Intenciones MI-2014 - mes de Noviembre

Para que, al contemplar a Cristo,
recordemos que el camino de la santidad
consiste en recibirlo con pobreza de corazón.
 
 
La santidad no es solo el resultado de la aceptación de la gracia divina y de las mociones que vienen de Dios. Cuanto más el hombre colabora, más se realiza esta maravillosa participación. De la misma idea es San Maximiliano, quien se expresa de este modo: «Solo Jesús, al venir al mundo, ha indicado a la humanidad, con el ejemplo y la palabra, el camino de la verdadera santidad. La esencia de la santidad está en el amar a Dios con heroísmo. El sello que la distingue es el cumplimiento de la Voluntad Divina, que está contenida principalmente en los mandamientos de Dios y de la Iglesia y en los deberes del propio estado. El medio es la vigilancia constante sobre uno mismo con el fin de conocer sus defectos y erradicarlas, vivir la virtud, cultivarla, desarrollarla hasta el grado más elevado; luego la oración con la que el alma obtiene gracias divinas sobrenaturales, esenciales para el progreso espiritual. En todos los santos la oración ocupa el primer lugar. Los grados más importantes de la misma son: la oración vocal, la meditación y la contemplación. En este último grado algunas veces Dios llama al alma muy cerca de él y, si es así, ésta, deslumbrado por una luz sobrenatural y por el fuego de amor, entra en un éxtasis que no tiene nada en común con los encantos naturales» (EK 1001).
 

El mártir polaco nos hace comprender que para alcanzar la santidad es esencial cultivar con el Altísimo una relación de profunda e intensa comunión que le permite crear, paso a paso, un proceso de continua conversión. La Inmaculada, por su parte, es la Madre y la discípula de Jesús, que lo recibió en su seno, lo asistió durante su vida terrenal y lo acompañó hasta el Gólgota. La Virgen nos enseña a estar con Cristo, a orientar con decisión y exclusividad la vida a Él, para vivir con él una profunda y constante comunión, una comunión que es el hábitat ideal para la oración. La unión de amor con Jesús como el centro de nuestra misión nos ayuda a crecer continuamente en el camino de la oración: María nos enseña que, habiéndonos detenido por un largo tiempo en compañía de Jesús, nuestra oración está cada vez más orientada a la voluntad del Padre, y es apoyo invencible durante nuestra fidelidad y perseverancia.
 
Aquí también se hace hincapié en la humildad de María, que siempre muestra la plena cooperación con la gracia que Dios le concede, y que en Ella encuentra plena disponibilidad. En la Inmaculada emergen en particular las virtudes de la humildad y de la gratitud, que le permiten mantener una actitud de pequeñez interior tan profunda para acoger con gran disponibilidad las ayudas derivadas del amor misericordioso y providente del Altísimo.
En todo esto, Ella se revela como maestra maravillosa para todos los creyentes. La santidad es una expresión de la participación entre la gracia y el mérito: María nos ayuda a comprender la mejor manera de utilizar el apoyo divino, con el máximo compromiso y determinación.
 
 
       
Muy claras son las siguientes expresiones de Maximiliano: «Nosotros solos no somos capaces de hacer nada, salvo el mal que es precisamente ausencia de bien, de orden, de fuerza. Si reconocemos esta verdad y dirigimos nuestra mirada hacia Dios, de quien recibimos en todo momento todo lo que tenemos, veremos enseguida que Él nos puede dar aún más, y que Él, como buen Padre, puede darnos todo lo que necesitamos. Pero cuando un alma se atribuye a sí misma lo que es don divino, ¿podrá Dios colmarla con su gracia? En este caso, Él la confirmará en su opinión falsa y arrogante. Por su misericordia, entonces, Él no concede una gran cantidad de dones  y... permite incluso una caída, para que la persona conozca finalmente lo que es por sí misma, para que no se fíe solo de sí misma sino que se consagre exclusivamente a Él con plena confianza. Este es el motivo por el cual para los santos las caídas son escalones hacia la perfección. ¡Ay de quien no acepte siquiera este medicamento extremo y, permaneciendo fija en su orgullo, afirmase: "Yo no soy capaz de corregirme”, porque Dios es justo y exigirá que rindamos cuenta de toda gracia que hemos recibido!» (EK 1100).
 
 

Para reflexionar
- ¿Cómo acojo las inspiraciones del Espíritu en mi camino?
- La santidad es apertura al Señor. ¿Contemplo el ejemplo de la Inmaculada?
-  ¿Recibo la presencia de Cristo con la humildad que la Inmaculada me enseña?
- ¿Acojo la presencia del Señor, incluso cuando experimento la prueba?
- La acogida de la presencia de Cristo en mí ¿es incondicional o con hipocresía?