MEDITACIÓN AL INICIO DE LA CUARESMA

Con el Miércoles de Ceniza inicia para toda la Iglesia la Cuaresma, un "tiempo litúrgico muy valioso e importante", en el cual estamos llamados a "intensificar el camino personal y comunitario de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor", como nos recuerda el Papa en su mensaje. Es, por tanto, tiempo de gracia, de comenzar de nuevo, de acudir a la Palabra, a los sacramentos, a la oración. Tiempo de misericordia, de preparación creyente de la Pascua. Tiempo también de solidaridad compasiva, tiempo de amar (D. Ángel Moreno). Este año, además, por indicación del Papa, esta Cuaresma puede ser un tiempo precioso para redescubrir el don de nuestro Bautismo, por el que fuimos iniciados, por pura gracia, en "la aventura gozosa y entusiasmante de ser discípulos" de Jesucristo.

La lectura breve de las Laudes, tomada del libro Deuteronomio, nos presenta la llamada fuerte que Moisés dirige al pueblo de Israel para que recuerden, es decir, para que traigan de nuevo a su corazón, (¡somos tan olvidadizos!) lo que Dios ha obrado en su favor por puro amor, un misterio de elección, de rescate, de salvación: "Os eligió por el amor que os tiene; os sacó de Egipto con mano fuerte; os rescató de la esclavitud". Estas grandes obras del Éxodo eran ya una figura de lo que se habría de cumplir totalmente en la plenitud de los tiempos, a través del Misterio pascual de Cristo, al cual hemos sido incorporados por el Bautismo. Gracias a este sacramento cada uno de nosotros, elegidos por el Creador y Señor del universo, en la persona de Cristo, a ser sus hijos, fuimos rescatados y arrancados de la esclavitud de nuestros pecados, del dominio de una vida sin futuro, sin esperanza, recibiendo la vida nueva de la salvación. Fuimos, por lo tanto, elegidos, rescatados, salvados.

Bien consciente de este gran don fue nuestro padre Francisco. Nos lo recuerda en el precioso capítulo XXIII de la Rnb con estas palabras: "Padre santo y justo, Señor rey de cielo y tierra, te damos gracias por ti mismo, pues por tu santa voluntad, y por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos colocaste en el paraíso. Y nosotros caímos por nuestra culpa. Y te damos gracias porque, al igual que nos creaste por tu hijo, así, por el santo amor con que nos amaste, quisiste que El, verdadero Dios y verdadero hombre naciera de la gloriosa siempre Virgen Santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos rescatados por su cruz, sangre, y muerte". Por eso, continua, "ninguna otra cosa, pues, deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra nos agrade y deleite, sino nuestro Creador, Redentor y Salvador".

Si miramos con sinceridad nuestra vida cristiana y consagrada, nos damos cuenta de lo lejos que a veces estamos de vivir de la Gracia que Dios nos dio el día de nuestro Bautismo. Con frecuencia vivimos una vida cristiana ambigua y confusa, en la que intentamos combinar la fe y la comodidad, el espíritu cristiano y las concesiones al egoísmo y al "mundo". O lo que es lo mismo: una falta de reconocimiento efectivo de la centralidad de Dios y de su importancia en nuestra vida, que se manifiesta en la idolatría oculta de las cosas de este mundo a las que dedicamos más tiempo y amamos más efectivamente que al Dios vivo y salvador, porque nos dejamos llevar de la ilusión de que nos hacen más felices y son más importantes que Dios mismo.

La llamada que se nos dirige a hacernos siempre más dóciles a esta Gracia bautismal, no siempre encuentra acogida en nosotros. Lo vemos sobre todo por la escasez de nuestros frutos, que S. Francisco llama "frutos dignos de penitencia": "Todos aquellos que aman al Señor con todo el corazón, con toda e alma y la mente y con todas sus fuerzas, y a sus prójimos como a sí mismos; y aborrecen sus cuerpos con sus vicios y pecados; y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo... estos hacen frutos dignos de penitencia".

¡Pero no nos desanimemos! Dios es fiel y conoce nuestra verdadera situación, y a pesar de ello nos sigue queriendo, porque nos perdona y continúa pacientemente su obra de redención y de gracia hasta el último momento de nuestra vida. Es más, El nos amó siendo pecadores y con su amor inmerecido nos hace posible la justificación interior y la riqueza de las buenas obras.

Respondámosle con una vida siempre más santa, ¡de verdadera penitencia!, confirmando de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para poder ser, como nos recuerda nuestro padre Francisco, "dichosos y benditos" porque vivimos estas cosas y perseveramos en ellas con alegría hasta el fin.

fr. Abel García-Cezón, ofm conv.