Pues nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si Ella nos guía, patrocina, favorece, protege, pues tiene para con nosotros un corazón maternal

La renuncia de nuestro queridísimo Papa, Benedicto XVI, al ministerio petrino, hecha pública este lunes 11 de febrero, nos ha sorprendido a todos. Sabemos sin embargo que la asistencia del Espíritu Santo no dejará a su Iglesia y que la Providencia guiará sus pasos hasta la consumación del Reino.

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El fin de la Milicia de la Inmaculada, originariamente planteado por San Maximiliano, es procurar la conversión de los pecadores, de los herejes, de los cismáticos, etc., en particular de los masones, y la santificación de todos, bajo el patrocinio y por mediación de la Inmaculada. Actualmente, los Estatutos de la Milicia (art. 3), disponen que la Milicia se propone de forma esencial el promover la extensión del Reino de Cristo en el mundo a través de la acción de la Inmaculada, estimulando a todos los cristianos a ponerse al servicio de Ella en la misión que Ella tiene como Madre de la Iglesia.

Por esto, para avivar nuestra esperanza, queremos recordar la conclusión de la bula Ineffabilis Deus (8 diciembre 1854), del beato Pío IX, en la que proclamó el dogma de la Inmaculada:

 

Nuestra boca está llena de gozo y nuestra lengua de júbilo, y damos humildísimas y grandísimas gracias a nuestro Señor Jesucristo, y siempre se las daremos, por habernos concedido aun sin merecerlo, el singular beneficio de ofrendar y decretar este honor, esta gloria y alabanza a su santísima Madre. Mas sentimos firmísima esperanza y confianza absoluta de que la misma santísima Virgen, que toda hermosa e inmaculada trituró la venenosa cabeza de la cruelísima serpiente, y trajo la salud al mundo, y que gloria de los profetas y apóstoles, y honra de los mártires, y alegría y corona de todos los santos, y que refugio segurísimo de todos los que peligran, y fidelísima auxiliadora y poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su unigénito Hijo, y gloriosísima gloria y ornato de la Iglesia santo, y firmísimo baluarte destruyó siempre todas las herejías, y libró siempre de las mayores calamidades de todas clases a los pueblos fieles y naciones, y a Nos mismo nos sacó de tantos amenazadores peligros; hará con su valiosísimo patrocinio que la santa Madre católica Iglesia, removidas todas las dificultades, y vencidos todos los errores, en todos los pueblos, en todas partes, tenga vida cada vez más floreciente y vigorosa y reine de mar a mar y del río hasta los términos de la tierra, y disfrute de toda paz, tranquilidad y libertad, para que consigan los reos el perdón, los enfermos el remedio, los pusilánimes la fuerza, los afligidos el consuelo, los que peligran la ayuda oportuna, y despejada la oscuridad de la mente, vuelvan al camino de la verdad y de la justicia los desviados y se forme un solo redil y un solo pastor.

 

 

 

Escuchen estas nuestras palabras todos nuestros queridísimos hijos de la católica Iglesia, y continúen, con fervor cada vez más encendido de piedad, religión y amor, venerando, invocando, orando a la santísima Madre de Dios, la Virgen María, concebida sin mancha de pecado original, y acudan con toda confianza a esta dulcísima Madre de misericordia y gracia en todos los peligros, angustias, necesidades, y en todas las situaciones oscuras y tremendas de la vida. Pues nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si ella nos guía, patrocina, favorece, protege, pues tiene para con nosotros un corazón maternal, y ocupada en los negocios de nuestra salvación, se preocupa de todo el linaje humano, constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y colocada por encima de todos los coros de los ángeles y coros de los santos, situada a la derecha de su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, alcanza con sus valiosísimos ruegos maternales y encuentra lo que busca, y no puede, quedar decepcionada (19).

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El Papa sobre la Inmaculada

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... Os saludo con gran afecto y desearía compartir con vosotros algunos pensamientos sencillos, sugeridos por el Evangelio de esta solemnidad: el Evangelio de la Anunciación.

 

Ante todo nos impresiona siempre, y nos hace reflexionar, el hecho de que ese momento decisivo para el destino de la humanidad, el momento en el que Dios se hizo hombre, está envuelto de un gran silencio. El encuentro entre el mensajero divino y la Virgen Inmaculada pasa completamente inadvertido: ninguno lo sabe, nadie habla de ello. Es un acontecimiento que, si sucediera en nuestros tiempos, no dejaría rastro en periódicos ni revistas, porque es un misterio que ocurre en el silencio. Lo que es verdaderamente grande a menudo pasa desapercibido y el quieto silencio se revela más fecundo que la frenética agitación que caracteriza nuestras ciudades, pero que -con las debidas proporciones- se vivía ya en ciudades importantes como la Jerusalén de entonces. Ese activismo que nos hace incapaces de detenernos, de estar tranquilos, de escuchar el silencio en el que el Señor hace oír su voz discreta. María, el día en que recibió el anuncio del Ángel, estaba completamente recogida y al mismo tiempo abierta a la escucha de Dios. En ella no hay obstáculo, no hay pantalla, no hay nada que la separe de Dios. Este es el significado de su ser sin pecado original: su relación con Dios está libre de la más mínima fisura; no hay separación, no hay sombra de egoísmo, sino una perfecta sintonía: su pequeño corazón humano está perfectamente «centrado» en el gran corazón de Dios. Así, queridos hermanos, venir aquí, a este monumento a María en el centro de Roma, nos recuerda ante todo que la voz de Dios no se reconoce en el estruendo y en la agitación; su proyecto sobre nuestra vida personal y social no se percibe permaneciendo en la superficie, sino bajando a un nivel más profundo, donde las fuerzas que actúan no son las económicas y políticas, sino las morales y espirituales. Es allí donde María nos invita a descender y a sintonizarnos con la acción de Dios.

 

Hay una segunda cosa, más importante aún, que la Inmaculada nos dice cuando venimos aquí, y es que la salvación del mundo no es obra del hombre -de la ciencia, de la técnica, de la ideología-, sino que viene de la Gracia. ¿Qué significa esta palabra? Gracia quiere decir el Amor en su pureza y belleza; es Dios mismo así como se ha revelado en la historia salvífica narrada en la Biblia y enteramente en Jesucristo. María es llamada la «llena de gracia» (Lc 1, 28) y con esta identidad nos recuerda la primacía de Dios en nuestra vida y en la historia del mundo; nos recuerda que el poder de amor de Dios es más fuerte que el mal, puede colmar los vacíos que el egoísmo provoca en la historia de las personas, de las familias, de las naciones y del mundo. Estos vacíos pueden convertirse en infiernos donde es como si la vida humana fuera arrastrada hacia abajo y hacia la nada, privada de sentido y de luz. Los falsos remedios que el mundo propone para llenar estos vacíos -emblemática es la droga- en realidad amplían la vorágine. Sólo el amor puede salvar de esta caída, pero no un amor cualquiera: un amor que tenga en sí la pureza de la Gracia -de Dios, que transforma y renueva- y que pueda así introducir en los pulmones intoxicados nuevo oxígeno, aire limpio, nueva energía de vida. María nos dice que, por bajo que pueda caer el hombre, nunca es demasiado bajo para Dios, que descendió a los infiernos; por desviado que esté nuestro corazón, Dios siempre es «mayor que nuestro corazón» (1 Jn 3, 20). El aliento apacible de la Gracia puede desvanecer las nubes más sombrías, puede hacer la vida bella y rica de significado hasta en las situaciones más inhumanas.

 

Y de aquí se deriva la tercera cosa que nos dice María Inmaculada: nos habla de la alegría, esa alegría auténtica que se difunde en el corazón liberado del pecado. El pecado lleva consigo una tristeza negativa que induce a cerrarse en uno mismo. La Gracia trae la verdadera alegría, que no depende de la posesión de las cosas, sino que está enraizada en lo íntimo, en lo profundo de la persona y que nadie ni nada pueden quitar. El cristianismo es esencialmente un «evangelio», una «alegre noticia», aunque algunos piensan que es un obstáculo a la alegría porque ven en él un conjunto de prohibiciones y de reglas. En realidad el cristianismo es el anuncio de la victoria de la Gracia sobre el pecado; de la vida sobre la muerte. Y si comporta renuncias y una disciplina de la mente, del corazón y del comportamiento es precisamente porque en el hombre existe la raíz venenosa del egoísmo que le hace daño a él mismo y a los demás. Así que es necesario aprender a decir no a la voz del egoísmo y a decir sí a la del amor auténtico. La alegría de María es plena, pues en su corazón no hay sombra de pecado. Esta alegría coincide con la presencia de Jesús en su vida: Jesús concebido y llevado en el seno, después niño confiado a sus cuidados maternos, luego adolescente y joven y hombre maduro; Jesús a quien ve partir de casa, seguido a distancia con fe hasta la Cruz y la Resurrección: Jesús es la alegría de María y es la alegría de la Iglesia, de todos nosotros...

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(Benedicto XVI, Acto de veneración a la Inmaculada en la Plaza de España de Roma, 8 de diciembre de 2012)

Junto al Rey de reyes, María, la Reina de cielos y tierra

¡Qué fácil y qué hermoso es celebrar en Asís la fiesta de María Reina! Al menos hay tres pinturas en la Basílica sobre esta verdad de fe. Aquí traemos la más antigua, la de Cimabue, porque María está en el mismo trono que Jesús: junto al Rey, la Reina. Y Ella figura y modelo de la Iglesia. Esto somos, reyes con el Rey. ¡A mantener nuestra dignidad, la que nos fue dada en el Bautismo, la que María Reina nos ayuda a vivir en medio de las vicisitudes y contrariedades de esta vida caduca! Hoy es la octava de la Pascua de María. ¡Felicidades, Madre. Felicidades, hermanos!

Oración a Santa María de los Ángeles

Virgen de los Ángeles, que desde hace siglos has puesto tu trono de misericordia en la Porciúncula, escucha la oración de tus hijos que confiados recurren a Ti. Desde este lugar verdaderamente santo y habitado por Dios, especialmente amado por el corazón de San Francisco, has llamado siempre a todos los hombres al Amor. Tus ojos, llenos de ternura, nos aseguran una continua y materna asistencia y prometen ayuda divina a cuantos se postran a los pies de tu trono o desde lejos se dirigen a Ti, llamándote en su socorro. Tú eres nuestra dulce Reina y nuestra esperanza. ¡Oh Reina de los Ángeles, obtennos, por la oración san Francisco, el perdón de nuestras culpas, ayuda a nuestra débil voluntad para que permanezcamos lejos del pecado y de la indiferencia, para ser dignos de llamarte siempre Madre nuestra. Bendice nuestras casas, nuestro trabajo, nuestro descanso, dándonos aquella paz serena que se saborea entre los viejos muros de la Porciúncula, donde el odio, la culpa, el llanto, por el Amor reencontrado, se transforman en canto de alegría, como el canto de tus Ángeles y del Seráfico Francisco. Ayuda a quien está desamparado y a quien no tiene pan, a aquellos que están en peligro o en tentación, en la tristeza o en la desolación, en la enfermedad o en la hora de la muerte. Bendícenos como a hijos amados tuyos, y con nosotros te rogamos que bendigas, con el mismo gesto materno, a los inocentes y a los culpables, a los fieles y a los extraviados, a los creyentes y a los que están en la duda. Bendice a toda la Humanidad, para que los hombres, reconociéndose hijos de Dios e hijos tuyos, encuentren, en el Amor, la verdadera Paz y el verdadero Bien. Amén.

María es el gozo de nuestra vida (Benedicto XVI)

El Papa Benedicto XVI, el miércoles día 15, explicó que la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, que la Iglesia celebra hoy, muestra que en Dios hay espacio para el hombre al que siempre espera para la vida eterna con Él, razón de la auténtica esperanza humana.

Así lo indicó el Santo Padre en la homilía de la Misa que presidió en Castel Gandolfo al celebrar la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los cielos en cuerpo y alma, dogma proclamado por el Venerable Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950.

Tras hacer una intensa reflexión sobre la vida de la Madre de Dios, que en el Magnificat pronuncia una profecía "para toda la historia de la Iglesia" y que vive siempre unida a su Hijo Jesucristo, el Santo Padre precisó que "las palabras de María dicen que es un deber de la Iglesia recordar la grandeza de la mujer para la fe".

¡EL VELO DE LA VIRGEN está en Asís!

Una de las gracias que hemos tenido estos días en Asís, ha sido coincidir con la exposición pública de una de las más preciadas reliquias de la Basílica de San Francisco: el Velo de la Virgen.
Según cuenta la tradición en el año 1319, el príncipe romano Tomás de Orsini lo donó a dicha Basílica.
La crítica histórica confirma la tradición de que el tejido es verdaderamente antiguo y que este tipo de velo era utilizado por la gente importante de la antigüedad.
Se dice que San José de Cupertino, en uno de sus célebres arrebatos místicos, preguntó a la Virgen, si Ella había usado este velo. La Virgen le respondió: "Créeme hijo, éste es mi velo y me sirvió para envolver al Niño Jesús". Cuando los Reyes Magos llevaron sus dones al Señor, además de oro, incienso y mirra, llevaron otras cosas preciosas entre ellas este Velo de biso. El biso es una especie de seda natural marina.
La piedad popular y la tradición histórica nos regalan, a través de la veneración del Velo de la Virgen, una verdad siempre eterna y actual: la Madre de Dios proteje a la humanidad con su Manto, como nos recuerda la oración mariana: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén".

¡FELICIDADES, MADRE INMACULADA!

En el día de tu asunción en cuerpo y alma a los cielos, te felicitamos, Madre Inmaculada, porque reinas junto al Rey de reyes, tu Hijo bendito, nuestro Señor Jesucristo. La primera mortal que goza en plenitud del triunfo de Jesucristo. Ésta es tu Pascua María. Tu gloria nos llena de esperanza, tu triunfo nos alienta, tu camino nos hace reconocer el nuestro. Siempre adelante, siempre hacia arriba.

Nos nutrimos hoy con un precioso fragmento de la homilía que pronunció el Papa Pablo VI el 30 de junio de 1968, al clausurar un "Año de la fe", ahora que estamos a punto de iniciar el convocado por el papa Benedicto XVI:

"Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo y que ella, por su singular elección, en atención a los méritos de su Hijo redimida de modo más sublime, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original y que supera ampliamente en don de gracia eximia a todas las demás criaturas.

Ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la encarnación y de la redención, la Beatísima Virgen María, Inmaculada, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste, y hecha semejante a su Hijo, que resucitó de los muertos, recibió anticipadamente la suerte de todos los justos; creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye para engendrar y aumentar la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos ".

La Virgen María en san Antonio de Padua

En los escritos de san Antonio se encuentran muchas enseñanzas sobre María, también preciosas oraciones, como esta: "Te suplicamos, Señora nuestra y Madre de Dios, exaltada por encima de los coros de los ángeles, que llenes el vaso de nuestro corazón con la gracia celestial; que nos hagas resplandecer con el oro de la sabiduría; que nos sostengas con la potencia de tu intercesión; que nos adornes con las preciosas piedras de tus virtudes y que derrames sobre nosotros, oh olivo bendito, el aceite de tu misericordia, con el que cubras la multitud de nuestros pecados; y así merezcamos ser elevados a las alturas de la gloria celestial y vivir eternamente dichosos con los bienaventurados".

  • § Rasgos destacados:

- La Maternidad divina: es la explicación de su plenitud de gracia. Por ella, ha sido adornada con la santidad, con la pureza total, con todas las virtudes. En ella el Hijo de Dios había de recibir nuestra humanidad y nuestra debilidad. Conjuga dos aspectos muy interesantes: pobreza y belleza.

* María: pequeña y pobre, que junto con su virginidad y humildad, serán las virtudes destacadas. Por ello el día de la Presentación ofreció la ofrenda de los pobres.

* María: bella como el sol, la luna y las estrellas: siendo reflejo del verdadero sol de justicia, Cristo, que ella lleva en su seno, por eso es radiante y cándida.

* Cristología: no contrapone abajamiento y gloria, sino que descubre la gloria de Cristo en su humildad y humillación, ve su dignidad real bajo el aspecto del crucificado que reina desde la cruz.

- Otro aspecto importante es la santificación de María. San Antonio no trata acerca de la Inmaculada Concepción, pero algunas expresiones apuntan hacia una comprensión implícita de este misterio: presenta a María libre de cualquier culpa personal y de la concupiscencia, que como enseña el Magisterio, procede de la desobediencia del primer pecado. Hablará de dos "purificaciones" de María, una en el seno de Ana y otra en la Anunciación, pero nunca en sentido negativo, es decir, como destrucción de algún pecado, sino más bien como una regeneración mediante la gracia, un aumento de santidad, una intensificación de su amor.

- Con mucha frecuencia aparece también como mediadora e intercesora.