¡Cada mílite, un místico!

Y ahora creemos que nos llama a nosotros, tan pobres y temerosos, a utilizar este instrumento [la Milicia] para profundizar en nuestra conversión personal a Cristo y para ayudar a otros muchos en su propio camino de vuelta a Dios, porque siempre estamos volviendo a Él, restituyéndole todo, para que así Él pueda hacernos partícipes de su misma Gloria. Y María es el cauce de todas estas gracias, la mejor protección ante las acechanzas del Enemigo, la mejor dinamizadora de todo el Bien, porque no en vano es la Esposa del Espíritu Santo, la Hija del Padre y la Madre del Hijo Único, nuestro Señor Jesucristo.
¡Cada mílite, un místico!
No podemos olvidar que, para San Maximiliano, el secreto de todo esto es la CONSAGRACIÓN, el acto de la voluntad que se renueva y se profundiza cada día, que se rehace cuando se ha olvidado, que se confía a los ojos misericordiosos de María... Así pues, cada día, pongo el acento en algún aspecto, en alguna palabra, en algún sentimiento, en alguna moción que mi Buena Madre me ayuda a percibir, a entender, a sentir, a descubrir, a actuar,... Y luego he de notar, de examinar, que es así, que soy y vivo cada instante como un consagrado, un unido-pegado a María, que me estoy dando realmente a los demás, que doy mi tiempo, mi cariño, mi ternura, que me gasto por todos, que no hago mi voluntad, sino la de mi Madre Inmaculada, que sufro y muero por Ella, para vivir en Él.
Tampoco podemos olvidar cada día el rezo del Rosario, con amor, centrando nuestra atención en los Misterios de nuestra Salvación, en la compañía de María que está a mi lado, que me ayuda a ser de su Hijo, que aclara mi pertenecía, que sana mis heridas, que me mira con ternura, que me lanza a vivir con intensidad, que me confía tarea apostólica, que me encarga misión de Iglesia, que me pide ayuda para buscar a los hijos más alejados, etc, etc, etc.
Y las balas, los signos de todo esto. ¡Podemos visualizar lo que llevamos dentro! ¡Cuántas facilidades nos da el Señor! Si podemos comulgar con Él mismo, vivo, presente, real, en la Eucaristía; si podemos recibir su perdón por la mano y la palabra de un sacerdote, ¿cómo no nos va a facilitar luego otros muchos signos menores de su presencia, de la presencia de la Virgen y de los santos? ¡Somos ciudadanos del Cielo! ¡Amamos como nadie esta tierra, esta vida, pero sabemos adónde vamos, y eso es lo que da sentido a nuestro desvivirnos de cada día! ¡Somos los bendecidos que van bendiciendo, especialmente con sus obras de amor! Y para eso, siempre María en nuestro corazón, al ritmo de nuestro respirar. Como nos enseñó San Maximiliano, que no pase ni siquiera un cuarto de hora en el que nuestra mente haya podido decir: ¡María!

fr. Gonzalo Fernández