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Fiesta de San Maximiliano Kolbe - carta de nuestro Asistente Nacional

Kolbe Capilla Batan

Con ocasión de la fiesta de San Maximiliano María Kolbe, fundador de la Milicia de la Inmaculada (MI), en el 77 aniversario de su martirio en la celda del hambre en el campo de concentración nazi de Auschwitz, rematado por una inyección de fenol, y en la vigilia de la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, el Asistente Nacional de la MI en España, Fr. Abel García-Cezón, OFMConv, nos ha escrito una nueva carta, que transcribimos a continuación, en la que reflexiona especialmente sobre el significado del sacerdocio presbiteral del Padre Kolbe, en el centenario de su ordenación sacerdotal que estamos celebrando en este 2018. 

¡Muchas gracias Fr. Abel por tu acompañamiento!

kolbe estola

Madrid, 2.8.2018

Fiesta de Ntra. Sra. de los Ángeles

“Soy sacerdote católico”.

Queridos mílites: paz y bien.

El 28 de abril de 1918, fray Maximiliano María Kolbe recibía la ordenación sacerdotal en Roma. Al día siguiente celebró su primera misa solemne con gran fervor en el altar de la Virgen del Milagro, en la basílica romana de Sant’Andrea delle Fratte. De todos es conocido que en este mismo altar había tenido lugar en 1842, la aparición de la Santísima Virgen al judío Alfonso de Ratisbonne, provocando su fulminante conversión al catolicismo. Estamos recordando, por tanto, en este año 2018 el centenario de la ordenación sacerdotal de san Maximiliano. Sabemos, por una carta que envió a su madre unos meses más tarde, cómo vivió nuestro santo el momento de su ordenación: “Reconozco con gratitud -decía- que todo ha sido un don logrado por la intercesión de la Inmaculada, nuestra madrecita común. ¡Cuántas veces en la vida, sobre todo en los momentos más importantes, he experimentado su especial protección! Gloria, pues, al Corazón de Jesús por medio de aquélla que fue concebida sin pecado, la cual es instrumento en la manos de la misericordia de Dios para la distribución de las gracias. En ella pongo, además, toda mi confianza para el futuro”. Conocemos, igualmente, la última de las intenciones que había escrito sobre un pequeño trozo de papel con motivo de su primera misa: “Pro amorem usque ad victimam”. Y también aquellas palabras que pronunció al final de su vida terrena, en el “calvario” de Auschwitz: “Soy sacerdote católico, quisiera dar la vida por este hombre”.

Estos sintéticos trazos biográficos (y tantos otros datos que conocemos por otras fuentes) nos muestran la profunda visión que san Maximiliano tenía del sacerdocio, visión que no fue para él un saber teórico o ideal ya que supo llevarla a la práctica en su vivencia cotidiana de tan sublime vocación. Podemos decir, sin miedo a exagerar, que san Maximiliano es una figura señera de santidad sacerdotal, vivida tanto en la extraordinaria creatividad de las obras que llevó a cabo junto a sus hermanos (Milicia de la Inmaculada, El Caballero, las Ciudades de la Inmaculada en Polonia y Japón, etc.), fruto de su caridad pastoral y de su enorme corazón de apóstol; como en la diaria fidelidad al ejercicio humilde y escondido del ministerio: orando, trabajando, amando y sacrificándose sin cálculos ni rebajas. Para el padre Kolbe, el sacerdote es el hombre que no se guarda la vida, sino que la da, la entrega, la ofrece cada día, de la mano de la Inmaculada, siguiendo las huellas del Buen Pastor. En él ha de cumplirse aquello que rezamos en la Liturgia de las Horas, en las fiestas de los pastores: Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo; el que da la vida por sus ovejas. A este propósito, el doctor Rudolf Diem, médico en el campo de concentración, testificó lo siguiente: “Puedo decir con certeza que durante mis cuatro años en Auschwitz, nunca he visto un ejemplo tan sublime de amor a Dios y al prójimo”. Hemos sido lavados en la sangre del Cordero (1 Jn 1, 7) y, desde entonces, el martirio es el modo de seguimiento más radical de Jesús y, por tanto, el camino de la Iglesia. Seguirle a Él de verdad, llevará al discípulo a poner sus pies en huellas dolientes, pero que conducen a la mañana de Pascua por el amor que vence a la muerte.

La Iglesia y nuestra Milicia gozan de inmensa alegría por un testimonio tan luminoso de lo que significa de verdad ser sacerdote de Jesucristo. Mirando a san Maximiliano, escuchando a san Maximiliano, podemos decir: ¡Este es el sacerdocio y ésta es la verdadera “pastoralidad”! Y así lo viven la inmensa mayoría de los llamados a ser, por pura gracia y misericordia de Dios, un alter Christus que camina por las calles de nuestro mundo. Considero muy importante volver a afirmar la verdad y la humilde grandeza del sacerdocio católico, ya que la actualidad mediática nos está poniendo delante situaciones como las de Chile, Australia, Estados Unidos o Italia, por poner unos cuantos ejemplos, donde sacerdotes y obispos han cometido horribles y gravísimos delitos de abusos sexuales contra menores (u ocultación de los mismos) o han llevado durante años una doble vida, siendo motivo de tremendo escándalo y confusión para los fieles. Debemos rechazar y denunciar de manera firme y sin ambages todas estas situaciones. Habrán de responder ante Dios y, en muchos casos, ante la justicia. A la vez, con visión sobrenatural, oremos con más fervor y con espíritu de reparación para que Dios se apiade de ellos, cure las heridas de las víctimas, purifique a toda la Iglesia y pase pronto este “tiempo de tribulación”. Hagámoslo con esa “esperanza cierta” que san Francisco pedía ante el Cristo de san Damián, porque Dios, Señor de la historia, permanece con nosotros en los momentos de tempestad, abriendo nuevos tiempos de gracia y santidad para su Iglesia por el camino de la conversión y la penitencia. No, queridos mílites: La miseria y sordidez de algunos no pueden oscurecer la grandeza de esta vocación, querida por Dios e instituida por su Hijo Jesucristo como uno de los sacramentos de la nueva alianza sellada con su sangre.

Que el testimonio sacerdotal de amor a Cristo que nos dejó san Maximiliano, sacerdote franciscano, nos mueva a todos a “enamorarnos” siempre más profundamente de Jesús, nuestro Maestro y Señor. Sea la Suya la mirada que buscamos al amanecer y la consolación que esté con nosotros durante la noche o las “noches de nuestra vida”. Sea Jesús y su amor fiel la memoria y la compañía de cada respiro cotidiano, invocando llenos de confianza con mucha frecuencia durante el día su bendito nombre, tal y como nos enseñó san Bernardino de Siena y toda la escuela franciscana: “Jesús, Jesús”. Para que este amor se acreciente, como ya os dije el año pasado en esta misma carta de agosto, cuidemos mucho nuestra vida espiritual: la oración personal cotidiana (ojalá con algunos ratos de meditación de la Palabra de Dios, el rezo de alguna hora litúrgica -quizás en común-, la adoración o las visitas al Santísimo...), la eucaristía diaria o frecuente, la confesión al menos mensual, el rezo del rosario y de jaculatorias, la lectura espiritual, etc. “El único deseo de la Inmaculada es elevar el nivel de nuestra vida espiritual hasta las cimas de la santidad” (S. Maximiliano M. Kolbe

Vivir enamorados del Señor, desear ser santos como Él es santo – siguiendo el ejemplo de san Maximiliano – significa, también, mantener muy viva la tensión misionera, apostólica y evangelizadora. Para ello, no es necesario hacer grandes cosas (a menos que no entendamos que el Señor las quiere), sino que todo nos lo jugamos en cuidar a aquellos que nos han sido confiados según nuestra vocación, especialmente a nuestras familias y a todos aquellos con los que convivimos de una manera o de otra. Y también poniéndonos al servicio de nuestras parroquias y comunidades cristianas. Sí, queridos mílites, cuidemos los pequeños milagros de amor (quizás poco visibles para los demás, pero eficaces a los ojos de Dios sin duda alguna) que pueden ir transformando el mundo entero en una enorme “Ciudad de la Inmaculada”, así como las obras de caridad y de misericordia hacia los pobres y débiles, decisivas para el día del juicio final (cf. Mt 25). Los milagros de amor son posibles, según la experiencia de san Maximiliano, cuando confiamos en el poder de la intercesión de la Inmaculada. En un artículo de 1924 nuestro santo decía: «Encended en todas partes el amor y la confianza en la Inmaculada y muy pronto veréis brotar en los ojos de los pecadores más endurecidos las lágrimas del arrepentimiento, vaciarse las cárceles, aumentar el número de los obreros honestos, mientras los hogares perfumarán de virtud, la paz y la felicidad destruirán la discordia y el dolor, porque ha llegado una era nueva».

Finalmente, el amor filial y rebosante de ternura de san Maximiliano hacia la Inmaculada Madre de Dios, de quien aprendió tantos “gestos maternales” que luego veremos realizados en su sacerdocio, resuene cada vez con más fuerza en nuestro corazón de mílites y en nuestros gestos “maternos”, llenos de ternura, bondad y solicitud, con los que debemos tratar a los demás. ¡Ojalá fueran una seña de identidad de nuestra consagración a la Inmaculada! Y quien se cruzara con nosotros pudiera decir: en sus gestos, en su mirada, en la bondad y ternura de sus palabras veo a María, escucho a María.

Que la resuelta fidelidad a Dios que siempre vivió la Virgen, sea también la nuestra: “Aquí estoy, fiat, hágase”. A Ella, Madre de toda bondad como la invocaba san Francisco, consagró el padre Kolbe todo su apostolado y se consagró él mismo, porque “amar es darlo todo y entregarse a sí mismo” (santa Teresa de Lisieux). No hay verdadero amor sin entrega total de sí mismo. Decir de verdad: Te amo, significa necesariamente: Me entrego totalmente a Ti, te pertenezco para siempre. Para el padre Kolbe, este acto de amor va dirigido al corazón de Jesús por medio de María, pero también se dirige a María para amar a Jesús con su propio corazón. ¡Pidamos esta gracia! Jesús, quiero amarte con el corazón inmaculado de tu Madre. María, ponme en tu corazón para amar a Jesús como Él espera ser amado.

Oremos, queridos mílites, para que el ministerio de los sacerdotes no sea distinto de la vida del sacerdote, quien, en cada servicio que realiza, tiene que mantener siempre un estilo sacerdotal, como si siempre estuviera sobre el altar ofreciéndose con Cristo al Padre, amando y entregándose sin reservas; nunca como un mero administrador o un mercenario que busca sus propios intereses y no los del Señor (San Agustín).

Oremos para que los sacerdotes no cedan a las modas y a los gustos de esta sociedad que ha perdido el rumbo, secundándolos hasta caer en el ridículo y, aún peor, en el pecado. Oremos para que los sacerdotes cuiden fielmente de las ovejas, ¡den la vida por ellas!, con particular atención hacia aquellas náufragas y enfermas, frágiles y vulnerables, buscando sólo el bien de las almas y que todos conozcan a Cristo, único verdadero Salvador de la historia y del hombre. Oremos para que el Señor convierta y santifique el corazón de los sacerdotes que no viven según la vocación a la que han sido llamados. Pidamos que el Espíritu Santo les purifique y despierte en ellos una nueva conciencia de su pertenencia a Cristo y de la santidad de su vocación, luchando por ser fieles hasta el final.

Oremos, queridos mílites, para que los sacerdotes amen el confesionario como lugar de identificación con Cristo misericordioso, médico y medicina, y para que se acreciente en todos un amor sin medida por la Eucaristía, que sólo ellos han recibido la gracia de celebrar para la vida de la Iglesia y del mundo. Mediante la muerte de Cristo en la cruz y su resurrección se realizó la redención del mundo, ya que tenía el valor del amor supremo y de la obediencia a la voluntad del Padre. Mediante la entrega de los sacerdotes, su muerte para el mundo y su unión al sacrificio de Cristo, un destello de ese mismo amor renueva el mundo, siempre amenazado por el pecado y la muerte.

Oremos y hagamos todo lo que esté en nuestras manos para que cada sacerdote se sienta querido y sostenido por sus fieles, encontrando en ellos el apoyo necesario para que su vocación sacerdotal sea defendida, custodiada, protegida y alimentada con el fin de que no se pierda o, todavía peor, que no llegue a ser un frívolo recuerdo, insuficiente para resistir el golpe – siempre agresivo – de la realidad del mundo, de la tentación de la carne y del demonio.

Que la protección de la Inmaculada – “toda bella” y “toda pura” – que el día 15 contemplaremos en su gloriosa Asunción a los cielos, sostenga a los sacerdotes y a cada mílite en el amor a Cristo hasta el final. Que su omnipotencia suplicante alcance a la Iglesia un nuevo y grande florecimiento vocacional de sacerdotes y religiosos buenos y santos. ¡Oh Inmaculada, nos dejamos llevar por ti! San Maximiliano M. Kolbe, ¡ruega por nosotros!

Os abrazo y bendigo en el nombre del Señor.

Fray Abel García-Cezón OFM Conv.

Asistente nacional de la MI en España

 

Kolbe inyeccion fenol

 

 

50 años de la Humanae Vitae

paulusvi

Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne. Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5, 31-32). Desde el inicio, la familia y la relación conyugal en la que aquella se funda, pertenecen al corazón de la Iglesia. Con el tiempo y ante los nuevos retos, el magisterio de la Iglesia ha ido profundizando en la problemática y las características de la institución matrimonial, a la luz del Evangelio y de su propia naturaleza.

Justo hace cincuenta años, el 25 de julio de 1968, como uno de los primeros frutos de la reflexión conciliar del Vaticano II, en plena revolución sexual y nacida como signo de contradicción, el beato Pablo VI publicaba la encíclica Humanae Vitae. En ella, en consonancia con el magisterio anterior, el Papa recordaba la naturaleza unitiva y procreativa del acto conyugal, que no se puede disociar del matrimonio entre varón y mujer, base para una verdadera paternidad responsable. Ello convierte a los padres en cooperadores de Dios en la transmisión de la vida: procreadores.

Desde estas premisas, la Encíclica rechazaba categóricamente los atentados a la transmisión de la vida y en especial el aborto. También excluía la esterilización perpetua o temporal del hombre o de la mujer. En particular, declaraba la ilicitud de toda acción anticonceptiva que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación.

Pablo VI avisaba proféticamente de los peligros que entrañaría la mentalidad anticonceptiva, como lamentablemente los últimos cincuenta años del mundo occidental han constatado, con una degradación general de la moralidad, especialmente entre los jóvenes, la cosificación de la mujer y la desnaturalización de la institución familiar. Frente a ello, el Pontífice alentaba a los esposos cristianos a mantenerse fieles y vivir la castidad conyugal, que es posible con la asistencia de la gracia divina. Esta ascética matrimonial ciertamente supone nadar contracorriente, pero es una garantía de la felicidad más plena: “en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan íntegramente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a los hijos; los niños y los jóvenes crecen en la justa estima de los valores humanos y en el desarrollo sereno y armónico de sus facultades espirituales y sensibles” (HV 21).

Paulus VI

El magisterio pontificio posterior ha confirmado y desarrollado armónicamente la visión de la Humanae Vitae. Señalemos, por ejemplo, la Exhortación apostólica Familiaris Consortio (1981), el Catecismo de la Iglesia Católica (1992), la Encíclica Evangelium Vitae (1995) de San Juan Pablo II; o recientemente la Exhortación apostólica Amoris Laetitia (2016) del Papa Francisco.

La Inmaculada, Madre de Aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida, dijo SÍ al anuncio del Ángel. Que nuestra Milicia sea siempre dócil al magisterio de la Iglesia y esté siempre dispuesta a defenderlo y dar razón de nuestra fe. Así lucharemos por la extensión de la civilización del amor, el Reino de Cristo por medio de María.

Totus Tuus, María

San Juan Pablo II: “Maximiliano Kolbe (...) se presentó en nuestro tiempo como profeta y apóstol de una nueva «era mariana», destinada a hacer brillar con vívida luz en todo el mundo a Jesucristo y su Evangelio”

 

juan pablo II

 

“16 de octubre de 1978 a la noche. Llega al que en adelante será su dormitorio en los departamentos pontificios, y se lo muestra el Cardenal Martin. Se arrodilla inmediatamente al pie de la cama y reza el Salve Regina. El único objeto que se hace traer de la austera celda de madera donde habitó durante el cónclave es el pequeño libro de Luis Maria Grignion de Montfort: El tratado de la verdadera devoción a María. El mismo antiguo ejemplar que nunca dejó desde que lo leía en sus ratos libres cuando trabajaba duramente en la fábrica de Solvay de Cracovia. Pequeño libro manchado por la cal que debía transportar en las carretillas”. Como bien narra el P. Daniel – Ange en su obra “Florecillas de Juan Pablo II. Anécdotas de un trotamundos”, el Santo Papa polaco quiso comenzar su pontificado con la Santísima Virgen. Tal era su unión con la Madre de Dios, que adoptó como lema aquellas palabras que resumen el acto de consagración de San Luis María Grignion de Montfort: “Totus Tuus, María” (“Todo tuyo soy, María”).

Al igual que San Maximiliano María Kolbe, San Juan Pablo II es un modelo de entrega a Cristo a través de la Inmaculada. Hoy, día en que celebramos su festividad, aprovechemos para pedirle que interceda por nosotros y, como él, nos ayude a vivir cada segundo de nuestras vidas para María, por María, en María y con María. Hoy también, profundizamos en las enseñanzas del P. Kolbe de la mano del Santo Pontífice:

Efectivamente, el amor a la Inmaculada fue el centro de su vida espiritual, el fecundo principio animador de su actividad apostólica. El modelo sublime de la Inmaculada iluminó y guió toda su existencia en los caminos del mundo e hizo de su muerte heroica en el campo de exterminio de Auschwitz un testimonio espléndido cristiano y sacerdotal. Con intuición de santo y agudeza de teólogo, Maximiliano Kolbe meditó con perspicacia extraordinaria el misterio de la Concepción Inmaculada de María a la luz de la Sagrada Escritura, del Magisterio y de la Liturgia de la Iglesia, sacando de ahí admirables lecciones de vida. Se presentó en nuestro tiempo como profeta y apóstol de una nueva «era mariana», destinada a hacer brillar con vívida luz en todo el mundo a Jesucristo y su Evangelio (Homilía Juan Pablo II, Solemnidad de la Inmaculada, 1982).

“España es tierra de María”, dijo San Juan Pablo II al despedirse de España en una de sus visitas. Ésa es nuestra esperanza. También desde aquí podemos extender esa “era mariana” de la que habla San Juan Pablo II cuando recordaba al P. Kolbe, “destinada a hacer brillar con vívida luz en todo el mundo a Jesucristo y su Evangelio”. Nosotros no podemos nada, pero si nos entregamos a la Inmaculada, Ella lo hará todo. Por eso, Madre querida, en este sábado volvemos a recurrir a tu maternal Corazón y, como San Juan Pablo II, nos entregamos a Ti diciéndote: “Totus tuus, María”.

Dios te salve, Madre Inmaculada

Junto a ti Madre Inmaculada queremos estar...como niños pequeños que se sienten perdidos si no sienten cerca la mano cariñosa y protectora de su mamá.

¡ Madre Inmaculada, Dios te salve !

Triduo celebrativo de la fundación de la MI en Roma

Una delegación de mílites españoles procedentes de Madrid y Granollers (Barcelona), encabezada por el Asistente Nacional y el Presidente del Consejo del Centro Nacional, se ha desplazó a Roma para participar en las celebraciones de los 100 años de fundación de la Milicia de la Inmaculada por San Maximiliano María Kolbe y sus seis compañeros. Desde el 16 hasta el 18 de octubre de 2017 más de mil mílites de trece países han acudido a Roma para tomar parte en el Triduo celebrativo del Centenario organizado con mucho esmero por el Centro Internacional de la MI.

SantAndrea delle Fratte MI

El lunes 16 de octubre tuvo lugar la apertura del Triduo con una eucaristía solemne a las 16h en el templo de Sant'Andrea delle Fratte, presidida por el Ministro General de la Orden Franciscana Conventual, Fr Marco Tasca, y concelebrada por numerosos sacerdotes y frailes vinculados a la Milicia. Recordemos que en esta iglesia romana, conocida por ser el lugar de la aparición de la Virgen y la conversión del judío Alfonso Ratisbonne, San Maximiliano celebró su primera misa el 29.04.1919.

La jornada concluyó con una emocionante vigilia de oración en la iglesia de Sant'Andrea della Valle, en la que San Maximiliano recibió la ordenación presbiteral.

Al día siguiente, martes 17 de octubre, el grupo español visitó por la mañana el Convento de San Maximiliano (antiguo Colegio Seráfico Internacional), especialmente la celda donde justamente 100 años atrás había sido fundada la MI. También los mílites peregrinos pudieron renovar la consagración a la Inmaculada en la Capilla del Convento y pudo recorrer la Exposición Kolbe.

En el mediodía las delegaciones española y mejicana celebraron conjuntamente la eucaristía en la Curia General de la Orden Franciscana Conventual. Tras una tarde libre visitando diversas iglesias romanas, el día concluyó con un concierto especial en Sant'Andrea della Valle, en el que entre otras composiciones, se ha ejecutado el himno del Centenario.

Finalmente, el miércoles 18 de octubre se cerró el Triduo celebrativo del Centenario de la fundación de la Milicia de la Inmaculada en Roma. Los mílites peregrinos tuvieron que madrugar para acudir y situarse en la Plaza de San Pedro, a fin de participar en Audiencia General con el Santo Padre Francisco. En la audiencia, el Papa ha reflexionado sobre la esperanza en relación con la muerte. Y entre otros grupos, también ha saludado a los peregrinos de la MI.

Tras la audiencia, el grupo español participó todavía por la tarde en una Eucaristía oficiada por su Asistente Nacional en la capilla contigua a la Celda de la fundación de la Milicia en el Convento de San Maximiliano. Por último, antes de dirigirse al aeropuerto para volver a España, la delegación española se unió a la liturgia eucarística conclusiva del Triduo en Sant'Andrea della Valle presidida por el Ministro General, Fr Marco Tasca. En la despedida, el Presidente Internacional de la MI, Fr Raffaele di Muro, dio lectura al Documento de Conclusiones redactado por delegados de distintos países.

SantAndrea della Valle MI

Damos gracias a la Inmaculada por habernos conducido a este primer centenario de su Milicia y le pedimos que nos siga conduciendo en el servicio de su Hijo.

Tras la conclusión del Triduo, en el Seraphicum romano se está celebrando un congreso kolbiano especial con motivo del Centenario de la fundación de la MI, del 19 al 20 de octubre. 

Venerable Isabel María Satoko Kitahara, mílite japonesa

A young aristocrat Satoko Kitahara and her co worker with with Br Zeno at chapel of City of the Ants

 

Isabel fue una laica japonesa inscrita a la Milicia de la Inmaculada, nacida en 1929 y muerta en Tokyo, el 23 de enero de 1958, en el pueblecito de Arinomachi, donde había elegido vivir desde el 1950.

Isabel provenía de una familia no cristiana,  pero en 1948 pidió ser bautizada. Su conversión se debe a una experiencia especial que vivió ante una imagen de una Inmaculada de Lourdes. Ella en alguna ocasión entró en una iglesia católica junto con una amiga y estando allí a los pies de Nuestra Señora tuvo una luz especial que marcó toda su existencia. Ella misma lo describe así. “Era la primera vez que veía una imagen de nuestra Santísima Madre. Impulsada, no sé por qué, a entrar en esa iglesia, me quedé mirando fijamente esa estatua, sintiendo dentro de mí la presencia de una fuerza muy atrayente que no sabría explicar”.

En la vida de Isabel Satoko un hecho determinante fue el haber conocido al franciscano Conventual Zenón Zebrowski amigo y discípulo del padre Kolbe, que tras compartir con él en Niepokalanow se va a la misión de Japón a colaborar allí también con el apostolado franciscano y mariano. Viendo el servicio que este fraile prestaba a los niños en un Japón azotado por la pobreza después de la II guerra mundial, decide mudarse a un barrio muy pobre donde trabajaban los hermanos franciscanos para dedicarse allí a cuidar de los niños desamparados. El barrio se llamaba ciudad de las hormigas, porque en él habitaban grupo de traperos que por su incansable trabajo parecían hormigas.

 

satoko rosario

 

Antes de morir, tras padecer tubercolosis al igual que el padre Kolbe, tiene que abandonar la ciudad de las hormigas por motivos de salud, estando lejos de ellos se entera de que las autoridades quieren acabar con esa labor y envía una carta a su antiguos colaboradores y un rosario con estas palabras: “[Este rosario] Está bendecido por el Papa. Pase lo que pase no se desanimen. Yo estaré rezando a ‘María sama’ (la Virgen María) hasta que vuelvan. Junto con ese rosario, pongo en manos del Señor mi vida, esa vida que he recibido de Él en depósito”.

Ella con su ejemplo nos enseña que los auténticos caballeros de la Inmaculada son los que entregan su vida al servicio de los hermanos más necesitados. Que interceda desde el cielo por todos sus con-milites para que sepamos dar gloria a Dios de la mano de la Inmaculada con nuestro servicio a los pobres.

En Junio de 2015 el papa Francisco declaró sus virtudes heroicas y ahora estamos a la espera de un milagro por su intercesión para que sea canonizada.

Fuente: http://miliciadelainmaculadacolombia.blogspot.com.es/2016/11/venerable-isabel-maria-satoko-kitahara.html

Con Nuestra Madre Inmaculada vencemos todas las dificultades, nuestra “misión” es obra de Ella

Vidriera Inmaculada

 

Con alegría acogemos este nuevo sábado, dedicándolo a nuestra querida Madre Inmaculada. Como decía San Maximiliano María Kolbe, “Ella fue y será siempre para todos nosotros la Madre más cariñosa: durante la vida, en el momento de la muerte y por toda la eternidad” (EK 744). El P. Kolbe nos anima a recordar estas palabras, sobre todo “en las dificultades exteriores y también en las interiores, que son las más duras”. Del mismo modo que San Maximiliano prevenía a sus hijos espirituales sobre las pruebas que pueden presentarse en su misión, invitamos a actualizar sus consejos para la “misión” de cada uno de nosotros en nuestro día a día, con el fin de profundizar, tal como deseaba el P. Kolbe, en el carácter misionero de la MI. “En la misión no encontrarán sólo dificultades procedentes del ambiente, sino que Dios permitirá –a su mayor gloria y para manifestar aún más la bondad y la potencia de la Inmaculada- que ustedes pasen también a través del desaliento, la duda, la nostalgia, etc.” En este sentido, San Maximiliano anima a no depositar nuestra confianza en nosotros mismos, sino "única y totalmente en la Inmaculada, Mediadora de todas las gracias y Madrecita nuestra”. Si realmente ponemos en práctica su enseñanza, es muy probable que, como él indicaba, tengamos asegurada la victoria, “aunque todo el infierno, su cuerpo y Satanás mismo se conjurasen contra ustedes”. “En tal caso –afirma-, no sólo no se desalentarían, sino que tendrían siempre fuerzas hasta para consolar también a los demás y reanimarlos en el espíritu, enseñándoles adónde deben dirigirse para recibir luz y fuerza”.

María. En Ella lo tenemos todo. Ella es nuestra esperanza, nuestro consuelo, nuestro remedio, nuestra alegría, aún cuando la situación pueda parecer desesperada. “Cuando surjan dificultades –señala el P. Kolbe-, ofrézcanlas a Ella, para que haga lo que le plazca: las elimine, las disminuya, las aumente o las deje como están”. “Basta dirigirse una sola vez a la Inmaculada, con la palabra o con la mirada, o incluso sólo con el pensamiento, para que Ella arregle todo lo que hemos destruido en nosotros y en quienes nos rodean, de modo que Ella pueda guiarnos en el momento presente y mantenga bajo su protección nuestro pasado y los éxitos de nuestro trabajo en el futuro”.

Nuestra Señora y Madre del Rosario

Celebramos hoy con gozo la hermosa fiesta de la Virgen del Rosario.

Hoy la Iglesia no nos invita tanto a rememorar un suceso lejano cuanto a descubrir la importancia de María dentro del misterio de la salvación y a saludarla como Madre de Dios, repitiendo sin cesar: Ave María.
La celebración de este día es una invitación a meditar los misterios de Cristo, en compañía de la Virgen María, que estuvo asociada de un modo especialísimo a la encarnación, la pasión y la gloria de la resurrección del Hijo de Dios.

Recemos pues hoy de un modo especial a nuestra Madre, con la oración que más le agrada y que para ella es una corona de "te quieros": El Rosario

Oración a la Virgen del Rosario

Amada por Dios desde toda la eternidad,

viniste al mundo llena de gracia y sin la más ligera sombra de pecado

para ser Madre de Jesús y Madre nuestra.

Cuando el ángel te saludó en nombre de Dios, respondiste sí a la invitación divina,

y el Verbo se hizo carne en tu seno virginal.

Desde entonces comenzaste a vivir en íntima comunión con Él los misterios todos de su vida,

y te convertiste en Nuestra Señora del Evangelio, de la Redención y de la Gracia.

Junto a la Cruz bebiste con tu hijo Dios el cáliz amargo del dolor

y unida a Él mereciste para todos los redimidos la vida eterna.

El Espíritu Santo descendió en Pentecostés nuevamente sobre Ti

y te consagró Madre de la Iglesia.

Coronada ahora en el Cielo como Reina y como Madre de todo lo creado.

Tu corazón continúa aquí en la tierra. En El confiamos.

 

Madre del Rosario acércate aún más a nosotros.

 

Te pedimos por los que no tienen fe o rechazan tu luz.

Por los que no tienen pan.

Por los enfermos y por los sanos.

Por los que viven angustiados o sufren sin esperanzas.

Por los hogares que se elevan y por los hogares que amenazan ruinas.

Santifica y fortalece al Papa, el dulce Cristo en la tierra, a los Obispos y sacerdotes,

a todos los llamados a seguir más de cerca de Jesucristo.

Enciende en sus corazones un fuego que jamás se extinga.

 

Madre del Rosario, únenos a Ti en la tierra y llévanos contigo al Cielo.

Amén