Semana Santa: ¡con María, a los pies de Jesús!

María, Madre de Dios y Madre nuestra. María Inmaculada. Tú, mujer sencilla y humilde. Tú, reina de cielos y tierra. Tú, Madre del Señor, ayúdanos a profundizar en los misterios de nuestra fe; ayúdanos a saber permanecer junto a tu Hijo en los aconcecimientos cruciales de su pasión, muerte y resurrección. ¡Lo necesitamos! Si no vivimos con Él hoy esos misterios de vida, ¿qué cristianos somos? ¿cómo, luego, podremos ser sus testigos? ¿cómo entregarnos a la Nueva Evangelización que nos pide la Iglesia? Madre querida, ayúdanos a estar como tú a los pies de la Cruz, a entrar en este misterio de Amor, a abrazar a Jesús en la Cruz, en la cruz del mundo también, y creer en el corazón que tu Hijo crucificado, muerto y sepultado, es también el Resucitado. ¡Y sólo en Él tenemos Vida! ¡Sólo en Él podemos llevar nuestras cruces! ¡Sólo Él perdona nuestro pecado! ¡Sólo Él es toda nuestra esperanza! ¡Gracias, Madre, por tu fe! ¡Gracias, Madre, por tu ayuda maternal, porque tú siempre nos llevas a Jesús!

¡Dios con nosotros! ¡Gracias, Madre, por tu sí!

"Aquí se hizo carne el Verbo de Dios". Este altar está en Nazaret, en el santo lugar dónde el Hijo Único de Dios se hizo hombre en las entrañas purísimas de la Virgen María.

Por ayer ser domingo, hoy estamos celebrando la Anunciación del Señor. Contemplemos admirados tan gran misterio. ¡Dios ha asumido nuestra fragilidad para rescatar a los que estamos hundidos por el peso de nuestro pecado! ¡Gracias, Madre Inmaculada, porque has creído, porque has dicho sí, porque has aceptado al que nos trae la salvación, al que es nuestra salvación! ¡El Cielo está dentro de ti! ¡La vida es el mejor don! ¡Bendita tú, Madre querida, entre todas las mujeres! ¡Ayúdanos a confiar! ¡Que también nosotros engendremos en nuestro interior a Jesús y le demos a luz con nuestras obras de amor al prójimo!

¡Sufres con nosotros hasta darnos a luz en Cristo!

Gracias, Madre, porque lo que no sufriste para dar a luz a tu Hijo, lo sufres al hacernos renacer para Cristo, Hijo de Dios e hijo tuyo. Nos cuesta progresar en esta escalada cuaresmal, ¡cuántas distracciones de lo que esencial! ¡cuánta falta de fe y confianza! ¡cómo se resiste nuestra carne, todo lo mundanal que hay en nosotros! ¡cómo se resiste el hombre viejo a morir! ¡Gracias, Señor Jesús, porque por medio de tu Espíritu vas haciendo tu obra en nosotros hasta llevarnos al Padre! ¡Gracias, Madre querida, porque sufres con nosotros hasta darnos a luz en Cristo!

Audiencia del Papa dedicada a la Virgen

Ayer, el Papa Benedicto XVI ha dedicado una profunda catequesis a la oración de Virgen María con la primera Iglesia y con nosotros, la Iglesia peregrina de hoy:

Queridos hermanos y hermanas:

Con la catequesis de hoy quiero comenzar a hablar de la oración en los Hechos de los Apóstoles y en las Cartas de san Pablo. Como sabemos, san Lucas nos ha entregado uno de los cuatro Evangelios, dedicado a la vida terrena de Jesús, pero también nos ha dejado el que ha sido definido el primer libro sobre la historia de la Iglesia, es decir, los Hechos de los Apóstoles. En ambos libros, uno de los elementos recurrentes es precisamente la oración, desde la de Jesús hasta la de María, la de los discípulos, la de las mujeres y la de la comunidad cristiana. El camino inicial de la Iglesia está marcado, ante todo, por la acción del Espíritu Santo, que transforma a los Apóstoles en testigos del Resucitado hasta el derramamiento de su sangre, y por la rápida difusión de la Palabra de Dios hacia Oriente y Occidente. Sin embargo, antes de que se difunda el anuncio del Evangelio, san Lucas refiere el episodio de la Ascensión del Resucitado (cf. Hch 1, 6-9). El Señor entrega a los discípulos el programa de su existencia dedicada a la evangelización y dice: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta el confín de la tierra» (Hch 1, 8). En Jerusalén los Apóstoles, que ya eran sólo once por la traición de Judas Iscariote, se encuentran reunidos en casa para orar, y es precisamente en la oración como esperan el don prometido por Cristo resucitado, el Espíritu Santo.

¡Madre, nos falta Vino!

Él es mi Dios y salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación.
(Is 12, 2)

¿Os imagináis hasta que punto debió interiorizar estas palabras la Virgen María? Por eso pudo proclamar la grandeza de Dios con toda su alma, con todo su ser. ¡Dichosa tú, Madre Inmaculada! Porque has dejado a Dios ser Dios, porque has creído, porque has confiado plenamente en Él, porque te has puesto incondicionalmente en sus manos, como esclava, como sierva; por eso eres grande en tu pequeñez. ¡Enséñanos, Madre querida, este secreto! ¡Tú que acompañaste siempre a Jesús, enséñanos a nosotros que estamos en plena escalada cuaresmal!

¿Cómo podemos soportar vivir tan lejos de Dios? ¿Por qué tantas resistencias a vivir en su Gracia? ¿Acaso no nos ha demostrado ya todo lo vivido que vale más un instante en su Presencia que mil años mirándonos el ombligo? Virgen María, que se convierta nuestro corazón a Él para que cunda su Reino en el mundo. ¡Madre, nos falta Vino! ¡Ruega por nosotros, pecadores!

Oración a María de San Pedro de Alcántara

Lógicamente, no sólo San Francisco y Santa Clara amaron con indecible amor a la Madre del Señor. Toda la Orden lo ha hecho y lo hace, y especialmente sus mejores hijos, entre ellos, San Pedro de Alcántara, quien rezaba así:

¡Oh María, María, María, Virgen Santísima, Madre de Dios, Reina del cielo, Señora del mundo, Sagrario del Espíritu Santo, Lirio de pureza, Rosa de paciencia, Paraíso de deleites, Espejo de Castidad, Dechado de inocencia! Ruega por este pobre desterrado y peregrino, y parte con él de las sobras de tu abundantísima caridad.

La Virgen María en los escritos de San Francisco y Santa Clara

Capítulo 5:
MARÍA, «LA VIRGEN HECHA IGLESIA»[1] de

VOCACIÓN FRANCISCANA

por Lázaro Iriarte, o.f.m.cap.

En la época de Francisco de Asís el culto y la devoción a la Madre de Dios había alcanzado una grande expansión y había hallado una noble manifestación en la poesía religiosa de los trovadores, de la cual hará suyas el santo algunas expresiones de loor a santa María.[2] Efectivamente, después de su conversión «entonaba loores al Señor y a la gloriosa Virgen su Madre» (1 Cel 24). El motivo por el cual escogió para restaurar, en tercer lugar, la iglesia de la Porciúncula fue, como dice el biógrafo, «por la grande devoción que profesaba a la Madre de toda bondad» (1 Cel 21). Más tarde se sentirá feliz de poder fijar junto a Santa María de los Ángeles el centro de encuentro de su fraternidad. Y fue aquí, «en la iglesia de la Virgen Madre de Dios -observa san Buenaventura- donde él suplicaba insistentemente, con gemidos continuados, a aquella que concibió al Verbo lleno de gracia y de verdad, que se dignara ser su abogada. Y la Madre de la misericordia obtuvo con sus méritos que él mismo concibiera y diera a luz el espíritu de la verdad evangélica».[3]

Allí, ante el altar de la misma iglesita, bajo la mirada de la imagen de María, la joven Clara, aquella noche de la fuga de la casa paterna, prometió obediencia a Francisco y se comprometió en el seguimiento del Señor crucificado.

Trataremos de trazar, a base de los escritos personales de Francisco y de Clara y de otros datos históricos, las líneas fundamentales de la que podemos llamar la espiritualidad mariana franciscana.

Santísima Madre de Dios

El ligamen entre el Nacimiento del Señor y la Maternidad divina de María Santísima está claramente expresada en uno de los doce anatemas de san Cirilo de Alejandría († 444), recogidos por el Concilio de Éfeso, que en el año 431 definió como dogma de fe que María de Nazareth es la Madre de Dios: "Si alguno no confiesa que Dios es según verdad el Emmanuel, y que por eso la santa Virgen es Madre de Dios (pues dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne), sea anatema" (Dz 72).

Hace pocos días hemos adorado la presencia del Verbo encarnado en el humilde pesebre de Belén. Ahora la Iglesia nos invita a dirigir la mirada llena de asombro a la otra persona magnífica del pesebre que es la Madre de Jesús, Dios hecho carne.

En tiempos recientes, la devoción a la Madre de Dios se ha debilitado en ciertos sectores de la Iglesia. Algunos han tenido temor de que honrando demasiado a María, de alguna manera se habría podido provocar una separación de la adoración a Cristo. Por eso les pareció necesario radicalizar el cristocentrismo, subrayando unilateralmente la unicidad de la mediación salvífica de Cristo, endesmedro de las mediaciones participadas de los Santos, de los Ángeles y de la misma Madre de Dios. Obrando así, se ha olvidado el antiguo adagio: ad Jesum per Mariam.