Meditación: CONSAGRARSE A LA INMACULADA HOY

Consagrarse a La Inmaculada hoy

1ª Asamblea Nacional de la Milicia de la Inmaculada

Colegio San Buenaventura – Iglesia de Santa Clara,

Madrid, 22 mayo 2010

Meditación

El testimonio, la vida de San Maximiliano Kolbe es impresionante. ¿Cómo pudo desarrollar un apostolado tan fecundo? Es verdad que nosotros hemos de sembrar y que otros recogerán, pero también es verdad que el Espíritu Santo es una fuerza increíble que cambia radicalmente el corazón de piedra para convertirlo en corazón capaz de amar con Amor de Dios, es verdad que el Espíritu Santo mueve a la Iglesia hasta los confines de la tierra y hace que llevemos la Vida Nueva de Jesucristo hasta los infiernos de cada hombre de hoy y de siempre. La increíble fecundidad apostólica del p. Kolbe en un tiempo de acoso y derribo de la Iglesia es un desafío para nosotros hoy, porque es verdad que hoy se critica a la Iglesia sin piedad y casi siempre sin verdaderas razones, pero también es verdad que en nuestro contexto europeo disponemos de todos los medios que queremos para evangelizar. ¿Qué pasa pues con nosotros? ¿Por qué nos falla la transmisión de la fe?

Otra pregunta, ¿cómo pudo el p. Kolbe llegar a dar la vida por alguien a quien no conocía, en Auschwitz, en medio de la más horrible inhumanidad, donde los mismos prisioneros se iban volviendo lobos para los demás? ¿cómo pudo allí reactivar si cabe su identidad –“soy un sacerdote católico”-? Le habían quitado hasta el nombre, era un número, el 16.670, pero no habían podido borrar la huella indeleble de su ser sacerdote de Cristo. ¡Qué testimonio para nosotros, en una sociedad líquida, sin fundamentos sólidos, abatidos por la estéril hazaña de tener que redefinir cada día quienes somos, por qué y para qué hemos de levantarnos, qué motivos tenemos para seguir adelante!

Con todo, la verdad es que tenemos a nuestro alcance palabras claras, profundas, con fundamento, con autoridad apostólica. Pero, o no escuchamos, o no hacemos caso, o nos dejamos arrastrar por la corriente, y hemos dado como por perdidos los anclajes de una vida que sabe que está destinada a la eternidad. El Papa Benedicto XVI constantemente pone sobre el tapete las claves de nuestro problema más hondo y, lo que es más importante, la manera de salir de él. El hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad. Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo” (Mensaje para la Cuaresma 2010). Necesitamos pues de Dios y necesitamos humildad para aceptarlo. Y, cuando no lo hacermos, pues estamos en nuestra soberbia, en nuestro amor propio, ensimismados, autocentrados, en pecados. ¡Qué necesidad tenemos de llamar a las cosas por su nombre!

San Maximiliano Kolbe es un ejemplo claro, concreto, cercano, de que es posible aceptar a Dios y reconocerle como lo primero y primordial de la propia existencia, y actuar y vivir en consecuencia con ello. Esto Kolbe lo vivió como una total dependencia de María, esta dependencia le proporcionó una libertad inaudita, porque amó, amó sin límites a La Inmaculada, la Virgen María, la Madre de Dios y Madre de toda la Iglesia, por este amor a María, pudo amar como Cristo Jesús que dio su vida por nosotros cuando somos pecadores.

María es el regalo último de Jesús: “ahí tienes a tu Madre”. Al entregar a su Madre, Jesús consumó su obra. Los discípulos ya tenemos a nuestro alcance a la que es cauce de todas las misericordias divinas. Su “sí” fue necesario para que los cielos lloviesen al Justo, ahora Ella es necesaria para que los hijos amados de Dios lleguen a su Patria definitiva, donde Dios lo será todo en todos. ¡Cómo han entendido esto los creyentes de todos los tiempos! Mirad lo que decía Orígenes (+254): "Del evangelio de Juan ninguno puede captar su sentido si no se ha apoyado en el pecho de Jesús y no ha recibido de Jesús a María como Madre... María no tiene otros hijos que Jesús; por tanto, cuando Jesús dice a su madre: Ahí tienes a tu hijo, y no: Mira, este hombre es también hijo tuyo, es como si le dijese: Aquí tienes a Jesús que tú has dado a luz. En efecto, el que ha llegado a la perfección ya no vive él sino que vive Cristo en él (Gal.2,20) y, puesto que Cristo vive en él, de él se le ha dicho a María: Ahí tienes a tu hijo, el Cristo" [1]. Es decir, hay que recibir de Jesús a María, hay que acogerla en lo más profundo de nuestro ser. Así ganaremos en santidad, así podrá ser en nosotros verdad la palabra de Jesús. Y, a la vez, la materidad de María en mí necesita mi “fiat”, necesita que le diga “sí” con una vida santa: es la única manera de recibir a María como Madre, ser de Cristo, ser santo, dejarle a Cristo vivir en mí, que todo es lo mismo. Por otro lado, hay que contemplar a María escuchando de Jesús: “He ahí a tu hijo”. María me acogió a mí, pecador, en ese mismo instante, a mí que era causa de la muerte del Inocente nacido de sus entrañas purísimas. Sí, allí mismo, la obediente a la Palabra, me adoptó como hijo suyo, y ¡de qué manera y con qué amor!

Otra cosa: “San Francisco amaba con indecible afecto a la Madre del Señor Jesús, por ser Ella la que ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad y por haber nosotros alcanzado misericordia mediante Ella” (San Buenaventura). San Francisco, pues, experimentó a María como Madre de Misericordia, cauce de la Misericordia divina, por eso amó a María con “indecible afecto”. Kolbe se nos presenta así como un auténtico seguidor de san Francisco, encarnando y haciendo realidad el amor de la Orden a María a lo largo de sus ocho siglos de historia. No en vano la Orden Franciscana fue la gran defensora del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen, cuando en la Iglesia era una cuestión discutida y discutible. Me pregunto, ¿no debería hoy la Orden formar parte de los grupos que piensan que ha llegado la hora de definir el 5º dogma mariano: María Corredentora y Mediadora de todas las gracias? O quizás podría también esta humilde Asamblea Nacional de la MI sumarse a esta iniciativa. Veremos.

Dentro de la Orden, mirad qué belleza y qué profundidad en estas palabras del gran San Antonio de Padua: “Refúgiate en Ella, oh pecador, porque es Ella la ciudad de refugio… ahora la misericordia del Señor ha puesto como refugio de misericordia el nombre de María… En Ella se refugiará el pecador y se salvará. Nombre dulce, nombre que conforta al pecador, nombre de dichosa esperanza. Señora, tu nombre está en el deseo de mi alma… El nombre de María es júbilo en el corazón, miel en la boca, melodía en el oído…”. Bien podemos decir pues que Kolbe está injertado en la mejor tradición de la Orden Franciscana.

Avanzando en la historia, el Concilio Vaticano II nos recuerda esta misma intensidad de la presencia y actividad de María en la única obra redentora de Jesucristo: "Con razón piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, 'obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano'. Por eso, no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que 'el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe'; y, comparándola con Eva, llaman a María Madre de los vivientes, afirmando aun con mayor frecuencia que la muerte vino por Eva, la vida por María" [2].

Pero, pasemos ya a San Maximiliano, y acojamos algunas de sus afirmaciones, nacidas más que de su sabiduría de su experiencia mística, de su corazón, de lo vivido con todo su ser, porque en Kolbe aprendemos sobre todo amor, amor experiencial. Kolbe sabía teología, fue incluso profesor de filosofía y teología, pero sus conocimiento no fueron lo primero, sino que fueron un apoyo para profundizar lo que vivía de forma sublime, activa, concreta, eficaz:

"Aunque la dignidad de la Maternidad divina constituya la razón principal de todos sus privilegios, la primera gracia que Ella recibió de Dios fue su Inmaculada Concepción" (EK1292)

"Pero tú, oh Inmaculada, ¿quién eres? No eres sólo criatura, no eres sólo hija adoptiva, sino que eres madre de Dios y no eres madre sólo adoptiva, sino verdadera Madre de Dios... El título de madre no sufre cambios. Eternamente Dios te llamará: `Madre mía´... Aquel que estableció el cuarto mandamiento, te venerará eternamente, siempre... ¿Quién eres, oh divina?"(EK1305)

"¿Qué es la Inmaculada? ¿Quién lo comprenderá perfectamente? María, Madre de Dios, la Inmaculada, es más, la misma ´Inmaculada Concepción´, como Ella quiso llamarse a sí misma en Lourdes. " (EK508)

"Desde el primer instante de su existencia el Dador de las gracias, el Espíritu Santo, estableció su propia morada en su alma, tomó posesión absoluta de ella y penetró en ella de tal modo que el nombre de Esposa del Espíritu Santo no expresa sino una sombra lejana, pálida, imperfecta, aunque verdadera, de esa unión" (EK1224)

"Ella está unida de manera inefable al Espíritu Santo, por el hecho de que es su Esposa, pero lo es en un sentido incomparablemente más perfecto del que ese término puede expresar en las criaturas" (EK1318)

"¿De qué clase es esta unión? Ante todo, interior, es la unión de su ser con el ser del Espíritu Santo. El Espíritu Santo habita en Ella, vive en Ella, y eso desde el primer instante de su existencia, siempre y para la eternidad"(EK1318

"La unión entre el Espíritu Santo y la Virgen Inmaculada es tan estrecha que el Espíritu Santo, que penetró profundamente el alma de la Inmaculada, no ejercita ningún influjo en las almas sino por medio de Ella. Por eso precisamente Ella es la Mediadora de todas las gracias; por eso es verdaderamente la Madre de todas y cada una de las gracias divinas. Por eso también Ella es la Reina de los ángeles y de los santos, el Auxilio de los cristianos, el Refugio de los pecadores"

(EK1224)

"El Espíritu Santo, el divino Esposo de la Inmaculada, actúa sólo en Ella y por medio de Ella, comunica la vida sobrenatural, la vida de la gracia, la vida divina, la participación del amor divino, de la divinidad" (EK1326)

"Ella es de Dios. Es perfectamente de Dios, hasta el punto de convertirse casi en una parte de la Sma. Trinidad, aunque sea una criatura finita. Es más, no sólo es ´sierva`, `hija´,`res´,´propietas´, etc. de Dios, sino también ¡Madre de Dios! Aquí entra vértigo... casi sobre Dios, como la madre está por encima de los hijos y éstos deben venerarla... La Inmaculada, Esposa del Espíritu Santo de manera inefable... tiene al mismo Hijo con el Padre Celestial. ¡Qué familia inefable!" (EK508)

"Toda acción procede del Padre y llega a las almas por medio de Jesús y de la Inmaculada; mientras que la reacción parte de las almas y llega al Padre por medio de la Inmaculada y de Jesús" (EK1286)

"La más perfecta semejanza del Ser Divino en una criatura puramente humana" (EK1320)

"En Ella tienen su origen todos los grados de semejanza de los hijos de Dios y de los hombres, de los miembros de Jesús"(EK1282)

"María, por el hecho de ser Madre de Jesús Salvador, es la Corredentora del género humano, y por ser Esposa del Espíritu Santo participa en la distribución de todas las gracias" (EK1229)

"Jesucristo es el Único Mediador entre Dios y la humanidad; la Inmaculada es la única Mediadora entre Jesús y la humanidad y nosotros seremos los felices mediadores entre la Inmaculada y las almas diseminadas por todo el mundo" (EK577)

"Nuestro lema es: ´por medio de la Inmaculada al Corazón de Jesús`"(EK339); "en Ella y a través de Ella estamos consagrados entera, completa y exclusivamente a Jesucristo" (EK643)

Luego Ella es. Si Ella es todo esto, si además nunca podremos penetrar suficientemente en este misterio…, si llegamos a vislumbrarlo, a dejarnos alcanzar por el designio misericordioso de Dios en el que tan singularmente está insertada La Inmaculada, si, pues, nuestra mente intuye, nuestro corazón vibra y nuestro espíritu sintoniza, es la hora de nuestra voluntad, es la hora de decir “sí”, como María. Es la hora de consagrarse a Ella. ¿Y qué es consagrarse?

Consagrarse a la Inmaculada es entregarle toda nuestra vida, pasado, presente y futuro, nuestra alma y nuestro cuerpo, nuestro tiempo y nuestras capacidades, es volverse “loco” por pertenecerle a Ella, es aceptar el reto de hacer algo que por nosotros mismos no podemos, es confiar ciegamente en Ella, es dejarse habitar por Ella, es saber que es el mejor y más seguro camino para pertenecerle a Jesucristo y por Él a Dios Padre en el Espíritu Santo, es vivir con la alegría de tener una Madre que te cuida en medio de todas las dificultades, es dejarlo todo en sus manos, es ofrecerse a trabajar sin límites por la propia conversión y por la conversión de todos, especialmente la de los que están más alejados de la Iglesia, es querer sufrir y amar como eres amado, es ofrecerlo todo a Aquella por la que te ha llegado la Gracia y la Bendición, a Aquella por la que te llegan todas las gracias, es restituirle a Dios todo lo que te da por medio de la que todo te llega, es…

En palabras de San Maximiliano: “Ser su servidor, hijo, esclavo de amor, cosa, propiedad, en fin, pertenecer a Ella bajo todos los aspectos, durante toda la vida, la muerte y la eternidad. Hacerse suyos cada vez más, de manera cada vez más perfecta, hacerse semejantes a Ella, unirse a Ella, llegar a ser en cierto modo Ella misma, para que se adueñe cada vez más de nuestra alma, se apodere totalmente de nuestro ser, de manera tal que la Inmaculada misma piense, hable, ame a Dios y al prójimo y actúe. Quien se hace propiedad de Ella de manera cada vez más perfecta ejercitará un creciente influjo en el ambiente que lo rodea y estimulará a los demás a conocer cada vez más perfectamente a la Inmaculada, a amarla cada vez más ardientemente, a acercarse cada vez más a Ella, hasta llegar a ser totalmente, sin ninguna limitación Ella misma”. (EK 1211)

¿No es esto lo mismo que dice el cántico de la carta a la Efesios, llegar a ser “santos e inmaculados por el amor” (Ef 1, 4)? ¿No tendremos tantas dificultades para progresar en el camino de nuestra santidad porque hemos menospreciado el último regalo de Jesús?

Algo muy importante, para San Maximiliano Kolbe consagrarse a La Inmaculada es fundamentalmente un acto de amor de la voluntad, mucho más que un sentimiento: Dejémonos conducir por Ella, sea a lo largo de una calle bien asfaltada y cómoda, o sea por otra escabrosa y difícil. Es suficiente un solo acto de amor –amor que procede no del sentimiento, sino de la voluntad, es decir, como acto de obediencia religiosa- para que una caída se transforme en un beneficio aún mayor. Las caídas nos enseñan a no confiar en nosotros mismos, sino a poner toda nuestra confianza en el amor de Dios, en manos de la Inmaculada, Mediadora de todas las gracias (EK 937). “Es suficiente un solo acto de amor”, ¡cuánto nos cuesta también creer esto! Es totalmente contracultural. ¡Un compromiso de por vida, en un solo acto de la voluntad! Sí, así de fácil y así de complicado, “un acto de obediencia religiosa”. “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”, dijo Jesús. El p. Kolbe, como tantos creyentes, entendió muy pronto que el camino más fácil es obedecer a La Inmaculada, obedecerle ciegamente. Kolbe veía la voluntad de la Inmaculada en la obediencia a los superiores. Nunca hizo nada contra la obediencia. Es más buscó obedecer en todo. Él tenía miles de iniciativas, traía en jaque a su Provincial y a la misma Curia General de Roma, pero nada hizo sin el permiso de sus superiores. Hoy hasta nos suena mal la palabra “sumisión”. Pues, hermanos, el hombre más libre, Jesús de Nazaret, se sometió a la voluntad de Dios Padre hasta incluso la muerte, y la mujer más libre fue la “esclava del Señor”, ¡y vaya con qué frutos! ¿No estará aquí otra de las claves de la esterilidad de nuestro apostolado hoy?

¡Cuánto bien nos haría profundizar en nuestras desobediencias! Llevamos mucho tiempo poniendo en cuestión algunos aspectos de la doctrina de la Iglesia. Por ejemplo, todo lo relacionado con la moral sexual y matrimonial, que de hecho ha desaparecido de nuestras homilías y de nuestras catequesis. Por ejemplo, hemos aceptado en sectores muy amplios de la Iglesia que tener una pareja de hijos es más que suficiente, cuando los cristianos han de estar abiertos siempre a la vida y ejercer una paternidad responsable en el nombre de Dios mismo. Hemos puesto nuestra seguridad en nuestros ahorros, desconfiando de la Providencia de Dios. Hemos usado de nuestros bienes con los mismos criterios que usa el mundo: dos casas, dos cohes, viajes y viajes, armarios llenos de lo que no necesitamos, etc, etc, etc. Hemos dado por buena la ideología de género y otros aspectos de las supuestas conquistas sociales del mundo moderno. Hemos creído que ahorrándonos la tensión de vivir en el mundo sin ser del mundo, íbamos a conectar mejor con los alejados de la Iglesia, y lo que así hacemos es desvirtuar la sal, volverla sosa. Me pregunto, por ejemplo, en qué medida hemos inculcado a nuestros hijos que los más importante en su vida era su carrera, o su trabajo, y no Dios. Y, luego, sin Dios, o con Dios en segundo lugar, lo que es lo mismo que sin Dios, cómo van a surgir vocaciones al matrimonio cristiano, a la vida sacerdotal o a la vida religiosa.Tenemos enormes dificultades para transmitir la fe a las nuevas generaciones, porque nuestra fe más que el centro de nuestras vidas ha sido en muchos casos como una especie de barniz religioso. En definitiva, hemos asumido muchos criterios del mundo y los hemos dado por buenos, empezando por los religiosos y las religiosas, que tenemos la misión de hacer patente con nuestra vida que todo lo que somos y tenemos ha de encaminarnos hacia el Cielo: la dimesión escatológica de la Vida Religiosa.

Pero Dios no nos ha abandonado. ¡Qué gozada contemplar tantos y tantos casos de auténticas conversiones a Jesucristo! -¡Para esto sí vale internet!- Pues, una de las cosas que choca de las personas que se convierten es su amor a la Iglesia, cómo les encajan todos los aspectos de la moral de la doctrina católica, incluido el más tierno y profundo amor a la Virgen, la convicción de que Dios está vivo y siempre actuante a la vez que con respeto absoluto de mi libertad. Y entonces comienzan una vida de oración que dura las 24 horas del día, un deseo de hacerse pobres y servir a los pobres, un ansia evangelizador, etc, etc, etc. “Obedecer a Dios antes que a los hombres”, significa lo que hoy nos dice San Maximiliano “Las caídas nos enseñan a no confiar en nosotros mismos, sino a poner toda nuestra confianza en el amor de Dios, en manos de la Inmaculada, Mediadora de todas las gracias”.

Así pues, un paso clave para saber si voy aceptando todo esto es si deseo y busco obedecer a la Inmaculada obedeciendo a la Iglesia, a mis superiores, al párroco de mi parroquia, el esposo a la esposa y viceversa, -pensad que san Francisco hablaba de que los frailes hemos de desear obedernos unos a otros y no sólo a los superiores- etc…; la obediecia es encarnada, mediada. Obedecemos a Dios, obedeciéndonos, obedeciendo a la voluntad de La Inmaculada.¡Cómo nos enseñan esto los santos, cómo nos lo enseña Kolbe! ¡Y qué liberdad da esta entrega! Y en el fonfo, ¡qué felicidad!, la felicidad de sabernos en esperanza salvados, acogidos en el mismo corazón de La Inmaculada, la pura transparencia de Dios.

A este despojarnos de nosotros mismos nos ha de ayudar el auxilio clásico que viene del mismo Evangelio y que los creyentes han usado siempre: el ayuno. Sentir necesidad en el estómago, sentirla por propia voluntad, te ayuda a recordar que sólo Dios puede saciar tus anhelos y deseos más profundos y verdaderos, y, a la vez te hará más solidario con los que pasan hambre y son víctimas de nuestras injusticias y egoísmos. Así pues hay que redescubrir la necesidad de ayunar de alimentos, y ayunar también de todo lo que embota nuestra mente, nuestro corazón y nuestras casas: “Sólo Dios basta”. “El Señor me concedió a mí el hacer penitencia”, decía San Francisco de Asís en su testamento. Hasta esto hemos de mendigar nosotros, que el Señor nos conceda el don de llevar una vida penitencial, un contínuo camino de conversión, capacidad para abrazar la Cruz, para sufrir y dar la vida por Amor. ¡Cómo intuimos que de la mano de María será más real, más alegre, este camino que profundiza en la gracia bautismal, que quiere hacer más honda nuestra consagración existencial!

Un paso más: Podemos consagrarnos a la Inmaculada usando cualquier expresión, siempre que renunciemos a nuestra voluntad para cumplir sus órdenes, que se nos presentan en los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, en los deberes del propio estado y en las inspiraciones interiores. Esta actividad de la Inmaculada será tanto más eficaz cuanto más tratemos de profundizar nuestra formación espiritual. Así pues, la consagración a la Inmaculada lleva consigo la necesidad de trabajar con vistas al perfeccionamiento de nosotros mismos y de nuestras inclinaciones. Sólo entonces -cuando seamos perfectamente obedientes a la Inmaculada- llegaremos a ser un instrumento ejemplar en sus manos apostólicas. Seremos apóstoles con el ejemplo de nuestra vida, apóstoles mediante nuestras obras (EK 1220). Es muy importante entender bien estas palabras de San Maximiliano, porque no se trata de caer en un perfeccionismo narcisista, es decir, acabar enorgulleciéndonos de lo bueno que somos gracias a nuestro trabajo, a nuestro esfuerzo, a nuestra sabiduría, etc. Esto es lo que hace el mundo, pero en esa dinámica, o te quedas con la enorme insatisfacción de nunca llegar a dar la talla totalmente, o te rindes y te hundes en la miseria.

Kolbe habla de esforzarnos a tope en vivir con fidelidad los compromisos de nuestro estado de vida, de ir perfeccionándonos cada vez más, de crecer en santidad, de cumplir escrupulosamente los mandamientos, pero la clave es que hemos de hacerlo como obediencia profunda a la Inmaculada. La clave es poner toda nuestra atención, toda nuestra mirada, todo nuestro corazón en Ella, y por amor a la Madre hacer cada día las cosas mejor, cuidar los detalles, trabajar hasta agotarnos; no como esclavos de nadie, ni de ninguna idea o ideal de perfeccionismo, sino por amor, sólo por amor que se hace concreto y real al escuchar a María y secundar sus inspiraciones al instante, con total generosidad, sin rechistar, porque sabes que es lo mejor, porque es la mejor guía, porque así el cielo nace en tu corazón, etc. Cuando te acecha la tentación del desánimo, miras a María, te pones en sus manos, y adelante; cuando caes y has actuado como un pagano dándote culto a ti mismo o a alguna cosa o realidad de este mundo, miras a María, recuerdas su amor de Madre, y Ella te muestra la infinita misericordia de Dios que entregó a su Hijo porque no podías salir de tus miserias, y Él te ha rescatado, te lo ha dado todo, incluso a su Madre.Y desde ahí aprendo a celebrar el Sacramento de la Reconciliación, qué menos que una vez al mes.

Padre Reverendísimo, usted me conoce bien y sabe que quiero tener miedo sólo de una cosa, es decir, de mi propia voluntad. Y que he tratado siempre de practicar la santa obediencia, viendo en ella la voluntad de la Inmaculada, y en ésta la de Dios. Y espero que la Inmaculada me lleve por esta vía durante toda la vida y en la eternidad… ¡Cómo conecta esta experiencia de Kolbe con el “hágase en mí según su palabra” de María al ángel.

Mientras tanto, todos queremos hacer nuestra propia voluntad, hacer lo que nos da la gana, lo que pensamos mejor, lo que queremos. Una persona adulta, madura y libre se distingue porque es capaz de conocer, valorar y hacer su propia voluntad. Y da pena ver tantas personas inmaduras, sometidas, despersonalizadas, esclavas de su propia inmadurez, de sus pasiones, de personas más espabiladas, de sus propias ideas de perfección, de su propia imagen, de sus miedos, … (Todos estamos ahí en buena medida, ¿no?)

Kolbe es un hombre maduro, tiene claro lo qué quiere, ha descubierto que su voluntad es no querer otra cosa que lo que quiera la Inmaculada. Luego, un mílite maduro no renuncia a su propia voluntad, extrictamente hablando, si no que se responsabiliza totalmente de ella y la entrega totalmente a María, y por medio de Ella a Dios.

Hace falta caer en la cuenta de nuestra pobreza una y mil veces: por mí mismo no voy a alcanzar la meta, nunca daré del todo la talla. ¡Cómo le pido a María que me conceda este don! Yo no puedo, yo tengo muchos dones, pero yo no puedo salvarme a mí mismo. Dios me ha entregado a su Hijo cuando soy un pecador. Dios no me ama porque soy bueno, Dios me ama porque Él es Amor, y no puede hacer otra cosa que amarme. Dios me ama en mi pobreza, en mi radical imposiblidad de quedar satisfecho con las miles de gracias que ya tengo reconocidas. Dios sólo puede trabajar con mis debilidades. Tiendo a creer que Él va a trabajar con lo mejor de mí, pero así resplandece mi gloria y no la suya. “Dios ha mirado la humillación de su sierva”.

Madre Inmaculada ayúdanos a aceptar que, como decía san Francisco, a mí “sólo me pertenecen mis vicios y pecados”, y que Dios cuenta con mi debilidad para hacer resplandecer su gloria, que me ha elegido para hacerme santo, no porque soy santo, y que sólo me puede hacer santo si renuncio a mí mismo, cargo con la cruz, y le entrego toda mi voluntad para hacer sólo la suya. ¡San Maximiliano, ruega por nosotros!

He aquí nuestra tarea, que es muy sencilla: afanarse todo el día, matarse de trabajo, ser considerado poco menos que un loco por los nuestros y, agotado, morir por la Inmaculada… ¿Acaso no es hermoso este ideal de vida? La guerra para conquistar el mundo entero, los corazones de todos y cada uno de los hombres, empezando por uno mismo. Nuestro poder consiste en reconocer nuestra estupidez, debilidad y miseria y en una confianza sin límites en la bondad y potencia de la Inmaculada… (EK 301). “Nuestro poder consiste en reconocer nuestra estupidez, debilidad y miseria…”. Nos hemos creído tantas veces que sólo podemos presentarnos ante Dios para ofrecerle nuestras conquistas, lo bueno que hayamos hecho, etc. Y claro, así queda patente nuestro poder, lo que hemos podido hacer y lo que podremos alcanzar.

Esto mismo nos pasa muchas veces cuando nos acercamos a confesar, que parece que salimos igual que cuando llegamos. Y es que, si no llegamos desnudos del todo, dejándonos claro a nosotros mismos que somos pobres, ruines e ingratos, pues Dios no puede evidenciar su poder sanador en nosotros; no puede revestirnos con el manto de su misericordia, si vamos vestidos de las obras de nuestras manos. Si sólo le damos el permiso para que nos lave las manchitas que parecen empañar nuestra imagen, Dios no puede hacer resplandecer su rostro sobre nosotros; si no nos despojamos de todo y le mostramos la raíz de nuestro pecado (querer ser el dios y señor de mi vida), Él no puede inundarnos con su gracia y su Santo Espíritu, y sanarnos de raíz.

¡Santa María, Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre mía, ayúdame a no asustarme de mis miserias, que no me pertenecen ya porque Jesús cargó con ellas y están clavadas en la Cruz, ayúdame a acoger al Espíritu Santo como lo hiciste tú, y a guardar “estas cosas en mi corazón”. Ayúdame a tener una gran vida interior, a vivir cara a cara contigo y con mi Dios, y así podré ser un apóstol de tu Hijo, porque de otro modo me anunciaré a mí mismo y no el Reino que ya ha comenzado y que ha prendido en mi corazón! ¡Jesús resucitado, haz que resplandezca en mí tu poder y tu gloria!

Nosotros amamos a nuestro prójimo, a nuestros vecinos, pero, ¿tenemos en nuestro corazón un lugar para las pobres almas enredadas en la herejía, en la incredulidad o en el cisma? Abrámoslo a ellas y hagamos lo posible para introducir a la Inmaculada en esos pobres corazones, para que Ella les lleve a la verdadera felicidad, a Dios. Hagamos lo posible para despertarlas, para que hagan algo por la Inmaculada, aunque sea lo más pequeño... Ella ciertamente no lo olvidará. Y también nosotros tendremos un mérito… (EK1170) San Maximiliano nos plantea el meollo de nuestra actividad como mílites, como caballeros de la Inmaculada: no sólo hemos de amar a los cercanos, hemos de amar a los herejes, a los alejados, a los perseguidores de la Iglesia, a los que están embaucando a jóvenes y mayores, a los más descarridados, a los que quieren ser enemigos nuestros. Ya hemos de pedir lucidez, dejar que vuele nuestra imaginación, para que la Inmaculada nos muestre caminos concretos en este sentido aquí y ahora.

Y todo porque “Tú sola has destruido todas las herejías en todo el mundo”. Fijémonos en que dice “has destruido”, no dice “destruirás”. Kolbe ve no la apariencia (el triunfo del mal), sino la verdad, el triunfo del que nos dio a su Madre, entregó la vida por nosotros y vive y reina eternamente. Y todo porque junto al único Rey de reyes está la Reina de cielos y tierra. María ya reina, nosotros ayudamos a que todos lo reconozcan. María siempre tiene pisada la cabeza de la serpiente.

Nuestra tarea es introducir a la Inmaculada en sus corazones, porque sólo Dios puede ser la felicidad de nuestro corazón, y Ella siempre nos lleva a Dios: ¡por María a Jesús!

“Para que hagan algo por la Inmaculada”, qué sabiduria experiencial la de San Maximiliano. Porque todo es don de Dios, pero Dios quiere que sus dones sean méritos nuestros. Dios busca siempre nuestra respuesta. Y ¿quién mejor que la Madre para despertar en nosotros una respuesta libre, un amor renovado? Hemos pues de ingeniárnoslas para que los más alejados entiendan que pueden hacer algo (o mucho) por su Madre, su verdadera Madre, la que nos ha traído a Dios mismo, único descanso verdadero, única felicidad verdadera de todo ser humano.

Y si Ella pudiese disponer de nosotros de manera cada vez más perfecta, entonces también la actividad misionera, la conquista de las almas para Jesús por medio de Ella, sería cada vez más eficaz. El trabajo, el sufrimiento y sobre todo la oración producirá frutos abundantes.
Y no nos preocupemos de trabajar más o más de prisa de lo que Ella quiere, ya que si actuamos según Su voluntad, haremos siempre lo mejor y de la forma más rápida. Sólo al juicio de Dios sabremos cuántos misterios de gracia se habrán realizado a nuestro alrededor y cuántas personas se habrán salvado gracias a nosotros, sin que lo hubiésemos siquiera imaginado…
(EK 775) Consagrados a María, hemos de ser auténticos misioneros a “la conquista de las almas para Jesús por medio de Ella”, a base de trabajo, sufrimiento y oración.

Trabajo lo mejor programado posible, pensando en lo que pueda ser más eficaz, trabajo hasta agotarse, trabajo totalmente gratuito –y hay muchas formas de pasar factura: afectiva, emocional, narcisista, etc…-, trabajo en obediencia a la Iglesia, trabajo en comunión plena con ella y entre nosotros: lo que Ella quiera y como Ella quiera; lo que no nos ahorra pensar, programar, patear, discurrir, hablar, buscar, acercarnos a unos y a otros, etc, etc, etc.

Sufrimiento por tener que aguantar nuestras limitaciones, y luego, incompresiones, desprecios y persecuciones; sufrimiento porque dar la vida cuesta sangre, sudor y lágrimas: así le pasó a Jesús y a todos los santos (“Una espada te traspasará el alma”), no nos engañemos. El único camino verdadero es la cruz por amor.

Y, sobre todo, oración. Esto nos cuesta mucho creerlo, es el índice de nuestra poca fe. Al final creemos que es más eficaz un esfuerzo tangible nuestro que mendigar a María y al Señor, porque ellos siempre responden a su tiempo y a su manera, y a nostros nos cuesta entender ese ritmo. ¡Pidámoslo! Porque si no conseguimos esto, ya hemos fracasado. Lo repito, si no conseguimos fiarnos más de María Inmaculada que de nosotros mismos, ya hemos fracasado: abandonados en sus manos, lo tendremos todo. Así pues, intensa vida sacramental, rezo del rosario con amor, jaculatorias que nos hagan caer constantemente en la cuenta de que vivimos en Dios. Kolbe decía que no debía pasar un cuarto de hora sin elevar la mente a Dios. En Niepokalanow, la Ciudad de la Inmaculada que el fundó, el saludo era “María”. Una oración constante, sana y sanadora, creadora de una mística personal que nos vaya haciendo caer en la cuenta de quienes somos y adónde vamos. ¡Ánimo, hermanos, esto es vida cristiana, vida agradecida porque el Todopoderoso hace obras grandes por medio de nuestra pequeñez!

Antes de terminar quiero incidir brevemente en una cuestión que algunos, legítimamente, se plantean: ¿para quién es esta consagración? ¿hemos de ser de la Milicia? ¿qué sopone esto? Etc.

Pues bien, ser de la Milicia supone todo y nada. Supone consagrarse como hemos dicho, con la totalidad de nuestro ser, con amor cada vez más pleno, más limio, más total, sin límites. Y desde ahí, pues lo que la Inmaculada te pida. Así de fácil y así de complicado.

Pienso que si estamos aquí es por algo. Ella nos ha traído, sin duda. Todos, o casi todos, ya conocíamos a San Maximiliano, sólo el hecho de pertenecer a una parroquia encomendada al cuidado pastoral de los Franciscanos Conventuales, debería ser motivo más que suficiente para consagrarse a La Inmaculada y pertenecer a su Milicia. Pero, cada uno verá que recibe de Ella y qué le quiere dar. Aquí estamos en los terrenos del amor y la libertad.

Quien ya se haya consagrado, pues lógicamente puede consagrarse de nuevo, es decir, actualizar, reincidir en entregar su ser a María Inmaculada. Y luego, pues cada uno verá, insisto qué le pide La Inmaculada y cada día trendrá que renovar su respuesta y su entrega.

Eso sí, hoy bendecimos especialmente a Dios por la vida del p. Kolbe y le pedimos que nos dé ganas de conocerle a fondo. Fue el “loco de la Inmaculada”. Hasta se le ha acusado de ser demasiado mariano. Pero su vida entera y, de modo especial su final, no ofrecen dudas. Vivió un amor ardiente y total, vivió como un niño confiado en manos de su Madre, y creyó que todos podemos vivir así, y ofreció su vida por ello.

Hemos de vernos a nosotros capaces de decir “sí” a Dios. Hemos de saber que Dios se la ha jugado por cada uno de nosotros. Se tiene que convencer hasta la más recóndita molécula de nuestro ser de que Dios no se ha equivocado con nosotros, que somos obra de sus manos y que Él sueña con nuestra realización plena y total. En ello, desgraciadamente, erramos muchas veces el camino, nos empeñamos en subir y medrar a costa de lo que sea, abierta o encubiertamente.

María sí supo vivir dócil a la obra de Dios, María sí se fió de Dios. Por eso nos vamos a consagrar a Ella, o vamos a renovar nuestra consagración, o la vamos a hacer públicamente, es decir, nos vamos a pegar más a Ella, para que Ella nos enseñe a morir a nosotros mismos y así llegar a ser plenamente lo que somos: hijos amados y no esclavos de nada ni de nadie.

¡Qué visión tan íntima, tan profunda y tan amplia a la vez, tenía el p. Kolbe de todo esto! Así hemos de trabajar nosotros también. Repitámoslo una vez más: hemos de ser místicos, profundizar cada día más en nuestra relación personal con el Señor, experimentar que a través de María Inmaculada es más fácil. Eso nos lega el p. Kolbe. Si Jesucristo es el único Camino hacia Dios, María es el acceso directo a Jesús. Por eso, una y otra vez vamos a tener que escucharle: “Ahí tienes a tu Madre”. Cada uno hemos de hacer un proceso personal para acogerla en nuestra casa, es decir, en lo más íntimo de nosotros, hasta que sanamente nos obsesionemos por pertenecerle a Ella, por ser sus mejores instrumentos, sus más leales “caballeros”, sus “mílites” más audaces. ¡Cómo necesitamos tener unificado nuestro corazón!. ¡”No se puede servir a dos señores”!

Y sin olvidar la ansiedad del p. Kolbe por llegar a todos, su increíble celo apostólico. Qué amor tan grande, que le hacía siempre estar pensando en la salvación de los demás. ¡Eso es tener fe! Por eso se fue al Japón, y además quería ir a China, a la India, etc, y quiso editar “El Caballero de la Inmaculada” en todas las lenguas, e hizo proyectos y traducciones a muchas de ellas.

Lo mismo nosotros, hemos de trabajar siempre nuestro interior, y discernir qué hacer por los demás. Pedid en la oración que nos ilumine, pues hemos de trabajar muy unidos, y sometidos a la voluntad de la Inmaculada, que ya sabe cómo se ha de mostrar. ¡Hagámonos tierra buena, mullida, abonada, para lo que Ella nos pida!

Terminamos con el saludo de San Francisco a la Virgen:

¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, virgen convertida en templo, y elegida por el santísimo Padre del cielo, consagrada por El con su santísimo Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito; que tuvo y tiene toda la plenitud de la gracia y todo bien! ¡Salve, palacio de Dios! Salve, tabernáculo de Dios! ¡Salve, casa de Dios!

¡Salve, vestidura de Dios! ¡Salve, esclava de Dios! ¡Salve, Madre de Dios! ¡Salve también todas vosotras, santas virtudes, que, por la gracia e iluminación del Espíritu Santo sois infundidas en los corazones de los fieles para hacerlos, de infieles, fieles a Dios!



[1] Orígenes: In Johannem 1,4(23). Citado por De la Potterie, I.: Maria nel mistero..., pág. 240.

[2] Lumen Gentium, 56. Se encuentra la última afirmación en los Santos Padres Ireneo, Epifanio, Jerónimo, Agustín, Cirilo de Jerusalén, Juan Crisóstomo, Juan Damasceno...