Madre de la Providencia

¡Dichosos somos nosotros cuando podemos abandonarnos en la Providencia de Dios!
Pero, en muchos momentos de nuestra vida, instigados por el Diablo, esclavos de la inmediatez de nuestras necesidades, preferimos confiar en la carne, en lo que vemos y tocamos, aunque esto que vemos y tocamos sea caduco y efímero.
Decimos confiar en Dios, pero incluso un retraso a la hora de comer, nos inquieta.
Proclamamos el Amor de Dios, pero muchas veces nos sentimos solos y buscamos placeres sustitutivos, también engañosos y efímeros.
Deseamos hacer la Voluntad de Dios, pero con frecuencia nos descubrimos incluso deseando que los demás hagan las cosas según nuestra propia voluntad.
Por eso hoy miramos a Santa María Virgen, madre de la Providencia. Ella se fio completamente de Dios. Incluso con su Hijo muerto en la Cruz, María se abandonó a la Providencia de Dios. Su corazón le susurraba: "Dios lo puede todo, para Él nada es imposible".
Ayúdanos, Madre Inmaculada, a estar siempre alegres, a bendecir a Dios por todo, también en los momentos de desolación, y a recordar constantemente que todo, absolutamente todo, lo recibimos de la Providencia de Dios o con el consentimiento de su santa Voluntad. Amén.

María, Luz del Alba

De la Homilía de Juan Pablo II en el Santuario de Ntra. Sra. de la Alborada

Ecuador, Guayaquil

31 de enero de 1985

Señor arzobispo,hermanos obispos,autoridades,queridos hermanos y hermanas:

1. Con gozo me uno a vosotros para orar junto a la Madre común en este templo mariano. Con su reciente construcción la diócesis de Guayaquil y su arzobispo, a quien saludo con fraterno afecto, han querido dejar a la posteridad un recuerdo visible del nacimiento de la Virgen María.
Habéis elegido para este santuario el sugestivo título de Nuestra Señora de la Alborada, que nos habla con gran belleza simbólica de la primera luz que anuncia el día. María es, en efecto, la luz que anuncia la proximidad del Sol a punto de nacer, que es Cristo. Donde está María, aparecerá pronto Jesús. Con su presencia luminosa y resplandeciente, la Virgen Santísima inunda de luz que despierta la fe, dispone la esperanza y enciende la caridad. Por su parte, Ella es sólo y nada menos que un reflejo de Jesucristo, «Oriente, esplendor de la luz eterna y sol de justicia, como la alborada, sin el sol dejaría de ser lo que es.
El Papa Pablo VI nos enseña, queridos hermanos y hermanas, que «en la Virgen María todo es referido a Cristo y todo depende de El». María es la primera criatura iluminada; iluminada antes incluso de la aparición visible del Sol. Porque María procede del sol de santidad: «Quién es ésta que avanza cual aurora, bella como la luna, distinguida como el sol?» (Cant. 6, 10). No es otra sino la gran señal que apareció en el cielo: «Una mujer revestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre la cabeza» (Αpοc. 12, 1).

2. En los albores de nuestra esperanza se insinúa ya la figura de María Santísima: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre su linaje y el tuyo: él te aplastará la cabeza» (Gen. 3, 15). Ya desde esas palabras queda de manifiesto la intención divina de elegir a la mujer como aliada en la lucha contra el pecado y sus consecuencias. En efecto, según esa profecía, una mujer señalada estaba destinada a ser el instrumento especialísimo de Dios para luchar contra el demonio. Sería la madre del que aplastaría la cabeza del enemigo. Pero el descendiente de la mujer, que realizará la profecía, no es un simple hombre: es plenamente hombre, sí, gracias a la mujer de la que es hijo; pero es también, a la vez, verdadero Dios. «Sin intervención de varón y por obra del Espíritu Santo» (Lumen Gentium, 63), María ha dado la naturaleza humana al Hijo eterno del Padre, que se hace así nuestro hermano.
Hacia Ella camina toda la historia de la Antigua Alianza. Ella es la perfecta realización del resto santo de Israel: de aquellos «pobres de Yaνé» que son herederos de las promesas mesiánicas y portadores de la esperanza del Pueblo de Dios. El «pobre de Yavé» es el que se adhiere con todo el corazón al Señor, obedeciendo su ley. Pero María «sobresale entre los humildes y pobres del Señor que confiadamente esperan y reciben de El la salvación. Finalmente, con Ella misma, Hija excelsa de Sión, tras la prolongada espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos» (Ibid. 55). En María se sublima la vida de los justos del Antiguo Testamento.

3. María es, hermanos obispos y fieles todos, la criatura que recibe de manera primordial los rayos de la luz redentora: «Efectivamente, la preservación de María del pecado original, desde el primer instante de su ser, representa el primero y radical efecto de la obra redentora de Cristo y vincula a la Virgen, con un lazo íntimo e indisoluble, a la encarnación del Hijo, que, antes de nacer de Ella, la redime del modo más sublime». Su Concepción Inmaculada hace de María el signo precursor de la humanidad redimida por Cristo, al ser preservada del pecado original que afecta a todos los hombres desde su primer instante, y que deja en el corazón la tendencia a la rebelión contra Dios. La Concepción Inmaculada de María significa, pues, que Ella es la primera redimida, alborada de la Redención, y que para el resto de los hombres redención será tanto como liberación del pecado.

4. Pero María, mis amados hermanos y hermanas, no es aurora de nuestra redención a modo de instrumento inerte, pasivo. En el alba de nuestra salvación resuena su respuesta libre, su fiat, su sí incondicional a la cooperación que Dios esperaba de Ella, como espera también la nuestra.
La iniciativa salvadora es ciertamente de la Trinidad Santísima. La virginidad perpetua de María - fielmente correspondida por San José, su virginal esposo - expresa esa prioridad de Dios: Cristo, como hombre, será concebido sin concurso de varón. Pero esa misma virginidad que perdurará en el parto y después del parto, es también expresión de la absoluta disponibilidad de María a los planes de Dios.
Su respuesta marcó un momento decisivo en la historia de la humanidad. Por eso los cristianos se complacen en repetirla en el rezo diario del Angelus y tratan de asimilar la disposición de ánimo que inspiró esas palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Luc. 1, 38).
El gozoso «fiat» de María testimonia su libertad interior, su confianza y serenidad. No sabía cómo se realizarían en concreto los planes del Señor. Pero lejos de temer y angustiarse, aparece soberanamente libre y disponible. Su «sí» a la Anunciación significó tanto la aceptación de la maternidad que se le proponía, como el compromiso de María en el misterio de la Redención. Esta fue obra de su Hijo. Pero la participación de María fue real y efectiva. Al dar su consentimiento al mensaje del ángel, María aceptó colaborar en toda la obra de la reconciliación de la humanidad con Dios. Actúa conscientemente y sin poner condiciones. Se muestra dispuesta al servicio que Dios le pide.

5. María nos precede y acompaña. El silencioso itinerario que inicia con su Concepción Inmaculada y pasa por el sí de Nazaret que la hace Madre de Dios, encuentra en el Calvario un momento particularmente señalado. También allí, aceptando y asistiendo al sacrificio de su Hijo, es María aurora de la Redención; y allí nos la entregará su Hijo como Madre. «La Madre miraba con ojos de piedad las llagas del Hijo, de quien sabía que había de venir la redención del mundo». Crucificada espiritualmente con el Hijo crucificado, contemplaba con caridad heroica la muerte de su Dios, «consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado» (Lumen Gentium, 58). Cumple la voluntad del Padre en favor nuestro y nos acoge a todos como a hijos, en virtud del testamento de Cristo: «Mujer, he ahí a tu hijo» (Io. 19, 26).
«He ahí a tu Madre», dijo Jesús a San Juan: «y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Ibíd.. 19, 27). El discípulo predilecto acogió a la Virgen Madre como su luz, su tesoro, su bien, como el don más querido heredado del Señor en el momento de su muerte. El don de la Madre era el último don que El concedía a la humanidad antes de consumar su Sacrificio. El don hecho a nosotros.
Pero la maternidad de María no es sólo individual. Tiene un valor colectivo que se manifiesta en el título de Madre de la Iglesia. Efectivamente, en el Calvario Ella se unió al sacrificio del Hijo que tendía a la formación de la Iglesia; su corazón materno compartió hasta el fondo la voluntad de Cristo de «reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos». Habiendo sufrido por la Iglesia, María mereció convertirse en la Madre de todos los discípulos de su Hijo, la Madre de su unidad. Por eso, el Concilio afirma que «la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, la venera, como a Madre amantísima, con afecto de piedad filial» (Lumen Gentium, 53). ¡Madre de la Iglesia! ¡Madre de todos nosotros!

6. Los evangelios no nos hablan de una aparición de Jesús resucitado a María. De todos modos, como Ella estuvo de manera especialmente cercana a la cruz del Hijo, hubo de tener también una experiencia privilegiada de su resurrección. Efectivamente, el papel corredentor de María no cesó con la glorificación del Hijo.
Pentecostés nos habla de la presencia de María en la Iglesia naciente: presencia orante en la Iglesia apostólica y en la Iglesia de todo tiempo. Siendo la primera la aurora - entre los fieles, porque es la Madre, sostiene la oración común.
Como ya advertían los Padres de la Iglesia, esta presencia de la Virgen es significativa: «No se puede hablar de la Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con los hermanos de éste»
Por eso, como recordaba hace casi dos años en este mismo continente, «desde los albores de la fe y en cada etapa de la predicación del Evangelio, en el nacimiento de cada Iglesia particular, la Virgen ocupa el puesto que le corresponde como Madre de los imitadores de Jesús que constituyen la Iglesia».

Sí, María está presente en nuestro camino.

7. María sigue siendo nuestra alborada, nuestra primicia, nuestra esperanza. Durante su vida terrena, fue signo y anticipo de los bienes futuros; ahora, glorificada junto a Cristo Señor, es imagen y cumplimiento del reino de Dios. A él nos llama, en él nos espera.
Ha sido la primera en seguir a Cristo, «primogénito entre muchos hermanos» (Cf.. Col. 1, 18). Elevada en cuerpo y alma al cielo, es la primera en heredar plenamente la gloría. Y esa glorificación de María es la confirmación de las esperanzas de cada miembro de la Iglesia: «Con El (con Cristo) nos ha resucitado y nos ha sentado en el cielo con El» (Eph. 2, 6). La Asunción de María a los cielos manifiesta el futuro definitivo que Cristo ha preparado a nosotros los redimidos.

8. A Ella encomiendo ahora vuestras personas e intenciones y las de cada hijo del Ecuador.
Le encomiendo la protección sobre vuestras familias. Sobre los niños que se gestan en el seno materno. Sobre las criaturas que abren sus ojos a este mundo.
Le encomiendo las ilusiones de vuestros jóvenes: ilusiones que, si toman por modelo la generosidad de la Santísima Virgen, serán una gozosa realidad de servicio a Dios y a la humanidad.
Le encomiendo el trabajo de vuestras manos y de vuestras inteligencias.
Le encomiendo el sereno atardecer de vuestros ancianos y enfermos.

Que sea para todos Alborada de Dios, la presencia maternal de Santa María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa del Espíritu Santo.

Amén.

Las últimas palabras marianas de Benedicto XVI

El pasado jueves 28 de febrero, a las 20:00 horas, se hizo efectiva la renuncia de Su Santidad, Benedicto XVI, al ministerio petrino, tal y como había anunciado en su declaración del 10 de febrero, hecha pública el día 11 de febrero, a la sazón Festividad de Nuestra Señora de Lourdes.

 

 

 

En estas últimas semanas de su pontificado, el Santo Padre ha pronunciado diversos discursos y homilías. Aunque no se haya referido específicamente en ellos a temas marianos, queremos resaltar los fragmentos en los que ha hecho mención a Nuestra Madre. Como veremos, se trata de peticiones de ayuda e intercesión, exhortaciones a la confianza filial a la Virgen María, Madre de la Iglesia, que nos lleva “de la mano” a su Hijo Jesús.

 

Declaración de renuncia, domingo 10 de febrero de 2013

 

Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice.

 

Homilía, Miércoles de Ceniza, 13 de febrero de 2013

 

Que nos acompañe en este tiempo la Virgen María, Madre de la Iglesia y modelo de todo auténtico discípulo del Señor.

 

Ángelus, domingo 17 de febrero de 2013

 

Y para estar con Él dirijámonos a la Madre, María: invoquémosla con confianza filial en la hora de la prueba, y ella nos hará sentir la poderosa presencia de su Hijo divino, para rechazar las tentaciones con la Palabra de Cristo, y así volver a poner a Dios en el centro de nuestra vida.

 

Ángelus, domingo 24 de febrero de 2013

 

Invoquemos la intercesión de la Virgen María: que ella nos ayude a todos a seguir siempre al Señor Jesús, en la oración y en la caridad activa.

 

En español: Que la Santísima Virgen María nos siga llevando de su mano hacia su divino Hijo. Muchas gracias, y feliz domingo a todos.

 

Audiencia general, miércoles 27 de febrero de 2013

 

Invoquemos la intercesión maternal de la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia, para que nos acompañe a cada uno de nosotros y a toda la comunidad eclesial; a Ella nos encomendamos, con profunda confianza.

 

En español: Imploremos todos la amorosa protección de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia. Muchas gracias.

 

Palabras de despedida a los cardenales, jueves 28 de febrero de 2013

 

La Iglesia vive, crece y se despierta en las almas, que —como la Virgen María— acogen la Palabra de Dios y la conciben por obra del Espíritu Santo; ofrecen a Dios la propia carne y, precisamente en su pobreza y humildad, se hacen capaces de generar a Cristo hoy en el mundo.

Pues nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si Ella nos guía, patrocina, favorece, protege, pues tiene para con nosotros un corazón maternal

La renuncia de nuestro queridísimo Papa, Benedicto XVI, al ministerio petrino, hecha pública este lunes 11 de febrero, nos ha sorprendido a todos. Sabemos sin embargo que la asistencia del Espíritu Santo no dejará a su Iglesia y que la Providencia guiará sus pasos hasta la consumación del Reino.

Benedicto_XVI

 

 

 

 

 

 

 

El fin de la Milicia de la Inmaculada, originariamente planteado por San Maximiliano, es procurar la conversión de los pecadores, de los herejes, de los cismáticos, etc., en particular de los masones, y la santificación de todos, bajo el patrocinio y por mediación de la Inmaculada. Actualmente, los Estatutos de la Milicia (art. 3), disponen que la Milicia se propone de forma esencial el promover la extensión del Reino de Cristo en el mundo a través de la acción de la Inmaculada, estimulando a todos los cristianos a ponerse al servicio de Ella en la misión que Ella tiene como Madre de la Iglesia.

Por esto, para avivar nuestra esperanza, queremos recordar la conclusión de la bula Ineffabilis Deus (8 diciembre 1854), del beato Pío IX, en la que proclamó el dogma de la Inmaculada:

 

Nuestra boca está llena de gozo y nuestra lengua de júbilo, y damos humildísimas y grandísimas gracias a nuestro Señor Jesucristo, y siempre se las daremos, por habernos concedido aun sin merecerlo, el singular beneficio de ofrendar y decretar este honor, esta gloria y alabanza a su santísima Madre. Mas sentimos firmísima esperanza y confianza absoluta de que la misma santísima Virgen, que toda hermosa e inmaculada trituró la venenosa cabeza de la cruelísima serpiente, y trajo la salud al mundo, y que gloria de los profetas y apóstoles, y honra de los mártires, y alegría y corona de todos los santos, y que refugio segurísimo de todos los que peligran, y fidelísima auxiliadora y poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su unigénito Hijo, y gloriosísima gloria y ornato de la Iglesia santo, y firmísimo baluarte destruyó siempre todas las herejías, y libró siempre de las mayores calamidades de todas clases a los pueblos fieles y naciones, y a Nos mismo nos sacó de tantos amenazadores peligros; hará con su valiosísimo patrocinio que la santa Madre católica Iglesia, removidas todas las dificultades, y vencidos todos los errores, en todos los pueblos, en todas partes, tenga vida cada vez más floreciente y vigorosa y reine de mar a mar y del río hasta los términos de la tierra, y disfrute de toda paz, tranquilidad y libertad, para que consigan los reos el perdón, los enfermos el remedio, los pusilánimes la fuerza, los afligidos el consuelo, los que peligran la ayuda oportuna, y despejada la oscuridad de la mente, vuelvan al camino de la verdad y de la justicia los desviados y se forme un solo redil y un solo pastor.

 

 

 

Escuchen estas nuestras palabras todos nuestros queridísimos hijos de la católica Iglesia, y continúen, con fervor cada vez más encendido de piedad, religión y amor, venerando, invocando, orando a la santísima Madre de Dios, la Virgen María, concebida sin mancha de pecado original, y acudan con toda confianza a esta dulcísima Madre de misericordia y gracia en todos los peligros, angustias, necesidades, y en todas las situaciones oscuras y tremendas de la vida. Pues nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si ella nos guía, patrocina, favorece, protege, pues tiene para con nosotros un corazón maternal, y ocupada en los negocios de nuestra salvación, se preocupa de todo el linaje humano, constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y colocada por encima de todos los coros de los ángeles y coros de los santos, situada a la derecha de su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, alcanza con sus valiosísimos ruegos maternales y encuentra lo que busca, y no puede, quedar decepcionada (19).

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El Papa sobre la Inmaculada

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... Os saludo con gran afecto y desearía compartir con vosotros algunos pensamientos sencillos, sugeridos por el Evangelio de esta solemnidad: el Evangelio de la Anunciación.

 

Ante todo nos impresiona siempre, y nos hace reflexionar, el hecho de que ese momento decisivo para el destino de la humanidad, el momento en el que Dios se hizo hombre, está envuelto de un gran silencio. El encuentro entre el mensajero divino y la Virgen Inmaculada pasa completamente inadvertido: ninguno lo sabe, nadie habla de ello. Es un acontecimiento que, si sucediera en nuestros tiempos, no dejaría rastro en periódicos ni revistas, porque es un misterio que ocurre en el silencio. Lo que es verdaderamente grande a menudo pasa desapercibido y el quieto silencio se revela más fecundo que la frenética agitación que caracteriza nuestras ciudades, pero que -con las debidas proporciones- se vivía ya en ciudades importantes como la Jerusalén de entonces. Ese activismo que nos hace incapaces de detenernos, de estar tranquilos, de escuchar el silencio en el que el Señor hace oír su voz discreta. María, el día en que recibió el anuncio del Ángel, estaba completamente recogida y al mismo tiempo abierta a la escucha de Dios. En ella no hay obstáculo, no hay pantalla, no hay nada que la separe de Dios. Este es el significado de su ser sin pecado original: su relación con Dios está libre de la más mínima fisura; no hay separación, no hay sombra de egoísmo, sino una perfecta sintonía: su pequeño corazón humano está perfectamente «centrado» en el gran corazón de Dios. Así, queridos hermanos, venir aquí, a este monumento a María en el centro de Roma, nos recuerda ante todo que la voz de Dios no se reconoce en el estruendo y en la agitación; su proyecto sobre nuestra vida personal y social no se percibe permaneciendo en la superficie, sino bajando a un nivel más profundo, donde las fuerzas que actúan no son las económicas y políticas, sino las morales y espirituales. Es allí donde María nos invita a descender y a sintonizarnos con la acción de Dios.

 

Hay una segunda cosa, más importante aún, que la Inmaculada nos dice cuando venimos aquí, y es que la salvación del mundo no es obra del hombre -de la ciencia, de la técnica, de la ideología-, sino que viene de la Gracia. ¿Qué significa esta palabra? Gracia quiere decir el Amor en su pureza y belleza; es Dios mismo así como se ha revelado en la historia salvífica narrada en la Biblia y enteramente en Jesucristo. María es llamada la «llena de gracia» (Lc 1, 28) y con esta identidad nos recuerda la primacía de Dios en nuestra vida y en la historia del mundo; nos recuerda que el poder de amor de Dios es más fuerte que el mal, puede colmar los vacíos que el egoísmo provoca en la historia de las personas, de las familias, de las naciones y del mundo. Estos vacíos pueden convertirse en infiernos donde es como si la vida humana fuera arrastrada hacia abajo y hacia la nada, privada de sentido y de luz. Los falsos remedios que el mundo propone para llenar estos vacíos -emblemática es la droga- en realidad amplían la vorágine. Sólo el amor puede salvar de esta caída, pero no un amor cualquiera: un amor que tenga en sí la pureza de la Gracia -de Dios, que transforma y renueva- y que pueda así introducir en los pulmones intoxicados nuevo oxígeno, aire limpio, nueva energía de vida. María nos dice que, por bajo que pueda caer el hombre, nunca es demasiado bajo para Dios, que descendió a los infiernos; por desviado que esté nuestro corazón, Dios siempre es «mayor que nuestro corazón» (1 Jn 3, 20). El aliento apacible de la Gracia puede desvanecer las nubes más sombrías, puede hacer la vida bella y rica de significado hasta en las situaciones más inhumanas.

 

Y de aquí se deriva la tercera cosa que nos dice María Inmaculada: nos habla de la alegría, esa alegría auténtica que se difunde en el corazón liberado del pecado. El pecado lleva consigo una tristeza negativa que induce a cerrarse en uno mismo. La Gracia trae la verdadera alegría, que no depende de la posesión de las cosas, sino que está enraizada en lo íntimo, en lo profundo de la persona y que nadie ni nada pueden quitar. El cristianismo es esencialmente un «evangelio», una «alegre noticia», aunque algunos piensan que es un obstáculo a la alegría porque ven en él un conjunto de prohibiciones y de reglas. En realidad el cristianismo es el anuncio de la victoria de la Gracia sobre el pecado; de la vida sobre la muerte. Y si comporta renuncias y una disciplina de la mente, del corazón y del comportamiento es precisamente porque en el hombre existe la raíz venenosa del egoísmo que le hace daño a él mismo y a los demás. Así que es necesario aprender a decir no a la voz del egoísmo y a decir sí a la del amor auténtico. La alegría de María es plena, pues en su corazón no hay sombra de pecado. Esta alegría coincide con la presencia de Jesús en su vida: Jesús concebido y llevado en el seno, después niño confiado a sus cuidados maternos, luego adolescente y joven y hombre maduro; Jesús a quien ve partir de casa, seguido a distancia con fe hasta la Cruz y la Resurrección: Jesús es la alegría de María y es la alegría de la Iglesia, de todos nosotros...

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(Benedicto XVI, Acto de veneración a la Inmaculada en la Plaza de España de Roma, 8 de diciembre de 2012)

Junto al Rey de reyes, María, la Reina de cielos y tierra

¡Qué fácil y qué hermoso es celebrar en Asís la fiesta de María Reina! Al menos hay tres pinturas en la Basílica sobre esta verdad de fe. Aquí traemos la más antigua, la de Cimabue, porque María está en el mismo trono que Jesús: junto al Rey, la Reina. Y Ella figura y modelo de la Iglesia. Esto somos, reyes con el Rey. ¡A mantener nuestra dignidad, la que nos fue dada en el Bautismo, la que María Reina nos ayuda a vivir en medio de las vicisitudes y contrariedades de esta vida caduca! Hoy es la octava de la Pascua de María. ¡Felicidades, Madre. Felicidades, hermanos!

Oración a Santa María de los Ángeles

Virgen de los Ángeles, que desde hace siglos has puesto tu trono de misericordia en la Porciúncula, escucha la oración de tus hijos que confiados recurren a Ti. Desde este lugar verdaderamente santo y habitado por Dios, especialmente amado por el corazón de San Francisco, has llamado siempre a todos los hombres al Amor. Tus ojos, llenos de ternura, nos aseguran una continua y materna asistencia y prometen ayuda divina a cuantos se postran a los pies de tu trono o desde lejos se dirigen a Ti, llamándote en su socorro. Tú eres nuestra dulce Reina y nuestra esperanza. ¡Oh Reina de los Ángeles, obtennos, por la oración san Francisco, el perdón de nuestras culpas, ayuda a nuestra débil voluntad para que permanezcamos lejos del pecado y de la indiferencia, para ser dignos de llamarte siempre Madre nuestra. Bendice nuestras casas, nuestro trabajo, nuestro descanso, dándonos aquella paz serena que se saborea entre los viejos muros de la Porciúncula, donde el odio, la culpa, el llanto, por el Amor reencontrado, se transforman en canto de alegría, como el canto de tus Ángeles y del Seráfico Francisco. Ayuda a quien está desamparado y a quien no tiene pan, a aquellos que están en peligro o en tentación, en la tristeza o en la desolación, en la enfermedad o en la hora de la muerte. Bendícenos como a hijos amados tuyos, y con nosotros te rogamos que bendigas, con el mismo gesto materno, a los inocentes y a los culpables, a los fieles y a los extraviados, a los creyentes y a los que están en la duda. Bendice a toda la Humanidad, para que los hombres, reconociéndose hijos de Dios e hijos tuyos, encuentren, en el Amor, la verdadera Paz y el verdadero Bien. Amén.

María es el gozo de nuestra vida (Benedicto XVI)

El Papa Benedicto XVI, el miércoles día 15, explicó que la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, que la Iglesia celebra hoy, muestra que en Dios hay espacio para el hombre al que siempre espera para la vida eterna con Él, razón de la auténtica esperanza humana.

Así lo indicó el Santo Padre en la homilía de la Misa que presidió en Castel Gandolfo al celebrar la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los cielos en cuerpo y alma, dogma proclamado por el Venerable Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950.

Tras hacer una intensa reflexión sobre la vida de la Madre de Dios, que en el Magnificat pronuncia una profecía "para toda la historia de la Iglesia" y que vive siempre unida a su Hijo Jesucristo, el Santo Padre precisó que "las palabras de María dicen que es un deber de la Iglesia recordar la grandeza de la mujer para la fe".