Milícia de la Immaculada

Somos pertenencia de La Inmaculada


 
Volvamos a recodar nuestras raices y nuestra razón de ser para que así no caigamos en la tentación de quedarnos en nosotros mismos y nunca perdamos de vista nuestro horizonte: vaciarnos nosotros de todo para llevar a todos los hombres a Cristo, a través de María.
 
¿Qué es la Milicia de La Inmaculada?
 
La Milicia de la Inmaculada es un humilde modo de vida cristiana,
de los muchos que propone la Iglesia,
para nuestra conversión personal y así llegar a ser santos,
y fundada por San Maximiliano Kolbe.
Nuestra raíz y fundamento es la entrega total a La Virgen Inmaculada,
a través de su Consagración a Ella.
Por la Consagración a la Inmaculada pasamos a ser total pertenencia suya.
¿Por qué nos consagramos a María?
El P. Kolbe, San Maximiliano Kolbe, al igual que muchos santos, antes y después que él, no encontró un mejor y más seguro camino para llegar y pertenecer a Jesucristo que el de la entrega total y sin condiciones a la Virgen María.
 
 
"…que todos los hombres y mujeres se salven,
se conviertan a Dios, y que todos sean santos,
bajo la especial protección y mediación
de la Bienaventurada Virgen María.”
P. Kolbe

Por tanto nos consagramos a María porque nuestro fin último es amar y entregarnos a Jesucristo y hacer que todos los hombres le amen y se entreguen a Él. La Madre Inmaculada nos coge tiernamente de su mano para compañarnos en el camino de nuestra vida hasta llevarnos a Jesucristo. Su Hijo es el único bien que quiere para nosotros.

Por tanto el fin de la Milicia de la Inmaculada es Jesucristo, al que llegamos através de su Madre Inmaculada.
Pero en esta vida el camino hasta su Hijo…llega a la Cruz...Por eso Nuestro Señor nos regaló a su Madre: para ayudarnos en nuestro caminar hacia Él
 
 
y entonces.... ¿Qué implica en nuestra vida Consagrarnos a La Virgen Inmaculada?
 
Consagrarse a la Inmaculada es entregarle toda nuestra vida, pasado, presente y futuro, nuestra alma y nuestro cuerpo, nuestro tiempo y nuestras capacidades.
 
Consagrarse a la Inmaculada es volverse “loco” por pertenecerle a Ella, es aceptar el reto de hacer algo que por nosotros mismos no podemos.

Consagrarse a la Inmaculada es confiar ciegamente en Ella, es dejarse habitar por Ella, es saber que es el mejor y más seguro camino para pertenecerle a Jesucristo y por Él a Dios Padre en el Espíritu Santo.
 
Consagrarse a la Inmaculada es vivir con la alegría de tener una Madre que te cuida en medio de todas las dificultades.
 
 
Consagrarse a la Inmaculada es dejarlo todo en sus manos, es ofrecerse a trabajar sin límites por la propia conversión y por la conversión de todos, especialmente la de los que están más alejados de la Iglesia.
 
Consagrarse a la Inmaculada es ofrecerlo todo a Aquella por la que te ha llegado la Gracia y la Bendición, a Aquella por la que te llegan todas las gracias, es restituirle a Dios todo lo que te da por medio de la que todo te llega.

Y ahora después de haber recordado nuestro modo de vida, aquello que nos empuja a amar hasta la "locura" a Cristo y a María, haz esta Consagración a la Virgen cada día.
 
Hazla muy despacio, deja que algo te llegue más, te identifique más, te entregue más, que nada te asuste pues todo es por amor del verdadero; si algo no te suena bien, o no lo entiendes, indaga, pregunta, espera, pues ¡tantos han progresado en la santidad por este medio!
 
Oración de Consagración diaria a la Inmaculada

Virgen Inmaculada, Madre mía y Madre de la Iglesia
yo me consagro a ti hoy y por siempre
para que tú dispongas de mí para el bien de mis hermanos.
Solo te pido, Madre mia y Madre de la Iglesia, poder colaborar fielmente contigo
para que se extienda el Reino de tu Hijo por el mundo.
Te ofrezco por tanto, ¡Corazón Inmaculado de María!
todas mis actividades oraciones y sacrificios de este dia

(intención mensual de la MI o cualquier intención personal)

¡ Oh María sin pecado concebida,
ruega por nosotros que recurrimos a ti
y por cuantos a ti no recurren,
en particular por los alejados de la Iglesia
y por cuantos a ti son encomendados !
 

Intención Mensual MI 2015 - Febrero

Seguimos con la serie de intenciones mensuales que desde la casa madre de la Milicia de la Inmaculada Internacional nos ofrecen a lo largo de estos 12 meses del 2015

Para que la Cuaresma

sea la preparación a una alegría profunda

y de comunión con Dios

Alegría y penitencia son realidades que pueden convivir: de eso estaba convencido San Maximiliano Kolbe, según el cual la renuncia no debe ser motivo de tristeza, en la medida en que se reduce la fuerza del orgullo y del egoísmo que actúan en nosotros. En esta perspectiva el ayuno y las iniciativas típicas del tiempo de cuaresma se convierten en ocasiones de alegría, desde el momento en que hacen al creyente más libre de las propias ataduras y más disponible a dejarse plasmar por la obra del Espíritu Santo.

Significativas son las palabras que siguen, extraídas de una conferencia del santo polaco: «Ayer encontré, durante el viaje, a un japonés. Hablamos de la fe y me preguntó si la fe católica no es demasiado difícil. Le respondí que no. Es cierto que hay cosas un poco en contra y desagradables para nuestra naturaleza como la penitencia, el ayuno, la confesión… pero el amor a Dios hace que el alma goce cuando puede ofrecer a Dios las pruebas de su amor a Él, aún si les resultan difíciles» (CK 191).

 

También si cuesta, la penitencia es fuente de abundantes frutos de conversión además de representar una maravillosa forma de ofrecimiento al Señor. El «yo» del hombre tiende a hacerse valer, a hacer de patrón y eso es un obstáculo para el camino de santificación. San Maximiliano es del parecer que no solo las mortificaciones voluntarias son muy útiles para reforzar al hombre en la humildad y en la máxima dependencia de Dios, sino también las pruebas que «llueven» de modo imprevisto y providencial. Todo lleva a hacer del corazón del creyente manso y confiado en el amor divino, misericordioso y providente. Realmente emblemáticas son las palabras que siguen, extraídas de una carta escrita a los hermanos en 1937: «Es evidente que tenemos que estar en guardia, ya que más de una vez el amor propio, nuestro “yo” se rebelará. Las dificultades más diversas, las tentaciones, las contrariedades, a veces casi nos superarán. Pero si las raíces se hunden cada vez más en la tierra y la humildad arraiga cada vez más profundamente en nosotros de manera que nos fiemos cada vez menos de nosotros mismos, entonces la Inmaculada hará que todo sea para nosotros un aumento de méritos. Sin embargo, son indispensables las pruebas y sin duda vendrán, ya que el oro del amor debe purificarse en el fuego de las aflicciones. Es más, el sufrimiento es el alimento que refuerza el amor» (EK 755).

 

El Santo se encuentra aquí en una fase de gran madurez espiritual. Su camino se encuentra en el vértice de su expresión y por esto puede dar sugerencias de vida interior particularmente incisivas. Penitencia significa combatir la buena batalla espiritual contra las tentaciones externas a la propia persona, pero también contra la fragilidad que puede ser causa de alejamiento del proyecto de Dios.

Es fundamental el abandono en el Señor, confiarse a la protección materna y eficaz de la Inmaculada poniéndose en una escucha dócil de la Voluntad de Dios.

La humildad es particularmente importante para no absolutizar nuestros dones y para vivir completamente abandonados al amor inmenso del Altísimo. Los momentos de cruz y de prueba refuerzan este proceso de confianza en el Omnipotente.
Y entonces, ¿cómo será nuestra Cuaresma? ¿Será un tiempo de tristeza? ¡Ciertamente no! Este periodo será particularmente propicio para una serena y continua verificación de nuestro camino para que podamos individualizar manchas e imperfecciones a podar y las virtudes y compromisos para potenciar. Estos cuarenta días serán vividos bajo el signo de la alegría que nace de la conciencia de quien tiene la posibilidad de hacer un gran salto adelante en el progreso espiritual. Nos comprometeremos, lucharemos, sufriremos, seguros de que el fruto será grande en los términos de crecimiento de nuestra comunión con el Señor.

 

Kolbe nos ofrece una última e importante clave acerca de nuestro itinerario penitencial: «El recorrido de la propia vida está cubierto de pequeñas cruces. Aceptación de tales cruces con espíritu de penitencia: este es un vasto campo para el ejercicio de la penitencia» (EK 1303). Él nos recuerda, además, la importancia de la alegría que vence a la tristeza: «[…] A San Francisco no le gustaban los frailes tristes. Sin embargo, la tristeza le puede suceder a cualquiera. […] Se trata de la tristeza que es fruto del caos, de la confusión. En el libro La imitación de Cristo el amor propio es definido como la causa de la tristeza. El alma olvida que Dios gobierna todo y permite todo. Dios nunca permite un mal, si no tuviese como fin un bien mayor» (CK 111). Vivamos a pleno la acogida gozosa de cada situación en la cual será posible un renacimiento espiritual determinado por un crecimiento en la humildad y en el enraizarse  en Dios.

 

Para reflexionar

-    ¿Estamos listos para una Cuaresma en la cual puedan convivir las dimensiones de la penitencia y de la alegría, según la enseñanza de San Maximiliano?
-    ¿Cuáles son los aspectos «oscuros» de mi camino que desearía modificar y mejorar?
-    ¿Cuáles son las virtudes que ya practico y quisiera ver perfeccionadas?
-    ¿Estoy dispuesto a aceptar las pruebas, consciente que pueden contribuir a mi crecimiento?
-    ¿Mi vida de oración y las elecciones que realizo contribuyen a alimentar en mi el abandono en Dios?

 

Intención Mensual MI 2015 - Enero

Ha comenzado un nuevo año y con él vamos a ir acompañados de María en todo momento.
 
 
Desde la casa madre de la Milicia de la Inmaculada Internacional nos ofrecen a lo largo de estos 12 meses del 2015 una serie de intenciones, que en el fondo son virtudes que como cristianos tenemos que seguir cultivando toda nuestra vida, para que las vayamos reflexionando y llevando a nuestras vidas.
 
Al comienzo de cada mes iremos publicando esas intenciones en nuestra web.
 
Como mensaje e intención que debemos grabar en nuestro corazón para todo este año 2015, tenemos el de nuestro Asistente Internacional de la Milicia de la Inmaculada, el Padre Raffaelle Di Muro:

"Para que los que creen en Jesús
tengan la certeza
de que es posible alcanzar la unidad
a través de gestos cotidianos de comunión"
 
 
La comunión fraterna se realiza mediante los pequeños gestos de cada día. Lo enseña San Maximiliano Kolbe, cuya experiencia espiritual se caracterizó por una infinidad de actitudes simples que siembran comunión. Pensando en su experiencia en Roma, entre 1912 y 1917, el joven franciscano y futuro mártir de la caridad favorece la comunión entre sus jóvenes hermanos que en él ven un modelo de caridad y paciencia. Lo admiran por las calles de Roma, durante el paseo comunitario de los frailes en formación, en el reprender delicadamente a cuantos blasfeman y se dejan llevar por estas expresiones. Lo que sorprende es su sensibilidad y el deseo profundo de que todos conozcan el amor del Señor y de la Inmaculada.
 
 
Lo vemo como un joven fraile comprometido en la actividad de la prensa en Niepokalanów, en el sostener con gestos delicados y sinceros a sus hermanos comprometidos en el trabajo apostólico y en las fatigas de la vida en el convento. Los frailes que vivieron con él en la Ciudad de la Inmaculada polaca atestiguan que cada uno de los numerosos religiosos que compartieron su misión tenían por él un gran afecto y estima: a todos amaba y buscada valorizar a partir de los talentos de cada uno. Un día, mientras tenía el servicio de guardián se dio cuenta que los hermanos panaderos se arriesgan a enfermarse debido a su agotadora actividad física y compra para ellos una máquina amasadora que todavía hoy se utiliza para confeccionar el pan. Aquella maquinaria rudimentaria es un himno a la bondad y al cuidado del santo que se manifiesta en las pequeñas vivencias de cada día.
 
En Auschwitz ayuda a todos los que tienen dificultades físicas y espirituales acompañando de diversos modos a aquellos que eran mayormente probados. Los que han conocido a Maximiliano en el campo de concentración atestiguan que la luz de la caridad se irradiaba aún antes del acto supremo del martirio. El amor del Padre Kolbe es capaz de irradiar sentimientos de unidad y hacer reinar la armonía también entre personas de credos y procedencias diferentes. Eso ocurre en Japón cuando está comprometido con el trabajo de la prensa y en la difusión de El Caballero de la Inmaculada. Sus primeros colaboradores son de procedencias y pensamientos muy diferentes de las suyas, sin embargo logra instaurar armonía y equilibrio a través de las pequeñas y significativas acciones de profunda caridad. San Juan Pablo II afirmó justamente: «Desde los años de la juventud lo invadía un gran amor a Jesús y un gran deseo de martirio. Este amor y este deseo lo acompañaron a lo largo del camino de su vocación franciscana y sacerdotal, a la cual se preparaba tanto en Polonia como en Roma. Este amor y este deseo lo siguieron a través de todos los lugares del servicio sacerdotal y franciscano en Polonia, y también en el servicio misionero en Japón» (Homilía en ocasión de la canonización de San Maximiliano Kolbe, n. 4).
 
 
El testimonio del Padre Kolbe va en esta dirección: día a día estamos comprometidos a construir con paciencia una «telaraña» de pequeñas actitudes de bondad que contribuyen a difundir sentimientos de unidad. La comunión fraterna se favorece también hacia aquellos que pueden ser considerados «enemigos». Son muy fuertes estas expresiones de San Maximiliano, escritas en El Caballero de la Inmaculada (en su edición polaca) en diciembre de 1922, donde extiende su benevolencia no solo a quienes sostienen la revista sino también a aquellos que se oponen: «Damos muchas gracias y un cordial “Dios se lo pague” a través de la Inmaculada a todos aquellos que de alguna manera, con el consejo, la pluma, o cualquier actividad han ayudado al Caballero en su lucha por los más altos ideales espirituales. Sin embargo, nosotros no deseamos lo mejor solo para estas personas. Con la misma caridad nos dirigimos a quienes han sido enemigos del Caballero e incluso a quienes han hecho lo posible para que no saliera. A todos ellos los perdonamos de corazón (…)» (EK 1021).
 
 
La enseñanza del mártir polaco es particularmente luminosa para las personas de hoy, a menudo «contaminadas» por la manía del egoísmo y la autoafirmación. El santo nos enseña que para construir puentes de unidad es fundamental realizar gestos cotidianos inspirados en la caridad y el máximo respeto al prójimo. En la sociedad multicultural en la que vivimos, la propuesta de Kolbe nos parece particularmente actual. Los creyentes en Cristo pueden redescubrir la belleza de la comunión entre ellos desde los más simples gestos cotidianos, que consolidan los vínculos de caridad al interno de la comunidad de los creyentes y de la sociedad en general.

Para la reflexionar
-    ¿Cuáles son los pequeños gestos mediante los cuales busco difundir sentimientos de unidad y de caridad?
-    ¿Creo en la unidad de todos los creyentes y en la armonía nueva que puede liberar a la humanidad del egoísmo y del deseo de dominio de los hermanos?
-    ¿Qué me dice el ejemplo de San Maximiliano? ¿Qué aspecto de su vida me habla de unidad?
-    ¿Mi pertenencia a la MI me estimula a ser hermano sincero y constructor de bien hacia las personas que encuentro?
-    ¿De qué manera busco superar las «barreras» que se interponen entre mí y los hermanos?
 
 
 

Intenciones MI-2014 - mes de Noviembre

Para que, al contemplar a Cristo,
recordemos que el camino de la santidad
consiste en recibirlo con pobreza de corazón.
 
 
La santidad no es solo el resultado de la aceptación de la gracia divina y de las mociones que vienen de Dios. Cuanto más el hombre colabora, más se realiza esta maravillosa participación. De la misma idea es San Maximiliano, quien se expresa de este modo: «Solo Jesús, al venir al mundo, ha indicado a la humanidad, con el ejemplo y la palabra, el camino de la verdadera santidad. La esencia de la santidad está en el amar a Dios con heroísmo. El sello que la distingue es el cumplimiento de la Voluntad Divina, que está contenida principalmente en los mandamientos de Dios y de la Iglesia y en los deberes del propio estado. El medio es la vigilancia constante sobre uno mismo con el fin de conocer sus defectos y erradicarlas, vivir la virtud, cultivarla, desarrollarla hasta el grado más elevado; luego la oración con la que el alma obtiene gracias divinas sobrenaturales, esenciales para el progreso espiritual. En todos los santos la oración ocupa el primer lugar. Los grados más importantes de la misma son: la oración vocal, la meditación y la contemplación. En este último grado algunas veces Dios llama al alma muy cerca de él y, si es así, ésta, deslumbrado por una luz sobrenatural y por el fuego de amor, entra en un éxtasis que no tiene nada en común con los encantos naturales» (EK 1001).
 

El mártir polaco nos hace comprender que para alcanzar la santidad es esencial cultivar con el Altísimo una relación de profunda e intensa comunión que le permite crear, paso a paso, un proceso de continua conversión. La Inmaculada, por su parte, es la Madre y la discípula de Jesús, que lo recibió en su seno, lo asistió durante su vida terrenal y lo acompañó hasta el Gólgota. La Virgen nos enseña a estar con Cristo, a orientar con decisión y exclusividad la vida a Él, para vivir con él una profunda y constante comunión, una comunión que es el hábitat ideal para la oración. La unión de amor con Jesús como el centro de nuestra misión nos ayuda a crecer continuamente en el camino de la oración: María nos enseña que, habiéndonos detenido por un largo tiempo en compañía de Jesús, nuestra oración está cada vez más orientada a la voluntad del Padre, y es apoyo invencible durante nuestra fidelidad y perseverancia.
 
Aquí también se hace hincapié en la humildad de María, que siempre muestra la plena cooperación con la gracia que Dios le concede, y que en Ella encuentra plena disponibilidad. En la Inmaculada emergen en particular las virtudes de la humildad y de la gratitud, que le permiten mantener una actitud de pequeñez interior tan profunda para acoger con gran disponibilidad las ayudas derivadas del amor misericordioso y providente del Altísimo.
En todo esto, Ella se revela como maestra maravillosa para todos los creyentes. La santidad es una expresión de la participación entre la gracia y el mérito: María nos ayuda a comprender la mejor manera de utilizar el apoyo divino, con el máximo compromiso y determinación.
 
 
       
Muy claras son las siguientes expresiones de Maximiliano: «Nosotros solos no somos capaces de hacer nada, salvo el mal que es precisamente ausencia de bien, de orden, de fuerza. Si reconocemos esta verdad y dirigimos nuestra mirada hacia Dios, de quien recibimos en todo momento todo lo que tenemos, veremos enseguida que Él nos puede dar aún más, y que Él, como buen Padre, puede darnos todo lo que necesitamos. Pero cuando un alma se atribuye a sí misma lo que es don divino, ¿podrá Dios colmarla con su gracia? En este caso, Él la confirmará en su opinión falsa y arrogante. Por su misericordia, entonces, Él no concede una gran cantidad de dones  y... permite incluso una caída, para que la persona conozca finalmente lo que es por sí misma, para que no se fíe solo de sí misma sino que se consagre exclusivamente a Él con plena confianza. Este es el motivo por el cual para los santos las caídas son escalones hacia la perfección. ¡Ay de quien no acepte siquiera este medicamento extremo y, permaneciendo fija en su orgullo, afirmase: "Yo no soy capaz de corregirme”, porque Dios es justo y exigirá que rindamos cuenta de toda gracia que hemos recibido!» (EK 1100).
 
 

Para reflexionar
- ¿Cómo acojo las inspiraciones del Espíritu en mi camino?
- La santidad es apertura al Señor. ¿Contemplo el ejemplo de la Inmaculada?
-  ¿Recibo la presencia de Cristo con la humildad que la Inmaculada me enseña?
- ¿Acojo la presencia del Señor, incluso cuando experimento la prueba?
- La acogida de la presencia de Cristo en mí ¿es incondicional o con hipocresía?
 
 
 
 
 
 

Intención de la MI para el mes de Septiembre-2014

 
Para que, como la Inmaculada, aprendamos a alabar al Señor
por las maravillas que continuamente realiza en nosotros.
 
En las mentes y los corazones resuenan las notas del Magníficat. María es la maestra de la gratitud, porque da gracias a Dios por todos los milagros que ha hecho en su vida. La Virgen goza de grandes privilegios: es la Inmaculada, la Madre de Dios. Ella coopera a la perfección en modo perfecto con el plan de Redención. Ella está llamada a seguir a Jesús en la vida terrenal, pero es consciente de que su vocación es un don de la misericordia divina.
 
En la Virgen admiramos su capacidad  para alabar y dar gracias a Dios. Nosotros, ¿tenemos la capacidad de dar gracias?, ¿podemos decir «gracias» a Aquel que nos ha llamado a vivir en íntima comunión con Él?. A veces, en los fieles es muy poca la percepción de la magnitud de la llamada a la vida cristiana, así como el deseo de agradecer a Dios por su estado de vida y por las gracias que se nos dan en abundancia. Nuestra predisposición para agradecer nace y es mayor si tenemos en cuenta la grandeza y la belleza de nuestra vocación. Lo importante es la llamada a vivir la cruz con Cristo. El sufrimiento físico o moral suele ser el que desencadena la crisis permanente o irreversible. Las dificultades parecen insuperables y con frecuencia causan depresión y desesperación, al punto de perder el conocimiento y la certeza de la inmensidad y el encanto de seguir a Cristo. Conformarse a Jesús quiere decir, en cambio, aceptar también los momentos de la prueba. Significa pedirle la Gracia de la perseverancia y de la fidelidad, a pesar de los momentos de dolor y de desierto.
 
 
También  la Inmaculada ha conocido las pruebas y el dolor, pero supo dar gracias a Dios por haberla elegido. Ella es la Llena de gracia, llena de la presencia y del poder de Dios, y por esto su corazón se elevó hacia el Todopoderoso en un himno de alabanza y de acción de gracias.
 
No debemos olvidar que hemos recibido una hermosa vocación: amar y servir a Dios con el poder de la gracia que viene de Él. Es verdad que a veces estamos llamados a experimentar sufrimientos intensos e incomprensibles. Recordemos, sin embargo, que también tenemos el consuelo de la gracia divina, que nos ayuda a ser fieles, perseverantes. En cada hombre el Señor hace maravillas, hace grandes cosas por las que se elevan himnos de gratitud. El peso de la cruz no debe aplastar y hacer olvidar la belleza y la grandeza de nuestra vocación. Estamos llamados a estar con Jesús y a seguirlo en todo su misterio, en todo lo que ha vivido y contado. Es una realidad que implica una gran responsabilidad por parte nuestra, pero que sigue siendo entusiasmante.
La Virgen se da cuenta de que su vida y su vocación son parte de un precioso proyecto de salvación. Dios habla al hombre a través de los siglos, a lo largo del fluir de las generaciones. Es importante recordar que estamos dentro de una tradición espiritual, somos parte de un camino consolidado a lo largo de los siglos y nos convertimos en portadores de una inspiración especial del Espíritu Santo. Ya estamos en el camino de la santidad, el sugerido por el Espíritu. A veces parece que la memoria es corta: olvidamos la historia de la cual venimos y a la que estamos llamados a enriquecer. ¡Recuperemos el gran valor de nuestra historia! El pasado nos enseña que Dios es fiel y sostiene con su gracia a aquellos a quienes Él llama a realizar un determinado proyecto.
 
 
La Inmaculada comprende que la humildad es la virtud que «abre» el corazón de Dios. Él eleva a los humildes porque ellos tienen en Él su única riqueza. Si el Señor es nuestra única riqueza, si realmente vivimos para Él, la vida se convierte en un prodigio, se convierte en la emanación de Él, de su amor, de su gracia, de su presencia entre los hombres. Cuanto más humildes somos, mayor es la manifestación del amor misericordioso de Dios en nuestras vidas. Humildad es vivir  de Dios, es concederle la máxima disponibilidad de nuestro corazón. La Inmaculada sabe que está dentro de un proyecto y con su «Sí» colabora en modo admirable con el plan de salvación. Con su agradecimiento alaba a Dios por su llamado y por los dones que emanan de su amor misericordioso y providente. En conclusión, proponemos el Magníficat de San Maximiliano, el cual agradece a Dios Trinidad por el don de la Inmaculada:
«Te adoro, oh Padre nuestro celestial, que has depositado en el seno purísimo de María a Tu único Hijo.
Te adoro, oh Hijo de Dios, porque te dignaste entrar en su vientre  y te convertiste en verdadero, real, Hijo suyo.
Te adoro, oh Espíritu Santo, porque te has dignado formar en su seno inmaculado el cuerpo del Hijo de Dio.
Te adoro, oh Santísima Trinidad, un solo Dios por haber elevado a la Inmaculada en modo tan divino.
Y no dejaré nunca, cada día, al despertarme  de adorarte con humildad, oh  Dios Trino, con el rostro en tierra,
repitiendo tres veces: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos. Amen» (SK 1305).
 
 
 
Para reflexionar
 

 
- ¿Doy gracias a Dios por el don del bautismo?
- ¿Los sufrimientos me impiden reconocer las maravillas de Dios?
- ¿Doy gracias a Dios por los «grandes cosas» que realiza en mi vida?
- ¿Soy consciente de estar dentro de un proyecto más grande que yo?
- ¿Soy consciente de la fidelidad de Dios?
- ¿Cómo vivo la virtud de la humildad?
- ¿Es Dios la riqueza más importante de mi vida?
 
 

 

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