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La Inmaculada Concepción – Patrona de España

En estos momentos de inquietud ante el futuro del conjunto de los pueblos que forman España, “tierra de María” (Juan Pablo II), conviene acudir a Nuestra Patrona, la Inmaculada Concepción. En Ella ponemos toda nuestra confianza con una oración incesante. Y confiamos.

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(imagen: www.orlandis.org)

***

(Fragmento del artículo de María Dolores Barroso“Los santos patronos de España” en Cristiandad, núm. 973-974, pp. 26-27)

El pueblo español siempre se ha caracterizado por la profunda fe de sus gentes y su deseo de evangelización. En mitad de las dificultades de estos tiempos, recordamos con gozo las «glorias de la tradición católica de España» expresada en la devoción de sus Santos Patronos: La Inmaculada Concepción, Santiago Apóstol y santa Teresa, así como la defensa por parte de los fieles de estos patronazgos ante los impedimentos que ha habido a lo largo de la historia.

 

Debemos empezar por la Virgen María, por su especial unión con España. Así lo recordaba Juan Pablo II en el inicio de su pontificado: «Desde los primeros siglos del cristianismo aparece en España el culto a la Virgen. Esta devoción mariana no ha decaído a lo largo de los siglos en España, que se reconoce como “tierra de María”».[1] Y así lo fue reiterando en sus viajes apostólicos: «El amor mariano ha sido en vuestra historia fermento de catolicidad. Impulsó a las gentes de España a una devoción firme y a la defensa intrépida de las grandezas de María, sobre todo en su Inmaculada Concepción».[2]

El amor a la Virgen en España se ha traducido desde siempre en la defensa de la Inmaculada Concepción de María. Siglos antes de que las Cortes de Madrid en 1759 tomasen por patrona de todos los reinos españoles a la Inmaculada, en 1394 el rey Juan I de Aragón, Cataluña y Valencia se había consagrado junto con sus estados a ella. Pero ya antes, la devoción estaba presente en España. Durante los siglos XV y XVI fue creciendo hasta llegar a su culmen en el siglo XVII. En 1304, Jaime II mandó la celebración de la fiesta en todos sus reinos. En 1334 se erigía en Zaragoza la primera Cofradía de la Inmaculada, en 1390 los Concellers de Barcelona mandaron que se celebrase con solemnidad la fiesta de «la Purísima». Posteriormente, en 1456, Juan II de Aragón, al promulgar las Constituciones de Cataluña, puso pena de destierro a quien hablase contra la Inmaculada. Por lo que fue el primer documento oficial en defender este dogma.

Estos hechos muestran cómo esta devoción fue fomentada y acrecentada en el pueblo español por su reyes. Llevada a cabo «desde Felipe III y durante dos siglos, con convicción los Austrias, con discreción los Borbones».[3]

Este amor profundo a María que prendió ardientemente en los fieles españoles que les llevó a confiar sus preocupaciones a la Santísima Madre ha producido también un extenso patrimonio cultural, artístico y literario, que se muestra en la plasmación de cantos de alabanza hacia la Virgen de autores como Aurelio Prudencio o Raimundo Lulio, así como en la consagración a la Inmaculada y el juramento en la defensa de la verdad de la Concepción de María en las universidades, reinos, provincias y cofradías; y la súplica de protección por parte de órdenes religiosas y militares, instituciones académicas [la Universidad de Valencia (1530), las de Granada y Alcalá (1617) y las de Barcelona, Salamanca y Valladolid (1618) proclamaron a la Virgen Inmaculada patrona de sus universidades].

Podemos comprobar, cómo la fe la Iglesia se expresa a través de las manifestaciones de piedad del pueblo, las cuales en múltiples ocasiones han ido por delante de las discusiones teológicas que han tardado en encontrar el modo de explicar aquello que para el pueblo estaba fuera de toda duda, lo cual ha sucedido con la verdad de la Inmaculada Concepción, el cual comenzaron a celebrar mucho antes de que la Iglesia lo declarase dogma. Así se llegó al año 1310 en que el arzobispo de Santiago, don Rodrigo del Padrón, decidió comunicar a los prelados de la diócesis la conveniencia de reunirse en Concilio y decretar la fiesta preceptiva de la Inmaculada Concepción de la Virgen el 8 de diciembre de cada año. Lo cual se produjo quinientos cuarenta y cuatro años antes de la definición del Dogma por Pío IX, cuya cuestión se siguió con verdadero entusiasmo por parte del pueblo español entusiasmo por parte del pueblo español.

Las Cortes, reunidas en Madrid el 17 de julio de 1760 acordaron pedir a S.M. «se dignase tomar por singular patrona y abogada de estos reinos y de las Indias, y demás a ellos anejos e incorporados, a la Soberana Señora en el misterio de la Inmaculada Concepción». Y solicitar la bula del Sumo Pontífice, con aprobación y confirmación de este patronato, con el rezo y culto correspondiente. La cual llegó a manos del Rey el 12 de enero de 1761, por lo que con Carlos III, se conseguiría que España tuviera como patrona a la Inmaculada Concepción. Y no hay rincón de España que no se encuentre coronado por una advocación de María. La protección de la Inmaculada, es la «bandera de combate» que nos sostiene contra el Demonio, en defensa de la fe, y con el triunfo de la fe. «María, en quien el infierno no tuvo nunca parte. Acuérdate de España, donde tu Concepción Inmaculada fué un tiempo universalmente venerada con fervor. Por este maravilloso misterio eres invencible y se desploman ante ti las herejías. En su solemne proclamación ve la Iglesia la aurora del Reino de Cristo que esperamos. «Regnum veritatis et vitae, regnum sanctitatis et gratiae, regnum justitiae, amoris et pacis.» Da a España el vivir sinceramente de la verdad. Instaura para siempre la justicia y el amor entre sus hijos, a fin de que gocen la verdadera paz. Dale la humildad individual y colectiva, en la que toda santidad y toda gracia tienen su fundamento».[4]

Si se ha demostrado una profunda devoción del pueblo español a la Virgen en la defensa de la Inmaculada Concepción, también se demuestra en la celebración de la Asunción el 15 de agosto, cuando muchas de las ciudades españolas celebran la fiesta de la Virgen María y de la patrona del lugar.

 

 

 



[1] Juan Pablo II, mensaje a los Congresos Mariológico y Mariano de Zaragoza (12 de octubre de 1979).

[2] Juan Pablo II, alocución en el acto mariano celebrado en Zaragoza (6 de noviembre de 1982), 3.

[3] Santiago Arellano Hernández, «El privilegio de la Inmaculada Concepción en la literatura española», Cristiandad, núm. 881.

[4] «La fe de España y la Virgen Inmaculada», Cristiandad, 1 de agosto de 1944.

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