La Medalla Milagrosa: “la munición de la Milicia de la Inmaculada”

Medalla Milagrosa

 

San Maximiliano María Kolbe: “repartir su medalla donde sea posible (...) dejando a la Inmaculada que, tarde o temprano, demuestre lo que Ella sabe hacer”

 

Nuestra Madre Inmaculada nos acerca al tiempo de Adviento, alimentando nuestros corazones con su propia esperanza. En la víspera de este primer Domingo de Adviento, queremos felicitar a la Santísima Virgen, al coincidir con la fiesta de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Para la Milicia de la Inmaculada (M.I.), esta medalla que mandó acuñar la propia Madre de Dios forma parte de su identidad.

San Maximiliano María Kolbe afirmaba que “la señal exterior de esta consagración a la Inmaculada para siempre (vida, muerte y eternidad) es su Medalla Milagrosa, que los miembros de la M.I. llevan al cuello”. De igual modo, añadía que “haciéndose así instrumentos en manos de la Inmaculada, cada día le rezan con ardiente fervor, repitiendo las palabras que ella misma nos mostró impresas en la Medalla Milagrosa: Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos; además, acordándose también de aquellos cuya salvación desean, añaden: y por cuantos a Vos nos recurren, en particular por los masones; al final incluyen también a aquellas personas cuya conversión anhelan y las nombran una por una con una fórmula genérica, por ejemplo: Y por cuantos te son encomendados, incluyendo así a todos aquellos que en cualquier momento se encomiendan a sus oraciones (...). Es la potencia de la acción que cada día se eleva a la Inmaculada de millares de corazones”. (EK 1046).

 

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Innumerables son las historias de salvación vinculadas a la Medalla Milagrosa... Probablemente son muchas las almas que habrán podido comprobar las “Victorias de María”, con tan sólo acoger esta bendita medalla. Por eso, en el día de su fiesta, recordemos los consejos de San Maximiliano, acerca de las “balas” (como él denominaba a estas medallitas, por su gran poder, vencedor de toda batalla): “Repartir su medalla donde sea posible, también a los niños, a fin de que bajo su protección tengan las fuerzas suficientes para rechazar las muchas tentaciones e insidias que los amenazan, sobre todo en estos tiempos nuestros. También a aquellos que nunca entran en la iglesia, que tienen miedo a acercarse a la confesión, que están sumergidos en la inmoralidad o viven en la herejía fuera de la Iglesia: ¡oh!, a esos es absolutamente indispensable ofrecerles la medallita de la Inmaculada e invitarlos a llevarla y, asimismo, suplicar con fervor a la Inmaculada por su conversión. Muchos alcanzan su fin incluso cuando alguien no quiere aceptarla en absoluto. Pues bien, incluso se la cosen a escondidas en la ropa y rezan, dejando a la Inmaculada que, tarde o temprano, demuestre lo que Ella sabe hacer. La Medalla Milagrosa, pues, es la munición de la Milicia de la Inmaculada” (EK 1122).

 

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