Nuestra Señora de Zapopán y Juan Pablo II

Nuestra Señora de Zapopán

"Si la conciencia del pecado nos oprime, buscamos instintivamente a Aquel que tiene el poder de perdonar los pecados y lo buscamos por medio de María, cuyos Santuarios son lugares de conversión, de penitencia, de reconciliación con Dios. Ella despierta en nosotros la esperanza de la enmienda y de la perseverancia en el bien, aunque a veces pueda parecer humanamente imposible. Ella nos permite superar las múltiples "estructuras de pecado" en las que está envuelta nuestra vida personal, familiar y social. Nos permite obtener la gracia de la verdadera liberación, con esa libertad con la que Cristo ha liberado a todo hombre.

De aquí parte también, como de su verdadera fuente, el compromiso auténtico por los demás hombres, nuestros hermanos, especialmente con los más pobres y necesitados, y por la necesaria transformación de la sociedad. Porque esto es lo que Dios quiere de nosotros y a esto nos envía, con la voz y la fuerza de su Evangelio al hacernos responsables los unos de los otros. María, como enseña mi predecesor Pablo VI en la Exhortación Apostólica Marialis cultus es también modelo, fiel cumplidora de la voluntad de Dios, para quienes no aceptan pasivamente las circunstancias adversas de la vida personal y social, ni son víctimas de la "alienación", como hoy se dice, sino que proclaman con ella que Dios es "vindicador de los humildes" y, si es el caso "depone del trono a los soberbios" para citar de nuevo el Magnificat.

Esto es María Inmaculada para nosotros en este santuario de Zapopán.

Esto es lo que hemos venido a aprender hoy de ella, a fin de que ella sea siempre para estos fieles de Guadalajara, para la nación mexicana y para toda América Latina, con su ser cristiano y católico, la verdadera "estrella de la Evangelización".


Homilía del Beato Juan Pablo II

Guadalajara (México), 30/01/1979