¿Qué puedo desearte, Madre Celeste...?

Maria cumpleanos

 

A sólo dos días de haber celebrado la dulcísima Natividad de la Virgen María, todavía se alegran nuestros corazones con un gozo especial en la octava de esta fiesta tan importante. Día de luz, día de esperanza, día en que el Cielo nos trajo el mayor don que nuestra razón jamás podrá comprender... Y es que la Tierra entera aquel día, glorificaría a Dios con la venida al mundo de aquella tiernísima Niñita, tesoro de sus santos padres, que tanto la habían anhelado, y de toda la humanidad: MARÍA. Y con María... todo. Como Aurora que precede la Luz, en su seno virginal concebiría a Nuestro Salvador. Así lo quiso Dios: su Hijo Jesús, que vendría a redimirnos, vendría por María, la criatura más bella y más santa, Jardín adornado con las virtudes más excelsas. Inmaculada Concebida, Paraíso de Dios, Sagrario Escogido, Esposa del Espíritu Santo, Delicia de la Trinidad Santísima, Llena de Gracia... Todo nombre nos parece poco para dirigirnos a Quien estaba destinada desde la Eternidad a ser: Madre de Dios. Y en su infinita bondad... el mismo Dios ha querido que sea Madre Nuestra también. Por eso... aún merecedora de todos los honores, Ella es feliz cuando, sencillamente acudimos a Ella como Madre. Como decía Santa Teresita del Niño Jesús: Ella es la Reina del Cielo y la Tierra, pero es más Madre que Reina.

El Santo Cura de Ars afirmaba que el Corazón de María es tan tierno para nosotros, que los de todas las madres reunidas, no son más que un pedazo de hielo al lado suyo... El corazón de la Santísima Virgen es la fuente de la que Jesús tomó la sangre con que nos rescató. Por eso, como la más tierna de las Madres, la Santísima Virgen nos sigue esperando para albergarnos en su Inmaculado Corazón, hacernos cada día más suyos y llevarnos “por su camino”, que sin duda es el mejor, hasta su Hijo Jesús. No apartemos nuestra mirada de la Suya, no desoigamos lo que nos susurra en nuestro corazón. Y, puesto que habiéndole entregado todo, Ella se ocupa del modo más perfecto de todos nuestros asuntos, ocupémonos nosotros de Ella: de orar por sus intenciones, de ayudarla en la salvación de las almas, de consolarla, de amarla...

Ofrezcamos a la Inmaculada los mejores deseos de nuestro corazón para regalarle en estos días de octava de su cumpleaños, lo que más feliz le pueda hacer como Madre. San Maximiliano María Kolbe solía celebrar de un modo especial esta festividad, tomemos como ejemplo aquella carta que dedicó “A la Mamá celeste en el día de su onomástica”, en 1932 (EK 1165):

¿Qué debo desear para  ti, qué puedo desearte?

Quisiera recoger los más dulces deseos, en lo posible, para que te pongas contenta; pero no sé qué ni cómo, y... me quedo mudo...

Oh María Inmaculada, deseo para ti, y tú sabes que te lo deseo de corazón, de todo corazón, todo lo que tú misma deseas; Te deseo todo lo que te desea hoy Jesús, tu divino Hijo, tu Hijo verdadero que te ama infinitamente; Te deseo lo que te desea tu divino y virginal Esposo, el Espíritu Santo; te deseo lo que el Padre celeste y toda la Sma. Trinidad te desea.

¿Qué más debo desearte, oh Madre mía, toda mi esperanza? Te deseo todo lo que mi pobre corazón, con tu ayuda, consigue, puede conseguir o podría conseguir desearte...

¿Qué más desearte, oh Señora, Señora del cielo y de la tierra, oh Madre del mismo Dios?

Lo que te digo es muy poco, muy limitado, pero a ti te agrada: Te deseo que tomes posesión de mí lo más pronto posible y de la manera más perfecta, y que lo mismo pueda yo hacer contigo. Que yo sea verdaderamente tuyo lo antes posible, sin límites, sin condiciones, irrevocablemente, para siempre, y tú mía.

Y además te deseo que tomes posesión, del mismo modo, de cada corazón que late en la tierra, en todo el universo, y eso cuanto antes, lo antes posible; igualmente te deseo que tomes posesión de los corazones de todos y cada uno de aquellos que vivirán en el futuro, y eso desde el inicio de su existencia y para siempre.” ¿Qué más?... No sé...

M.K.

“¿Qué más?”... Quizá ese “más” hemos de completarlo cada uno de nosotros. Tal vez hoy, nosotros, seamos mílites de la Inmaculada por esta súplica que en su día hizo el P. Kolbe, en su deseo a María de que “tomes posesión de los corazones de todos y cada uno de aquellos que vivirán en el futuro, y eso desde el inicio de su existencia y para siempre.” Como un sacerdote dijo en cierta ocasión: “somos fruto de una oración”. Pidamos esta gracia a Nuestra Madre Santísima, que como San Maximiliano podamos ofrecerle nuestra vida sin límites y que, a través de estos pobres instrumentos suyos que somos, Ella pueda tomar posesión y reinar en todos los corazones de la tierra.