“¡Que todos sepan lo que María, la Madre de Dios, puede hacer!”

familia catolica

 

Hoy, primer sábado de mes, felicitamos a Nuestra Madre Inmaculada. Como Ella pidió en Fátima, ofrecemos este día en reparación a su Inmaculado Corazón. Infelizmente, en los últimos días nos han llegado tristes noticias que, como espadas, atraviesan nuestro Corazón al ver atravesado el de Nuestra Madre Santísima. El blasfemo Carnaval de Canarias ha desencadenado tremendos dolores a los Corazones de Jesús y María y a cuantos les amamos. Consecuencia de ello, entre otras cosas, arremetían contra la imagen de Nuestra Señora de una parroquia de Cartagena, que la víspera del acto vandálico, había orado y reparado por los hechos acontecidos en Canarias.

Por todo esto, queremos honrar y reparar el Corazón de María. En este sentido, ofrecemos a continuación una historia que San Maximiliano Kolbe narra en sus conferencias. El propio protagonista del suceso pidió que se difundiera, para que todo el mundo supiera “lo que María puede hacer”, aunque sea tan sólo por un acto de amor que a lo largo de nuestra vida tengamos hacia Ella. Relataba el P. Kolbe, el 31 de mayo de 1938 a los hermanos profesos solemnes:

Ahora os contaré otro ejemplo que vosotros también deberéis contar, porque así lo pidió una persona convertida por la Madre Santísima. Lo leí en el libro de mayo y allí lo pusieron copiándolo de "Przeglad Powszechny” que decía: «Años atrás, en la ciudad donde ejercía de párroco, vivía un molinero protestante llamado Werth. Mis feligreses, cuando se hablaba de él, decían que era un “Lutero” y, para justificar tal expresión, me contaban que siempre se enorgullecía de su odio encarnizado hacia la Iglesia y los sacerdotes. Me preocupaban los ataques de aquel hombre, sobre todo porque, al tener un continuo contacto con la población, influía negativamente en la religiosidad. Los tristes efectos los pude ver en su esposa que, aun siendo católica, desatendía sus propios deberes religiosos. De pronto, corrió el rumor de que aquel hombre había enfermado de gravedad y, al pedir noticias sobre su estado de salud al médico local, éste me respondió que la enfermedad era incurable y que en breve moriría. Me pregunté: “¿qué puedo hacer para reconciliar a este infeliz con Dios?”. La actitud del enfermo hacia el catolicismo y, aún más, la experiencia de tentativas anteriores me quitaban toda esperanza. Pasaron así algunos días, hasta que una tarde apareció un hombre gritando: “¡Werth está muriendo y pide que el párroco vaya lo más rápido posible!”. Fui inmediatamente y lo hallé muy mal, pero del todo consciente. Me saludó con alegría y me dijo: “gracias a Dios ha llegado a tiempo, Padre, y ahora, aunque me resulte difícil, tengo que contarle todo lo que ha pasado: soy evangelista desde la cuna, nunca pude soportar a los sacerdotes, pero ahora… Dios ha sentido piedad de mí y la Virgen ha cumplido su palabra…”. “¿Qué dice?” -le pregunté asombrado. “Escuche —contestó—. Una vez, cuando era niño, volviendo a casa de la escuela, vi a unos chicos que despotricaban y lanzaban piedras y barro contra una estatua abandonada de la Virgen. Eso me indignó enormemente y grité con furia: ‘¿Cómo os permitís hacer eso? ¡Es una imagen de la Madre de nuestro Salvador!’. Uno de ellos me gritó: ‘¿Eres acaso católico?’. ‘No, no soy católico, pero soy cristiano y vosotros sois unos paganos porque ni siquiera respetáis a la Madre de Cristo’. Avergonzados, dejaron de hacer aquellas barbaridades. Después de la cena me dormí profundamente. En sueños me pareció ver a la misma Persona representada en la estatua. Era tan bella que no podía apartar la mirada. Me dijo: ‘¡Hijo mío! Nunca olvidaré lo que hoy hiciste por mí, intercederé por ti y no te perderás…’. Me desperté conmocionado por la visión, pero no me atreví a contársela a nadie, ni siquiera a mis padres, y olvidé todo para dedicarme a otros menesteres hasta el momento en que enfermé… No sé si ha sido un sueño o la realidad, lo cierto es que he vuelto a ver a la misma Persona. Esta vez no ha dicho nada, pero por la forma en que me miraba… he empezado a temblar. No duró mucho tiempo y en breve me calmé. Incluso quise convencerme de que había sido sólo un sueño o un delirio. Ella no me dijo nada, pero en mis oídos resonaban las palabras ‘no te perderás’. He pensado que tal vez me había curado, pero sólo por un instante porque una voz me susurraba: ‘No te hagas ilusiones, dentro de poco morirás…’. Me asaltó el miedo. ¿Qué hacer? ¿Llamar al Pastor? Es tan sabio… que me aconseje, que me calme… me aferré a ese pensamiento, pero lo abandoné en seguida. Y, de nuevo, esa voz me susurraba ‘llama al sacerdote…’. Temblaba, quería imprecar, blasfemar, pero no sabía contra quién. Me parecía ver de nuevo a aquella luminosa Persona y, sin saber cómo, grité: ‘¡Llamad al párroco lo antes posible!’. Me sentí inmediatamente aliviado… En mi alma se hizo la luz y al final comprendí cuál era el significado de las palabras ‘no te perderás’. Temía solamente que usted, Padre, llegara demasiado tarde, pero ahora todo está bien”. Después el enfermo se confesó como si estuviera preparado del mejor modo posible, recibió el Viático y la Extrema Unción y, tras varias horas, rindió plácidamente su alma a Dios. Al despedirme le pedí permiso para contar las misteriosas vías por las cuales Dios lo condujo hacia Él. Me respondió: “Por supuesto, ¡que todos sepan lo que María, la Madre de Dios, puede hacer!”. La milagrosa conversión del señor Werth causó cierta sensación en su familia y en toda la región. Una de las consecuencias directas de su conversión fue que el hijo, un joven no bautizado, recibió inmediatamente el Bautismo y la Eucaristía. Y los otros miembros de la familia comenzaron a cumplir sus deberes de buenos católicos. Instigado por la petición del difunto convertido (“que todos sepan lo que puede hacer María”), lo conté todo a los congregados durante su funeral, a los muchos fieles y a los evangelistas. Después me pregunté: “¿Es suficiente?”. Y enseguida me respondí: “No, ¡es muy poco!”. El difunto quería que todos supieran… Pensé que, en cierto modo, sólo la palabra impresa podía lograrlo. Así que para satisfacer plenamente la voluntad del fallecido, y aún más para alabar y honrar a María, poderosa Abogada y eficaz Refugio de los pecadores, oso pedir que se publique este testimonio, cuya autenticidad puedo garantizar»."(3).

Vemos lo buena que es la Madre Santísima que no olvida ningún acto que se haya hecho para venerarla, por pequeño que sea. Porque, ¿qué hizo Werth para merecer la conversión? Encolerizarse una vez en defensa de su honor.