Centenario M.I.

Hoy, hace cien años, nacía la Milicia de la Inmaculada

16.10.1917

Anochecía ya en aquella tarde del miércoles 16 de octubre de 1917. Asomémonos ahora a la celda de uno de los frailes estudiantes del Colegio Seráfico Internacional, regentado por los frailes franciscanos conventuales en la Vía San Teodoro 42 en Roma. A puerta cerrada, “casi furtivamente”, alrededor de una mesa o tabique rectangular con una pequeña estatua de la Inmaculada, entre dos velas encendidas, se hallaban junto a Maximiliano Kolbe, los jóvenes padres franciscanos José Pedro Pal, Quirico Pegnalberi y Antonio Mª Glowinski, así como los frailes clérigos Antonio Mansi, Enrique Granata y Jerónimo Biasi. Cuatro italianos, dos rumanos y un polaco. Jovencísimos, hijos todos ellos de San Francisco de Asís. En sigilo, pero habiendo recabado el permiso de sus superiores y de su director espiritual, estaban fundando una asociación, la Militia Immaculatae:

«Después de una oración introductoria fue leída una carta del confesor del Santo Padre, el P. Alejandro Basile: en ella declaraba que presentaría la causa de la Milicia de la Inmaculada al Vicario de Cristo. Luego se leyó el proyecto del “programa”; fin, medios, condiciones. Discusión sobre cada uno de estos puntos y al final se decide mediante votación. Se consultan mucho, pero en las caras de todos se reflejan la serenidad, la confianza y un amor dispuesto a sacrificarse por la salvación de las almas por medio de la Inmaculada, y además la preocupación por buen planteamiento de la causa» (EK 1040).

Aquella noche de hace justamente cien años el celoso ideal de los jóvenes franciscanos se consignó en este boceto de estatutos o programa, sencillo pero ambiciosísimo:

«”Ella quebrantará tu cabeza” (Gn 3, 15). “Tú sola has vencido y destruido todas las herejías en todo el mundo! (Oficio de la Virgen).

I.- FIN: Procurar la conversión de los pecadores, de los herejes, de los cismáticos, etc., en particular de los masones; y la santificación de todos bajo el patrocinio y por mediación de la Inmaculada.

II.- CONDICIONES: 1) Total entrega de sí mismo a la Inmaculada, poniéndose como como instrumento en sus manos inmaculadas, y 2ª.) Llevar la Medalla Milagrosa.

III.- MEDIOS: 1°) Orar cada día a la Inmaculada, siempre que sea posible, con esta jaculatoria: «Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos y por todos los que a Vos no recurren, especialmente por los masones». 2°) Usar todos los medios legítimos, según las posibilidades en los diferentes estados y condiciones de vida, en las que ocasiones que se presenten; lo que se deja al celo y a la prudencia de cada uno; el medio más especial sea la difusión de la Medalla Milagrosa.

V. Concédeme (concédenos) alabarte, oh Virgen Santísima.

R. Dame (danos) fuerza contra tus enemigos» (EK 21).

Hace cien años, la celebración del 75 aniversario de la conversión del judío Alfonso de Ratisbona el 20 de enero de 1917 y poco después, el 17 de febrero de 1917, la procesión masónica plantada ante las mismísimas puertas del Vaticano habían impresionado profundamente el ánimo de San Maximiliano. En una Europa inmersa en la I Guerra Mundial, la Revolución bolchevique y marxista pretendía erradicar la religión, a la que consideraba como "opio del pueblo". En la otra punta del continente europeo, en Fátima, sin embargo Nuestra Señora prometía a unos pequeños pastorcitos que su Corazón Inmaculado iba a triunfar.

  Ante la audacia de los enemigos de la Iglesia Católica (en una Roma cuyo alcalde, Ernesto Nathan, era masón declarado), el joven Kolbe sentía la necesidad de contraatacar directamente a los servidores del mal y de la corrupción de la moralidad. Planteó a sus superiores y a su director espiritual, el jesuita Alejandro Basile, su inquietud de instituir una asociación que se empeñara en la lucha contra la masonería y los demás servidores de Lucifer:

«Obtenida la ratificación por parte de la santa obediencia, me propuse comenzar la obra. Durante un partido de fútbol empezó a salirme sangre de la boca. Me aparté y me tendí sobre la hierba. […] Estuve escupiendo sangre durante un buen rato y a continuación fui al médico. Me alegraba pensar que quizá me encontrase al final de mi vida. […] Dos semanas más tarde el médico me permitió salir por primera vez del colegio. […] Una vez confortado, cesaron los dolores y las punzadas, y por primera vez comuniqué mi idea de formar la asociación a Fr. Jerónimo Biasi y al P. José Pal […]. Sin embargo, puse como condición que cada uno de ellos interrogase ante todo a su propio padre espiritual, para cerciorarse de la voluntad de Dios. Cuando hube recobrado las fuerzas, me enviaron a Viterbo con el clérigo Fr. Antonio Glowinski, compañero mío, para pasar unas vacaciones suplementarias. En aquella ocasión Fr. Antonio Glowinski entró en la M.I. Poco después se añadieron Fr. Antonio Mansi, de santa memoria, y Fr. Enrique Granata» (EK 1278).

Por tanto, la Milicia incipiente se fue gestando durante el periodo estival de 1917 en la Villa Antoniniana o finca conocida como la Vigna, cerca de las Termas de Caracalla en Roma. Pocos años después rememoraba Kolbe: «al inicio no existía un programa determinado, nos unía sólo el deseo más o menos expreso de consagrarnos totalmente a la Inmaculada como instrumentos en sus manos inmaculadas para salvar y santificar las almas (especialmente las de los masones)» (EK 33).

Hoy, la MI en España se une a toda la Milicia de la Inmaculada en el gozo y el agradecimiento al Espíritu Santo por haber suscitado esta obra apostólica universal al servicio de la Iglesia y el reinado del Sagrado Corazón de Jesús a través de la Virgen Inmaculada. Reiteramos y renovamos como una gracia inmerecida nuestra consagración completa a nuestra Madre, como cosa y propiedad suya, para buscar la conversión y santificación de todos, comenzando por la nuestra.