Intención de la MI para el mes de Septiembre-2014

 
Para que, como la Inmaculada, aprendamos a alabar al Señor
por las maravillas que continuamente realiza en nosotros.
 
En las mentes y los corazones resuenan las notas del Magníficat. María es la maestra de la gratitud, porque da gracias a Dios por todos los milagros que ha hecho en su vida. La Virgen goza de grandes privilegios: es la Inmaculada, la Madre de Dios. Ella coopera a la perfección en modo perfecto con el plan de Redención. Ella está llamada a seguir a Jesús en la vida terrenal, pero es consciente de que su vocación es un don de la misericordia divina.
 
En la Virgen admiramos su capacidad  para alabar y dar gracias a Dios. Nosotros, ¿tenemos la capacidad de dar gracias?, ¿podemos decir «gracias» a Aquel que nos ha llamado a vivir en íntima comunión con Él?. A veces, en los fieles es muy poca la percepción de la magnitud de la llamada a la vida cristiana, así como el deseo de agradecer a Dios por su estado de vida y por las gracias que se nos dan en abundancia. Nuestra predisposición para agradecer nace y es mayor si tenemos en cuenta la grandeza y la belleza de nuestra vocación. Lo importante es la llamada a vivir la cruz con Cristo. El sufrimiento físico o moral suele ser el que desencadena la crisis permanente o irreversible. Las dificultades parecen insuperables y con frecuencia causan depresión y desesperación, al punto de perder el conocimiento y la certeza de la inmensidad y el encanto de seguir a Cristo. Conformarse a Jesús quiere decir, en cambio, aceptar también los momentos de la prueba. Significa pedirle la Gracia de la perseverancia y de la fidelidad, a pesar de los momentos de dolor y de desierto.
 
 
También  la Inmaculada ha conocido las pruebas y el dolor, pero supo dar gracias a Dios por haberla elegido. Ella es la Llena de gracia, llena de la presencia y del poder de Dios, y por esto su corazón se elevó hacia el Todopoderoso en un himno de alabanza y de acción de gracias.
 
No debemos olvidar que hemos recibido una hermosa vocación: amar y servir a Dios con el poder de la gracia que viene de Él. Es verdad que a veces estamos llamados a experimentar sufrimientos intensos e incomprensibles. Recordemos, sin embargo, que también tenemos el consuelo de la gracia divina, que nos ayuda a ser fieles, perseverantes. En cada hombre el Señor hace maravillas, hace grandes cosas por las que se elevan himnos de gratitud. El peso de la cruz no debe aplastar y hacer olvidar la belleza y la grandeza de nuestra vocación. Estamos llamados a estar con Jesús y a seguirlo en todo su misterio, en todo lo que ha vivido y contado. Es una realidad que implica una gran responsabilidad por parte nuestra, pero que sigue siendo entusiasmante.
La Virgen se da cuenta de que su vida y su vocación son parte de un precioso proyecto de salvación. Dios habla al hombre a través de los siglos, a lo largo del fluir de las generaciones. Es importante recordar que estamos dentro de una tradición espiritual, somos parte de un camino consolidado a lo largo de los siglos y nos convertimos en portadores de una inspiración especial del Espíritu Santo. Ya estamos en el camino de la santidad, el sugerido por el Espíritu. A veces parece que la memoria es corta: olvidamos la historia de la cual venimos y a la que estamos llamados a enriquecer. ¡Recuperemos el gran valor de nuestra historia! El pasado nos enseña que Dios es fiel y sostiene con su gracia a aquellos a quienes Él llama a realizar un determinado proyecto.
 
 
La Inmaculada comprende que la humildad es la virtud que «abre» el corazón de Dios. Él eleva a los humildes porque ellos tienen en Él su única riqueza. Si el Señor es nuestra única riqueza, si realmente vivimos para Él, la vida se convierte en un prodigio, se convierte en la emanación de Él, de su amor, de su gracia, de su presencia entre los hombres. Cuanto más humildes somos, mayor es la manifestación del amor misericordioso de Dios en nuestras vidas. Humildad es vivir  de Dios, es concederle la máxima disponibilidad de nuestro corazón. La Inmaculada sabe que está dentro de un proyecto y con su «Sí» colabora en modo admirable con el plan de salvación. Con su agradecimiento alaba a Dios por su llamado y por los dones que emanan de su amor misericordioso y providente. En conclusión, proponemos el Magníficat de San Maximiliano, el cual agradece a Dios Trinidad por el don de la Inmaculada:
«Te adoro, oh Padre nuestro celestial, que has depositado en el seno purísimo de María a Tu único Hijo.
Te adoro, oh Hijo de Dios, porque te dignaste entrar en su vientre  y te convertiste en verdadero, real, Hijo suyo.
Te adoro, oh Espíritu Santo, porque te has dignado formar en su seno inmaculado el cuerpo del Hijo de Dio.
Te adoro, oh Santísima Trinidad, un solo Dios por haber elevado a la Inmaculada en modo tan divino.
Y no dejaré nunca, cada día, al despertarme  de adorarte con humildad, oh  Dios Trino, con el rostro en tierra,
repitiendo tres veces: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos. Amen» (SK 1305).
 
 
 
Para reflexionar
 

 
- ¿Doy gracias a Dios por el don del bautismo?
- ¿Los sufrimientos me impiden reconocer las maravillas de Dios?
- ¿Doy gracias a Dios por los «grandes cosas» que realiza en mi vida?
- ¿Soy consciente de estar dentro de un proyecto más grande que yo?
- ¿Soy consciente de la fidelidad de Dios?
- ¿Cómo vivo la virtud de la humildad?
- ¿Es Dios la riqueza más importante de mi vida?