Homilía de fr. Joaquín Agesta, Ministro Provincial

Solemnidad de Pentecostés

Celebración eucarística de la vigilia.

1ª Asamblea de la M.I. en España

Madrid, 22 de mayo de 2010

1. Con la solemnidad de Pentecostés, como cada año, terminamos el Tiempo Pascual, que nos renueva en nuestra vocación de testigos y discípulos del Resucitado. ¡Esta es la experiencia central de nuestra fe, sin la que no tienen sentido ningún anuncio que podamos hacer los creyentes en Jesucristo! Sin penetrar cada año con mayor verdad en este misterio, todo nuestro decir y nuestro obrar suena a hueco.

2. La comunidad de Jesús, reunida y sostenida por la fe maternal y eclesial de María, la Madre de Jesús, recibe el Espíritu de la promesa; el fruto de la muerte redentora del Señor fue el cumplimiento de las promesas, y la realización de la Nueva y Eterna Alianza, que nos lleva a vivir en comunión con la Trinidad; una comunión vivificadora, como verdaderos hijos, y es este acontecimiento, el punto de partida de la gran misión universal de la iglesia hasta el fin del mundo.

3. Un misterio tan grande y luminoso, en la fragilidad y pequeñez de un “pequeño resto” como tantas veces en la historia de Israel, y como nos lo ha anunciado el profeta Joel. Dios realiza su salvación siempre con mediaciones sencillas y con fidelidades inquebrantables, como la de María, que alentaba con su ejemplo y su fe a aquella iglesia naciente. Necesitaban aquellos discípulos, como nosotros, crecer y madurar su fe, y no podrían hacerlo sin fortalecer su amor a Jesucristo de una forma nueva y definitiva. Sólo el Espíritu será capaz de actualizar la presencia viva de Jesús de un modo nuevo, y de sostener la misión y el amor de los discípulos, recordándoles sus palabras, infundiendo en ellos fortaleza, y haciendo posible que la Buena Noticia del Evangelio de sus frutos… los que Dios quiera y cuando Dios quiera.

4. La iglesia investida de la fuerza del Espíritu Santo, guiada por su presencia está llamada a invitar a todos los hombres y mujeres a beber de las fuentes de la salvación, en el pecho abierto del Crucificado que es el Resucitado, pero sólo se hará creíble en sus propuestas e invitaciones, si en su vivir, y en sus relaciones se transparentan los frutos de este mismo Espíritu que la habita y la santifica: la alegría, la paz, la comprensión, la servicialidad, la bondad, la lealtad, la amabilidad, y el dominio de sí, según nos recuerda la carta a los Gálatas en su capítulo quinto (Ga 5, 16. 22-23ª. 25). Son los frutos de la Nueva Humanidad que todos anhelamos en lo profundo de nuestro ser y que son el fruto inequívoco de una verdadera liberación y testimonio certero de que hemos llegado a ser, y nos vivimos a nosotros mismos, como hijos e hijas de Dios.

5. El Espíritu Santo seguirá saciando nuestra sed, haciendo viva en nuestra existencia la presencia de Cristo, verdadera agua viva que hemos de tomar y anhelar con verdadera pasión, y ofrecer al mismo tiempo, a tantos sedientos y cansados en los caminos de la vida por los que transitamos cada día. ¡Sólo en Él está la vida, trabajemos para que todos puedan beneficiarse de ella, esa es la misión que nos confía la iglesia! De la mano de María, verdadera aurora de la redención, hemos de aprender a hacer “lo que Él nos diga” ¿quién buscará con mayor ahínco la salvación de todos los hijos de Dios más que Ella, a la que le fueron confiados a los pies de la cruz, y a los que aprendió a amar como a su propio Hijo?

6. Celebramos la conclusión de este primer congreso de la MI en España; queremos dar gracias al Señor por nuestro hermano S. Maximiliano Kolbe, verdadero apóstol y evangelizador tan cercano a nosotros en nuestra historia más reciente, y en nuestra vocación franciscana conventual, que a través del amor a María gastó su vida entera por el Reino de Dios y abrió, en la iglesia un camino seguro de identidad cristiana, a través de la devoción e identificación con la Inmaculada Virgen María.

7. Que la celebración de la eucaristía selle en esta tarde de Pentecostés, tantas intuiciones y deseos de esta iglesia peregrina que formamos los que hemos compartido esta jornada, y que, han de ser maduradas con fe y con el don del Espíritu Santo; no dejará María de estar alentando nuestro camino, como en el primer Pentecostés.