¡María, María, María!

Ayunamos por muchas razones; Jesús ayunó y la Virgen María también; ayunar nos ayuda a recordar que todo es gracia, don de Dios; ayunando nos disponemos a recibir el paño nuevo y el Vino nuevo, la eterna novedad de Jesucristo, nuestro Dios y Señor.
Cada día, el Papa Francisco está recordando en sus homilías el peligro de caer en falsos y estériles espiritualismos, o en el peligro de ser semipelagianos, es decir, de creer que, con sólo nuestro esfuerzo, podemos conseguir la felicidad y la salvación. Y, cada día, el Papa Francisco nos recuerda, con gran fuerza y simpatía, que sólo Jesús, Dios hecho hombre, es nuestra salvación, y que a Él le tenemos que amar amando especialmente a nuestros hermanos más pobres y necesitados.
Amar, acoger y venerar a la Virgen María nos ayuda mucho a purificar nuestra fe, a encarnarla en nuestro día a día, en nuestros actos, en lo concreto de nuestra vida. María se ofreció sin reservas al Señor. María es la Virgen que ha ofrecido a Dios su fe sin reservas a su Esposo, la Virgen que guarda la fe con pureza e integridad.
Así queremos responder nosotros. Hoy nos ayuda también el ejemplo de Santa María Goretti.
Vamos a recibir de nuevo a Jesús en la Santa Eucaristía. Jesús, cuando le recibimos con fe pura y limpio corazón, actúa en nosotros, nos devuelve la virginidad perdida, nos convierte en vino nuevo para este viejo mundo, nos concede la gracia de acercar su Reino, de vivir, en Él, para la alabanza de Dios nuestro Padre. Como María, ¡dejemos obrar en nosotros al Espíritu Santo! ¡Él siempre nos desborda! ¡Él es el Amor purísimo de Dios! Amén.