La Milicia celebra con toda la Iglesia la Solemnidad de la Anunciación

El ángel Gabriel, fue enviado por Dios, visitó a María y le dijo: “¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!” (Lc 1, 28) 

Anunciacio

Estamos celebrando hoy con gozo la Solemnidad de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo en las purísimas entrañas de la Bienaventurada María Virgen. En esta ocasión, en un mundo sumido en una crisis sanitaria sin precedentes a causa de la pandemia del COVID-19, de un alcance global por primera vez en la historia, el Consejo Internacional de la Milicia de la Inmaculada, a través de su Presidente Internacional, Dª Angela Morais, nos manda la carta adjunta en la que nos anima a los mílites a mantener la fe y la esperanza; a vivir intensamente nuestra consagración a la Inmaculada, para vivir en oblación personal –hasta el martirio de la caridad y el ofrecimiento de nuestra vida- estos momentos difíciles que experimentamos, en los cuales no nos ha de faltar la gracia de Dios. 

No podemos olvidar que preciamente hoy se cumplen los 25 años de la publicación de la profética Encíclica del Papa San Juan Pablo II Evangelium Vitae. En este sentido, el art. 11 de los Estatutos de la MI hace una llamada al compromiso de los mílites en la causa de la vida, ya que estos deben promover la tutela de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, en cada ambiente en el que vivan y trabajen. La Inmaculada no tuvo miedo a decir "sí", "hágase", acogiendo y sirviendo de forma admirable a la vida que se engendró en su seno por obra del Espíritu Santo.

Por todo ello, contemplemos, adoremos, con San Maximiliano este “vértice del amor de la creación”, que fue la Encarnación del Verbo, rindiendo nuestro mejor obsequio, el del corazón y la mente, ante este misterio salvífico:

En la fiesta de la Anunciación de la Ssma. Virgen María, veneramos la Encarnación de Dios: Dios infinito se hace hombre. La persona divina infinita y la naturaleza divina infinita forman con la naturaleza humana un único ser (EK 1052)


Del Padre, a través del Hijo y del Espíritu Santo, desciende cada acto de amor de Dios: actos creadores, actos que mantienen en la naturaleza como en el orden de la gracias. Así, Dios da su amor a sus innumerables semejanzas finitas; y además, la reacción de amor de la creación no sube al Padre por otra vía que no sea a través del Espíritu y del Hijo. No siempre sucede eso con pleno conocimiento, sin embargo sucede siempre realmente. Dios solo y ningún otro es el creador del acto de amor de las creaturas, pero si una de esas criaturas está dotada de libre albedrío, ese acto no tiene lugar sin su consentimiento. El vértice del amor de la creación que regresa a Dios es la Inmaculada, el ser sin mancha de pecado, toda hermosa, toda de Dios. Su voluntad no se ha alejado de la voluntad de Dios ni siquiera un instante. Ella ha pertenecido siempre y libremente a Dios. Y en Ella sucede el milagro de la unión de Dios con la creación. A Ella, como a su esposa, el Padre le confía al Hijo, el Hijo baja a su vientre virginal convirtiéndolo en su hijo, mientras el Espíritu Santo forma en Ella, de manera prodigiosa el cuerpo de Jesús y habita en su alma, se compenetran de manera tan inefable que la definición de "Esposa del Espíritu Santo" es una imagen muy lejana para explicar la vida del Espíritu en Ella y a través de ella. (…) Desde el momento en que se efectuó esta unión, el Espíritu Santo no concede gracia alguna; el Padre, por medio del Hijo y del Espíritu, no hace bajar al alma la vida sobrenatural sino a través de la Mediadora de todas las gracias, la Inmaculada, con su consentimiento, con su colaboración. Ella recibe todos los tesoros de gracia en propiedad y los reparte a quien quiere y en la medida que quiere (EK 1310)

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