¿Qué puedo desearte, Madre Celeste...?

Maria cumpleanos

 

A sólo dos días de haber celebrado la dulcísima Natividad de la Virgen María, todavía se alegran nuestros corazones con un gozo especial en la octava de esta fiesta tan importante. Día de luz, día de esperanza, día en que el Cielo nos trajo el mayor don que nuestra razón jamás podrá comprender... Y es que la Tierra entera aquel día, glorificaría a Dios con la venida al mundo de aquella tiernísima Niñita, tesoro de sus santos padres, que tanto la habían anhelado, y de toda la humanidad: MARÍA. Y con María... todo. Como Aurora que precede la Luz, en su seno virginal concebiría a Nuestro Salvador. Así lo quiso Dios: su Hijo Jesús, que vendría a redimirnos, vendría por María, la criatura más bella y más santa, Jardín adornado con las virtudes más excelsas. Inmaculada Concebida, Paraíso de Dios, Sagrario Escogido, Esposa del Espíritu Santo, Delicia de la Trinidad Santísima, Llena de Gracia... Todo nombre nos parece poco para dirigirnos a Quien estaba destinada desde la Eternidad a ser: Madre de Dios. Y en su infinita bondad... el mismo Dios ha querido que sea Madre Nuestra también. Por eso... aún merecedora de todos los honores, Ella es feliz cuando, sencillamente acudimos a Ella como Madre. Como decía Santa Teresita del Niño Jesús: Ella es la Reina del Cielo y la Tierra, pero es más Madre que Reina.

El Santo Cura de Ars afirmaba que el Corazón de María es tan tierno para nosotros, que los de todas las madres reunidas, no son más que un pedazo de hielo al lado suyo... El corazón de la Santísima Virgen es la fuente de la que Jesús tomó la sangre con que nos rescató. Por eso, como la más tierna de las Madres, la Santísima Virgen nos sigue esperando para albergarnos en su Inmaculado Corazón, hacernos cada día más suyos y llevarnos “por su camino”, que sin duda es el mejor, hasta su Hijo Jesús. No apartemos nuestra mirada de la Suya, no desoigamos lo que nos susurra en nuestro corazón. Y, puesto que habiéndole entregado todo, Ella se ocupa del modo más perfecto de todos nuestros asuntos, ocupémonos nosotros de Ella: de orar por sus intenciones, de ayudarla en la salvación de las almas, de consolarla, de amarla...

Ofrezcamos a la Inmaculada los mejores deseos de nuestro corazón para regalarle en estos días de octava de su cumpleaños, lo que más feliz le pueda hacer como Madre. San Maximiliano María Kolbe solía celebrar de un modo especial esta festividad, tomemos como ejemplo aquella carta que dedicó “A la Mamá celeste en el día de su onomástica”, en 1932 (EK 1165):

¿Qué debo desear para  ti, qué puedo desearte?

Quisiera recoger los más dulces deseos, en lo posible, para que te pongas contenta; pero no sé qué ni cómo, y... me quedo mudo...

Oh María Inmaculada, deseo para ti, y tú sabes que te lo deseo de corazón, de todo corazón, todo lo que tú misma deseas; Te deseo todo lo que te desea hoy Jesús, tu divino Hijo, tu Hijo verdadero que te ama infinitamente; Te deseo lo que te desea tu divino y virginal Esposo, el Espíritu Santo; te deseo lo que el Padre celeste y toda la Sma. Trinidad te desea.

¿Qué más debo desearte, oh Madre mía, toda mi esperanza? Te deseo todo lo que mi pobre corazón, con tu ayuda, consigue, puede conseguir o podría conseguir desearte...

¿Qué más desearte, oh Señora, Señora del cielo y de la tierra, oh Madre del mismo Dios?

Lo que te digo es muy poco, muy limitado, pero a ti te agrada: Te deseo que tomes posesión de mí lo más pronto posible y de la manera más perfecta, y que lo mismo pueda yo hacer contigo. Que yo sea verdaderamente tuyo lo antes posible, sin límites, sin condiciones, irrevocablemente, para siempre, y tú mía.

Y además te deseo que tomes posesión, del mismo modo, de cada corazón que late en la tierra, en todo el universo, y eso cuanto antes, lo antes posible; igualmente te deseo que tomes posesión de los corazones de todos y cada uno de aquellos que vivirán en el futuro, y eso desde el inicio de su existencia y para siempre.” ¿Qué más?... No sé...

M.K.

“¿Qué más?”... Quizá ese “más” hemos de completarlo cada uno de nosotros. Tal vez hoy, nosotros, seamos mílites de la Inmaculada por esta súplica que en su día hizo el P. Kolbe, en su deseo a María de que “tomes posesión de los corazones de todos y cada uno de aquellos que vivirán en el futuro, y eso desde el inicio de su existencia y para siempre.” Como un sacerdote dijo en cierta ocasión: “somos fruto de una oración”. Pidamos esta gracia a Nuestra Madre Santísima, que como San Maximiliano podamos ofrecerle nuestra vida sin límites y que, a través de estos pobres instrumentos suyos que somos, Ella pueda tomar posesión y reinar en todos los corazones de la tierra.

Madre Santísima, ¿aún sufre tu Inmaculado Corazón? ¡Queremos reparar y consolarte!

“Trabajar al máximo de mis posibilidades para salvar a estas pobres almas y para reparar esas ofensas tan graves que se profieren cada día contra la Inmaculada, contra Dios” (San Maximiliano María Kolbe)

 

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San Maximiliano María Kolbe solía celebrar de modo particular las fiestas dedicadas a la Madre de Dios, como los sábados. Desde la antigüedad, la Santa Iglesia ha considerado este día como ocasión especial para profundizar en la devoción a la Santísima Virgen María y reparar por las blasfemias y ultrajes cometidos. El 12 de julio de 1905, el Papa San Pío X emitió un decreto en el que alababa esta práctica, al tiempo que ofrecía indulgencias por ella.

Nuestra Madre Inmaculada, siempre atenta a las necesidades de sus hijos, confirmó esta intención cuando se apareció a Sor Lucía de Fátima, siendo ella  postulante en el Convento de las Doroteas en Pontevedra (España). Según relata, Nuestra Señora se le apareció sobre una nube de luz, con el Niño Jesús a su lado. La Santísima Virgen puso su mano sobre el hombro de Lucía, mientras en la otra sostenía su corazón rodeado de espinas. El Niño Jesús le dijo:"Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie que haga un acto de reparación para sacárselas.” A continuación, la Virgen María le dio la siguiente recomendación, fuente de salvación de tantas almas, además de consuelo de su Inmaculado Corazón:"Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos meclavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que, durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante quince minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme, les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación"

Lucía le habló (a Jesús) de la confesiónpara los primeros sábados y preguntó si valía hacerla en los ocho días. Jesús contestó: "Sí; todavía con más tiempo, con tal que me reciban en estado de gracia y tengan intención de desagraviar al Inmaculado Corazón de María".

Quizá muchos se pregunten, ¿por qué cinco sábados? Después de haber estado Lucía en oración, Nuestro Señor le reveló el motivo:  "Hija mía, la razón es sencilla: se trata de cinco clases de ofensas y blasfemias proferidas contra el Inmaculado Corazón de María:

1-  Blasfemias contra su Inmaculada Concepción.

2-  Contra su virginidad.

3-  Contra su Maternidad Divina, rehusando al mismo tiempo recibirla como Madre de los hombres.

4-  Contra los que procuran públicamente infundir en los corazones de los niños, la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia la Madre Inmaculada.

5-  Contra los que la ultrajan directamente en sus sagradas imágenes.”

Hoy en día, basta leer un periódico, escuchar la radio, ver la televisión, charlar por la calle o, simplemente, estar atentos a nuestro alrededor... para conmovernos ante el dolor que debe de sentir la Virgen en su Corazón Inmaculado. Desgraciadamente, no son pocas las blasfemias y ofensas que a diario recibe nuestra Madre querida. Por eso su Corazón, como se manifestó a Sor Lucía, está cercado de espinas. Sin embargo, sabemos que Dios es Todopoderoso, que la victoria es Suya y que, en su infinita bondad, Él ha querido que sea a través de su Madre Santísima.

Aprovechemos el tesoro que nos brinda Nuestra Señora, uniéndonos a su Inmaculado Corazón, especialmente en los primeros sábados de mes. Pidamos a San Maximiliano María Kolbe que interceda por nosotros, para que como él, nuestras almas jamás se queden indiferentes ante cualquier espina que pueda traspasar y hacer sufrir el Corazón de Nuestra Madre. “He oído una horrible blasfemia contra la Sma. Virgen María. Ahora ya estoy curado; no necesito nada, sólo trabajar al máximo de mis posibilidades para salvar a estas pobres almas y para reparar esas ofensas tan graves que se profieren cada día contra la Inmaculada, contra Dios. ¡Basta de cosas semejantes!” (EK 988, A). Hoy, hacemos eco de estas palabras del P. Kolbe, impregnadas de celo y amor a la Santísima Virgen, para que como mílites de la Inmaculada queramos siempre defender a Nuestra Reina. Hoy, renovamos nuestra consagración, para que Ella nos siga haciendo cada día más suyos. Hoy, nos volvemos a adherir a su Maternal Corazón para vendar las heridas de sus espinas con nuestro pobre amor, con la esperaza de que, como Ella misma prometió en Fátima: “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

 

 

María, “mártir en el alma”

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San Bernardo: “guiado por Ella llegarás seguramente al Puerto Celestial”

Con gran alegría celebramos hoy la festividad de uno de los santos más devotos de la Santísima Virgen María: San Bernardo de Claraval. Tantas veces citado por San Maximiliano María Kolbe, dado su gran amor a la Inmaculada, San Bernardo nos ofrece en sus escritos y en su testimonio de vida un magnífico ejemplo de santidad, bajo el amparo de Nuestra Dulce Madre. A sólo unos días de la conmemoración del 75º aniversario del martirio del P. Kolbe, aprovechemos la fiesta de hoy para profundizar también en el “martirio del alma” de María, a la luz de uno de los sermones del santo cisterciense.


La Madre estaba junto a la cruz

El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste –dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús– está puesto como una bandera discutida; y a ti –añade, dirigiéndose a María–una espada te traspasará el alma.

En verdad, Madre santa, una espada traspasó tu alma. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús –que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo– hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.

¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?

No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.

Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?» Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?» Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Este murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante. (De los sermones de san Bernardo, abad, Sermón, domingo infraoctava de la Asunción)

Pidamos a la Inmaculada que nos haga participar de su infinito amor y de su profundísima piedad; para que, siendo cada día más Suyos, podamos ofrecer nuestro pequeño holocausto en el martirio de cada día, según los designios de su santa Voluntad, como también hizo San Maximiliano durante su vida entregada. Y como sin su gracia nada podemos, renovemos siempre que podamos nuestra consagración a la Inmaculada, con la mirada siempre puesta en María, como nos indica San Bernardo:

“Si se levantan las tempestades de tus pasiones, mira a la Estrella, invoca a María. Si la sensualidad de tus sentidos quiere hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira a la Estrella, invoca a María. Si el recuerdo de tus muchos pecados quiere lanzarte al abismo de la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios. Siguiéndola, no te perderás en el camino. Invocándola no te desesperarás. Y guiado por Ella llegarás seguramente al Puerto Celestial.”

El Santo Padre visita la celda en la que murió San Maximiliano Kolbe en Auschwitz

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Foto:www.aciprensa.com

 

El Papa Francisco visitó el campo de concentración de Auschwitz en su tercer día de su viaje apostólico a Polonia. El Pontífice quiso orar en silencio en la misma celda donde murió San Maximiliano María Kolbe, ara del sacrificio de amor que este mártir de la caridad llevó hasta el extremo, aquel 14 de agosto de 1941, víspera de la Asunción de Virgen María. Seis minutos duró esta íntima plegaria del Santo Padre, entre las paredes que abrazaron la santa muerte del P. Kolbe.

San Maximiliano, que ardía en deseos misioneros para conquistar el mundo para Nuestro Señor a través de la Inmaculada, concluyó su misión en esta celda, dedicando hasta su último aliento a extender la gloria de Nuestra Madre Santísima. El P. Konrad Szweda recuerda como “ante el bloque número 15, entre montones de piedras y cacharros” se reunían los presos desnutridos y cubiertos de heridas infectadas. “Entre ellos está el P. Kolbe, apaleado, con la cara llena de cardenales” (Conferencia del PMK, 379-380, Campo de Concentración de Auschwitz). Según su testimonio, para pronunciar su sermón “utiliza como púlpito una carretilla que sirve para llevar las piedras; como sotana y estola tenía harapos llenos de piojos”. “Pero sus palabras son como una espada de doble filo que atraviesa el corazón”- afirma. Sus últimas palabras estuvieron dedicadas a meditar sobre la Inmaculada y su relación con la Santísima Trinidad.

“¿Es posible que la madre abandone a sus hijos cuando sufren y están sumidos en la desgracia? ¿Es posible que la Madre no rodee de una especial atención a los sacerdotes?”. A través de estas palabras, el P. Kolbe remarcaba en sus últimos momentos la estrechísima relación de la Inmaculada con sus hijos sacerdotes, ministros de su Divino Hijo. ¡Qué gran consuelo para aquellas almas consagradas encerradas entre los oscuros muros del campo de concentración! Actualicemos el mensaje de San Maximiliano. ¡Qué gracias no estaría concediendo Nuestra Señora a nuestro Papa Francisco, para toda la Iglesia, durante aquellos minutos de oración en la misma celda en que años antes un santo sacerdote entregaba su alma al Señor ofreciendo su vida por las almas? A pesar de la tristeza que encierra el inmenso dolor que guardan estas paredes... pongamos nuestra confianza en María, como hizo el P. Kolbe y como ha hecho el Santo Padre. Lo que pretendían que fuera un campo de muerte ha resultado ser un semillero de vida. Ofrezcamos nuestra oración en reparación por tanto mal allí cometido... actualizado cada día en los pequeños “Auschwitz” que se están construyendo con el pecado. Y sigamos combatiendo al servicio de la Milicia de la Inmaculada, entregados en cuerpo y alma a su santa voluntad, conquistando el mundo entero para Ella... pues a pesar de la tribulación enraizada en el dolor de tanto mal... la batalla está ganada y la victoria es de Nuestra Reina.

 

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La Inmaculada, Abogada de Misericordia ante el Tribunal Divino

El testimonio del hijo de Santa Brígida demuestra la poderosa intercesión de la Santísima Virgen María capaz de vencer los ataques del demonio

 

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Con motivo de la festividad de Santa Brígida que celebramos hoy, sábado 23 de julio, profundicemos en nuestro amor por la Inmaculada meditando la inconmensurable gracia que le concedió al hijo de esta gran santa:

Tal es el caso de Carlos, hijo de Santa Brígida, de cuya muerte estaba su madre temerosa,  por haber muerto lejos de su presencia y en el ejercicio de la milicia. Nuestra Señora le reveló que se había salvado por el amor que siempre le había tenido, por lo cual Ella misma le había asistido en el tiempo de morir. Vio al mismo tiempo a Nuestro Señor Jesucristo, como Juez sentado en su trono, y que el demonio tuvo el atrevimiento de presentarle dos quejas contra su Santísima Madre: la primera, que le hubiese estorbado al tentar a Carlos cuando estaba para morir; la segunda, que le hubiese llevado Ella delante del Juez, alcanzándole de este modo la salvación, sin darle siquiera lugar a que expusiese las razones que le asistían para probar que aquella alma era suya. Pero el Señor le echó de su presencia, y el alma de Carlos entró triunfante en su presencia. (“Las Glorias de María”. San Alfonso María de Ligorio).

San Maximiliano María Kolbe nos confirma la fidelidad de Nuestra Madre a cuantos la aman y se entregan a Ella: “aunque creas tener ya un pie en el infierno, si no te cansas de dirigirte a Ella con plena confianza, sin considerar absolutamente tu situación interior, debes estar tranquilo, porque sin duda no perecerás”. Renovemos tantas veces como podamos nuestra consagración a la Santísima Virgen María e incentivemos el deseo de amarla cada día más. Ella velará por nuestras almas y se encargará de conducirlas dulcemente y directamente al Corazón de su Divino Hijo.

 

Nuestra Madre nos ofrece su Escapulario del Carmen para llevarnos al Cielo

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 Con inmensa alegría felicitamos hoy a Nuestra Madre querida, en su bendita fiesta de la Virgen del Carmen y agradecemos el tesoro que nos ha dejado a través de su Escapulario. ¡Cuántas gracias estará derramando hoy desde el Cielo! Adentrémonos aún más en su Inmaculado Corazón para que nos desvele los privilegios divinos que, como a San Simón Stock, nos concede con esta devoción y la divulgación del Escapulario del Carmen, incomensurable don para las almas.

            Aprovechemos la festividad de este sábado para recordar los beneficios de esta arma tan poderosa para ir al Cielo, que nos viene de las amorosas manos de Nuestra Madre Santísima. La Inmaculada le entregó el Escapulario del Carmen a San Simón Stock (general de la Orden Carmelita desde el año 1246). El santo sabía que en aquellos tiempos le quedaba poco tiempo a la Orden, sin una intervención de la Virgen María, así que recurrió a Ella, poniendo la Orden bajo su amparo. La Inmaculada respondió a su petición el 16 de julio de 1251. Se apareció a su querido hijo carmelita y le hizo entrega del Escapulario para su Orden, con la siguiente promesa: “Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los carmelitas, quien muera usando el escapulario no padecerá el fuego del infierno”. El uso de este Escapulario se fue extendiendo, no sólo a la Orden Carmelita, sino a fieles de la Iglesia entera.

            En el año 1322, el Papa Juan XXIII tuvo una aparición de la Virgen Santísima. Nuestra Señora le reveló en esta aparición lo que tradicionalmente se conoce como “privilegio sabatino”, con la promesa de que, por intercesión suya, libraría del Purgatorio el primer sábado después de la muerte a todos los que llevasen el Escapulario del Carmen. Habría que subrayar, que no se trata de nada mágico, ni nada por el estilo, sino que este Escapulario es un signo de consagración a la Virgen, con el compromiso que conlleva de querer amarla cada día más, imitarla y darla a conocer a todas las almas posibles. Como tantas veces nos recuerda nuestro querido San Maximiliano María Kolbe, se trata de conquistar el mundo entero para el Sagrado Corazón de Jesús, a través de la Inmaculada.

 

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El perfume de la santidad en el Jardín de la Inmaculada

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“... Comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas, y que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan a la humilde violeta su perfume ni a la margarita su encantadora sencillez.  Comprendí que si todas las flores quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral y los campos ya no se verían esmaltados de florecillas… Eso mismo sucede en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha querido crear grandes santos, que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira a sus pies.  La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos… Comprendí también que el amor de Nuestro Señor se revela lo mismo en el alma más sencilla que no opone resistencia alguna a su gracia, que en el alma más sublime. Y es que, siendo propio del amor el abajarse, si todas las almas se parecieran a las de los santos doctores que han iluminado a la Iglesia con la luz de su doctrina, parecería que Dios no tendría que abajarse demasiado al venir a sus corazones. Pero él ha creado al niño, que no sabe nada y que sólo deja oír débiles gemidos; y ha creado al pobre salvaje, que sólo tiene para guiarse la ley natural. ¡Y también a sus corazones quiere él descender! Éstas son sus flores de los campos, cuya sencillez le fascina… Abajándose de tal modo, Dios muestra su infinita grandeza. Así como el sol ilumina a la vez a los cedros y a cada florecilla, como si sólo ella existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa también Nuestro Señor de cada alma personalmente, como si no hubiera más que ella. Y así como en la naturaleza todas las estaciones están ordenadas de tal modo que en el momento preciso se abra hasta la más humilde margarita, de la misma manera todo está ordenado al bien de cada alma…” (Historia de un alma, Santa Teresita del Niño Jesús).

San Maximiliano tenía una devoción especial por Santa Teresita de Lisieux. Además de citarla en numerosas conferencias, el P. Kolbe hizo un pacto con la santa carmelita: él la pondría en el altar en cada Eucaristía y a cambio ella se ocuparía de sus misiones. Sólo el Cielo conoce la íntima comunión que compartirían la Patrona de las Misiones y el P. Kolbe, comunión que ahora continúan desde el Paraíso, junto a la Inmaculada. ¿Por qué no continuar desde la Milicia de la Inmaculada (MI) este “pacto” que hizo San Maximiliano con Santa Teresita? Acerquémonos a esta Doctora de la Iglesia que nos revela la santidad a través del “caminito del amor” y pidámosle que, junto al P. Kolbe, siga ocupándose de la misión de la MI. Reconozcámonos “florecillas” del jardín de María creadas por Nuestro Padre Celestial e inundemos el mundo entero del perfume más bello, el perfume de la santidad, el perfume de la Inmaculada.

 

La Inmaculada, nuestra “mayor alegría” en la vida y en la muerte

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El amor a María de Santo Domingo Savio y San Maximiliano Kolbe nos revela la fidelidad de la Madre de Dios

 

            En la fiesta de hoy, primer sábado de mes, día consagrado especialmente a Nuestra Señora, nos unimos a la intención de San Maximiliano María Kolbe de acrecentar nuestro amor a la Inmaculada, nuestra “mayor alegría”, como afirmaba el pequeño Santo Domingo Savio. Las memorias de San Juan Bosco recogen un precioso testimonio del insondable amor de la Santísima Virgen por sus amados hijos:

            Santo Domingo Savio, el famoso alumno de San Juan Bosco, que murió a los 13 años, fue una noche a visitar a Don Bosco en sueños, y éste le preguntó:

-         Dime, ¿cuál fue tu mayor consuelo cuando estabas a punto de morir?

-         ¿A ti qué te parece?, fue la respuesta de Domingo.

            Entonces, Don Bosco empezó a decir: haber vivido una vida tan pura, haber acumulado tantos tesoros en el cielo por sus buenas obras y así sucesivamente; pero a todas estas sugerencias, Domingo sacudía la cabeza negativamente con una sonrisa.

-         ¡Venga, dímelo!- insistió Don Bosco, un poco desconcertado por su fracaso-. ¿Qué fue?

-         Cuando me moría, lo que más me ayudó y me dio la mayor alegría, fue el amor inmenso y delicado y la maravillosa ayuda de la Madre de Dios. Dile a tus hijos que nunca dejen de estar cerca de Ella durante toda su vida. ¡Pero date prisa, el tiempo se acaba! (“40 sueños de San Juan Bosco”. Memorias de San Juan Bosco).

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            Como Santo Domingo Savio, el P. Kolbe nos alienta a acercarnos y a acercar a todas las almas a Nuestra Dulce Madre. Y también como el santo discípulo de Don Bosco, San Maximiliano “tiene prisa” por que la Virgen Santísima reine en todos los corazones: “Comprometámonos todos a apresurar ese momento: ante todo y sobre todo permitiendo a la Inmaculada apoderarse de manera indivisible de nuestro corazón, y además, como instrumentos en sus manos inmaculadas, conquistando para Ella, según nuestras posibilidades, al mayor número de almas con la oración, con el ofrecimiento de nuestros sufrimientos y con el trabajo. ¡De cuánta paz y felicidad nos llenará en el momento de la muerte el pensamiento de que habremos trabajado y sufrido mucho, muchísimo por la Inmaculada...! (EK 1159).

P. Kolbe: “¡Permitamos a la Inmaculada que nos conduzca!”

Mater Amabilis

 

  Cómo diría San Maximiliano María Kolbe, “hoy es sábado”, por consiguiente, preparémonos para vivir este día dedicado a la Inmaculada de la manera que más gloria le dé: haciendo su santa voluntad; pues cumpliendo la voluntad de la Inmaculada, cumplimos la voluntad de Dios.

  El 9 de marzo de 1940, precisamente para conmemorar la fiesta mariana del sábado, en una conferencia el P. Kolbe aseguraba: “Toda la perfección en la propagación de la gloria de Dios consiste en que sepamos ser instrumentos de la Inmaculada, su propiedad”. Añadía que “nuestra vida interior ha de ser de tal modo que podamos ser instrumentos en las manos de la Inmaculada, es decir, que le dejemos que nos conduzca en todo”. Cierto es que a menudo la corriente del mundo exterior no nos facilita escuchar el Corazón de Nuestra Madre… Otras ocasiones nuestra propia voluntad crea un “impermeable” que no deja empapar nuestras almas de la lluvia de gracias que Nuestra Señora nos da. Como también reconocía San Maximiliano: “es verdad que somos débiles y que con frecuencia nos sentimos sin fuerzas; pero el único remedio que tenemos para todas nuestras debilidades es abandonarnos completamente en la Inmaculada”. E insistía: “Permitámosle que nos guíe”.

  El viernes anterior (8 de marzo de 1940), con la intención de preparar la fiesta del sábado, alentaba a sus hermanos franciscanos a dejarse conducir por María Santísima: “¿Qué valor tendría el cincel que anduviera por su cuenta en las manos del escultor? Jamás podría conseguirse con él el objetivo deseado. ¿Qué valor tendría la pluma si también fuese ingobernable en las manos del escritor? Tendría que ser dejada a un lado, porque sería inútil para conseguir su objetivo”. En este sentido, indicaba que “por esa razón también nosotros debemos dejar de dar coces en las manos de la Inmaculada, debemos dejar de razonar, de pensar y de prever a nuestro modo”.

  Por muchos que sean los obstáculos, por duras que sean las pruebas, por profundo que sea el sufrimiento… Basta un solo suspiro, un “María” de corazón y Nuestra Madre acudirá en nuestro auxilio y nos guiará en cualquiera que sea nuestra empresa. “El mundo entero y todos los diablos juntos nada pueden en contra de la voluntad de Dios – remarcaba San Maximiliano. – Por eso, permitamos a la Inmaculada que nos conduzca! Si Ella permite que algo nos pase, lo hará para mayor bien nuestro. Somos la levadura a la que, a su tiempo, hay que añadir harina para que fermente toda la masa”.

  “Permitámosle a la Inmaculada que nos guíe, démosle la posibilidad de que nos utilice en su obra como un instrumento cada vez más dócil”- aconseja el P. Kolbe. Ésa es nuestra libertad: pertenecer a María. Seamos ese cincel y esa pluma de las que nos habla el santo mártir de la caridad, siempre en las manos de María. Las manos de la Inmaculada: dulces, amorosas, puras y santas manos, tantas veces Paraíso del Niño Jesús, que se nos ofrecen cada día como Paraíso nuestro. ¿Podríamos hallar en esta Tierra mayor tesoro? Las santas manos de la Inmaculada nos conduzcan siempre para que Dios sea glorificado y sean ellas las que nos acerquen cada día más al Corazón de Jesús, pues… ¿qué podría desagradarle al Señor, que venga de su Santísima Madre? En tus manos estamos, María, reposo, morada y alegría de nuestras almas.