“Padecer con María es padecer con Jesús”

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En el corazón del mes de septiembre hemos celebrado las fiestas de la Exaltación de la Santa Cruz y la Virgen de Dolores. Hoy sábado, nos adentramos una vez más en el Inmaculado Corazón de María, para acompañarla en su martirio de dolor a los pies de la Cruz de su Hijo.

Como narra el P. Faber en su libro “Al pie de la Cruz” (1877), (...) María ha padecido más que nadie después de Jesus. La inmensidad de sus dolores no tiene por qué sorprendernos, ni chocarnos; ántes bien, nos parecerá un resultado propio de todo cuanto sabemos acerca del gran misterio de la Encarnación. Medida de los padecimientos de la Madre no será otra sino la grandeza del amor que su Hijo la tiene; así como la profundidad misma de los dolores de la Madre será la mejor medida del amor que Ella profesa al Hijo (pág 16-17).

Faber recuerda en esta obra la opinión de algunos santos sobre los padecimientos de Nuestra Madre, como San Anselmo, que afirmaba que “por grandes que hayan sido las crueldades cometidas con los mártires, poco y aún casi nada valen, comparadas á la crudeza de la pasión de María”. De igual forma, San Bernardino de Siena aseguraba que “si el dolor de la Santísima Virgen se dividiera y se repartiese entre todas las criaturas capaces de padecer, todas ellas perecerían en el acto”.

Como en alguna ocasión hemos señalado, Nuestra Madre Santísima es, “mártir en el alma”, mártir de un modo incomparable a ningún otro. Como relata el P. Faber en este sentido, María ha padecido más que todos los mártires. Su sér todo entero ha sido abrevado de amargura; las espadas que atravesaron su alma, hirieron también todos los nervios y todas las fibras de su cuerpo; y aún pudiéramos decir que aquel cuerpo, exento de culpa y tan admirablemente perfecto, no fue tan delicadamente formado sino para que así padeciese más que todos, excepto el de su Hijo (pág. 22). Así pues, a menudo escuchamos hablar de Nuestra Señora como corredentora: María fue asociada a la Pasion con el fin de que sus dolores se añadiesen á los padecimientos del Salvador, y esto, no indeliberadamente, sino, como sucede en todas las cosas de Dios, con designio real y misterioso. (...) Siendo, como lo es, cierto que de ningún modo podemos considerar separada del Hijo la Madre durante los treinta y tres años de la vida del Salvador, ¿cómo separarlos en el Calvario, donde Dios los juntó por tan singular y maravillosa manera?” (pág.  37).

La corona martirial también estaba reservada para la más Pura, para la más Santa, para la Madre de Dios. Las gracias abundantes son cordilleras de montañas formadas por las ebulliciones subterráneas del dolor –sostiene Faber. - Los mártires tienen coronas que les pertenecen de derecho. ¿Cómo, pues, estas coronas habían de ser negadas a María? ¿No era preciso que el exceso de amor de Jesús fuese para ella exceso también de padecer?...” (pág. 40).

Como tantas veces nos recuerda San Maximiliano María Kolbe, renovemos nuestra consagración a María también hoy. Aprovechemos estos días para contemplar el Calvario, junto a Nuestra Madre. Si nos entregamos a Ella, sin duda hará que nos se pierda ni una de las gracias que emanan de la bendita cruz de su Hijo para cada uno de nosotros. Y como aconseja el P. Faber al final de su libro: Huyamos del mundo y de sus vanidades para refugiarnos á los pies de María, y reclinados hasta el fin de la vida en su regazo maternal, meditemos en sus dolores. Hijos pródigos como somos, ¿qué camino más breve y seguro para restituirnos á la morada del Padre celestial? Padecer con María es padecer con Jesús; no hay estímulo más eficaz para que sirvamos á Dios con mayor abnegación de nosotros mismos y tiernamente le confesemos Eterno Padre; Eterno, porque Padre nuestro es, ¡bendita sea su bondad! por los siglos de los siglos; Eterno, porque hijos suyos y herederos de su gloria ¡bendita sea su Pasión! hemos de ser en bienaventuranza inacabable. Y María es quien debajo de su manto ha de llevarnos á la cumbre infinita.