La Inmaculada, nuestra “mayor alegría” en la vida y en la muerte

santo domingo savio

 

El amor a María de Santo Domingo Savio y San Maximiliano Kolbe nos revela la fidelidad de la Madre de Dios

 

            En la fiesta de hoy, primer sábado de mes, día consagrado especialmente a Nuestra Señora, nos unimos a la intención de San Maximiliano María Kolbe de acrecentar nuestro amor a la Inmaculada, nuestra “mayor alegría”, como afirmaba el pequeño Santo Domingo Savio. Las memorias de San Juan Bosco recogen un precioso testimonio del insondable amor de la Santísima Virgen por sus amados hijos:

            Santo Domingo Savio, el famoso alumno de San Juan Bosco, que murió a los 13 años, fue una noche a visitar a Don Bosco en sueños, y éste le preguntó:

-         Dime, ¿cuál fue tu mayor consuelo cuando estabas a punto de morir?

-         ¿A ti qué te parece?, fue la respuesta de Domingo.

            Entonces, Don Bosco empezó a decir: haber vivido una vida tan pura, haber acumulado tantos tesoros en el cielo por sus buenas obras y así sucesivamente; pero a todas estas sugerencias, Domingo sacudía la cabeza negativamente con una sonrisa.

-         ¡Venga, dímelo!- insistió Don Bosco, un poco desconcertado por su fracaso-. ¿Qué fue?

-         Cuando me moría, lo que más me ayudó y me dio la mayor alegría, fue el amor inmenso y delicado y la maravillosa ayuda de la Madre de Dios. Dile a tus hijos que nunca dejen de estar cerca de Ella durante toda su vida. ¡Pero date prisa, el tiempo se acaba! (“40 sueños de San Juan Bosco”. Memorias de San Juan Bosco).

 Domingo Savio 2

            Como Santo Domingo Savio, el P. Kolbe nos alienta a acercarnos y a acercar a todas las almas a Nuestra Dulce Madre. Y también como el santo discípulo de Don Bosco, San Maximiliano “tiene prisa” por que la Virgen Santísima reine en todos los corazones: “Comprometámonos todos a apresurar ese momento: ante todo y sobre todo permitiendo a la Inmaculada apoderarse de manera indivisible de nuestro corazón, y además, como instrumentos en sus manos inmaculadas, conquistando para Ella, según nuestras posibilidades, al mayor número de almas con la oración, con el ofrecimiento de nuestros sufrimientos y con el trabajo. ¡De cuánta paz y felicidad nos llenará en el momento de la muerte el pensamiento de que habremos trabajado y sufrido mucho, muchísimo por la Inmaculada...! (EK 1159).