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Fiesta de San Maximiliano Kolbe - carta de nuestro Asistente Nacional

Kolbe Capilla Batan

Con ocasión de la fiesta de San Maximiliano María Kolbe, fundador de la Milicia de la Inmaculada (MI), en el 77 aniversario de su martirio en la celda del hambre en el campo de concentración nazi de Auschwitz, rematado por una inyección de fenol, y en la vigilia de la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, el Asistente Nacional de la MI en España, Fr. Abel García-Cezón, OFMConv, nos ha escrito una nueva carta, que transcribimos a continuación, en la que reflexiona especialmente sobre el significado del sacerdocio presbiteral del Padre Kolbe, en el centenario de su ordenación sacerdotal que estamos celebrando en este 2018. 

¡Muchas gracias Fr. Abel por tu acompañamiento!

kolbe estola

Madrid, 2.8.2018

Fiesta de Ntra. Sra. de los Ángeles

“Soy sacerdote católico”.

Queridos mílites: paz y bien.

El 28 de abril de 1918, fray Maximiliano María Kolbe recibía la ordenación sacerdotal en Roma. Al día siguiente celebró su primera misa solemne con gran fervor en el altar de la Virgen del Milagro, en la basílica romana de Sant’Andrea delle Fratte. De todos es conocido que en este mismo altar había tenido lugar en 1842, la aparición de la Santísima Virgen al judío Alfonso de Ratisbonne, provocando su fulminante conversión al catolicismo. Estamos recordando, por tanto, en este año 2018 el centenario de la ordenación sacerdotal de san Maximiliano. Sabemos, por una carta que envió a su madre unos meses más tarde, cómo vivió nuestro santo el momento de su ordenación: “Reconozco con gratitud -decía- que todo ha sido un don logrado por la intercesión de la Inmaculada, nuestra madrecita común. ¡Cuántas veces en la vida, sobre todo en los momentos más importantes, he experimentado su especial protección! Gloria, pues, al Corazón de Jesús por medio de aquélla que fue concebida sin pecado, la cual es instrumento en la manos de la misericordia de Dios para la distribución de las gracias. En ella pongo, además, toda mi confianza para el futuro”. Conocemos, igualmente, la última de las intenciones que había escrito sobre un pequeño trozo de papel con motivo de su primera misa: “Pro amorem usque ad victimam”. Y también aquellas palabras que pronunció al final de su vida terrena, en el “calvario” de Auschwitz: “Soy sacerdote católico, quisiera dar la vida por este hombre”.

Estos sintéticos trazos biográficos (y tantos otros datos que conocemos por otras fuentes) nos muestran la profunda visión que san Maximiliano tenía del sacerdocio, visión que no fue para él un saber teórico o ideal ya que supo llevarla a la práctica en su vivencia cotidiana de tan sublime vocación. Podemos decir, sin miedo a exagerar, que san Maximiliano es una figura señera de santidad sacerdotal, vivida tanto en la extraordinaria creatividad de las obras que llevó a cabo junto a sus hermanos (Milicia de la Inmaculada, El Caballero, las Ciudades de la Inmaculada en Polonia y Japón, etc.), fruto de su caridad pastoral y de su enorme corazón de apóstol; como en la diaria fidelidad al ejercicio humilde y escondido del ministerio: orando, trabajando, amando y sacrificándose sin cálculos ni rebajas. Para el padre Kolbe, el sacerdote es el hombre que no se guarda la vida, sino que la da, la entrega, la ofrece cada día, de la mano de la Inmaculada, siguiendo las huellas del Buen Pastor. En él ha de cumplirse aquello que rezamos en la Liturgia de las Horas, en las fiestas de los pastores: Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo; el que da la vida por sus ovejas. A este propósito, el doctor Rudolf Diem, médico en el campo de concentración, testificó lo siguiente: “Puedo decir con certeza que durante mis cuatro años en Auschwitz, nunca he visto un ejemplo tan sublime de amor a Dios y al prójimo”. Hemos sido lavados en la sangre del Cordero (1 Jn 1, 7) y, desde entonces, el martirio es el modo de seguimiento más radical de Jesús y, por tanto, el camino de la Iglesia. Seguirle a Él de verdad, llevará al discípulo a poner sus pies en huellas dolientes, pero que conducen a la mañana de Pascua por el amor que vence a la muerte.

La Iglesia y nuestra Milicia gozan de inmensa alegría por un testimonio tan luminoso de lo que significa de verdad ser sacerdote de Jesucristo. Mirando a san Maximiliano, escuchando a san Maximiliano, podemos decir: ¡Este es el sacerdocio y ésta es la verdadera “pastoralidad”! Y así lo viven la inmensa mayoría de los llamados a ser, por pura gracia y misericordia de Dios, un alter Christus que camina por las calles de nuestro mundo. Considero muy importante volver a afirmar la verdad y la humilde grandeza del sacerdocio católico, ya que la actualidad mediática nos está poniendo delante situaciones como las de Chile, Australia, Estados Unidos o Italia, por poner unos cuantos ejemplos, donde sacerdotes y obispos han cometido horribles y gravísimos delitos de abusos sexuales contra menores (u ocultación de los mismos) o han llevado durante años una doble vida, siendo motivo de tremendo escándalo y confusión para los fieles. Debemos rechazar y denunciar de manera firme y sin ambages todas estas situaciones. Habrán de responder ante Dios y, en muchos casos, ante la justicia. A la vez, con visión sobrenatural, oremos con más fervor y con espíritu de reparación para que Dios se apiade de ellos, cure las heridas de las víctimas, purifique a toda la Iglesia y pase pronto este “tiempo de tribulación”. Hagámoslo con esa “esperanza cierta” que san Francisco pedía ante el Cristo de san Damián, porque Dios, Señor de la historia, permanece con nosotros en los momentos de tempestad, abriendo nuevos tiempos de gracia y santidad para su Iglesia por el camino de la conversión y la penitencia. No, queridos mílites: La miseria y sordidez de algunos no pueden oscurecer la grandeza de esta vocación, querida por Dios e instituida por su Hijo Jesucristo como uno de los sacramentos de la nueva alianza sellada con su sangre.

Que el testimonio sacerdotal de amor a Cristo que nos dejó san Maximiliano, sacerdote franciscano, nos mueva a todos a “enamorarnos” siempre más profundamente de Jesús, nuestro Maestro y Señor. Sea la Suya la mirada que buscamos al amanecer y la consolación que esté con nosotros durante la noche o las “noches de nuestra vida”. Sea Jesús y su amor fiel la memoria y la compañía de cada respiro cotidiano, invocando llenos de confianza con mucha frecuencia durante el día su bendito nombre, tal y como nos enseñó san Bernardino de Siena y toda la escuela franciscana: “Jesús, Jesús”. Para que este amor se acreciente, como ya os dije el año pasado en esta misma carta de agosto, cuidemos mucho nuestra vida espiritual: la oración personal cotidiana (ojalá con algunos ratos de meditación de la Palabra de Dios, el rezo de alguna hora litúrgica -quizás en común-, la adoración o las visitas al Santísimo...), la eucaristía diaria o frecuente, la confesión al menos mensual, el rezo del rosario y de jaculatorias, la lectura espiritual, etc. “El único deseo de la Inmaculada es elevar el nivel de nuestra vida espiritual hasta las cimas de la santidad” (S. Maximiliano M. Kolbe

Vivir enamorados del Señor, desear ser santos como Él es santo – siguiendo el ejemplo de san Maximiliano – significa, también, mantener muy viva la tensión misionera, apostólica y evangelizadora. Para ello, no es necesario hacer grandes cosas (a menos que no entendamos que el Señor las quiere), sino que todo nos lo jugamos en cuidar a aquellos que nos han sido confiados según nuestra vocación, especialmente a nuestras familias y a todos aquellos con los que convivimos de una manera o de otra. Y también poniéndonos al servicio de nuestras parroquias y comunidades cristianas. Sí, queridos mílites, cuidemos los pequeños milagros de amor (quizás poco visibles para los demás, pero eficaces a los ojos de Dios sin duda alguna) que pueden ir transformando el mundo entero en una enorme “Ciudad de la Inmaculada”, así como las obras de caridad y de misericordia hacia los pobres y débiles, decisivas para el día del juicio final (cf. Mt 25). Los milagros de amor son posibles, según la experiencia de san Maximiliano, cuando confiamos en el poder de la intercesión de la Inmaculada. En un artículo de 1924 nuestro santo decía: «Encended en todas partes el amor y la confianza en la Inmaculada y muy pronto veréis brotar en los ojos de los pecadores más endurecidos las lágrimas del arrepentimiento, vaciarse las cárceles, aumentar el número de los obreros honestos, mientras los hogares perfumarán de virtud, la paz y la felicidad destruirán la discordia y el dolor, porque ha llegado una era nueva».

Finalmente, el amor filial y rebosante de ternura de san Maximiliano hacia la Inmaculada Madre de Dios, de quien aprendió tantos “gestos maternales” que luego veremos realizados en su sacerdocio, resuene cada vez con más fuerza en nuestro corazón de mílites y en nuestros gestos “maternos”, llenos de ternura, bondad y solicitud, con los que debemos tratar a los demás. ¡Ojalá fueran una seña de identidad de nuestra consagración a la Inmaculada! Y quien se cruzara con nosotros pudiera decir: en sus gestos, en su mirada, en la bondad y ternura de sus palabras veo a María, escucho a María.

Que la resuelta fidelidad a Dios que siempre vivió la Virgen, sea también la nuestra: “Aquí estoy, fiat, hágase”. A Ella, Madre de toda bondad como la invocaba san Francisco, consagró el padre Kolbe todo su apostolado y se consagró él mismo, porque “amar es darlo todo y entregarse a sí mismo” (santa Teresa de Lisieux). No hay verdadero amor sin entrega total de sí mismo. Decir de verdad: Te amo, significa necesariamente: Me entrego totalmente a Ti, te pertenezco para siempre. Para el padre Kolbe, este acto de amor va dirigido al corazón de Jesús por medio de María, pero también se dirige a María para amar a Jesús con su propio corazón. ¡Pidamos esta gracia! Jesús, quiero amarte con el corazón inmaculado de tu Madre. María, ponme en tu corazón para amar a Jesús como Él espera ser amado.

Oremos, queridos mílites, para que el ministerio de los sacerdotes no sea distinto de la vida del sacerdote, quien, en cada servicio que realiza, tiene que mantener siempre un estilo sacerdotal, como si siempre estuviera sobre el altar ofreciéndose con Cristo al Padre, amando y entregándose sin reservas; nunca como un mero administrador o un mercenario que busca sus propios intereses y no los del Señor (San Agustín).

Oremos para que los sacerdotes no cedan a las modas y a los gustos de esta sociedad que ha perdido el rumbo, secundándolos hasta caer en el ridículo y, aún peor, en el pecado. Oremos para que los sacerdotes cuiden fielmente de las ovejas, ¡den la vida por ellas!, con particular atención hacia aquellas náufragas y enfermas, frágiles y vulnerables, buscando sólo el bien de las almas y que todos conozcan a Cristo, único verdadero Salvador de la historia y del hombre. Oremos para que el Señor convierta y santifique el corazón de los sacerdotes que no viven según la vocación a la que han sido llamados. Pidamos que el Espíritu Santo les purifique y despierte en ellos una nueva conciencia de su pertenencia a Cristo y de la santidad de su vocación, luchando por ser fieles hasta el final.

Oremos, queridos mílites, para que los sacerdotes amen el confesionario como lugar de identificación con Cristo misericordioso, médico y medicina, y para que se acreciente en todos un amor sin medida por la Eucaristía, que sólo ellos han recibido la gracia de celebrar para la vida de la Iglesia y del mundo. Mediante la muerte de Cristo en la cruz y su resurrección se realizó la redención del mundo, ya que tenía el valor del amor supremo y de la obediencia a la voluntad del Padre. Mediante la entrega de los sacerdotes, su muerte para el mundo y su unión al sacrificio de Cristo, un destello de ese mismo amor renueva el mundo, siempre amenazado por el pecado y la muerte.

Oremos y hagamos todo lo que esté en nuestras manos para que cada sacerdote se sienta querido y sostenido por sus fieles, encontrando en ellos el apoyo necesario para que su vocación sacerdotal sea defendida, custodiada, protegida y alimentada con el fin de que no se pierda o, todavía peor, que no llegue a ser un frívolo recuerdo, insuficiente para resistir el golpe – siempre agresivo – de la realidad del mundo, de la tentación de la carne y del demonio.

Que la protección de la Inmaculada – “toda bella” y “toda pura” – que el día 15 contemplaremos en su gloriosa Asunción a los cielos, sostenga a los sacerdotes y a cada mílite en el amor a Cristo hasta el final. Que su omnipotencia suplicante alcance a la Iglesia un nuevo y grande florecimiento vocacional de sacerdotes y religiosos buenos y santos. ¡Oh Inmaculada, nos dejamos llevar por ti! San Maximiliano M. Kolbe, ¡ruega por nosotros!

Os abrazo y bendigo en el nombre del Señor.

Fray Abel García-Cezón OFM Conv.

Asistente nacional de la MI en España

 

Kolbe inyeccion fenol