La Medalla Milagrosa: milagros de amor

"Es increíble... pero la Medalla Milagrosa no la rechaza nadie, todo el mundo la acoge"- suele decir a menudo una madre de familia que ama mucho a María y que ha podido comprobarlo en varios momentos de su vida. En efecto, la Virgen prometió a Santa Catalina Labouré que quien llevara esta medalla recibiría abundantes gracias; y la experiencia nos dice que la Virgen derrama estas gracias desde el primer momento en que las miradas se posan en su imagen grabada en la Medalla. O... probablemente antes, mientras prepara ese corazón al que quiere abrazar con su Amor de Madre.

Así ha podido vivirlo, inesperadamente, una joven pareja de novios de la Milicia de la Inmaculada, que, terminada la pasada III Asamblea Nacional y aprovechando el bello atardecer de aquel último sábado de mayo, decidieron dar un paseo por la cercana Casa de Campo. Cuando se disponían a volver, al caer la noche, vieron no muy lejos, junto a una carretera, a una mujer "ejerciente" de la prostitución, que había llegado pocos momentos antes y que estaba esperando a sus "clientes". Una de miles, una de tantas en España. Sin embargo, los jóvenes mílites no dudaron de que, la Madre con la que habían pasado aquel sábado tan bendecido, lo era asimismo de aquella pobre mujer, que la quería con el mismo amor. Por ello, impulsivamente, quisieron recordarle a esta hija de Dios que también ella era muy querida por Él. Mientras el joven mílite permaneció algo apartado, rezando el rosario, su compañera se acercó a la mujer y le ofreció una medalla de la Milagrosa, que horas antes había recibido con ocasión de su consagración a la Inmaculada. Asombrada, la señora, de origen suramericano, la aceptó con verdadera devoción. Confesó que ella hablaba cada noche con Dios y con la Virgen, que tenía fe. Varias veces tuvo que secarse alguna lágrima que asomaba en sus ojos. La señora y la mílite conversaron durante un tiempo. "Yo sé que Dios y la Virgen te han enviado para que tú estés aquí esta noche y me estés diciendo esto"- le dijo la mujer a la joven, a lo que ella le dijo: "Eres tú a quien Dios ha puesto en mi camino, porque tú me estás hablando a mí de Dios y de la Virgen también". Pero en todo caso, la misericordia de Dios, por medio de su Madre, quiso hacerse sensiblemente presente en aquella noche para recordarle a la mílite y a la prostituta que toda persona es preciosa a los ojos de Dios, que en la Cruz, Jesús ha dado la vida por todos nosotros y que nuestros pecados están pagados con su sangre. Basta el arrepentimiento sincero para acoger este amor misericordioso. Si aquella mujer se abandonaba en manos de María, como su hija querida, Ella le daría un futuro muy digno y restaurador, a pesar de las dificultades. Prometió quedarse allí sólo diez minutos más en aquella noche y luego marcharse. Y la medalla... quiso ponerla en la cadena de oro de su madre enferma; tenía muy claro que, a la Virgen, le quería dar lo mejor que tenía y ponerla junto a lo que más quería. Las dos almas se fundieron en un abrazo y se despidieron con un beso. Pero los dos mílites aún no sabían que aquella noche la Inmaculada quería servirse de ellos con otras tres de sus hijas más necesitadas...

Se había hecho tarde y la Casa de Campo perdía por momentos su carácter familiar y lúdico. Nuestros mílites estaban a punto de entrar en la estación del Metro, cuando se cruzaron con tres chicas africanas en la misma situación que la señora anterior. Éstas eran mucho más jóvenes, casi unas niñas. Los mílites no se lo pensaron mucho y les ofrecieron las medallas de la Milagrosa, conversando brevemente con ellas, en una mezcla de inglés y español. Las muchachas no habían cenado, por lo que aceptaron sin reparos la invitación y la compañía para cenar en una terraza cercana. El encuentro siguiente fue un testimonio para los propios mílites y un compartir de simpatía, sonrisas y hasta canciones. Las africanas alegaban la falta de papeles para permanecer en su situación... pero los dos jóvenes, sin querer juzgarlas, les insistieron en que Dios tenía una solución para su situación irregular, que pidieran la gracia e hicieran lo posible por fiarse, que tendrían muchas cualidades en otras profesiones y que Dios es providente... Cada una de las chicas pertenecía a una confesión cristiana distinta, la más joven era católica. Todas creían en Dios y reconocían a su Madre. Las chicas también aceptaron el regalo de los mílites que consistía en sus propios rosarios que llevaban encima. ¡Su primera reacción fue colgárselos al cuello al momento! Pero como dos de los rosarios eran más pequeños, se los ataron en las muñecas. Una de ellas dijo que lo pondría en la cabecera de su cama. No sabían rezarlo, pero sí el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria. Entre tanto sufrimiento y degradación, de lo que no hablaron, ellas sabían sonreír y aceptaron estos regalos con todo el corazón. Una de ellas comentaba que se iba a hacer con una cadena para colgarse la medalla.

Quién sabe lo que les depararía aquella noche y los días que sucedieron... Quién sabe cómo estarán ahora... Pero sabrán que María no las abandona nunca. Que las gracias de la Medalla continúen derramándose en sus almas, que las correspondan, que su Madre del Cielo las esté abrazando y librando de más de un peligro... y poco a poco o muy rápido... se acerquen al Corazón misericordioso de Jesús. La pareja de mílites agradece haber sido pequeños instrumentos de María, la Madre de Dios. Pudieron constatar su efectividad. Desde aquel día, rezan por cada una de las mujeres que encontraron y piden al resto de la Milicia que no cese de orar por tantas hijas de Dios que las estructuras de pecado del mundo han seducido o forzado, convirtiéndolas en instrumentos de prostitución propia y ajena, en esclavas modernas. Esperan que, cuando Dios quiera, se acogerán para siempre bajo el manto liberador de su Madre, ahora ya sin sufrimiento, sin miedo, a la pura luz del Sol, pregustado aquí en esta tierra. Recordemos aquello de que las prostitutas y los publicanos precederán a muchos en el Reino de los Cielos (Mt 21, 31).

Cada día es una oportunidad para mirar a María y ponernos a su disposición, nosotros instrumentos inútiles, para lo que Ella disponga. Para eso somos suyos, aunque tantas veces seamos tan ingratos y autosuficientes. Ella sin embargo quiere contar con nosotros para que a través de sus manos, llevemos a Dios a todas las almas que ponga a nuestro lado. Y, en este camino, en nuestro mundo en el que reina el pecado, no faltarán ocasiones como ésta, en la que María nos hará contemplar los milagros de los corazones, sus milagros de Amor.

Sólo hay que atreverse a repartir la Medalla, la Inmaculada hará el milagro...