¡Corramos hacia la Inmaculada!

Heroico testimonio de amor por Nuestra Madre. Los “obstáculos” de la carrera no le impidieron llegar a “Casa”, en la Rue du Bac

 

Chapelle de la rue du Bac 2009 08 07 n1

 

¿Qué harías cuatro horas en París, si sólo tuvieses ese tiempo antes de coger tu avión? Hace poco nos llegó un extraordinario testimonio en España que, si San Maximiliano Kolbe lo hubiera conocido en su vida, seguro que lo habría compartido con sus hermanos mílites. Un testimonio que, para cuantos amamos a Nuestra Madre, nos desvela la heroicidad del amor por la Inmaculada, aún en las cosas más cotidianas.

Un buen hombre que trabajaba en una empresa de automoción, debía asistir a una convención en París por motivos laborales. Meses antes, al saber que concluido el evento tendría que esperar cuatro horas en el aeropuerto, pidió consejo a su mujer: “¿Tú qué harías cuatro horas en París?” Las tres opciones que tenía eran: pasar las cuatro horas en el aeropuerto, descansar en el hotel o dar un paseo por París con un transporte especial que luego les llevaría al aeropuerto. “Yo sé lo que yo haría”- respondió su esposa. Bromeando, su marido atisbó: “¡Ir de compras…!”. Pero ella le sorprendió afirmando: “Yo iría a la Casa Madre, de la Milagrosa”. Se le llama “la Casa Madre” al convento situado en la Rue du Bac de París, donde Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa se le apareció a Santa Catalina Labouré y, entre otros mensajes, le pidió que acuñara una medalla, con su Imagen Inmaculada, que por su inmenso poder se conoce en todo el mundo como la “Medalla Milagrosa” (signo esencial en la Milicia de la Inmaculada). Ante tal respuesta… su marido zanjó la disyuntiva con un “pues yo también”.

No volvieron a hablar sobre ello. Llegó el día de la convención y el ejecutivo partió rumbo a París. El desconcierto fue para su mujer, cuando al descolgar el teléfono escuchó la voz de su marido: “Acabo de estar en la Casa Madre”. La historia es algo increíble… pues esta visita realmente no trascurrió en aquellas cuatro horas que en un principio se preveían. Todo se había retrasado y, el intervalo de tiempo que quedaba antes de coger el avión era de una hora y media. Mirando el GPS del teléfono, la Casa Madre estaba a 4km. ¿Transporte público? No podía ser… Salió a coger un taxi pero… en París imposible; con tal atasco no llegaría a tiempo… Lo que no hemos desvelado aún es que nuestro protagonista era corredor desde los 14 años. Sin pensarlo dos veces, echó un vistazo al mapa y comenzó su carrera. El traje de ejecutivo y los duros zapatos no le impidieron alcanzar la meta que le dictaba su corazón. Según relatan, él por el camino iba meditando sobre “el mundo” que había vivido esos días. Todo el glamour internacional de la automoción concentrado en aquella parcela parisina… Los modelos más impresionantes esperaban allí para ser admirados y, con ellos, tantos representantes de diversos países, importantes comitivas… Aunque aparentemente todo esto podría ser el “sueño” de algunas personas… en realidad nuestro “atleta de la Virgen” albergaba el deseo de volver a la realidad: “Ése no es mi mundo”- pensaba. Entre zancadas y estos pensamientos, llegó a la Rue du Bac. Allí le esperaba su Madre, como Reina por la que se gana la mejor de las carreras. Según cuenta, al entrar, le inundó una paz muy grande. Miró a la Virgen, se arrodilló y, en ese momento, algo le dijo “que había vuelto a la vida real”. “Ya estoy en casa”- sintió. Justicia le hace el nombre de “Casa Madre” a este bendito lugar, pues precisamente es la casa de todos, en la que podemos gozar del abrazo de Nuestra Madre. Miró el reloj. Sólo tenía cinco minutos para rezar. En esta bendecida Capilla, fuente inconmensurable de gracias, pudo estar esos minutos junto a la Inmaculada y, aún le dio tiempo de comprar algunas medallas. Y… ¡a correr otra vez! Iba tranquilo, con la certeza de que si no había tenido problemas para ir, tampoco los tendría para volver. Eso sí, la indumentaria y el calzado no eran lo más apropiado para semejante carrera… y ya en el aeropuerto empezó a notar el agotamiento. Regresó a casa de madrugada, cansado ante la intensidad del día… Ya en frío, también sus pies acusaban el esfuerzo. Y así quedó reflejado: cuando se quitó los calcetines, en sus pies había sangre. ¡Qué dicha haber corrido de tal manera hacia María, hasta incluso derramar un poquito de sangre por Ella!

 

Casa Madre

 

Así son los caballeros de la Inmaculada. Todo por Nuestra Reina, por Nuestra Madre. Quizá las rutas de cada uno no sean las mismas, pero sí lo es nuestra Meta. Y, como en este caso, nosotros sólo hemos de “querer llegar a nuestra casa”, con Nuestra Madre; querer correr hacia Ella. Este ejemplo nos ayuda a confiar en la bondad maternal de María. No nos importe si tenemos más o menos tiempo, si estamos cómodos o incómodos, si nuestro calzado y ropa son adecuados… Simplemente corramos hacia la Inmaculada, pues ya se encarga Ella de guiarnos de la mejor manera hasta nuestra Casa, donde nos espera su Hijo. ¿Y si nuestra entrega nos lleva a desgastarnos o derramar nuestra sangre por Ella? Aún mejor, no hay más gloria que ofrecer algo por Ella, no habría más gloria que dar nuestra vida por Ella.

Agradecemos a este matrimonio (que humildemente prefiere mantener su anonimato) su heroico y fiel testimonio. Damos gracias a Dios por permitirnos conocer ejemplos actuales y reales, como éste, para gloria de la Inmaculada.

 

Notre Dame du Medaille