Carta de nuestro nuevo Asistente Nacional de la M.I.

Con motivo de la fiesta de hoy de San Maximiliano Kolbe, nuestro nuevo Asistente Nacional de la Milicia de la Inmaculada en España, Fray Abel García-Cezón; nos ha escrito la siguiente emotiva carta.

 

Granollers, 13.08.2016
¡Siempre con la Inmaculada!

Queridos mílites: paz y bien en el Señor.

Quisiera desearos con estas líneas una feliz y santa fiesta de nuestro amado san Maximiliano María Kolbe, mártir de la caridad, cuyo testimonio de santidad nos preparará a la gran solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma al cielo. Preciosas fiestas que nos llenan de consuelo, de esperanza y de alegría en el Señor porque “eterna es su misericordia” (Sal 135). Quizás la mayoría de vosotros estéis también disfrutando de unos días de descanso con vuestras familias. ¡Aprovechad al máximo este tiempo tan hermoso y necesario! Celebremos con fervor, allá donde nos encontremos, la solemnidad de la Asunción de la Virgen como nos sugiere san Maximiliano: renovando nuestra consagración a ella. Como bien sabéis, consagrarse a la Inmaculada es entregarle toda la vida, pasado, presente y futuro, tiempo y capacidades; es querer caminar con ella hacia la santidad; es aceptar el reto de pronunciar un “sí” valiente y firme al Señor, como ella, en cada momento y circunstancia. Ella es el mejor y más seguro camino para ser de Cristo y para aprender a servir a los hermanos. La Iglesia aplica a María estas palabras del Apocalipsis: “Apareció una figura portentosa, una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas...”.

Con estas imágenes magníficas se nos quiere ayudar a descubrir la belleza de la Inmaculada, revestida con la misma gloria de Dios. Junto a este signo, dice san Juan, apareció otro: “Un enorme dragón”, fortísimo, con una manifestación impresionante e inquietante de poder sin gracia, sin amor, de egoísmo absoluto, de terror. San Agustín dice que toda la historia humana es una lucha entre dos amores: el amor de Dios hasta la pérdida de sí mismo, hasta la entrega de sí mismo, y el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hasta el odio de los demás. Esta misma interpretación de la historia, como lucha entre dos amores, entre el amor verdadero y el “falso amor” que es el egoísmo, es lo que nos enseña la lectura del Apocalipsis. En el momento en el que san Juan escribió el Apocalipsis, el dragón se materializaba en el poder de los emperadores romanos anticristianos. Este poder parecía ilimitado; ante él la Iglesia daba la impresión de ser una mujer indefensa, sin posibilidad de supervivencia y mucho menos de vencer. ¿Quién podía oponerse a este poder que parecía capaz de todo? Y, sin embargo, sabemos que al final venció la mujer indefensa; venció el Hijo de la humilde mujer de Nazaret; venció el amor del Padre manifestado en la locura de la cruz de su Hijo y el imperio romano se abrió a la fe.

También hoy existe el dragón bajo nuevas formas mucho más sofisticadas. Existe en la forma de algunas ideologías o estilos de vida que nos dicen: mira, es inútil pensar en Dios; es absurdo cumplir con los mandamientos y tener una serie de principios morales innegociables; es absurdo seguir creyendo que nuestra vida no es fruto de la casualidad sino del querer de Alguien; es absurdo ser honesto, honrado, justo... Total: solo disfrutan de la vida los que se aprovechan, los que detentan el poder, los que utilizan cualquier estrategia, cualquier atajo, cualquier engaño, con tal de conseguir sus intereses, de asegurarse su propia vida; es absurdo defender la vida desde el primer momento hasta su final natural; estamos en otros tiempos. Lo único que vale la pena es sacar de este breve momento de la vida todo lo que se pueda vivir. ¡Esta es la vida! También ahora este dragón nos parece invencible a los cristianos, porque vemos que se ha ido infiltrando en la sociedad, en nuestras familias, en nuestra propia mentalidad, ¡casi sin darnos cuenta! Mílites, ¿de qué parte estamos en esta lucha? No cedamos, no bajemos la guardia. En Fátima, de cuyas apariciones se van a cumplir 100 años en 2017, la Virgen dijo que los tiempos modernos serían “los tiempos de la batalla decisiva”. En esta lucha, nuestro enemigo el demonio nos sugiere sutilmente que hemos de apartar a Dios para ser felices, para seguir nuestras ideas, nuestra voluntad y llegar así a ser realmente libres, hacer lo que nos apetezca sin tener que obedecer a nadie: por eso estaba en frente de la mujer, esperando a que naciera para tragárselo... Sin embargo, cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde su dignidad más verdadera, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar, abusar, manipular. ¡El hombre es grande, sólo si Dios es grande!, como nos recordó en muchas ocasiones el Papa Benedicto XVI.

La esperanza del cristiano es la victoria de Jesucristo, su muerte y su resurrección, como nos dice san Pablo, porque si no fuera así: ¡inútil sería nuestra fe y nosotros unos desgraciados! Es cierto que aún sentimos los zarpazos del pecado y de la muerte en nosotros. Y parece como si poco o nada hubiera cambiado. La Virgen María, en el misterio de su Asunción, nos asegura que no es así. No somos nosotros los que estamos heridos de muerte, sino estas realidades, destinadas a desaparecer, aunque aún sigan oscureciendo nuestra vida en la tierra. No lo olvidemos: ¡María es la mujer que ha aplastado la cabeza del dragón! La clave de todo está en “ser de Cristo”, seguirle y amarle, vivir como él nos ha enseñado, obedecer al Espíritu Santo, tener en nosotros sus mismos sentimientos, levantarse una y otra vez, después de cada caída, con la ayuda de la gracia que se nos da en los sacramentos. En la Inmaculada vemos realizado todo esto y por eso a ella le pedimos que también pueda realizarse en nosotros.

Ella participa, la primera, de la victoria de su Hijo: es glorificada en cuerpo y alma. Sí, en cuerpo y alma, es decir, toda ella, toda su existencia, porque como nos enseña la Iglesia, cuerpo, espíritu y mente están destinados a la vida. Esta es la inmensa dignidad y futuro del hombre: no estamos destinados al vacío, a la nada, a la desaparición total. Sino que Aquel que nos creó, porque nos amaba desde siempre, ha puesto en nosotros la semilla de su gloria que ni siquiera la muerte puede destruir. Lucharán contra nosotros, parecerá que nos vencen, pero la victoria es de Cristo y de los que son de Cristo. Es así que comprendemos el martirio de san Maximiliano María Kolbe: acosado, sí, pero no desesperado; perseguido, sí, pero no abandonado; derribado, sí, en el infierno de Auschwitz, pero no vencido  (Cf. 2Corintios 4, 7-15). Toda vocación tiene la promesa de ver cosas grandes. Los que aceptan entregar su vida a Dios se convierten en testigos privilegiados de las maravillas que la gracia realiza en los corazones y del triunfo del amor de Dios sobre el mal. Sin esta perspectiva sobrenatural es difícil entender el camino que a cada uno le depara su vocación. Sin esta perspectiva es difícil (¡por no decir imposible!) entender lo que el padre Maximiliano Kolbe vivió, guiado por la Inmaculada, durante toda su vida y especialmente tras las alambradas de Auschwitz.

 

Miremos a la Inmaculada, llevada al cielo, como signo de victoria del poder del amor de Dios. Dejémonos alentar por ella en la fe y pongámonos de su lado en esta lucha, porque Dios vence. Hagamos de su Corazón inmaculado nuestro refugio. La fe, como nos muestran los mártires, aparentemente débil, es la verdadera fuerza que transforma el mundo. Digamos con toda la Iglesia:

“Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros,
pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.
San Maximiliano María Kolbe, ¡intercede por nosotros!

 

 

Os abrazo y bendigo en el nombre del Señor,

Fray Abel García-Cezón,
Asistente nacional de la MI