Esta Cuaresma, ¡vamos a luchar!

 

¡Es posible, conveniente y necesario! Sí, el dominio y control de uno mismo es posible, conveniente y necesario, de otro modo vives dominado por tu estado de ánimo, por lo que los demás hacen o dejan de hacer, por las impresiones que llegan a tus sentidos, por las necesidades de tu cuerpo, por las limitaciones de tu condición humana, por las heridas del camino de tu vida, por la ansiedad de no conocer ni controlar el futuro, por el miedo a la muerte o por el deseo de acabar con todo, etc...

Por todo ello es necesaria la accesis, el combate espiritual, el ayuno, la oración, la lismosna. Cada uno tiene que luchar, poner manos a la obra, tomar iniciativas concretas y practicarlas, saber que fácilmente se puede equivocar, notar que se pasó de acelerador o de freno, pero lo que no cabe es quedarse parado, pensar que es imposible, darse por vencido. ¡No! Jesucristo luchó toda su vida contra potentísimas tentaciones, la Virgen María seguro que también, y los santos, como San Francisco de Asís o San Maximiliano Kolbe, también. ¿Habrá otro camino para nosotros? ¡No!

Por eso, en esta cuaresma vamos a luchar por el control y dominio de nosotros mismos, para morir a nuestra tendencia egoista y estrenar amor verdadero. Para ello sólo nos cabe morir con Cristo, para resucitar con Él. Nosotros solos ya sabemos que no podemos. Pero Él está vivo, puedo sentir su presencia en mi interior, puedo escuchar su Palabra, puedo recibir y celebrar su perdón, puedo colmugar con Él en la Santísima Eucaristía. ¡Da muerte a lo viejo, a lo caduco, a lo malo que hay en ti, lucha contra ello, pide ayuda a un sacerdote, ruega con fe a La Inmaculada Madre de Dios, no te des por vencido, lucha, siempre hay una nueva oprtunidad! Mientras estamos en este mundo tenemos ocasión de acoger el Cielo que nos ha abierto Jesucristo al precio de su preciosísima Sangre. No podemos servir a Dios y al diablo. No podemos pertenecer a dos señores. Y es un infierno vivir entre dos aguas.

¡Santa Madre de Dios, Virgen concebida sin pecado, ayúdanos a vivir ya como ciudadanos del Cielo, límpios de corazón, de alma y cuerpo! ¡Tú que cuidaste de Jesús, cuida de cada uno de nosotros, ayúdanos a abrazar las cruces de cada día, ayúdanos a perder nuestra vida por amor al prójimo! ¡Haz, Madre querida, que sintamos en lo profundo de nuestro ser el Amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo! ¡Ruega por nosotros, santa Madre de Dios y madre nuestra!