ORACIÓN A LA VIRGEN INMACULADA

(Oración pronunciada tras la celebración de la Eucaristía, en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario (Madrid) 8 diciembre 2011)

Salve Señora, santa Reina,

santa Madre de Dios, María:

en el día solemne en el que la liturgia
celebra tu Inmaculada Concepción,
misterio que es fuente
de alegría y de esperanza
para todos los redimidos,

te saludamos y te invocamos
con las palabras del ángel:
"Llena de gracia" (Lc 1, 28),
el nombre más bello, con el que Dios mismo
te llamó desde la eternidad.

"Llena de gracia" eres tú, María,
colmada del amor eterno de Dios
desde el primer instante de tu existencia,
providencialmente predestinada
a ser la Madre del Redentor
e íntimamente asociada a él
en el misterio de la salvación.

En tu Inmaculada Concepción
resplandece la vocación
de los discípulos de Cristo,
llamados a ser, con su gracia,
santos e inmaculados en el amor (cf. Ef 1, 4).
En ti brilla la dignidad de todo ser humano,
que siempre es precioso
a los ojos del Creador.

Quien fija en ti su mirada, Madre toda santa,
no pierde la serenidad,
por más duras que sean las pruebas de la vida.
Aunque es triste la experiencia del pecado,
que desfigura la dignidad de los hijos de Dios,
quien recurre a ti redescubre
la belleza de la verdad y del amor,
y vuelve a encontrar el camino
que lleva a la casa del Padre.

Como hijos confiados,

acudimos una vez más a esta fuente,
al manantial de tu Corazón inmaculado,
para encontrar en ella fe y consuelo,
alegría y amor, seguridad y paz.

Reina de la Orden Franciscana,

en este día renovamos nuestra consagración a ti,

para que dispongas de nosotros y de toda la Orden,

para gloria de Dios y para que venga su Reino a la tierra.

Te confiamos nuestras comunidades,

las Provincias, los lugares de misión,

especialmente nuestros hermanos más jóvenes

y las futuras vocaciones.

Virgen Inmaculada, tú eres Toda Pura,

Tú eres la Mujer victoriosa,

que con tu Hijo aplastas la cabeza a la serpiente.

Quédate junto a nosotros

y ayúdanos con tu presencia materna,

hasta que todos lleguemos un día

a contemplar tu rostro radiante y,

contigo, con San Francisco,

San Maximiliano y todos los santos,

adorar por siempre al Padre,

que te eligió desde la eternidad

para ser la Madre de su Hijo amado

por obra del Espíritu Santo.

Amén.