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50 años de la Humanae Vitae

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Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne. Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5, 31-32). Desde el inicio, la familia y la relación conyugal en la que aquella se funda, pertenecen al corazón de la Iglesia. Con el tiempo y ante los nuevos retos, el magisterio de la Iglesia ha ido profundizando en la problemática y las características de la institución matrimonial, a la luz del Evangelio y de su propia naturaleza.

Justo hace cincuenta años, el 25 de julio de 1968, como uno de los primeros frutos de la reflexión conciliar del Vaticano II, en plena revolución sexual y nacida como signo de contradicción, el beato Pablo VI publicaba la encíclica Humanae Vitae. En ella, en consonancia con el magisterio anterior, el Papa recordaba la naturaleza unitiva y procreativa del acto conyugal, que no se puede disociar del matrimonio entre varón y mujer, base para una verdadera paternidad responsable. Ello convierte a los padres en cooperadores de Dios en la transmisión de la vida: procreadores.

Desde estas premisas, la Encíclica rechazaba categóricamente los atentados a la transmisión de la vida y en especial el aborto. También excluía la esterilización perpetua o temporal del hombre o de la mujer. En particular, declaraba la ilicitud de toda acción anticonceptiva que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación.

Pablo VI avisaba proféticamente de los peligros que entrañaría la mentalidad anticonceptiva, como lamentablemente los últimos cincuenta años del mundo occidental han constatado, con una degradación general de la moralidad, especialmente entre los jóvenes, la cosificación de la mujer y la desnaturalización de la institución familiar. Frente a ello, el Pontífice alentaba a los esposos cristianos a mantenerse fieles y vivir la castidad conyugal, que es posible con la asistencia de la gracia divina. Esta ascética matrimonial ciertamente supone nadar contracorriente, pero es una garantía de la felicidad más plena: “en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan íntegramente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a los hijos; los niños y los jóvenes crecen en la justa estima de los valores humanos y en el desarrollo sereno y armónico de sus facultades espirituales y sensibles” (HV 21).

Paulus VI

El magisterio pontificio posterior ha confirmado y desarrollado armónicamente la visión de la Humanae Vitae. Señalemos, por ejemplo, la Exhortación apostólica Familiaris Consortio (1981), el Catecismo de la Iglesia Católica (1992), la Encíclica Evangelium Vitae (1995) de San Juan Pablo II; o recientemente la Exhortación apostólica Amoris Laetitia (2016) del Papa Francisco.

La Inmaculada, Madre de Aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida, dijo SÍ al anuncio del Ángel. Que nuestra Milicia sea siempre dócil al magisterio de la Iglesia y esté siempre dispuesta a defenderlo y dar razón de nuestra fe. Así lucharemos por la extensión de la civilización del amor, el Reino de Cristo por medio de María.