“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”

En Roma, sede de Pedro y a la vez ciudad que martirizó a miles de cristianos, también a Pedro y a muchos de sus sucesores, el pasado 15 de octubre, con ocasión de las protestas de los indignados romanos, un grupo de encapuchados entró a la fuerza en los locales de la parroquia de los santos Marcelino y Pedro, llevándose a la calle, además de un crucifijo, una estatua de la Virgen, que acto seguido destruyeron. Sin embargo, los agresivos golpes que recibió la imagen de María no consiguieron destruir la dulzura de su rostro, que desde el suelo de Roma continúa elevando su mirada al Cielo para interceder por sus hijos más queridos, los mismos que arremeten contra Ella y contra su Hijo Jesús. La Inmaculada, Reina del Cielo y Tierra, el Paraíso escogido por Dios para venir a este mundo, no sólo nos tiende una mano desde el Cielo para acompañarnos en el camino a Casa, sino que humildemente se ha abajado aún más que los hombres, se ha hecho la más Pequeña. Postrada en el suelo, sin brazos, María continúa acogiéndonos en sus brazos para ofrecernos a los de Nuestro Padre.

Sus hijos adoloridos, sin embargo, nos preguntamos: ¿por qué Dios permite que pisoteen a su y nuestra Madre? ¿Por qué nosotros somos tan tibios y no sabemos testimoniar nuestra fe? ¿Por qué nos cuesta tanto defender al Hijo de María, nuestro Salvador? ¿por qué... por qué...? Preguntas como éstas han surgido en la mente de muchos católicos movidos más que por el miedo o la impotencia, por el amor a Nuestra Señora. Pero Dios es Amor, no "indignación". Aunque el ultraje es execrable y se condena por sí mismo, no podemos "indignarnos" nosotros contra nuestros propios hermanos. Jesús ha muerto por ellos al igual que por nosotros. Sus pecados, como los nuestros, están pagados con la sangre de su pasión. Por eso, en vez de mirarles a ellos o mirar nuestros corazones heridos, miremos una vez más a María, aunque sea en esta figura hecha añicos. Ella, que a los pies de la Cruz y unida a su Hijo, se convirtió en Madre de toda la humanidad, en Madre de los que estaban matando a Cristo y de paso le traspasaban a Ella su Corazón Inmaculado. Corredentora y Madre también de aquellos que en Roma la estaban profanando, en Madre de los que cada día continuamos lanzándonos en sus brazos después de haber pecado. Como decía Santa Teresita, "es la Reina de Cielos y Tierra, pero es más Madre que Reina". Y si la miramos a Ella... ¿qué nos dirá? Probablemente, como en las Bodas de Caná, diría: "haced lo que Él os diga"; porque María siempre nos llevará a las palabras y al Corazón de Jesús. "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Eso es lo que dijo Jesús en la Cruz, amándonos hasta el extremo y así tenemos que amar nosotros a nuestros hermanos. Escondidos en sus llagas, podemos amar en Él. Escondidos en estos añicos de La Milagrosa, podemos amar en y con Ella. "Amando, hijitos, se reconocerá que sois míos"-nos exhorta la Virgen en Medjugorje.

"Todo contribuye al bien de los que aman a Dios" (Romanos 8, 28). No hay mal del que Dios no pueda sacar un bien. ¿Qué hará Dios con estos añicos? Sólo lo sabe Él; pero nuestra fe ha de esperar todo de su misericordia y su bondad. Este dolor que nos causa ver así a la imagen de Nuestra Madre, Dios puede convertirlo en fuente de gracia para que pidamos por aquellos que no conocen su Amor y para purificar el nuestro. Si estos añicos son los corazones rotos, heridos, inquietos, tristes, cerrados y violentos de personas que no conocen la paz y el amor de Dios, la Virgen estará deseando curarlos y vendarlos con su más tierno amor de Madre, fundiéndolos con su Corazón y, por medio de él, al de Jesús. Ayudémosla nosotros con nuestra oración y penitencia, para que estos trocitos de corazones astillados de los hombres se fundan con el de Nuestra Madre y lleguemos a ser "un solo corazón y una sola alma" en alabanza de Dios Nuestro Padre. (Cristina y Miquel)