Milicia de la Inmaculada

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente
Milicia de la Inmaculada (España)

Cartel de la 4ª Asamblea Nacional de la MI

E-mail Imprimir PDF

¡Ven, te esperamos!

 

Programa de la 4ª ASAMBLEA NACIONAL DE LA MI

E-mail Imprimir PDF

25 mayo 2013, parroquia Ntra. Sra. del Rosario (MADRID)

10,00 horas: Acogida en el salón de actos de la parroquia Ntra Sra del Rosario.

       10,30 horas: Celebración de la liturgia de la horas: Laudes.

       11,00 – 12,30 horas: Reflexiones:

o   Primera reflexión:

     Pertenencia al movimiento mariano Milicia de la Inmaculada.

                   Presencias de la MI en el mundo.

o   Segunda reflexión:

Consagrados a la Inmaculada.

o   Tercera reflexión:

El futuro de la Milicia de la Inmaculada en España”

12,30 horas: Descanso.

13,00 horas: Grupos de reflexión.

14,00 horas: Comida en el salón de actos de la parroquia Ntra Sra del Rosario.

16,15 horas: Propuestas de la Junta Nacional.

17,00 horas: Rezo del santo rosario.

17,30 horas: Celebración de la Eucaristía.

 

   

Prepararse con actos cotidianos para el sufrimiento

E-mail Imprimir PDF

    Hacer todo cuanto se haga de la mejor manera en favor de la Inmaculada. Pero con calma y recogimiento, sin ajetreo, sin inquietud, hay que entregárselo todo a la Inmaculada y Ella nos inspirará cómo hacerlo.

     Hermanos, esforzaos por conseguir esa paz, en todos vuestros actos, ocupaciones y asuntos, en los problemas; todo, todo hay que entregárselo a la Inmaculada, pronunciando el nombre de María y olvidando todos los problemas. La Inmaculada se ocupará de todo y pensará en todo. (San Maximiliano Kolbe)
 

¡Virgen de Montserrat, intercede por nosotros!

E-mail Imprimir PDF

 

Ante la inminente fiesta de la Virgen de Montserrat:

¡Madre, Inmaculada, te confiamos toda nuestra vida y misión!

 

 

Madre Inmaculada: ¡ Ven !

E-mail Imprimir PDF

Preciosa canción sobre nuestra Madre Inmaculada




 

María, Luz del Alba

E-mail Imprimir PDF

De la Homilía de Juan Pablo II en el Santuario de Ntra. Sra. de la Alborada

Ecuador, Guayaquil

31 de enero de 1985

Señor arzobispo,hermanos obispos,autoridades,queridos hermanos y hermanas:

1. Con gozo me uno a vosotros para orar junto a la Madre común en este templo mariano. Con su reciente construcción la diócesis de Guayaquil y su arzobispo, a quien saludo con fraterno afecto, han querido dejar a la posteridad un recuerdo visible del nacimiento de la Virgen María.
Habéis elegido para este santuario el sugestivo título de Nuestra Señora de la Alborada, que nos habla con gran belleza simbólica de la primera luz que anuncia el día. María es, en efecto, la luz que anuncia la proximidad del Sol a punto de nacer, que es Cristo. Donde está María, aparecerá pronto Jesús. Con su presencia luminosa y resplandeciente, la Virgen Santísima inunda de luz que despierta la fe, dispone la esperanza y enciende la caridad. Por su parte, Ella es sólo y nada menos que un reflejo de Jesucristo, «Oriente, esplendor de la luz eterna y sol de justicia, como la alborada, sin el sol dejaría de ser lo que es.
El Papa Pablo VI nos enseña, queridos hermanos y hermanas, que «en la Virgen María todo es referido a Cristo y todo depende de El». María es la primera criatura iluminada; iluminada antes incluso de la aparición visible del Sol. Porque María procede del sol de santidad: «Quién es ésta que avanza cual aurora, bella como la luna, distinguida como el sol?» (Cant. 6, 10). No es otra sino la gran señal que apareció en el cielo: «Una mujer revestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre la cabeza» (Αpοc. 12, 1).

2. En los albores de nuestra esperanza se insinúa ya la figura de María Santísima: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre su linaje y el tuyo: él te aplastará la cabeza» (Gen. 3, 15). Ya desde esas palabras queda de manifiesto la intención divina de elegir a la mujer como aliada en la lucha contra el pecado y sus consecuencias. En efecto, según esa profecía, una mujer señalada estaba destinada a ser el instrumento especialísimo de Dios para luchar contra el demonio. Sería la madre del que aplastaría la cabeza del enemigo. Pero el descendiente de la mujer, que realizará la profecía, no es un simple hombre: es plenamente hombre, sí, gracias a la mujer de la que es hijo; pero es también, a la vez, verdadero Dios. «Sin intervención de varón y por obra del Espíritu Santo» (Lumen Gentium, 63), María ha dado la naturaleza humana al Hijo eterno del Padre, que se hace así nuestro hermano.
Hacia Ella camina toda la historia de la Antigua Alianza. Ella es la perfecta realización del resto santo de Israel: de aquellos «pobres de Yaνé» que son herederos de las promesas mesiánicas y portadores de la esperanza del Pueblo de Dios. El «pobre de Yavé» es el que se adhiere con todo el corazón al Señor, obedeciendo su ley. Pero María «sobresale entre los humildes y pobres del Señor que confiadamente esperan y reciben de El la salvación. Finalmente, con Ella misma, Hija excelsa de Sión, tras la prolongada espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos» (Ibid. 55). En María se sublima la vida de los justos del Antiguo Testamento.

3. María es, hermanos obispos y fieles todos, la criatura que recibe de manera primordial los rayos de la luz redentora: «Efectivamente, la preservación de María del pecado original, desde el primer instante de su ser, representa el primero y radical efecto de la obra redentora de Cristo y vincula a la Virgen, con un lazo íntimo e indisoluble, a la encarnación del Hijo, que, antes de nacer de Ella, la redime del modo más sublime». Su Concepción Inmaculada hace de María el signo precursor de la humanidad redimida por Cristo, al ser preservada del pecado original que afecta a todos los hombres desde su primer instante, y que deja en el corazón la tendencia a la rebelión contra Dios. La Concepción Inmaculada de María significa, pues, que Ella es la primera redimida, alborada de la Redención, y que para el resto de los hombres redención será tanto como liberación del pecado.

4. Pero María, mis amados hermanos y hermanas, no es aurora de nuestra redención a modo de instrumento inerte, pasivo. En el alba de nuestra salvación resuena su respuesta libre, su fiat, su sí incondicional a la cooperación que Dios esperaba de Ella, como espera también la nuestra.
La iniciativa salvadora es ciertamente de la Trinidad Santísima. La virginidad perpetua de María - fielmente correspondida por San José, su virginal esposo - expresa esa prioridad de Dios: Cristo, como hombre, será concebido sin concurso de varón. Pero esa misma virginidad que perdurará en el parto y después del parto, es también expresión de la absoluta disponibilidad de María a los planes de Dios.
Su respuesta marcó un momento decisivo en la historia de la humanidad. Por eso los cristianos se complacen en repetirla en el rezo diario del Angelus y tratan de asimilar la disposición de ánimo que inspiró esas palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Luc. 1, 38).
El gozoso «fiat» de María testimonia su libertad interior, su confianza y serenidad. No sabía cómo se realizarían en concreto los planes del Señor. Pero lejos de temer y angustiarse, aparece soberanamente libre y disponible. Su «sí» a la Anunciación significó tanto la aceptación de la maternidad que se le proponía, como el compromiso de María en el misterio de la Redención. Esta fue obra de su Hijo. Pero la participación de María fue real y efectiva. Al dar su consentimiento al mensaje del ángel, María aceptó colaborar en toda la obra de la reconciliación de la humanidad con Dios. Actúa conscientemente y sin poner condiciones. Se muestra dispuesta al servicio que Dios le pide.

5. María nos precede y acompaña. El silencioso itinerario que inicia con su Concepción Inmaculada y pasa por el sí de Nazaret que la hace Madre de Dios, encuentra en el Calvario un momento particularmente señalado. También allí, aceptando y asistiendo al sacrificio de su Hijo, es María aurora de la Redención; y allí nos la entregará su Hijo como Madre. «La Madre miraba con ojos de piedad las llagas del Hijo, de quien sabía que había de venir la redención del mundo». Crucificada espiritualmente con el Hijo crucificado, contemplaba con caridad heroica la muerte de su Dios, «consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado» (Lumen Gentium, 58). Cumple la voluntad del Padre en favor nuestro y nos acoge a todos como a hijos, en virtud del testamento de Cristo: «Mujer, he ahí a tu hijo» (Io. 19, 26).
«He ahí a tu Madre», dijo Jesús a San Juan: «y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Ibíd.. 19, 27). El discípulo predilecto acogió a la Virgen Madre como su luz, su tesoro, su bien, como el don más querido heredado del Señor en el momento de su muerte. El don de la Madre era el último don que El concedía a la humanidad antes de consumar su Sacrificio. El don hecho a nosotros.
Pero la maternidad de María no es sólo individual. Tiene un valor colectivo que se manifiesta en el título de Madre de la Iglesia. Efectivamente, en el Calvario Ella se unió al sacrificio del Hijo que tendía a la formación de la Iglesia; su corazón materno compartió hasta el fondo la voluntad de Cristo de «reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos». Habiendo sufrido por la Iglesia, María mereció convertirse en la Madre de todos los discípulos de su Hijo, la Madre de su unidad. Por eso, el Concilio afirma que «la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, la venera, como a Madre amantísima, con afecto de piedad filial» (Lumen Gentium, 53). ¡Madre de la Iglesia! ¡Madre de todos nosotros!

6. Los evangelios no nos hablan de una aparición de Jesús resucitado a María. De todos modos, como Ella estuvo de manera especialmente cercana a la cruz del Hijo, hubo de tener también una experiencia privilegiada de su resurrección. Efectivamente, el papel corredentor de María no cesó con la glorificación del Hijo.
Pentecostés nos habla de la presencia de María en la Iglesia naciente: presencia orante en la Iglesia apostólica y en la Iglesia de todo tiempo. Siendo la primera la aurora - entre los fieles, porque es la Madre, sostiene la oración común.
Como ya advertían los Padres de la Iglesia, esta presencia de la Virgen es significativa: «No se puede hablar de la Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con los hermanos de éste»
Por eso, como recordaba hace casi dos años en este mismo continente, «desde los albores de la fe y en cada etapa de la predicación del Evangelio, en el nacimiento de cada Iglesia particular, la Virgen ocupa el puesto que le corresponde como Madre de los imitadores de Jesús que constituyen la Iglesia».

Sí, María está presente en nuestro camino.

7. María sigue siendo nuestra alborada, nuestra primicia, nuestra esperanza. Durante su vida terrena, fue signo y anticipo de los bienes futuros; ahora, glorificada junto a Cristo Señor, es imagen y cumplimiento del reino de Dios. A él nos llama, en él nos espera.
Ha sido la primera en seguir a Cristo, «primogénito entre muchos hermanos» (Cf.. Col. 1, 18). Elevada en cuerpo y alma al cielo, es la primera en heredar plenamente la gloría. Y esa glorificación de María es la confirmación de las esperanzas de cada miembro de la Iglesia: «Con El (con Cristo) nos ha resucitado y nos ha sentado en el cielo con El» (Eph. 2, 6). La Asunción de María a los cielos manifiesta el futuro definitivo que Cristo ha preparado a nosotros los redimidos.

8. A Ella encomiendo ahora vuestras personas e intenciones y las de cada hijo del Ecuador.
Le encomiendo la protección sobre vuestras familias. Sobre los niños que se gestan en el seno materno. Sobre las criaturas que abren sus ojos a este mundo.
Le encomiendo las ilusiones de vuestros jóvenes: ilusiones que, si toman por modelo la generosidad de la Santísima Virgen, serán una gozosa realidad de servicio a Dios y a la humanidad.
Le encomiendo el trabajo de vuestras manos y de vuestras inteligencias.
Le encomiendo el sereno atardecer de vuestros ancianos y enfermos.

Que sea para todos Alborada de Dios, la presencia maternal de Santa María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa del Espíritu Santo.

Amén.

 

Reina del Cielo, Madre y Señora

E-mail Imprimir PDF
Inmaculada_sencilla

Reina del cielo, Madre y Señora,

ya desde ahora te doy mi amor.

Inmaculada, toda belleza,

yo mi pureza consagro a ti.

Toda mi vida, penas y gozos,

a ti, de hinojos, quiero ofrecer:

Virgen María, bendíceme.

Tú eres la puerta que lleva al cielo:

oye mi anhelo, y sálvame.

Tú eres la estrella de mi esperanza,

y en la borrasca guarda mi fe.

Sé tú el rocío de gracia y vida,

fuente escogida de agua caudal;

sé cual palmera en mi arenal.

Cuando mi vida llegue a su ocaso,

yo en tu regazo quiero morir;

y en esa hora de mi agonía,

sé tú la guía de mi bajel.

Y tu medalla bese a porfía,

la que aquel día selló mi amor:

Virgen María, llévame a Dios.

 

Perla de San Maximiliano

E-mail Imprimir PDF

 


Página 1 de 19

Jueves, 23 Mayo 2013

¿Quién está en línea?

Tenemos 14 invitados conectado(s)

Perlas del p. Kolbe

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este verano, el 14 de Agosto, celebramos con verdadera alegría la fiesta de S. Maximiliano Kolbe, fundador de la Milicia de la Inmaculada. El loco de amor por la Virgen María.

Como muestra de su vida y testimonio fiel a Dios y amor a la Inmaculada, hasta el extremo de entregar su vida por amor al prójimo, transcribimos literalmente su última carta y por tanto su último escrito conocido.

Escrita ya desde el horror y el infierno del campo de concentración de Auschwitz, la Providencia amorosa de Dios quiso que las últimas palabras escritas que conocemos del P. Kolbe sean dirigidas a su madre.

Él, que tantó amó a nuestra Madre del Cielo, dejó sus últimas palabras escritas para aquella que le trajo a la vida.

Adjuntamos en el pie de notas comentarios para ayudar a su lectura y mejor comprensión del contexto de su redacción.

Carta para rezarla, meditarla, leerla, releerla y dejar que su poso nos ayude a vivir la faceta siempre martirial de nuestra Fe.

 

EK 961 1

A María Kolbe, Cracovia

 

Auschwitz, 15-VI-1941 2

Remitente

Nombre: Kolbe Raijmund 3

Nacido: 8-I-1894 4

Nº. Matricula: 16670 5

 

Mi amada mamá,

A finales de mayo llegué en un convoy ferroviario 6 al campo de concentración de Auschwitz.

Aquí todo bien. 7

Amada mamá, estate tranquila por mí y por mi salud 8, porque el buen Dios está en todas partes y con gran amor piensa en todos y en todo. 9

Sería conveniente que no me escribas antes de que yo te mande otra carta, porque no sé cuanto tiempo estaré aquí. 10

Con saludos cordiales y besos,

Kolbe Raymundo

======================================

Notas

1. Nomenclatura utilizada para clasificar los escritos del Padre Kolbe. Obedece a la carta nº 961 conocida del P. Kolbe

2. El P. Kolbe murió el 14-8-1941, tras un horrible martirio físico al ser encerrado en un bunker o habitación subterránea, privado de agua y comida durante 10 dias. Por tanto esta carta está fechada 2 meses antes de su martirio.

3. Apellido y nombre. En su profesión religiosa con 17 años el P. Kolbe cambió su nombre de pila de Raimundo y adoptó el de fray Maximiliano María.

4. La edad del P. Kolbe a la redacción de esta carta era de 47 años.

5. El nº 16670 es con el que los nazis marcaron y tatuaron al P. Kolbe al entrar en el campo de concentración de Auschwitz. Práctica utilizada por los nazis con todas las personas que llegaban a sus campos de concentración. A partir de que atravesaban la puerta del campo, su identidad pasaba a ser simplemente esa numeración.

6. El tren fue el método de transporte utilizado por el ejército nazi para transportar masivamente a los deportados a los campos de concretación. Los convoys utilzados para ese transporte eran los destinados para el uso de transporte de ganado.

7. “Aquí todo bien”. Nótese que la carta está escrita en uno de los lugares más temibles y horribles que a largo de la historia el ser humano haya podido crear: el campo de concentración de Auschwitz. Conocido mundialmente, se ha convertido a lo largo de los años en el símbolo de la degeneración a la que el ser humano puede llegar con sus semejantes. Empezó a estar operativo para su función de exterminio en mayo de 1940, por tanto cuando el P. Kolbe llegó a él ya llevaba a pleno funcionamiento 1 año. Según distintos historiadores hasta su cierre, a finales de enero de 1945, pudieron ser exterminadas hasta 4 millones de personas; el triple de lo que hasta hace pocos años se creía. Cuando fue redactada esta carta, Europa y el resto del mundo, y por tanto también la madre del P. Kolbe, desconocían los terribles sucesos que acontecían en ese lugar. Entonces, ¿cómo es posible que el P. Kolbe pueda escribir “aquí todo bien” desde ese infierno?. No podemos ni imaginar la paz y libertad interior que el P. Kolbe tenía para poder escribir esa frase. Con estas palabras el P. Kolbe no pretende ni mucho menos mentir o engañar a su madre, sino que transmite la certeza hecha vida de que quién tiene a Dios y a la Inmaculada a su lado todo lo puede soportar por amor. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nostros?” Romanos 8, 31.

8. El P. Kolbe sufrió a lo largo de casi toda su vida de tuberculosis, que le llegó a inhabilitar completamente uno de sus pulmones. De ahí que intente tranquilizar a su madre informándola de que su salud era buena.

9. Con esta frase, recordamos que escrita desde el infierno de Auschwitz, el P. Kolbe se abandona total y absolutamente a la providencia amorosa de Dios y eleva su virtud de la Esperanza a sus cotas más altas; sabiendo que el mal que le rodea no tiene la última la palabra, sino el designio amoroso de Dios con los hombres.

10. Posiblemente las autoridades nazis no permitieran escribir más cartas al P. Kolbe, de ahí que intente rebajar la ansiedad de su madre con la innecesaria espera de otra carta que nunca llegaría.