Nuestra Señora de Lourdes: “Yo soy la Inmaculada Concepción”

San Maximiliano Kolbe: “Ella es, pues, la Concepción Inmaculada. Por consiguiente, Ella es tal también en nosotros y nos transforma en sí misma como inmaculados…”

 

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Este sábado, 11 de febrero, celebramos la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. Para la Milicia de la Inmaculada, es de especial importancia, no únicamente por ser una fiesta mariana, sino además por las veces que San Maximiliano se ha referido a estas apariciones, en las que la propia Virgen María se presentó como la Inmaculada Concepción. Esta advocación, por tanto, está muy vinculada a la orden franciscana. El P. Kolbe ha profundizado en el mensaje que la Inmaculada nos trajo en Lourdes y, lo que en su día era una perla espiritual para los clérigos del convento, hoy lo es también para nosotros, que podemos hacernos eco de sus palabras. El mensaje que la Madre de Dios dio a Bernardette en 1858, podemos renovarlo cada día. Kolbe nos ayuda a descubrir el tesoro de gracias que Nuestra Madre Santísima quiere compartir con sus hijos.

En 1933, San Maximiliano María Kolbe recordaba a los clérigos que “cuatro años después de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, vemos que en Lourdes la Virgen en persona pide: ¡Penitencia, penitencia, penitencia! He aquí quien quiere proclamar la penitencia en nuestro mundo corrupto: la Inmaculada” (EK 486) De este modo, el P. Kolbe alegaba: “Permitamos, pues, que Ella, Ella misma en nosotros (…) proclame la penitencia para renovar los espíritus”.

“Permitamos que Ella nos predique precisamente a nosotros esta penitencia –añade San Maximiliano; abrámosle nuestro corazón, nuestra alma, nuestro cuerpo y todo sin ninguna restricción o limitación; consagrémonos a Ella totalmente, sin ninguna limitación, para ser sus servidores, sus hijos, cosa suya y propiedad suya sin condiciones, y así llegar a ser, en cierto modo, Ella misma, que vive, que habla, que actúa en este mundo”.

Tal como remarca el P. Kolbe, “la Inmaculada en Lourdes, en su aparición, no dice: ‘Yo fui concebida inmaculadamente’, sino Yo soy la Inmaculada Concepción”. Por tanto, el santo franciscano insiste en que “con estas palabras Ella determina no sólo el hecho de la Inmaculada Concepción, sino también el modo en que este privilegio le pertenece”.

Mas… como afirmaba Santa Teresita del Niño Jesús, cuando hablaba de Nuestra Madre Celestial, “todos los tesoros de la Madre, son también de su hija, ¡y yo soy tu hija!” Qué inefable don para todos cuantos nos consagramos a María y le pertenecemos… Por eso, también San Maximiliano señala: “Ella es, pues, la Concepción Inmaculada. Por consiguiente, Ella es tal también en nosotros y nos transforma en sí misma como inmaculados… Ella es Madre de Dios; y también en nosotros es Madre de Dios… y nos hace dioses y madres de Dios que generan a Jesucristo en las almas de los hombres… ¡Qué cosa tan sublime…!”

“Cuando lleguemos a ser Ella -comenta San Maximiliano- también toda nuestra vida religiosa y sus fuentes serán de Ella y Ella misma: de Ella será nuestra obediencia sobrenatural, ya que es su voluntad; la castidad, su virginidad; la pobreza, su desapego por los bienes de la tierra. Nuestra alma le pertenece a Ella y por eso guía la inteligencia (…) Ella guía también la voluntad para que no ame nada fuera de su voluntad, reconociendo en Ella la voluntad de Jesucristo, de su Sacratísimo Corazón, la voluntad de Dios. A Ella le pertenece también nuestro cuerpo, para que por Ella se exponga gustosamente a los sufrimientos y soporte espontáneamente las penalidades. A Ella le pertenece también todo lo que poseemos…”

Años después, estas palabras de San Maximiliano Kolbe siguen reavivándose en el alma de cuantos se consagran o quieren consagrarse a María. Palabras que, continuarán impregnando de amor a la Inmaculada los corazones de esta tierra. Hoy, en la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, miremos a Nuestra Madre y recordemos el mensaje del P. Kolbe. “Yo soy la Inmaculada Concepción”- dijo Ella misma. Y como Madre… quiere compartir este tesoro con nosotros, de la forma más sublime, tal como lo ha reflejado San Maximiliano. Como él bien solía decir: “si andas con la Inmaculada, te harás inmaculado”.