¡Madre, nos falta Vino!

Él es mi Dios y salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación.
(Is 12, 2)

¿Os imagináis hasta que punto debió interiorizar estas palabras la Virgen María? Por eso pudo proclamar la grandeza de Dios con toda su alma, con todo su ser. ¡Dichosa tú, Madre Inmaculada! Porque has dejado a Dios ser Dios, porque has creído, porque has confiado plenamente en Él, porque te has puesto incondicionalmente en sus manos, como esclava, como sierva; por eso eres grande en tu pequeñez. ¡Enséñanos, Madre querida, este secreto! ¡Tú que acompañaste siempre a Jesús, enséñanos a nosotros que estamos en plena escalada cuaresmal!

¿Cómo podemos soportar vivir tan lejos de Dios? ¿Por qué tantas resistencias a vivir en su Gracia? ¿Acaso no nos ha demostrado ya todo lo vivido que vale más un instante en su Presencia que mil años mirándonos el ombligo? Virgen María, que se convierta nuestro corazón a Él para que cunda su Reino en el mundo. ¡Madre, nos falta Vino! ¡Ruega por nosotros, pecadores!