga para los demás. En definitiva, cualquier motivación subjetiva que fuera sincera sería válida y no objetable para ejercer el derecho absoluto e irreversible de la autodeterminación personal (autodeterminación entendida como un valor absoluto, aunque suponga la propia desaparición del sujeto), revestida, es claro, de autocompasión: ya que uno no puede darse la vida a sí mismo, al menos puede y, por tanto, debe quitársela. ¿Qué mal hace al prójimo la eutanasia activa? – se pregunta retóricamente el autor, amparándose sofísticamente, sin citarlo, en el principio clásico de alterum non laedere, olvidando que –en el plano natural- el hombre es un ser social, puesto que vive en sociedad y no se debe sólo a sí mismo, sino que la dignidad humana es un valor intrínseco indisponible, que no depende de la “calidad” subjetiva de la vida de un individuo. Estamos entrelazados y nuestros actos personalísimos siempre tienen efectos externos. Además, perpetrar la eutanasia exige también que sea un tercero el que conculque gravemente el quinto mandamiento de la Ley de Dios, inscrito en lo más íntimo de cualquier conciencia humana: “no matarás”[9]. El objeto del non occides se refiere al prójimo, pero también a uno mismo. Por su parte, la pretensión del reconocimiento de un supuesto derecho a la eutanasia de suyo supone que este sea garantizado por toda la comunidad política, o sea el Estado, a través de las respectivas instituciones del sistema de la Seguridad Social o mediante instituciones privadas integradas en el sistema público de salud. Es decir, que el acto homicida sea financiado con cargo a los contribuyentes, queriéndonos hacer cómplices del mismo a todos nosotros. Y no nos engañemos, antes o después, se restringirá el derecho a la objeción de conciencia del personal sanitario que pueda estar involucrado en el tratamiento del paciente que solicite la eutanasia.

 

Dr. Miquel Bordas Prószynski
Vicepresidente del Centro Internacional de la Milicia de la Inmaculada
Presidente del Centro Nacional en España de la Milicia de la Inmaculada

(Continuará).

Cristo Kolbe


[1] Véase la traducción castellana aquí.

[2] En esto resonarían los ecos de una refinada heterodoxia todavía más mefistofélica (en pluma del jesuita Juan Masiá), según la cual la eutanasia –definida eufemísticamente como “dejar morir”- sería una respuesta moral obligada, ya que “dejar morir dignamente no es matar, sino dejar nacer a la vida verdadera” (publicada en el mismo portal de información religiosa). Sin embargo, es de fe creer que tras la muerte hay una vida eterna, lo que entraña también la realidad del juicio, la salvación y la visión beatífica, el purgatorio e incluso la condena eterna en el infierno en caso de uno fallezca en situación de pecado mortal -pecado mortal es el homicidio o el suicidio- rechazando la misericordia divina, sin arrepentirse.

[3] Concretamente, la Instrucción Ad resurgendum cum Christo, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación, de 15 de agosto de 2016, recuerda que ya mediante la Instrucción Piam et constantem del 5 de julio de 1963, el entonces Santo Oficio, estableció que “la Iglesia aconseja vivamente la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos”, pero agregó que la cremación no es “contraria a ninguna verdad natural o sobrenatural” y que no se les negaran los sacramentos y los funerales a los que habían solicitado ser cremados, siempre que esta opción no obedezca a la “negación de los dogmas cristianos o por odio contra la religión católica y la Iglesia”. No se trataba, pues, de una cuestión correspondiente a un orden de fe o moral, sino de disciplina eclesiástica.

[4] Según lo enseñado desde la época de los Padres de la Iglesia y, en especial, por San Vicente de Lerins en su Conminatorio, fijando el criterio de la enseñanza fundamental que los cristianos han de creer: quod semper, quod ubique, quod ab omnibus creditum est (sólo y todo cuanto fue creído siempre, por todos y en todas partes). A este respecto, la Encíclica Veritatis Splendor de San Juan Pablo II aclara en su nº 27: “dentro de la Tradición se desarrolla, con la asistencia del Espíritu Santo, la interpretación auténtica de la ley del Señor. El mismo Espíritu, que está en el origen de la Revelación, de los mandamientos y de las enseñanzas de Jesús, garantiza que sean custodiados santamente, expuestos fielmente y aplicados correctamente en el correr de los tiempos y las circunstancias. Esta actualización de los mandamientos es signo y fruto de una penetración más profunda de la Revelación y de una comprensión de las nuevas situaciones históricas y culturales bajo la luz de la fe. Sin embargo, aquélla no puede más que confirmar la validez permanente de la revelación e insertarse en la estela de la interpretación que de ella da la gran tradición de enseñanzas y vida de la Iglesia, de lo cual son testigos la doctrina de los Padres, la vida de los santos, la liturgia de la Iglesia y la enseñanza del Magisterio”. A este respecto, véase también el Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana de San Juan Enrique Newman, canonizado el pasado 13 de octubre de 2019, que le llevó a abrazar el catolicismo.

[5] Nº 50.

[6] Véase la Resolución adoptada por la 53ª de la Asamblea General de la AMM, Washington, mayo 2002 y reafirmada con una revisión menor por la 194ª Sesión del Consejo, Bali, Indonesia, abril 2013. Esta resolución recuerda la Declaración de la AMM sobre Eutanasia, adoptada por la 38ª Asamblea Médica Mundial, Madrid, España, octubre 1987 y reafirmada por la 170ª Sesión del Consejo, Divonne les Bains, Francia, mayo 2005.

[7] La Encíclica Evangelium Vitae analizaba admirablemente en su nº 15 -en 1995- la extensión de una mentalidad favorable a la eutanasia: “en un contexto social y cultural que, haciendo más difícil afrontar y soportar el sufrimiento, agudiza la tentación de resolver el problema del sufrimiento eliminándolo en su raíz, anticipando la muerte al momento considerado como más oportuno”.

[8] “(…) Me serviré, según mi capacidad y mi criterio, del régimen que tienda al beneficio de los enfermos, pero me abstendré de cuanto lleve consigo perjuicio o afán de dañar. Y no daré ninguna droga letal a nadie, aunque me la pidan, ni sugeriré un tal uso, y del mismo modo, tampoco a ninguna mujer daré pesario abortivo, sino que, a lo largo de mi vida, ejerceré mi arte pura y santamente”. Ciertamente, no hay que olvidar que la deontología médica actualmente tampoco se halla exenta de fuertes presiones ideológicas y legislativas para redefinir estos principios fundamentales hacia fórmulas antitéticas con los mismos, bajo confusas alegaciones a la autonomía del paciente, considerada en términos absolutos, o a la proscripción del paternalismo médico.

[9] Ese quinto mandamiento, a la luz de la profundización del sentido de la inviolabilidad y dignidad de la vida humana, ha llevado a que la Iglesia haya declarado recientemente que, en ningún caso, la pena de muerte podría ser admisible. Véase el Rescripto del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe “ex Audentia SS.mi”, de 02.08.2018, que dio nueva redacción al punto 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica.

102 años de la fundación de la Milicia de la Inmaculada

¡¡ La Milicia de la Inmaculada cumple 102 años !!

Hoy hace ya 102 años que en la noche del 16 de octubre de 1917, en una sencilla habitación del Colegio internacional de los Frailes Menores Conventuales, en la calle San Teodoro Nº 42, en Roma, el joven franciscano de 23 años, Maximiliano María Kolbe, junto a seis de sus hermanos de la orden, fundó el Movimiento de la Milicia de la Inmaculada ( MI ).

Movimiento del que humildemente formamos parte muchos de los lectores que desde esta página web intentamos transmitir a todos los hombres, creyentes y no creyentes, nuestro profundo amor a la Virgen Inmaculada, aprendido del ejemplo de vida de San Maximiliano María Kolbe.

Hasta llegar a esa noche del 16 de octubre, la vida de nuestro santo estuvo marcada desde su inicio por la siempre presencia amorosa de la Virgen.

En 1906, con 12 años, sucede un acontecimiento que marcó profundamente la vida de Maximiliano:

"Mama, cuando me reprochaste, pedí mucho a la Virgen me dijera lo que seria de mi. Lo mismo en la iglesia, le volví a rogar. Entonces se me apareció la Virgen, teniendo en las manos dos coronas: una blanca y otra roja. Me miro con cariño y me pregunto si quería esas dos coronas. La blanca significaba que perseveraría en la pureza y la roja que seria mártir. Contesté que aceptaba las dos. Entonces la Virgen me miró con dulzura y desapareció“.

Desde entonces toda su vida fue por y para María.

Durante la permanencia del joven Kolbe en Roma, entre 1912 y 1919, estalla la 1ª guerra mundial con todos sus horrores. En el año 1917, la masonería mundial celebró el segundo centenario de su fundación en Roma, con actitudes abiertamente hostiles hacia la Iglesia católica. Maximiliano se siente fuertemente interpelado por estos acontecimientos y se pregunta:"¿Es posible que nuestros enemigos trabajen tanto hasta prevalecer, y nosotros permanezcamos ociosos o al máximo rezando pero sin entrar en acción?. ¿Acaso no tenemos armas más poderosas como la protección de la Inmaculada?. La sin mancha, vencedora de todas las herejías, vencerá al enemigo que levanta la cerviz".

 

Nunca se insistirá lo suficiente en los humildes comienzos de la Milicia de la Inmaculada.

La reunión fundacional fue la primera y la última de aquel tiempo. Siguieron luego años lleno de dificultades, en los que difícilmente Kolbe se atrevía a hablar, aún entre sus Miembros: “Mamaíta, no sé que rumbo tomará este asunto, pero dígnate hacer de mí y de todos nosotros lo que a ti misma te agrade para la mayor gloria posible de Dios; yo soy tuyo, ¡oh, mi mamaíta Inmaculada!" (EK II, p 757)

Será con el regreso a Polonia en 1922, después de ordenarse sacerdote en Roma, cuando empiece a trabajar para “marianizar” al mundo entero. Ese fue su ideal absorbente por el que trabajó, predicó, luchó, oró, escribió y sufrió: "Conquistar para la Inmaculada un alma tras otra, enarbolar su estandarte en las casas editoriales de los diarios y de la prensa periódica, en las agencias y antenas radiofónicas, en los centros docentes y cenáculos literarios, en las salas de cine, en los parlamentos y senados: en una palabra, en cualquier rincón de la tierra "


Por eso, pasó a conocérsele como “el loco” de la Inmaculada.

De 1922 a 1939 fundó la revista “El Caballero de la Inmaculada”, que en esta página web se puede consultar su edición española, y que llegó a alcanzar en 1938 el millón de ejemplares.

Construye en Polonia "Niepokalanów", en castellano: la Ciudad de la Inmaculada; con casi 800 frailes y 34 modernas máquinas de impresión de aquella época, donde el ideal de aquella ciudad lo resumía nuestro santo con estas hermosas palabras: "En Niepokalanow, María lo es todo: es el corazón y la meta; es el ideal y la fuerza. Por Ella se trabaja, se vive, se sufre, como por Ella se muere. ¡Todo a la mayor gloria de la Inmaculada!"

 

Debido a su ardor apostólico y misionero, por expandir el amor a la Inmaculada, viajó hasta Japón, estando en ese pais de 1935 a 1936. Fundó allí otra Ciudad de la Inmaculada "Mugenzai No Sono". Sin conocimientos de la lengua nativa logró editar la revista de "El Caballero" en japonés. Pero debido al clima cálido y húmedo del pais y a las condiciones de salud del P. Maximiliano, que habían empeorado notablemente, volvió a Polonia.

 

Estalla la 2ª guerra mundial.

 

El horror nazi, la invasión de su querida Polonia y el exterminio judío y de miles de religiosos.

Niepokalanów, la hermosa Ciudad de la Inmaculada es aniquilada. Los frailes que habitaban en ella son dispersados o como nuestro Padre Kolbe llevados al "infierno en la tierra" como era el campo de extermino de Auschwitz.
Allí el 14 de agosto de 1941, como preparación al dia de la fiesta de la Asunción de la Virgen, y tras una agonía de 14 dias, sin agua y sin comida, por haber ofrecido su vida a cambio de la de un padre de familia; nuestro santo entregó su vida.

Pero la sangre de los mártires es "fruto que da vida" y da vida en abundancia.

Hoy su legado, del que formamos parte todos los que estamos inscritos en su sueño de entregar nuestra vida a la Inmaculada, se extiende por todo el mundo.

La Milicia de la Inmaculada cuenta con cerca de 5 millones de consagrados, con presencia en los 5 continentes, 30 ediciones en distintos idiomas de la revista "El Caballero de la Inmaculada", con emisoras de radio y canales de TV, con cientos de Iglesias y basílicas dedicadas a San Maximiliano y con nuevas ciudades de La Inmaculada repartidas por el mundo (Polonia, Brasil, USA).

Y aunque la realidad de La Milicia de la Inmaculada en España, por ahora es muy humilde, nos sabemos sostenidos por la fuerza de nuestra Madre Inmaculada que en todo momento quiere llevarnos al Sagrado Corazón de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.


El sueño de San Maximiliano María Kolbe y su Milicia de la Inmaculada sigue y seguirá vivo mientras haya un sólo hombre y mujer en el mundo que se sienta locamente enamorado, como él, de la Inmaculada.

¡ Felicidades a todos los miembros de la Milicia de la Inmaculada en este dia !

 

 

“ Conquistar el mundo entero para Cristo, por medio de la Inmaculada”

San Maximiliano María Kolbe

A 37 años de la canonización del P. Kolbe

Con inmensa alegría de todos los que formamos la Milicia de la Inmaculada, de toda la familia franciscana y de toda la Iglesia Universal, celebramos y recordamos, este 10 de octubre, el aniversario de la elevación del P. Kolbe a la gloria de los altares, en un dia como hoy de hace ya 37 años.

La canonización, cuya ceremonia tuvo lugar el 10 de octubre de 1982, venía precedida de una gran expectación en cuanto a si Maximiliano Kolbe seria canonizado como mártir o como santo, pues los teólogos y expertos de la Congregación para las Causas de los santos consideraban que Kolbe, santo sin duda, no había sido mártir en el sentido tradicional del término.

Detalle de la imagen con la que el P. Kolbe fue elevado a la gloria de la santidad

Fue una canonización insólita. En ella estaban presentes polacos, de Polonia y de la emigración, en un número considerable. Pero constituían sólo la minoría de la gran muchedumbre de peregrinos, que aquel domingo llenaba la plaza de San Pedro. Venían ciertamente de Roma y de toda Italia, pero también en número importante de Alemania y de otros países de Europa, así como de otros continentes, en particular de Japón, que ha unido duraderamente su corazón al Caballero de la Inmaculada.

Detalle de la Plaza de San Pedro en la canonización

 

En su beatificación el 17 de octubre de 1971 el Papa Pablo VI decía que podía ser considerado un “mártir de la caridad”. La incógnita fue desvelada al presentarse el Beato Juan Pablo II con la vestimenta roja, color litúrgico de los mártires. Más adelante en su homilía Juan Pablo II aclararía: “en virtud de mi autoridad apostólica, he decretado que Maximiliano Maria Kolbe, quien una vez beatificado fue venerado como confesor, a partir de este momento también será venerado como mártir”.

Momento en que la orden Franciscana Conventual

regala un cuadro del P. Kolbe al Papa. El santo Padre aparece vestido

con la casulla roja digna de los mártires

 

El mismo dia de su canonización estuvo presente el padre de familia por el que el Padre Kolbe entregó su vida. El sargento polaco: Franciszek Gajowniczek

Momento en el que Juan Pablo II

se encuentra con Franciszek Gajowniczek

 

El Santo Padre volvió a recordar la canonización del “apóstol infatigable de la devoción a la Inmaculada” en el Angelus el mismo día de la canonización y en mayor detalle en el Angelus del 17 de octubre de 1982 recordando el aniversario de su beatificación en 1971.

Así mismo dedicó toda la homilía de la fiesta de la Inmaculada de ese msimo año, en trazar la visión espiritual que tenía el P. Kolbe sobre el misterio insondable de la Concepción Inmaculada de nuestra querida Madre, la Virgen María.

En su segundo viaje apostólico a Polonia en 1983, el beato Juan Pablo II visitó el terrible bunker de la muerte donde nuestro querido Kolbe sufrió el terrible tormento de la falta de comida y agua durante 14 dias antes de que le inyectaran un veneno letal.

 

Momentos en que Juan Pablo II entra en la "celda de la muerte"

donde sufrió martirio el P. Kolbe y se postra en oración

 

Para un mejor conocimiento de la profunda veneración y cariño que profesaba el ya santo, San Juan Pablo II, a nuestro P. Kolbe; adjuntamos todos esos escritos para su lectura, reflexión y meditación en este hermoso dia.

Que sean un medio para incrementar nuestro amor y veneración a nuestro querido Kolbe y que renueve así nuestras fuerzas para imitarle, y así lleguemos a amar más a La Inmaculada, hasta volvernos "locos" por Ella, como él lo hizo.

 

San Maximiliano María Kolbe, ruega por nosotros


 

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Carta del Asistente Nacional de la Milicia de la Inmaculada con motivo de la Fiesta de San Maximiliano Kolbe

Como cada año, con ocasión de la fiesta de San Maximiliano María Kolbe, fundador de la Milicia de la Inmaculada (MI), en el 78 aniversario de su martirio en Auschwitz (14 de agosto de 1941), y en la vigilia de la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, el Asistente Nacional de la MI en España, Fr. Abel García Cezón, OFMConv, nos dirige una reflexión, que adjuntamos, con el título "Lo más pronto posible", sobre la urgencia evangelizadora que, de la mano de la Inmaculada, nos estimula en nuestros tiempos. Adjuntamos la carta:

 

san maximiliano kolbe

 

Madrid, 11.08.2019

Fiesta de santa Clara de Asís

“Lo más pronto posible”.

Queridos mílites: paz y bien.

Se acerca el día 14 de agosto, fiesta litúrgica de san Maximiliano María Kolbe, cuyo testimonio luminoso de amor a Cristo, a la Inmaculada y a los hermanos nos preparará a la gran solemnidad de la Asunción de nuestra Señora al cielo: “De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir” (Salmo 44). La solemnidad de la Asunción tiene que ver mucho con nuestra vida: nos habla de un acontecimiento destinado a colmar de esperanza y consuelo nuestro pobre corazón, tantas veces amenazado por el pecado, el dolor, la tristeza y el sinsentido. En ella, el misterio de Cristo, su encarnación, muerte, resurrección y ascensión al cielo, ha tenido ya pleno cumplimiento. Por estar con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, ayudarnos con su bondad materna, sostenernos en nuestro camino, consolarnos en nuestras tristezas y desvelos. Nos ha sido dada como madre a la que podemos dirigirnos en cada momento. En ella podemos poner siempre nuestra vida, a través de la consagración diaria como nos enseñó san Maximiliano, sabiendo que está siempre cerca de cada uno de nosotros. ¡No nos cansemos de dar muchas gracias al Señor por un don tan grande y vivamos con ella una verdadera relación de hijos!

“Lo más pronto posible” es la expresión que da título a mi sencilla carta de este año. Está muy presente en el vocabulario apostólico y misionero de san Maximiliano, junto a otras expresiones que nos hablan de un corazón conquistado por Cristo y por la Inmaculada, deseoso de ofrecer a otros, ¡a todos!, una inmensa riqueza de gracia y bendición. Y “no mañana, ni siquiera esta noche, sino ahora, lo más pronto posible. No poco, sino mucho. No una sola región sino el mundo entero” (EK 1325). Cómo nos interpelan estas palabras del padre Kolbe: esa caridad de Cristo que arde en su corazón y que quiere que arda “lo más pronto posible” en todos los corazones sin excepción; ese deseo de que todos los hombres conozcan que tienen una verdadera madre en el cielo y no vuelvan a sentir nunca más el peso de la orfandad; esa certeza de que lo verdaderamente necesario para el hombre es Dios, porque todo cambia dependiendo de si Dios existe o no existe, de si vive o no, de si está presente y actúa en el mundo, en nuestra vida, en mi vida o no. La Milicia de la Inmaculada nació para dar cauce a esta urgencia de anunciar, llevar, dar a conocer, ofrecer “lo más pronto posible” esta riqueza de gracia y salvación a todos: “aquellos que se consagran a la Inmaculada... desean conquistar para la Inmaculada, lo más pronto posible, el mundo entero y cada una de las almas sin excepción” (EK 1327). Nosotros, queridos mílites, ¿sentimos esta misma urgencia que sentía san Maximiliano? ¿Qué hacemos para dar cauce a la misma “lo más pronto posible”? ¿No estamos, quizás, un tanto adormecidos?

Los datos son más que elocuentes. La percepción que cada uno tiene de lo que está ocurriendo en nuestro país, y en occidente en general, es más que evidente. Está en marcha desde hace años un proceso progresivo y arrollador de descristianización que ya está dando sus resultados… Los últimos Papas han descrito la situación como “arrinconamiento de Dios”, con el consecuente triunfo del materialismo y del hedonismo, que avanzan hacia el nihilismo o la indiferencia más desoladora. Nuevas ideologías están promoviendo incansablemente un estilo de ser y de estar en el mundo etsi Deus non daretur, como si Dios no existiese. Pero no nos engañemos: Quitado Dios del horizonte, el hombre se pierde. Y nuestras calles se llenan de nuevos ídolos a los que hay que sacrificar tiempo, dinero, vidas... El deseo de buscar el verdadero rostro de Dios, que desde siempre caracteriza el anhelo más profundo del corazón humano, se ha suplantado por la búsqueda insaciable del propio bienestar: físico, emocional, económico, etc. El único rostro que se refleja es el propio. Reflejar el propio rostro (como en un selfie constante) puede satisfacer durante un tiempo ese narcisismo cada vez más imperante que caracteriza nuestro tiempo, pero al fin se descubre que el drama de la vida aparece, se quiera o no, como muy bien expresó don Pedro Calderón de la Barca en El gran teatro del mundo: “No olvides que es comedia nuestra vida y teatro de farsa el mundo todo…”. Separado de su Creador, el hombre muere. Perdida la relación original, deja de ser persona y se transforma en individuo, un náufrago que no tiene ninguna posibilidad de supervivencia y de relaciones sanas y buenas, y así, la soledad triunfa. El círculo se cierra de esta manera. Tristemente, pero de manera irrevocable.

Pese a todo, no debería caber entre nosotros ni un ápice de desesperanza o derrotismo. La esperanza del cristiano es la victoria de Jesucristo, su muerte y su resurrección, porque si no fuera así: ¡inútil sería nuestra fe y nosotros unos desgraciados! A propósito de la resurrección de Cristo, de la que la Virgen María participa plenamente en su Asunción a los cielos, hay que ir más allá de una pura fe intelectual, para hacer de ella una experiencia viva: aquí y ahora. Y ¿dónde conseguiremos este conocimiento nuevo y vivo de la resurrección? La respuesta es: ¡en la Iglesia! La Iglesia ha nacido de la fe en la resurrección; está literalmente «impregnada» de ella, o sea, llena. Decir «en la Iglesia» significa lo mismo que esto: en la liturgia, en los sacramentos, en la sana doctrina, en la belleza de la cultura católica, en la experiencia de los santos. Poder confesar con los labios y creer con el corazón: «¡Jesús es mi Señor! ¡Él es la razón de mi vida; estoy en sus manos; Él reina!» ¡Qué poder se encierra en estas sencillas palabras! En ellas actúa el Evangelio que es «fuerza de Dios para el que cree». Son un potente baluarte contra las fuerzas del mal, dentro y fuera de nosotros.

San Maximiliano fue muy consciente de la situación social, cultural y política que le rodeaba, ¡que no era mejor que la nuestra! Y supo ver que, ante todo, esa situación reclamaba de él y de sus hermanos la capacidad de saber dar razón de la propia fe, mostrando a Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María, como único salvador del hombre. En la medida en que seamos capaces de esto, siempre de la mano de la Inmaculada, podremos ofrecer la respuesta que el mundo necesita o que debemos provocar en él. Sí, lo que necesitamos en estos momentos de la historia son hombres que, a través de una fe iluminada y viva, hagan a Dios creíble en este mundo, como hizo el padre Kolbe. Solamente a través de hombres tocados por Dios, Dios podrá retornar a los hombres (cf. Benedicto XVI). La urgencia de la misión parte de aquí: de la credibilidad de nuestra vida creyente y de la convicción de que la fuerza de la resurrección de Cristo actúa y transforma hasta el punto de cambiar el corazón.

Si la Inmaculada pudiese disponer de nosotros de manera cada vez más perfecta, entonces también nuestra audacia misionera, la conquista de las almas para Cristo por medio de ella, sería cada vez más eficaz. Qué amor tan grande el de Kolbe y que disponibilidad, que le hacían estar siempre pensando en la salvación de las almas. ¡Eso es tener fe! Por eso se fue al Japón, y además quería ir a China, a la India, etc., y quiso editar “El Caballero de la Inmaculada” en todas las lenguas, e hizo proyectos y traducciones a muchas de ellas. Esa urgencia del amor de Cristo le mantuvo siempre en camino, sin parar, hasta el final de sus días, cuando dio un paso adelante para ofrecer su vida en lugar de un padre de familia y acompañar a los otros nueve prisioneros a morir santamente, suplicando el perdón para sus verdugos. Lo mismo nosotros, pidamos esa sana y santa tensión, ese celo apostólico de los santos y la gracia de discernir qué podemos hacer “para colaborar en la extensión del reino de Cristo”. Pidamos fervientemente en nuestra oración que el Señor nos ilumine y haga de nosotros tierra buena, mullida, abonada, para lo que la Inmaculada nos pida! Y hagámoslo “lo más pronto posible”, sin perder ni un momento.

Que la intercesión de la Inmaculada – “toda bella” y “toda pura” –, nos sostenga en el amor a Cristo hasta el final. Que su omnipotencia suplicante alcance a la Iglesia y a su Milicia la audacia apostólica y misionera que necesita en estos tiempos. Oh Inmaculada, ¡nos dejamos guiar por ti! San Maximiliano M. Kolbe, ¡ruega por nosotros!

Os abrazo y bendigo en el nombre del Señor.

Fray  Abel  García  Cezón  OFM Conv.

Asistente nacional de la MI en España

 

 

Angela Morais, nueva Presidente Internacional de la Milicia de la Inmaculada

La Asamblea Electiva Internacional de la Milicia de la Inmaculada (MI), celebrada en la Pontificia Facultad Teológica “Seraphicum” de Roma del 10 al 13 de octubre de 2019 eligió como nueva Presidente Internacional de la Milicia a la laica brasileña Angela Morais, quien hasta la fecha había desempeñado el cargo de Vicepresidente Internacional de la MI.

 

Angela Morais

La Asamblea Electiva, conforme a lo establecido en los Estatutos de la Asociación Pública de Fieles de la Milicia de la Inmaculada, reunió a representantes (presidentes, asistentes y delegados de jóvenes) de los centros nacionales de la MI de Italia, Polonia, Brasil, Estados Unidos, México, Bolivia, República Checa y Luxemburgo. El Centro Nacional de España estuvo representado por su Presidente, Miquel Bordas.

Asamblea

 

El nuevo Consejo Internacional, elegido para el sexenio 2019-2025, estará formado por:

Angela Morais (Brasil) - Presidente

Miquel Bordas (España) - Vicepresidente

Margherita Perchinelli (Italia)

Norma M. Magdalena Sánchez (México)

Fr. Tomasz Tęgowski OFMConv (Polonia)

John Galten (Estados Unidos)

Consejo MI

A su vez, el Presidente saliente, Fr. Raffaele di Muro, OFMConv, ha sido designado delegado del Asistente Internacional de la Milicia de la Inmaculada, el Ministro General de la Orden Franciscana Conventual, Fr. Carlos Trovarelli, por lo que seguirá acompañando los trabajos del órgano rector de la MI, en consonancia con lo realizado en los últimos años y podrá contribuir a dar cumplimiento al documento programático: ¡Después del Centenario! Trabajemos en la M.I. del futuro (publicado en 2018 y recogiendo las conclusiones alcanzadas por un grupo de trabajo durante las celebraciones del centenario de la MI en octubre de 2017).

La nueva Presidente de la MI, Angela Morais, es una mílite laica, licenciada en Relaciones Públicas por la FAPCOM (Faculdade Paulus de Tecnologia e Comunicação). Actualmente cursa estudios de relaciones internacionales en Anhembi Morumbi. Especialista en comunicación, es directora ejecutiva de Kolbe Arte Produções, una productora y agencia informativa de ámbito religioso, especialmente católico. Promotora de numerosos eventos religiosos y culturales, fue responsable de la organización de los stands de la MI en las JMJ de Rio de Janeiro y Cracovia, como delegada de jóvenes de la MI.

A raíz de su elección, Angela Morais agradeció a Dios y San Maximiliano que le hayan hecho conocer a la Inmaculada, a quien se consagró en 1998, compartiendo su testimonio de pertenencia y colaboración con la Milicia de la Inmaculada.

La elección de los nuevos consejeros de la MI en la mañana del sábado 12 de octubre -fiesta de Nuestra Señora de Aparecida, Patrona del Brasil, y de Nuestra Señora del Pilar, Patrona de la Hispanidad- estuvo precedida el viernes 11 de octubre de la exposición de la relaciones de los diversos países participantes en la Asamblea, poniendo de relieve el dinamismo y la adaptación de la MI a las distintas realidades nacionales. Asimismo, el mismo viernes el Presidente Internacional saliente, Fr. Raffaele Di Muro, OFMConv, presentó su Relación sobre el sexenio 2013-2018, marcado por una intensa actividad, el fallecimiento en noviembre de 2015 de la Presidente Internacional, Raffaela Aguzzoni y la celebración gozosa del centenario de la MI en 2017, todo ello acompañado de numerosas visitas a los centros nacionales para acompañar y orientar su crecimiento. Igualmente, el Presidente Internacional saliente expuso algunas consideraciones y desafíos que tendría que asumir el Consejo Internacional que resultara elegido, con especial mención a la imprescindible atención a los jóvenes. Para el p. Raffaele Di Muro es fundamental que la MI se sienta “como una gran familia”. Este deseo de comunión le permitirá a la Milicia conquistar todo el mundo para la Inmaculada.

Tras la elección del nuevo Consejo, los delegados de la Asamblea pudieron visitar el sábado por la tarde la Casa Kolbe en la calle San Teodoro de Roma, lugar en el que fue fundada la Milicia por San Maximiliano y sus seis compañeros hace 102 años.

Celda

Especialmente emotiva fue la oración de envío sobre los miembros del nuevo Consejo, para que puedan desempeñar su misión con responsabilidad y pasión, en fidelidad al carisma originario de la Milicia, ante los retos que plantea la nueva evangelización en el mundo actual, marcado por una profunda secularización.

Capilla

 

Finalmente, tras la celebración de la Santa Misa presidida por Fr. Tomasz Szymczak OFMConv – delegado del ministro general de los franciscanos y asistente internacional, Fr. Carlos Alberto Trovarelli, OFMConv, la Asamblea Electiva concluyó con las aportaciones y propuestas de los delegados nacionales de la MI para el próximo sexenio. Se recalcó la necesidad de coordinar y avanzar en la preparación de materiales formativos, tanto para los miembros de la MI, como para los asistentes. Se auguró una mejor comunicación entre el Centro Internacional y los centros nacionales, también mediante el aprovechamiento de las nuevas formas de comunicación telemáticas.

Pueden ver aquí un breve vídeo con imágenes de la Asamblea Electiva. 

La nueva Presidente Internacional ya ha tenido ocasión de participar el pasado 17 de octubre en la celebración del 102 aniversario de la fundación de la MI en la capilla de la Casa Kolbe de Roma, cuyo acto central fue una eucaristía presidida por Fr. Raffaele di Muro.

V Asamblea Internacional Electiva de la Milicia de la Inmaculada

Hoy 11 de octubre y hasta el próximo domingo 13 de octubre, está teniendo lugar en Roma la

V Asamblea Internacional Electiva de la Milicia de la Inmaculada.

Este es un momento importante de discernimiento y comunión, entre los distintos centros nacionales establecidos, incluida España, y los que están en proceso de reconocimiento.

Nuestro presidente nacional de España, Miquel Bordas Prószynski, ya se haya presente en Roma para participar en esta importante Asamblea , en la que será elegido el próximo Presidente Internacional de la Milicia de La Inmaculada.

 

Desde el Centro Internacional de la MI han pedido que encomendemos este encuentro con esta oración preparada para la ocasión:

 

ORACIÓN PARA LA PREPARACIÓN DE LA
ASAMBLEA DE LA MILICIA DE LA INMACULADA

 

MI International

¡Oh, San Maximiliano María Kolbe, que diste la vida para salvar a un padre de familia, enséñanos a amar como tú!
Tú que tuviste una experiencia profunda del amor de Dios y de la Inmaculada, atrayendo a incontables apóstoles a ese amor materno, muéstranos el camino que debemos recorrer para llevar a Dios el corazón de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo, testimonios valientes y fervorosos para continuar defendiendo tu legado espiritual en el mundo.

Pedimos la intercesión de Raffaella Aguzzoni, la cual, siguiendo los pasos de Jesús y atraída por Él, fue apóstol y misionera que con su celo apostólico fue testigo de cómo la Milicia de la Inmaculada constituye una herencia profética que, con el correr de los años, nos es confiada a cada uno de nosotros.

Que nuestros ojos sean capaces de vislumbrar siempre nuevos horizontes y que, impulsados por el ejemplo de San Maximiliano, sepamos llegar hasta los confines de la tierra, manteniendo encendida la llama que ardía en su corazón.
Que nuestras orejas sepan escuchar el grito de los pobres y que sepamos traducir nuestra Consagración a la Inmaculada mediante gestos concretos de vida y de esperanza.

Por ello, oh San Maximiliano, te pedimos que renueves en nosotros la audacia, el coraje, el espíritu de sacrificio y que, en esta V ASAMBLEA GENERAL DE LA MILICIA DE LA INMACULADA sepamos abrazar la cruz de Cristo, venciendo todos los desafíos, que nos harán más fuertes. Amén.

¡San Maximiliano Kolbe, ruega por nosotros!

! Feliz Fiesta de La Virgen de el Rosario 2019 !

 
Celebramos hoy con gozo la hermosa fiesta de la Virgen del Rosario.
 
Hoy la Iglesia no nos invita tanto a rememorar un suceso lejano cuanto a descubrir la importancia de María dentro del misterio de la salvación y a saludarla como Madre de Dios, repitiendo sin cesar: Ave María.
 
La celebración de este día es una invitación a meditar los misterios de Cristo, en compañía de la Virgen María, que estuvo asociada de un modo especialísimo a la encarnación, la pasión y la gloria de la resurrección del Hijo de Dios.
 
Recemos pues hoy de un modo especial a nuestra Madre, con la oración que más le agrada y que para ella es una corona de "te quieros": El Rosario
 
Oración a la Virgen del Rosario
 
Amada por Dios desde toda la eternidad,
 
viniste al mundo llena de gracia y sin la más ligera sombra de pecado
 
para ser Madre de Jesús y Madre nuestra.
 
Cuando el ángel te saludó en nombre de Dios, respondiste sí a la invitación divina,
 
y el Verbo se hizo carne en tu seno virginal.
 
Desde entonces comenzaste a vivir en íntima comunión con Él los misterios todos de su vida,
 
y te convertiste en Nuestra Señora del Evangelio, de la Redención y de la Gracia.
 
Junto a la Cruz bebiste con tu hijo Dios el cáliz amargo del dolor
 
y unida a Él mereciste para todos los redimidos la vida eterna.
 
El Espíritu Santo descendió en Pentecostés nuevamente sobre Ti
 
y te consagró Madre de la Iglesia.
 
Coronada ahora en el Cielo como Reina y como Madre de todo lo creado.
 
Tu corazón continúa aquí en la tierra. En El confiamos.
 
Madre del Rosario acércate aún más a nosotros.
 
Te pedimos por los que no tienen fe o rechazan tu luz.
 
Por los que no tienen pan.
 
Por los enfermos y por los sanos.
 
Por los que viven angustiados o sufren sin esperanzas.
 
Por los hogares que se elevan y por los hogares que amenazan ruinas.
 
Santifica y fortalece al Papa, el dulce Cristo en la tierra, a los Obispos y sacerdotes,
 
a todos los llamados a seguir más de cerca de Jesucristo.
 
Enciende en sus corazones un fuego que jamás se extinga.
 
Madre del Rosario, únenos a Ti en la tierra y llévanos contigo al Cielo.
 
Amén
 

San Maximiliano, ejemplo de celo apostólico y obediencia sobrenatural, según el Papa Francisco

En el discurso que el Santo Padre Francisco dirigió en la Sala Clementina a los Nuncios el pasado 13 de junio de 2019 recordó “la gran figura de san Maximiliano María Kolbe que, consumado por el ardiente celo por la gloria de Dios”, es un ejemplo de fervor apostólico en nuestros tiempos de indiferentismo. Asimismo, el Papa Francisco mencionó una de las cartas de San Maximiliano recalcando la importancia de la obediencia sobrenatural, algo de particular importancia para los Representantes Pontificios. Que la Inmaculada nos conceda la gracia de este celo sin límites por la gloria de Dios y por todas las almas, así como la humilidad para obedecer sobrenaturalmente a la Iglesia y a nuestros superiores, cada uno en su estado de vida. 

Papa Nuncis

 

[…]

3 El nuncio es un hombre de celo apostólico.

El nuncio es el anunciador de la Buena Nueva y al ser apóstol del Evangelio tiene la tarea de iluminar el mundo con la luz del Resucitado, de llevar a Cristo a los confines de la tierra. Es un hombre en camino que siembra la buena semilla de la fe en los corazones de quienes encuentra. Y aquellos que se encuentran con él deberían sentirse, de alguna manera, interpelados.

Recordemos la gran figura de san Maximiliano María Kolbe que, consumado por el ardiente celo por la gloria de Dios, escribió en una de sus cartas: «En nuestros tiempos constatamos, no sin tristeza, la propagación de la “indiferencia”. Una enfermedad casi epidémica que se está propagando en varias formas, no solo en la generalidad de los fieles, sino también entre los miembros de los institutos religiosos. Dios es digno de gloria infinita. Nuestra primera y principal preocupación debe ser la de darle alabanza en la medida de nuestras débiles fuerzas, conscientes de no poder glorificarlo cuanto Él merece. La gloria de Dios brilla sobre todo en la salvación de las almas que Cristo ha redimido con su sangre. De ello se deduce que el compromiso principal de nuestra misión apostólica será procurar la salvación y la santificación del mayor número de almas»[2].

[…]

7 El nuncio es un hombre de obediencia.

La virtud de la obediencia es inseparable de la libertad, porque solo en libertad podemos obedecer realmente, y solo obedeciendo el Evangelio podemos entrar en la plenitud de la libertad[7]. La llamada del cristiano, y en este contexto, la del nuncio a la obediencia es la llamada a seguir el estilo de vida de Jesús de Nazaret. La vida de Jesús, basada en la apertura y la obediencia a Dios, que Él llama Padre[8]. Aquí podemos comprender y vivir el gran mandamiento de la obediencia liberadora: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). la obediencia a Dios no se separa de la obediencia a la Iglesia y a los Superiores.

Nos ayuda de nuevo san Maximiliano María Kolbe, que en esa misma carta escribió: «La obediencia, y ella misma sola, es aquella que nos manifiesta con certeza la voluntad divina. Es cierto que el superior puede equivocarse, pero quien obedece no se equivoca […]. A través de la vía de la obediencia nosotros superamos los límites de nuestra pequeñez y nos conformamos a la voluntad divina que nos guía para actuar correctamente con su infinita sabiduría y prudencia. Adhiriéndose a esta divina voluntad, a la que ninguna criatura puede resistirse, nos hacemos más fuertes que todos.

Este es el sendero de la sabiduría y de la prudencia, la única vía en la que podemos rendir a Dios la máxima gloria […] Amemos, por lo tanto, hermanos, con todas las fuerzas al Padre celestial lleno de amor por nosotros; y que la prueba de nuestra perfecta caridad sea la obediencia, a ejercer, sobre todo cuando nos pide sacrificar nuestra voluntad. De hecho, no conocemos otro acto libre más sublime que Jesucristo crucificado para avanzar en el amor de Dios»[9].

[…]

[2] Cfr Scritti di Massimiliano M. Kolbe, vol. I, Firenze 1975, 44-46; 113-114.

[9] Scritti di Massimiliano M. Kolbe, vol. I, Firenze 1975, 44-46; 113-114.

Fuente: https://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino/pubblico/2019/06/13/0507/01059.html

Kolbe Francesco